Murr explica el inquietante caso Bugnini: “Mire, Santidad, tiene usted a un masón al frente de la nueva liturgia y de todos los sacramentos”

Murr explica el inquietante caso Bugnini: “Mire, Santidad, tiene usted a un masón al frente de la nueva liturgia y de todos los sacramentos”

De las dos horas de conversación que el padre Charles Theodore Murr mantuvo con Pedro Buerbaum en WORLDCA$T, de la que InfoVaticana ya dio cuenta en su crónica sobre la muerte de Juan Pablo I, hay un pasaje que merece lectura aparte. Es el que dedica a monseñor Annibale Bugnini, el religioso vicenciano que diseñó la reforma litúrgica posconciliar y que, según el testimonio del antiguo colaborador del arzobispo Édouard Gagnon, fue la chispa que encendió la gran investigación de Pablo VI sobre la masonería en la Curia.

Un sobre en la mesa de Staffa

Murr sitúa el origen en 1974. Un sacerdote, cuyo nombre él mismo asegura desconocer, se presentó ante el cardenal Dino Staffa, prefecto de la Signatura Apostólica, con una carpeta de documentos que señalaban a Bugnini como miembro de la masonería italiana.

«Alguien llegó con unos documentos, documentos muy graves. Se los entregaron al cardenal Staffa acusando a alguien en particular: Annibale Bugnini, un obispo encargado de la reforma de la misa y de los sacramentos. Recordemos que estamos en los años posconciliares, cuando todo empezó a cambiar. Pues bien, el arquitecto de todo aquello era Bugnini. Llegó, se supone que un sacerdote, con documentos que decían que Bugnini era masón».

Staffa, canonista de primer orden y juez supremo de la Iglesia, no se fió de la primera impresión.

«El cardenal Staffa, que no era ningún tonto, llamó a la Interpol y a distintos cuerpos de investigación para ver si los documentos eran verdaderos o no, auténticos o no. Y sí, eran auténticos. Entonces él y otro cardenal, el cardenal Oddi, fueron a ver a Pablo VI con los documentos para decirle: “Mire, Santidad, tiene usted a un masón al frente de la nueva liturgia y de todos los sacramentos”».

El sustituto de la Secretaría de Estado, Giovanni Benelli, hombre de plena confianza del Papa, volvió a examinar la documentación. De aquella revisión salió la decisión de inspeccionar la Curia de arriba abajo, cerca de un millar de hombres, bajo la dirección de Gagnon.

«Más masón que católico»

La gravedad del asunto, insiste Murr, residía en el puesto que ocupaba el acusado: nada menos que el despacho desde el que se rehacía la oración de toda la Iglesia.

«Piensen lo que eso significa. Si fuera verdad que era masón, si fuera verdad que los documentos eran auténticos, significa que el que estaba inventando la nueva misa era más masón que católico. Su filosofía, su motivación detrás de todos los cambios eran libertad, igualdad, fraternidad, en lugar de Cristo, de Jesucristo y del Evangelio. No digo en lugar de, pero sí muy en segundo plano. Era más bien una libre expresión, que seguimos viendo hoy en materia litúrgica. Y en mi opinión personal, la razón por la que muchas, la mayoría de nuestras iglesias están vacías es porque hemos perdido lo sagrado».

Para que el entrevistador, un joven nacido en 1995, comprendiera el alcance del escándalo, el sacerdote recurrió a una comparación doméstica de las que no se olvidan.

«Sería como si usted se diera cuenta de que hay un hombre visitando a su mujer. Saber que en el Vaticano había alguien que era miembro de la masonería. La masonería condenada, y todo el que entraba en la masonería, excomulgado ipso facto. Y un arzobispo, y el arzobispo encargado de cómo vamos a rezar. Era un asunto enormemente grave».

De la mesa del sacrificio a la mesa de la asamblea

Murr enlaza el expediente Bugnini con un propósito que atribuye a la masonería de aquellos años: vaciar a la Iglesia de su fe sin derribar el edificio, conservar la red y heredar la estructura. Y señala la liturgia como el lugar donde ese propósito ha triunfado con más claridad.

«Querían destruir la Iglesia, pero no demolerla. Querían sustituir la fe por su doctrina liberal, pero mantener el sistema, la red. Lo que hay que destruir es la fe. Y en gran parte lo han conseguido. Se ha perdido mucho, muchísimo el sentido de lo sagrado. Un ejemplo: la misa ya no es un sacrificio, el santo sacrificio de la misa. No, no, no. Es una reunión con los hermanos. No hay altar, hay una mesa. La mesa no mira a Dios, mira al pueblo; el sacerdote, de espaldas a Dios, normalmente mirando a la gente».

«El punto culminante de la misa fue siempre la consagración del pan y del vino en el cuerpo y la sangre de Cristo. Nosotros lo creemos. Usted puede estar de acuerdo o no, me da completamente igual. Lo que digo es que nosotros sí lo creemos y lo defendemos hasta la muerte. Eso ya no es tan importante. ¿Sabe qué es lo importante? El saludo de la paz, que en algunas parroquias he visto durar diez, quince minutos. Hola, Fulano. ¿Qué paz? Esto es absurdo. Los liberales están encantados con todo esto. Y eso es lo que buscaban. Y empezó con Bugnini, que era masón».

Ascendido para ser eliminado

La salida de Bugnini, en el relato de Murr, siguió el viejo método curial de premiar al incómodo para alejarlo.

«Lo quitaron de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos y lo mandaron de nuncio a Irán. Nuncio en Irán: debía de saber jugar muy bien a las cartas, porque durante el día no hay nada que hacer. Los católicos de Irán son muy buenos, muy piadosos, pero no muy numerosos. Esa es una filosofía que tiene el Vaticano, y que han tenido todos los gobiernos con sus altos cargos: no los mataban, no los despojaban sin más de su poder, los ascendían para eliminarlos. Fue un ascenso para sacarlo del Vaticano. Lo sacaron del juego».

Los hechos documentados encajan con ese esquema. En julio de 1975 Pablo VI fusionó las congregaciones de Culto Divino y de Sacramentos, y Bugnini, que había sido secretario del Consilium desde 1964 y de la Congregación para el Culto Divino desde 1969, quedó sin puesto. En enero de 1976 fue nombrado pronuncio en Teherán, un destino que con los años se convirtió en sinónimo de destierro eclesiástico, como recordaba InfoVaticana al informar de que el mítico destino de Bugnini había quedado vacante. Murió en Roma el 3 de julio de 1982.

Bugnini negó siempre cualquier vínculo con la masonería, y en sus memorias sobre la reforma atribuyó su caída a un dosier anónimo llevado al Papa. Su nombre figuró, sin embargo, en la célebre lista de presuntos eclesiásticos masones que el periodista Mino Pecorelli publicó en 1978, y la sombra de aquella acusación nunca se disipó. Tampoco su manera de trabajar: el propio Pablo VI, según los diarios del ceremoniero Virgilio Noè recogidos por Sandro Magister, aprobó la reforma, pero le gustaba poco, y acabó comprendiendo la falsedad del «lo quiere el Papa» con que su secretario acallaba a los expertos que discrepaban.

Una herida abierta

Para Murr, el expediente Bugnini ilumina el presente. El hombre a quien Staffa y Oddi denunciaron ante Pablo VI salió del Vaticano hace medio siglo, pero su obra sigue celebrándose cada domingo en casi todas las parroquias del mundo, y el sacerdote norteamericano, que hoy celebra su misa diaria en un rincón de Andalucía, no oculta lo que piensa de ella: una liturgia que perdió el sentido de lo sagrado y que vació los templos.

El informe de Gagnon, que debía aclarar estas y otras infiltraciones, se entregó a tres Papas y nunca se ha publicado. Murr lo dio a entender con una sonrisa cansada al hablar de la copia que recibió Juan Pablo I: «Muchas cosas se pierden misteriosamente así».

Para saber más

Quien quiera conocer a fondo la figura de Bugnini tiene ahora en castellano la biografía que le ha dedicado el historiador francés Yves Chiron, autor de las vidas de Pío IX, san Pío X, Juan XXIII y Pablo VI: Annibale Bugnini. Reformador de la liturgia, publicada por Homo Legens. Chiron reconstruye documento a documento, con los archivos de su congregación, su correspondencia privada y las actas del Consilium, los doce años en que aquel vicenciano de Umbría cambió la manera de rezar de la Iglesia. Relata cómo siguió adelante cuando el sínodo de 1967 le negó los dos tercios, cuando dos cardenales pidieron al Papa la derogación del nuevo rito y cuando 1.233 obispos votaron contra la comunión en la mano, y cómo fue destituido en julio de 1975, un domingo de verano en un Vaticano desierto, con una despedida que lo dice todo: «Es mejor que se vaya lejos, así ya no le veremos más».

Ayuda a Infovaticana a seguir informando