El caballero católico que acabó con la esclavitud en África Occidental

El caballero católico que acabó con la esclavitud en África Occidental
Sir James Marshall, en Memoir of Sir James Marshall, de W.R. Brownlow, 1890 [Fuente: Wikimedia]

Por Joanna Bogle

El cementerio católico de Mortlake, en el suroeste de Londres, tiene un agradable aire rural y merece una visita: está a unos 20 minutos de Waterloo, en la línea que baja hacia Richmond, y a un corto paseo de la estación. Es famoso sobre todo por la gran tumba de piedra en forma de tienda del explorador del siglo XIX sir Richard Burton, que atrae cada año a numerosos turistas e historiadores. Entre otras personalidades enterradas aquí se encuentra el arquitecto John Francis Bentley, que diseñó la catedral de Westminster.

Hay una tumba, sin embargo, cuya historia tiene especial relevancia hoy. Sir James Marshall (1829-1889), con su trabajo voluntario y su gran generosidad, contribuyó a asegurar la labor misionera católica en África. Pero quizá su logro no menos grande lo alcanzó como funcionario en un cargo secular.

Nombrado presidente del Tribunal Supremo de la Costa de Oro y de los territorios vecinos –los actuales Ghana y Nigeria–, fue el responsable de acabar con una forma de esclavitud especialmente cruel y de liberar a gran número de hombres, mujeres y niños.

Gravemente discapacitado desde joven –hubo que amputarle el brazo derecho tras un accidente en barca–, Marshall tuvo que abandonar sus planes de ingresar en el Ejército y, en cambio, siguió los pasos de su padre y recibió las órdenes sagradas en la Iglesia anglicana. Tras algunos años de ministerio y mucho estudio, se incorporó a la Iglesia católica y pasó a enseñar lenguas clásicas en la Oratory School fundada por John Henry Newman.

Fue Newman quien le sugirió estudiar Derecho y, con el tiempo, llegó a ser abogado. En 1873 fue nombrado magistrado principal de la Costa de Oro y, más tarde, en 1887, de Nigeria. En Asaba se topó con una espeluznante costumbre local según la cual un jefe tribal adquiría gran número de esclavos que, llegado el momento, eran sacrificados en público durante una gran concentración, en medio de un ruidoso ceremonial. Esto tenía su raíz en la creencia de los jefes tribales de que así los esclavos estarían a su disposición para servirles en la otra vida.

En Ghana, Marshall se había convertido en una figura respetada y popular, capaz de tratar con las comunidades locales y sus dirigentes, y su nombramiento para Asaba se había producido precisamente porque había que resolver la cuestión de la esclavitud.

En una carta a los suyos, Marshall contó cómo había dicho a los jefes tribales que la salvaje práctica de la matanza ritual tenía que terminar, «que se tomarían las medidas más enérgicas para suprimirla; que yo haría saber entre los esclavos que podían contar con nuestra protección, y que, cada vez que se supiera que iba a cometerse un asesinato, se enviaría de inmediato a los soldados y que los jefes… se expondrían a ser ahorcados».

Hablaba con toda la autoridad de la ley. No solo la esclavitud había sido abolida en todo el Imperio británico ya en 1833, sino que el asesinato en sí mismo era un delito y sería tratado como tal, con la pena más severa. Entre los esclavos que aguardaban la matanza, retenidos en condiciones atroces y capturados en combates entre tribus, había mujeres y niños pequeños.

Al relatar cómo se dirigió a los jefes, Marshall escribió que les dijo: «“Creéis que el gran Dios, que hizo al hombre blanco y al negro, y el mundo entero, y que quiso que todos viviéramos felices juntos aquí, os guardará a esos esclavos que asesináis para que sean vuestros esclavos en el otro mundo… ¡bah!”. Luego levanté el dedo ante ellos y les dije: “Todos habéis de morir, y cuando muráis veréis quién tiene razón”».

Respaldado por la fuerza militar, Marshall pudo imponer la ley, y aquellas prácticas odiosas fueron finalmente aplastadas. Mientras tanto, además de su cargo oficial, se había implicado activamente en la pequeña iglesia misionera que se estaba estableciendo. Y, con el tiempo, fueron sus esfuerzos, entre ellos una petición personal al Papa, los que llevaron a la Costa de Oro a un número considerable de misioneros.

La Gran Bretaña victoriana honraba a los hombres que servían en el imperio colonial que estaba surgiendo. A los jueces y administradores que trabajaron para lograr la prohibición de la esclavitud se los consideraba, con razón, defensores de lo más noble y lo mejor de la ley y de la civilización cristiana. Las reuniones y los mítines celebrados en Londres recaudaban fondos para proyectos que ayudarían a liberar esclavos y, al mismo tiempo, a fundar –sobre todo a través de las iglesias y del voluntariado– escuelas y hospitales en territorios donde se ofrecían formas de vida nuevas y civilizadas.

Hoy es necesario contar la verdad de todo esto. A los niños y niñas de las escuelas británicas se les cuenta una serie de mitos sobre el siglo XIX, la relación entre Gran Bretaña y África, el papel del cristianismo y otras cuestiones. (Me imagino que en Estados Unidos y en otras naciones occidentales las cosas son parecidas.)

La Iglesia de Inglaterra contribuye actualmente a esos mitos con sus intentos de reescribir la historia y de entregar dinero en concepto de «reparaciones por la esclavitud» a través de los organismos oficiales de varios países, mientras descuida sus parroquias en su propio país. Quizá la historia de sir James Marshall pueda servir como punto de partida para hablar de lo que realmente sucedió en la época victoriana. Tal vez convenga señalar también que el renacimiento católico fue un factor de primer orden en el desarrollo de buena parte de lo que se logró.

Entretanto, en Ghana y Nigeria –y en varias parroquias católicas de Londres con numerosos fieles ghaneses y nigerianos– florecen los Caballeros y Damas de Marshall. Esta admirable organización católica de laicos, fundada en la década de 1920, desempeña un papel destacado en la vida católica y, entre otras muchas cosas, viene trabajando por la posible canonización de sir James Marshall.

Cada año, en el aniversario de la muerte de Marshall, los Caballeros y Damas se reúnen en gran número en Mortlake, donde se reza ante su tumba y se depositan flores y coronas. Y, mientras tanto, a diario, en Londres y en el resto de Gran Bretaña, sacerdotes de Ghana y Nigeria están al frente de parroquias, enseñan la fe y evangelizan el país: ahora son ellos los misioneros en el país que en otro tiempo les envió misioneros.

Tumba de sir James Marshall en Mortlake

Sobre el autor

Joanna Bogle es autora de unos 20 libros, entre ellos varias biografías históricas y A Book of Feasts and Seasons, con información sobre las tradiciones y costumbres que marcan el año litúrgico. Su libro más reciente es John Paul II: Man of Prayer, escrito con su colega Clare Anderson, que explora la vida espiritual de san Juan Pablo Magno. Participa regularmente en programas de EWTN y puso en marcha los populares «Paseos de historia católica» por Londres.

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