Charles Murr en uno de los podcast más vistos de España: «Juan Pablo I murió dos horas después de intentar apartar a Baggio»

Charles Murr en uno de los podcast más vistos de España: «Juan Pablo I murió dos horas después de intentar apartar a Baggio»

En Estados Unidos hace meses que los sacerdotes católicos se sientan en los grandes pódcast del país, esos que reúnen a millones de espectadores alejados de la Iglesia y acostumbrados a conversaciones de tres y cuatro horas sin cortes. El exorcista Chad Ripperger ha pasado dos veces por el programa del exmilitar Shawn Ryan, en marzo y en julio, para hablar de posesiones, del Anticristo y del ataque diabólico contra la familia. En septiembre fue el cardenal Raymond Leo Burke, antiguo prefecto de la Signatura Apostólica, quien dedicó dos largos episodios en el mismo espacio a recorrer el Antiguo y el Nuevo Testamento, rezar el rosario ante las cámaras y regalar al anfitrión una imagen de la Virgen de Guadalupe.

Aquel fenómeno ha cruzado el Atlántico. Pedro Buerbaum, cuyo programa WORLDCA$T se ha hecho un hueco entre el público joven español con entrevistas variopintas, ha dedicado su episodio 301 a un sacerdote de 76 años que habla de masonería vaticana, de cónclaves y de la muerte de un Papa. Durante dos horas, sin interrupciones ni prisas, el padre Charles Theodore Murr, norteamericano que vivió en Roma los años más turbios del posconcilio, relató con un castellano mexicano salpicado de humor y de una franqueza poco habitual en un clérigo lo que vio junto al arzobispo Édouard Gagnon: la investigación encargada por Pablo VI sobre la infiltración masónica en la Curia, los tres viajes en coche hasta el Patio de San Dámaso con un dosier que ningún Papa quiso ejecutar y la noche en que murió Juan Pablo I, apenas dos horas después de una tempestuosa audiencia con el cardenal Sebastiano Baggio.

Murr, que hoy vive retirado en Andalucía entre campos de trigo y celebra misa tradicional a diario, es autor de Murder in the 33rd Degree: The Gagnon Investigation into Vatican Freemasonry, libro que nació, según explica, de una cuenta sencilla: en su familia nadie había pasado de los 72 años y él era el último testigo vivo.

Un becario en la Oficina de Información

El sacerdote llegó al Vaticano casi por azar. Vivía en el Colegio Mexicano de Roma cuando conoció a monseñor Mario Marini, recién llegado de Chihuahua y llamado por Pablo VI a la Secretaría de Estado. De aquella amistad, «casi de sangre», salió un modesto puesto en la Oficina de Información vaticana que, sin él saberlo, le abrió todas las puertas.

«Conocí a algunos hombres, porque era un mundo de hombres, claro, que no me acababan de convencer de su santidad. Otros sí. Los veía muy mundanos, muy del espíritu del mundo, demasiado. Y había otros que eran verdaderamente santos. Lo que era cierto es que todos eran inteligentes; tontos no había. Pero había de todo: hombres de santidad y de profundidad espiritual y hombres de los que uno dudaba de su propia fe. Eso solo lo sabe Dios. Pero cambió mucho mi percepción del sacerdocio».

Antes de entrar en materia, Murr deja clara su intención: «Yo amo a la Iglesia católica, que no quede ninguna duda. Lo que digo no es crítica por criticar. Critico porque la amo. Trabajábamos por amor a la Iglesia, para mejorarla, para librarla de algunos enemigos internos».

Los papeles de Bugnini

El origen de todo, según su relato, fue un sobre entregado en 1974 al cardenal Dino Staffa, prefecto de la Signatura Apostólica. Contenía documentos que señalaban como masón a monseñor Annibale Bugnini, arquitecto de la reforma litúrgica.

«Piensen lo que eso significa. Si era verdad que era masón, quiere decir que el que estaba inventando la nueva misa era más masón que católico. Su filosofía, su motivación detrás de todos los cambios era libertad, igualdad, fraternidad, en lugar de Cristo y del Evangelio. Y en mi opinión personal, la razón por la que la mayoría de nuestras iglesias están vacías es porque hemos perdido lo sagrado. Staffa, que no era ningún tonto, llamó a la Interpol y a distintos cuerpos de investigación para ver si los documentos eran auténticos. Y sí, eran auténticos».

Staffa y el cardenal Silvio Oddi llevaron la documentación a Pablo VI. El sustituto Giovanni Benelli la examinó de nuevo y propuso una revisión completa de la Curia, «de la A a la Z», a cargo de un canonista canadiense de probada honradez: Édouard Gagnon. Bugnini fue enviado como nuncio a Irán, una de esas promociones que el Vaticano reserva a quienes quiere quitar de en medio. «Nuncio en Irán: debía de saber jugar muy bien a las cartas, porque durante el día no hay nada que hacer», bromea Murr.

Gagnon, el hombre que sabía más que el Espíritu Santo

La investigación era conocida por todos. En Roma circulaba la chanza, «de mal gusto», de que Gagnon sabía más que el Espíritu Santo. Entrevistó uno por uno a cerca de un millar de empleados y, en 1977, empezaron las amenazas.

«Le llegaron amenazas de muerte, le rompieron las puertas de su cuarto en el Colegio Canadiense, entraron, rompieron puertas y ventanas, y entraron en su despacho del Vaticano para robar documentos. Algunos en el Vaticano consideraban a Gagnon muy peligroso para su carrera. Esa es la palabra: carrera. No solo los políticos piensan en la carrera, también los eclesiásticos: subir, subir, subir, de obispo a arzobispo, de arzobispo a cardenal y de cardenal, quién sabe, Papa. No tenía miedo de morir; no era ese tipo de hombre. Tenía miedo de no terminar su investigación».

Marini le ofreció mudarse con ellos durante una cena, y Gagnon aceptó a los dos o tres días. Desde entonces compartieron casa, misa y mesa.

Baggio, la Congregación para los Obispos y el Banco

Dos frentes concentraban, según Murr, la penetración masónica. El primero, la Congregación para los Obispos, presidida por el cardenal Sebastiano Baggio, «un hombre muy astuto; no digo inteligente, digo astuto».

«Estaba encargado de nombrar a todos los obispos del mundo. ¿Se imagina lo que es eso? Cada obispo tenía que presentar la renuncia a los 75 años. A los 75 años y un día, Baggio ya tenía al nuevo obispo, y era liberal; de vez en cuando un conservador, para echarle un hueso a los perros, pero la mayoría liberales, liberales, liberales. Teníamos dos mil años de historia. ¿Cómo no reconocer de dónde vienes? Es como no reconocer a tus padres, a tus abuelos, a tus bisabuelos. El mundo empezó cuando yo nací: qué ingenuidad».

El segundo, las finanzas. La logia Propaganda Due se habría propuesto hundir el Instituto para las Obras de Religión desde dentro, aprovechando la candidez de su presidente, el arzobispo Paul Marcinkus, «no un hombre malo, más bien un hombre tonto», aficionado al golf, a los puros y a la dolce vita, que firmaba cartas de garantía a quienes creía sus amigos. Gagnon lo dejó todo documentado antes de que estallara el escándalo.

«Guárdelos para mi sucesor»

En 1978, tras tres años de trabajo, Gagnon pidió a Murr que lo llevara al Vaticano para entregar el informe a Pablo VI. El Papa acababa de perder a su amigo de juventud Aldo Moro, secuestrado y asesinado por las Brigadas Rojas, y se había hundido en una profunda tristeza.

«Llegó con él y le dijo: “Santo Padre, lo que usted me encomendó hace tres años está cumplido”. Le dio todos los documentos, y el Papa se los devolvió empujándolos por encima del escritorio. “No puedo, no puedo. Guárdelos para mi sucesor. No puedo”. Gagnon llegó al coche, yo lo esperaba, medio enojado, muy desanimado, y mientras manejaba por los jardines vaticanos me explicó lo que había pasado».

Pablo VI murió el 6 de agosto. En el cónclave, Murr describe tres nombres: el cardenal Giuseppe Siri, de Génova; el propio Baggio, que habría pasado el verano recorriendo África y Asia para visitar a los cardenales cuyos nombramientos él mismo había promovido; y Benelli. Al ver crecer a Baggio, Benelli sacó «como un mago que saca el conejo de la chistera» el nombre del patriarca de Venecia, Albino Luciani.

La última audiencia de Juan Pablo I

Benelli, que conocía el contenido del informe, pidió al nuevo Papa que llamara a Gagnon. Murr lo llevó por segunda vez a San Dámaso. Juan Pablo I leyó el dosier y su resumen de medidas: destituir de inmediato al prefecto de Obispos y sustituir a Marcinkus. Ofreció a Benelli la Secretaría de Estado en lugar del cardenal Jean Villot, también señalado como masón, y Benelli puso una condición: apartar a Baggio enviándolo a Venecia. Lo que sigue es el pasaje más estremecedor de la entrevista.

«El Papa Juan Pablo I llamó al cardenal Baggio a audiencia y Baggio le dijo, no sé cuántas veces, pero al menos dos, que estaba ocupado. Pedro, yo te pregunto: si el Papa de Roma te llama y te dice “quiero hablar contigo”, ¿le contestas “Santidad, estoy ocupado”? Por fin el Papa, después de un mes, levantó el teléfono: “Quiero verlo mañana”. “No, Santidad, estoy ocupado, vienen obispos de distintas partes”. “Perfecto. Entonces lo veo esta noche, a las ocho. ¿Está ocupado a las ocho de la noche? ¿Con qué? ¿Dónde? ¿Con quién? Ah, está libre. Perfecto, lo espero a las ocho”».

«El Papa le dice: “Eminencia, hemos tomado la decisión de mandarlo a Venecia, nuestra propia arquidiócesis, que está vacía porque me eligieron Papa. Es un honor”. “No, no voy”. “¿Cómo que no va?”. “No voy. Todo esto es un complot contra mí, Padre”. Y empezó a levantar la voz. La Guardia Suiza, fuera de la puerta, oyó una voz muy fuerte que gritaba y una discusión entre los dos. Baggio salió muy enojado y, ¡pum!, dio un portazo. Eran poco más de las nueve de la noche. Dos horas más tarde, creo, el Papa estaba muerto».

A las siete y media de la mañana un seminarista amigo, Luis Fernando, aporreó la puerta de Murr con la noticia. El sacerdote creyó al principio que hablaba de Pablo VI.

«Fui inmediatamente al cuarto de Gagnon, toqué la puerta de Marini y estábamos todos en piyama escuchando la noticia, sin poder creerlo, mirándonos. Pero sí sabíamos quién estaba detrás de todo eso, y ni por un momento compramos la idea del infarto. Hay coincidencias en la vida, pero aquello era demasiada coincidencia».

Al día siguiente, paseando por un parque cercano a la casa, Murr le preguntó a Gagnon sin rodeos si el Papa había muerto de muerte natural, si lo habían matado o si se había quitado la vida.

«Y Gagnon, con mucho cuidado de lo que decía y lo que no decía, me contestó: “Carlitos, hay muchas maneras de matar a un hombre. Hay muchas maneras de provocar un infarto. Hay muchas maneras de matar a un hombre”. Con eso me lo contestó todo».

Murr subraya además dos detalles que alimentaron entonces las sospechas: las versiones oficiales contradictorias sobre el hallazgo del cadáver, que pasaron del libro de la Imitación de Cristo a unos papeles sobre cambios en la Curia, y la desaparición del dosier que Gagnon había entregado al Papa. «Muchas cosas se pierden misteriosamente así», resume.

Juan Pablo II y la huida a Colombia

Elegido Karol Wojtyła, Benelli volvió a insistir. Pasaron tres o cuatro meses hasta que el Papa polaco recibió a Gagnon, y Murr lo condujo por tercera vez con una copia del informe. El santo pontífice escuchó, recibió los papeles y no cambió nada; su prioridad eran los viajes y la predicación del Evangelio.

«Al cabo de una hora llegó muy enojado, la cara roja, los dientes apretados. Se subió al coche. “Excelencia, ¿cómo le fue?”. “Carlos, ¿qué haces pasado mañana? Necesito que me lleves al aeropuerto. Me voy a Colombia, a la selva, a predicar el Sagrado Corazón de nuestro Señor. Basta ya de esto. Estoy perdiendo mi vida aquí en cosas inútiles con hombres ingratos”. Le dijo tres cosas al Papa: quién era Baggio y por qué tenía que cambiarlo inmediatamente; que en el Banco Vaticano iba a estallar un escándalo tremendo; y la tercera: “Santidad, descubrí un complot para matarlo”. ¿Y sabe qué le respondió? “¿Quién va a querer matar al Papa de Roma?”».

Gagnon se marchó con una maleta pequeña. Poco después estalló el escándalo del Banco Ambrosiano, el banquero Roberto Calvi apareció ahorcado bajo el puente de Blackfriars en Londres y el cardenal John Krol, de Filadelfia, tuvo que pedir un millón de dólares a cada uno de un centenar de benefactores norteamericanos para salvar al Vaticano de la quiebra. Tras el atentado en la plaza de San Pedro, relata Murr, lo primero que pidió Juan Pablo II al salir de la gravedad fue que buscaran a Gagnon. El canadiense volvió a Roma, fue creado cardenal y Benelli, que había aceptado por fin la Secretaría de Estado con la misma condición de apartar a Baggio, murió repentinamente en Florencia a los 61 años. «Todos se mueren así», apostilla el sacerdote.

De Baggio a Prevost

La parte final de la conversación salta casi medio siglo y conecta aquella guerra sorda con la Iglesia de hoy. Murr, sin pelos en la lengua, sostiene que Benedicto XVI fue forzado a renunciar y que el episcopado mundial se ha rehecho desde entonces con el mismo patrón que él vio en los setenta.

«Hoy todo eso se está repitiendo. Después de la renuncia del Papa Benedicto, que fue forzada, forzada por hombres en el Vaticano, empezaron a rehacer el episcopado en todo el mundo. Los nuevos obispos, todos liberales. ¿Y quién era el último encargado de la Congregación para los Obispos? Robert Prevost, de Chicago, el cardenal Prevost, que llegó a ser el Papa León. Hay un conflicto muy grande, una guerra que se está librando dentro de la Iglesia, que pudo haberse dado con Pablo VI y con Juan Pablo II, pero que está pasando hoy, con una mentalidad mayoritaria de obispos liberales que cambian la Iglesia desde dentro».

Preguntado por Buerbaum si cree de veras que hay malas intenciones dentro del Vaticano, o simplemente enfoques distintos, el sacerdote no titubea: «Creo que hay verdaderamente malas intenciones. Sí, de verdad». Sobre Francisco se limita a decir que las cosas que enseñó, dijo e hizo «son inexplicables», y que su sucesor, «su discípulo», seguirá la misma línea.

No hay en sus palabras, sin embargo, rastro de desesperanza:

«¿Cómo va a terminar? Solo sé una cosa: Cristo va a ganar. Tengo su palabra de que estará con la Iglesia hasta el fin de los tiempos. ¿Cómo vendrá la salvación de esta Iglesia en crisis? No lo sé, no lo sé, pero sé que se remediará. Eso se llama, creo, fe. Y yo tengo fe en Cristo, en que mi Cristo no es ningún mentiroso. Lo que dijo se cumplirá. Vivo en esa confianza, aun cuando veo muchas cosas que van muy mal».

El aval de De Mattei

Murr reconoce que, al publicar el libro, algunos sacerdotes lo acusaron de inventarlo todo. A los pocos meses recibió un correo del historiador Roberto de Mattei, que le pidió escribir el prólogo: «Porque sé que todo lo que tiene en el libro es verdad. Fui amigo de Gagnon y de Marini, y todo lo que usted dice es lo que pasó».

El sacerdote cierra con una sonrisa. Pensaba vivir sus últimos años en paz, con su misa diaria y sus trigales andaluces, y se ha encontrado con la vida más ajetreada que podía imaginar. «Tengo 76 años», dice, «pero soy el jovencito de la historia».

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