Signo de contradicción: el limosnero de León XIV predica en el Pilar contra la polarización

Signo de contradicción: el limosnero de León XIV predica en el Pilar contra la polarización

Presidió la misa mayor del Pilar el arzobispo Luis Marín de San Martín, agustino, madrileño, limosnero de León XIV y prefecto del Dicasterio para el Servicio de la Caridad. La COPE (la radio de los obispos, que en estas cosas no falla) le encontró el titular a la primera: el prelado pidió a la Virgen que España supere la tentación permanente de convertir «la opción política en descalificación hacia el que piensa de otra manera». Pidió también ayuda contra muros, ideologías y egoísmos, sin que la crónica aclare cuáles, que es la forma más segura de que nadie se dé por aludido.

Hay algo de certamen de belleza en todo esto. En la ronda final de Miss Universo, la finalista escucha la pregunta del jurado, se recoloca la banda, sonríe a la cámara y contesta lo único que no puede costarle un voto: la paz mundial. Sandra Bullock lo dejó zanjado en Miss Agente Especial, y desde entonces la respuesta no ha cambiado; cambian las finalistas. La homilía del Pilar opta, en cierto modo, a la banda de Miss Simpatía: no ofende a nadie, no compromete a nadie y se olvida antes de que acabe la Ofrenda.

No es ocurrencia del limosnero, y ahí empieza lo serio. En junio, en el Palacio Real, León XIV pidió abandonar «las narrativas divisivas y polarizantes»; dos días después, ante las Cortes, previno contra «la descalificación permanente del adversario», y esa misma tarde, en la Almudena, habló de destruir muros. En abril, Argüello ya había consagrado a la polarización buena parte de su discurso inaugural de la Plenaria. El propio limosnero aludió en Zaragoza al mensaje papal, de modo que octubre en el Pilar es la reposición de junio en Madrid, con el mismo guion (para repetir lo que dijo el Papa no hacía falta el viaje: bastaba el boletín de la Sala Stampa).

Nadie defiende el insulto; el problema es la simetría.

La fórmula pone todas las opciones políticas en el mismo estante y deja el tonito como único pecado. La Iglesia tiene escrita otra cosa, y con firma. La Nota doctrinal de la Congregación para la Doctrina de la Fe sobre los católicos en la vida política, del 24 de noviembre de 2002, firmada por Joseph Ratzinger y aprobada por Juan Pablo II, separa la legítima pluralidad de opiniones temporales del pluralismo relativista y recuerda que hay «principios morales que no admiten derogaciones, excepciones o compromiso alguno». Encabezan la lista el aborto y la eutanasia.

Y hay algo más. La misma Nota usa la palabra que ahora se predica en Zaragoza, aunque apuntando al otro lado: llama laicismo intolerante a descalificar políticamente a los cristianos por ser coherentes con su conciencia. También desconfía de la paz irenista, la que termina secularizada (la de la banda de Miss Simpatía, para entendernos).

Esto tiene fecha en España. En abril, el Consejo de Ministros envió al Congreso una reforma del artículo 43 de la Constitución para que los poderes públicos garanticen el aborto, y el 30 de abril la Cámara rechazó devolverla. ¿Oponerse a eso es polarizar? ¿Es una discrepancia más, de las que se arreglan con buenos modales? ¿Hay que tratarla con la delicadeza que merece la financiación autonómica…?

La fiesta, además, no se presta. Según la tradición, la Virgen vino a Zaragoza a sostener a un Santiago desanimado y le dejó una columna para que la fe se mantuviera en pie en Hispania (el limosnero, en la misma homilía, presentó a la Virgen del Pilar como símbolo de firmeza y pidió derribar muros: celebrar el pilar mientras se demuele la obra es una idea arquitectónica audaz). La imagen que se venera sobre esa columna lleva un Niño en brazos. Es el mismo del que Simeón anunció a María que sería signo de contradicción, in signum cui contradicetur, mientras a ella una espada le atravesaría el alma.

Cristo no divide por mala educación. Divide porque obliga a elegir. La equidistancia ante eso no es prudencia pastoral: es otra manera de elegir, la más cómoda.

Católico quiere decir universal, no misuniversal.

El limosnero pidió a la Virgen del Pilar que nos ayudara a derribar muros. Ella, según la tradición, vino a dejarnos una columna.


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