Por Robert Royal
No me habría interesado por Cristóbal Colón más que el promedio si gente mal informada y, a veces, mal intencionada no lo hubiera hecho necesario. El condado de Fairfax, en Virginia, donde vivo desde hace más de treinta y cinco años, eliminó en 2020 el Día de Colón como feriado pago, pero hoy las escuelas cierran de todos modos, para celebrar el «Día de los Pueblos Indígenas». La legislatura estatal hizo lo mismo para toda Virginia, como otros estados, reemplazando en los hechos nuestra herencia cristiana occidental por… francamente, ni ellos saben qué. Ahora bien, Colón, como todos nosotros, era un ser humano imperfecto. Pero, a diferencia de la mayoría de nosotros, era también un gran ser humano, que llevó a cabo una de las hazañas más audaces de la historia, que sigue teniendo una importancia central para las Américas, para la Iglesia y para el mundo entero. Cuanto más se sabe de él, más claro resulta.
Es un síntoma del momento actual que poca gente se moleste en aprender —o en enseñar— algo sobre él, más allá de las condenas en bloque de Colón como origen de prácticamente todo lo malo que ha ocurrido en las Américas desde 1492. (Curiosamente, por la misma falta de lógica, no se le reconoce mérito alguno por lo bueno que ha ocurrido en estas costas). Y si bien hay mucho que admirar en algunos grupos nativos, y mucho que lamentar en el trato que han recibido, también hay mucho que deplorar. A Colón lo movía en parte el deseo de «predicar el Evangelio a todas las naciones». Hacía bien.
No hace falta recurrir a las culturas maya, azteca e inca, construidas sobre el sacrificio humano, para entenderlo. Cualquiera que mire, por ejemplo, cómo los mártires de América del Norte (los católicos y otros solían hacerlo, y deberían volver a hacerlo) fueron brutalmente torturados y asesinados —tal como varias tribus del noreste trataban a todos los prisioneros, nativos y europeos— puede preguntarse por qué a los europeos se los considera villanos brutales y a los indígenas, ecologistas pacíficos.
Así que una pregunta necesaria: ¿por qué hoy se celebra a los indígenas? Colón no trajo la esclavitud a las Américas. Ya estaba aquí y estaba extendida. Lo mismo que las formas indígenas de imperialismo y colonialismo. En cuanto al reconocimiento de las «tierras robadas», he aquí un caso triste para quienes quieran conocer la verdad más allá del campo de batalla ideológico actual.
Como relato en mi libro Columbus and the Crisis of the West (una nueva edición de mi primerísimo libro, 1492 and All That), los propios nativos americanos fueron culpables de genocidio y de «tierras robadas». Tomemos la controversia sobre los presidentes estadounidenses del monte Rushmore, e incluso sobre la propiedad del lugar por parte del gobierno de los Estados Unidos. La historia del sitio cuenta una historia melancólica; de hecho, varias.
En 1776, el año en que las colonias americanas declararon su independencia, los sioux lakota conquistaron las Colinas Negras, donde se encuentra el monte Rushmore. Exterminaron a los cheyenes, que las ocupaban antes; los cheyenes se las habían quitado a los kiowas, que se las habían quitado a… sin duda, alguna otra tribu.
Como señaló un historiador: «Los lakota-sioux llegaron al Oeste después de haber perdido una guerra con otras tribus en Minnesota a fines del siglo XVIII… Libraron una guerra genocida contra otras tribus antes de arrebatarles las Colinas Negras a los cheyenes… Hicieron exactamente lo mismo que hicieron los Estados Unidos para expulsar a los lakota».
Y este fue solo un ejemplo de una serie de «tierras robadas» entre los propios pueblos indígenas.
Entonces, ¿cómo deberíamos desenredar estas marañas históricas?
El secretario de Estado, Marco Rubio, estuvo en Atenas la semana pasada y pronunció un discurso vibrante sobre el valor de nuestra civilización occidental. Destacó el impulso que Grecia dio al pensamiento filosófico y científico, que buscaba conocer la naturaleza del mundo, así como a las instituciones democráticas. Incluso señaló a Plutarco —no a figuras de la Ilustración moderna— como el escritor más citado por los autores de El Federalista, los artículos que influyeron en la adopción de la Constitución estadounidense.
Todo esto necesitaba repetirse, y no solo como lección de historia, sino para recordarle a un mundo que ha olvidado la herencia irreemplazable de la cultura grecorromana. Y la importancia de la herencia occidental hoy:
Hoy nos encontramos en una encrucijada… El rumbo que tomemos determinará si Occidente mantiene su lugar a la cabeza del mundo o se resigna a un futuro de atrofia, servidumbre y decadencia. O elegimos actuar ahora, o perderemos la posibilidad misma de elegir actuar.
Kudos (en griego) para Rubio por aportar una visión amplia a un mundo que hoy está dominado casi por completo por videos breves en el celular.
Quizá no fuera el momento oportuno, pero Rubio omitió mencionar algo crucial: el papel que el judaísmo y el cristianismo desempeñaron en difundir, corregir y desarrollar los comienzos buenos pero imperfectos de Occidente en la antigua Grecia. Cuando la Unión Europea adoptó una constitución en 2004, también dejó afuera el elemento cristiano, como si fuera demasiado «controvertido» mencionar la religión central de Occidente.
El mundo ha olvidado en gran medida que, después de Colón, surgió en España un debate fundamental sobre los pueblos recién encontrados. Algunos sostenían que eran «esclavos por naturaleza», una expresión de Aristóteles que designa a personas incapaces de gobernarse a sí mismas.
Pero el gran filósofo dominico Francisco de Vitoria sostuvo, junto con el «defensor de los indios» Bartolomé de las Casas, que estos tenían claramente sus propias instituciones y leyes, y que tanto ellos como los españoles necesitaban que se les mostrara un camino mejor. Esto no fue eficaz de inmediato; las ideas rara vez lo son. Pero fue el comienzo del derecho internacional de los derechos humanos y del movimiento de inspiración cristiana para abolir la esclavitud.
Vale la pena dar gracias de que los cristianos hubieran «reconquistado» España hacia 1492; si el islam todavía hubiera estado en el poder allí, las Américas —el mundo entero— serían, por decir lo menos, muy distintas hoy.
La historia es complicada, pero dice verdades duras. Así que celebren a los Pueblos Indígenas si quieren (preferentemente, otro día). Los cristianos creemos que todos los pueblos están hechos a Su imagen y semejanza. Pero rechacen el reemplazo actual de nuestra tradición occidental. Colón, y también nosotros, merecemos algo más que un poco de respeto.
Sobre el autor
Robert Royal es director de The Catholic Thing y presidente del Faith & Reason Institute de Washington D. C. Sus libros más recientes son The Martyrs of the New Millennium: The Global Persecution of Christians in the Twenty-First Century, Columbus and the Crisis of the West y A Deeper Vision: The Catholic Intellectual Tradition in the Twentieth Century.