Despertar a la aurora

Despertar a la aurora
<a href="https://collections.manchesterartgallery.org/collections/narrative/2c968e0a-2af6-3316-8ff5-13bc9ad822bf/?s%3DLight%2Bof%2Bthe%2BWorld%26pos%3D3&pos=3" target="_blank" rel="noopener"><em><strong>La luz del mundo</strong></em></a>, de William Holman Hunt, c. 1853 [Manchester Art Gallery, Mánchester, Inglaterra]

Por el padre Thomas G. Weinandy, OFM Cap.

El Salmo 57,9 proclama: «¡Despierta, alma mía; despertad, arpa y cítara! ¡Despertaré a la aurora!». Es un verso poético, pero ¿tiene sentido? Normalmente pensamos que es la aurora la que nos despierta cuando la primera luz entra por la ventana del dormitorio. Pero nunca pensamos que debemos levantarnos de la cama cuando todavía está oscuro para despertar a la aurora, como si, en caso de que nosotros no la despertáramos, la aurora no fuera a llegar.

El templo del Antiguo Testamento miraba hacia el oriente. Lo hacía para simbolizar la luz de la presencia de Dios dentro del templo. Cada día, sin falta, el amanecer ponía de manifiesto que Dios habitaba, de un modo único, dentro del templo.

Lo que se prefiguraba en el Antiguo Testamento encuentra su cumplimiento en la Encarnación. En el prólogo de su Evangelio, Juan proclama que, antes del principio de la Creación, el Verbo estaba junto a Dios y era Dios. Dios creó todas las cosas por medio de su Verbo: «En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron» (Juan 1,4-5). El Verbo es la luz que da vida y que brilla en las tinieblas del pecado y de la muerte, de modo que estas no pudieron vencer la luz salvadora y vivificante del Verbo encarnado: Jesús.

Más adelante, Jesús se hace eco de lo que se había proclamado en el Prólogo: «Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no caminará en las tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida» (Juan 8,12). Si seguimos a Jesús, que es la luz que da vida, nunca caminaremos en las tinieblas del pecado y de la muerte; al contrario, gozaremos de la luz de la vida sin fin. La aurora habrá despertado dentro de nosotros, y las tinieblas nunca la vencerán.

Cuando Jesús purificó el templo, los judíos le pidieron una señal que mostrara con qué autoridad lo hacía. Jesús respondió: «Destruyan este templo, y en tres días lo levantaré». Para los judíos, «este» se refería al templo material ante el cual estaban de pie. Sin embargo, Jesús no se refería al templo, sino a sí mismo: «Pero él hablaba del templo de su cuerpo. Por eso, cuando resucitó de entre los muertos, sus discípulos recordaron que lo había dicho, y creyeron en la Escritura y en la palabra que Jesús había pronunciado» (Juan 2,19-22).

Así, Jesús es el templo siempre vivo y que da vida. Permanecer en él, el nuevo templo, es habitar de nuevo en su luz vivificante: Jesús resucitado es el amanecer del día eterno.

Cuando Jesús fue crucificado, las tinieblas cubrieron la tierra. Parecía que las tinieblas del pecado y de la muerte se habían alzado con la victoria. Las tinieblas habían vencido a la luz vivificante del Verbo encarnado de Dios. Sin embargo, no es casualidad que Jesús resucitara de entre los muertos al despuntar un nuevo día. En su Resurrección, Jesús despertó a la aurora.

Así lo describe Juan: «El primer día de la semana, de madrugada, cuando todavía estaba oscuro, María Magdalena fue al sepulcro y vio que la piedra había sido sacada. Corrió entonces al encuentro de Simón Pedro y del otro discípulo al que Jesús amaba, y les dijo: “Se han llevado al Señor del sepulcro y no sabemos dónde lo han puesto”» (Juan 20,1-2).

Aunque todavía estaba oscuro, era María la que estaba verdaderamente en tinieblas. Fue al sepulcro donde creía que yacía Jesús muerto. El sepulcro estaba vacío, y ella concluyó que alguien se había llevado el cuerpo. Lo que no comprendió fue que la oscuridad de la noche había dado paso a la luz de Jesús gloriosamente resucitado. Las tinieblas del pecado y de la muerte no pudieron vencerlo. Una vez más, en su Resurrección, Jesús despertó al día eterno.

La Constitución dogmática sobre la Iglesia del Concilio Vaticano II (Lumen gentium) comienza así: «Cristo es la luz de los pueblos. Por ello este sacrosanto Sínodo, reunido en el Espíritu Santo, desea vehementemente iluminar a todos los hombres con su claridad, que resplandece sobre el rostro de la Iglesia, anunciando el Evangelio a toda criatura».

Como resucitado, Jesucristo es la luz de todas las naciones. Ninguna nación ni pueblo queda excluido. Por eso los Padres del Vaticano II, en unión con el Espíritu Santo, quisieron llevar esta luz vivificante de Cristo a toda la humanidad: una luz que se ve visiblemente en el rostro de la Iglesia misma. La Iglesia despierta la aurora de la salvación en todo el mundo y para todas las épocas.

Además, cada miembro de la Iglesia se convierte en luz para todos aquellos con quienes vive. En el bautismo, los bautizados son transformados: del nacimiento en el pecado y la muerte pasan a ser nuevas criaturas en Cristo, llenas del Espíritu.

Esto se simboliza con la entrega de un cirio. A los bautizados se les entrega un cirio encendido, que significa que ya no viven en la sombra de las tinieblas, sino que han entrado en la luz celestial y eterna. Del mismo modo, los bautizados han de ser luces vivas para el mundo, por lo que dicen y hacen. Han de despertar la aurora en los demás.

Hace ochocientos años murió san Francisco de Asís: su transitus, su paso de esta vida a la vida eterna. En su tiempo, Francisco despertó a la aurora en un mundo que se había enfriado. Llevó el calor del Evangelio no solo con su predicación, sino también con el ejemplo de su propia vida. Se convirtió en otro Cristo: una luz viva que todos podían contemplar.

Con ocasión del 800.º aniversario de su muerte, el Papa León XIV proclamó un Año Jubilar especial en honor de san Francisco de Asís. Este Año Jubilar comenzó el 10 de enero de 2026 y concluye el 10 de enero de 2027.

Así como san Francisco anhelaba su transitus, todos nosotros deberíamos esperar con ansia nuestro paso al Cielo. Mientras tanto, debemos esforzarnos por despertar a la aurora.

Sobre el autor

Thomas G. Weinandy, OFM, escritor prolífico y uno de los teólogos vivos más destacados, fue miembro de la Comisión Teológica Internacional del Vaticano. Su libro más reciente es el tercer volumen de Jesus Becoming Jesus: A Theological Interpretation of the Gospel of John: The Book of Glory and the Passion and Resurrection Narratives.

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