El beato Fulton Sheen advirtió hace casi 50 años del peligro de una Iglesia entregada «por completo a la acción»

El beato Fulton Sheen advirtió hace casi 50 años del peligro de una Iglesia entregada «por completo a la acción»

Una grabación realizada hace casi medio siglo ha permitido recuperar una homilía de Fulton Sheen en la que el célebre predicador norteamericano advertía del peligro de una Iglesia «entregada por completo a la acción», desvinculada de la oración, el ayuno y la vida sobrenatural. Frente a ese extremo, Sheen tampoco proponía una Iglesia encerrada en la contemplación: su respuesta era comenzar en Cristo para después salir al mundo.

La grabación corresponde a una Misa celebrada por Sheen el 6 de marzo de 1977, segundo domingo de Cuaresma, en la Catedral del Sagrado Corazón de Newark, en Nueva Jersey. Según ha informado Jersey Catholic, el hombre que registró aquella celebración conservó el audio durante décadas y recientemente entregó una copia digital al actual rector de la catedral, el padre Matthew Gonzalez.

El hallazgo coincide con la beatificación de Fulton Sheen, celebrada el pasado 24 de septiembre en San Luis. La Catedral de Newark ha recuperado además fotografías y documentación de aquella visita y ha localizado la casulla que Sheen utilizó durante la celebración, expuesta ahora como reliquia de segunda clase del nuevo beato.

Pero el interés de la grabación no es solamente histórico. Escuchada casi cincuenta años después, la predicación contiene un diagnóstico sobre la Iglesia posterior al Concilio que conserva una llamativa actualidad.

«La Iglesia está hasta cierto punto dividida»

Sheen tenía entonces 81 años y residía retirado en Nueva York. Había acudido a Newark invitado por el arzobispo Peter Leo Gerety, quien incluso le permitió ocupar la cátedra durante la celebración.

El predicador aprovechó la circunstancia para bromear: «De ninguna manera estoy ocupando su lugar. Simplemente me queda grande».

Pero enseguida cambió de registro.

Sheen explicó que viajaba entre 10.000 y 15.000 millas mensuales y que ese contacto constante con las diócesis estadounidenses le permitía contemplar la situación de la Iglesia en todo el país.

«En mis viajes, parece como si la Iglesia estuviera hasta cierto punto dividida. Se han producido grandes cambios», afirmó.

Su diagnóstico no era simplemente la existencia de «tradicionalistas» y «progresistas». Sheen observaba un desplazamiento mucho más profundo.

«Hace treinta o cuarenta años, casi todo el énfasis de la Iglesia estaba puesto en la santificación individual. Hoy está puesto en el desarrollo social», explicó.

Y veía aparecer, junto con esa corrección de antiguos desequilibrios, un nuevo extremo: «Ha surgido la sensación de que, si uno se preocupa social y políticamente por el mundo, sus pecados individuales no importan».

Sheen llevó la advertencia hasta la propia recepción de la Eucaristía.

«Esa es una de las razones por las que hoy encontramos que quienes comulgan no siempre están preparados para la Sagrada Comunión: piensan que sus pecados individuales tienen poca importancia mientras se preocupen por lo social», aseguró.

De un lado situaba entonces a quienes entendían la Iglesia fundamentalmente como llamada al espíritu y a la santificación personal. Del otro, a quienes la concebían ante todo como llamada a la acción, al desarrollo y a la mejora social.

«Los dos no están encontrándose».

Para Sheen, el problema no estaba en la preocupación de la Iglesia por la justicia, la dignidad humana o las necesidades temporales, sino en convertir esa acción en un sustituto de la santificación personal. Una Iglesia volcada sobre el mundo, pero desconectada de la oración y de la conciencia del pecado, terminaba perdiendo precisamente aquello que podía ofrecer al mundo.

Una Iglesia «vertical» y otra «horizontal»

Sheen resumió aquella fractura mediante dos imágenes.

«Por una parte está la Iglesia vertical, que dice que la tarea de la Iglesia consiste simplemente en tener una relación vertical con Dios. Por otra está la Iglesia horizontal, que sostiene que nuestra única tarea está en este mundo».

La respuesta, sostenía, se encontraba en el Evangelio de la Transfiguración y, especialmente, en lo que sucede inmediatamente después.

En la montaña, Pedro contempla la gloria de Cristo y quiere permanecer allí: «Señor, quedémonos aquí. ¿Para qué bajar jamás de este monte?».

Sheen veía en Pedro la imagen de «la Iglesia de la montaña»: «la Iglesia espiritual, la Iglesia de la contemplación, la Iglesia del éxtasis, la Iglesia de la visión».

Pero Cristo no acepta la propuesta.

«Nuestro bendito Señor no respondió a Pedro, sino que lo llevó desde la montaña hasta el valle».

Abajo estaban la enfermedad, la necesidad, la pobreza y «una humanidad debilitada». Allí esperaba un padre desesperado con su hijo atormentado.

Los otros nueve apóstoles habían permanecido en el valle y no habían sido capaces de expulsar al demonio.

Para Sheen, representaban el extremo contrario.

«Estáis entregados por completo a la acción»

Aquellos nueve apóstoles simbolizaban «la Iglesia del valle», dedicada al «desarrollo social, la mejora política, los derechos humanos y la dignidad».

Pero habían fracasado.

Cuando preguntaron a Cristo por qué no habían podido liberar al muchacho, Sheen reconstruyó así la respuesta: «Porque no tenéis fe. Esa clase sólo puede ser expulsada mediante la oración y el ayuno».

Y añadió una interpretación especialmente incisiva:

«Estáis entregados por completo a la acción. No existe comunicación vertical con Dios ni existe, mediante el ayuno, esa separación del espíritu del mundo».

De ahí extraía el diagnóstico central de su homilía.

«Tenemos así dos partes de la Iglesia que han fracasado: la Iglesia que quería permanecer en la montaña y la Iglesia que permaneció en el valle sin oración ni ayuno y sin la inspiración de Cristo».

Y fue entonces cuando empleó las categorías que casi medio siglo después siguen formando parte del debate eclesial:

«Estos dos extremos que encontramos en la Iglesia, los llamados tradicionalistas y los llamados progresistas, son ambos imperfectos».

Sheen no estaba estableciendo una equivalencia doctrinal entre tradición y progresismo. La comparación que desarrolla inmediatamente después permite precisar su argumento: lo que considera incompleto es separar la contemplación del apostolado, quedarse en la montaña sin descender al mundo o pretender transformar el valle después de haber perdido la relación con Dios.

«Si no hay montaña, nunca habrá visión»

La fórmula con la que explicó esa relación constituye uno de los pasajes más logrados de la homilía recuperada:

«Si no hay montaña en nuestras vidas, nunca habrá visión. Si sólo existe el valle del trabajo sin la visión, sólo habrá monotonía. Nuestro bendito Señor quiso que su Iglesia tuviera ambas cosas».

Cristo mismo ofrecía, según Sheen, la síntesis.

«¿Cuál fue la primera palabra de la vida pública de Nuestro Señor? Ven. Ven a mí. Aprende de mí. Ámame. Recibe las chispas de mi fuego. ¿Y cuáles fueron las últimas palabras de la vida pública de Nuestro Señor? Ve. Ve al mundo».

El orden no era accidental:

«Primero venimos a Él; después vamos».

Para Sheen, el problema comenzaba cuando la Iglesia multiplicaba los «ven» olvidando el envío o multiplicaba los «ve» sin haber acudido antes a Cristo.

«Si estáis divididos, si sois de los que se aferran a la montaña o de los que se aferran al valle, recordad que tenéis un Cristo incompleto, una Iglesia incompleta».

Madre Teresa, la montaña y el valle

Sheen encontró un ejemplo concreto de esa unión en Madre Teresa de Calcuta, todavía viva cuando pronunció la homilía.

Recordó una entrevista en la que le preguntaron cómo podía dedicarse a recoger de las calles de Calcuta a miles de moribundos, enfermos y desamparados.

La respuesta de la religiosa fue sencilla: «Recibo la comunión todas las mañanas y hago una Hora Santa. Y descubro que las personas a las que toco durante el día son una prolongación del Cuerpo de Cristo».

Para Sheen, ahí estaba la lección.

«Ella une la montaña y el valle. La llamada al espíritu y la llamada a la acción. Pero comenzamos por la montaña. Después vamos al valle».

No se trataba, por tanto, de escoger entre oración y obras, contemplación y apostolado, santificación personal y caridad hacia el prójimo.

Existía un orden.

Primero Cristo. Después, el mundo.

Una advertencia recuperada casi cincuenta años después

La grabación permaneció fuera del alcance del público durante décadas. Su recuperación llevó al padre Gonzalez a investigar en los archivos arquidiocesanos, donde encontró fotografías y documentación de la celebración, además de localizar la casulla que Sheen había utilizado aquel día.

«Sentí como si estuviera escuchando algo sagrado, casi como si un momento de nuestro pasado hubiera vuelto repentinamente a la vida», explicó el rector al recordar la primera escucha del audio.

Casi cincuenta años después, algunas de las palabras de Sheen resultan difíciles de reducir a una curiosidad de archivo.

Una Iglesia absorbida por la acción social hasta relativizar el pecado personal; otra tentada de encerrarse en la contemplación sin descender hasta quienes necesitan a Cristo; unos apóstoles incapaces de actuar porque han abandonado la oración y el ayuno.

Frente a ambos extremos, Sheen proponía el mismo movimiento que encontraba en el Evangelio: subir a la montaña para encontrarse con Cristo y descender después al valle llevando consigo aquello que se ha recibido.

La última frase de aquella predicación condensó toda la idea:

«Comenzamos con Él, nuestro principio y nuestro fin. Dios os ame».

Homilía completa de Fulton Sheen en la Catedral de Newark

6 de marzo de 1977

Excelencia Reverendísima, señor arzobispo, y queridos amigos en Cristo:

Acepto vuestros aplausos del comienzo como una manifestación de fe. Si hay alguno durante la charla, será esperanza; y al final, ciertamente, caridad.

Vuestro buen arzobispo me ha permitido sentarme en su trono y utilizar su cátedra. De ninguna manera estoy ocupando su lugar. Simplemente me queda grande.

Ayer por la mañana, a esta misma hora, estaba predicando en Los Ángeles, California. Os digo esto porque, viajando como viajo entre 10.000 y 15.000 millas al mes, puedo contemplar la Iglesia a lo largo de todo el país.

Y en mis viajes parece como si la Iglesia estuviera hasta cierto punto dividida. Se han producido grandes cambios.

Por ejemplo, hace treinta o cuarenta años, casi todo el énfasis de la Iglesia estaba puesto en la santificación individual. Hoy está puesto en el desarrollo social.

Hace treinta o cuarenta años, prácticamente ningún sacerdote escuchaba en confesión un pecado contra la justicia social. Me pregunto, por ejemplo, si algún sacerdote escuchó alguna vez en aquellos días a un penitente confesarse de pagar un salario insuficiente a un empleado. Creo que no.

Hoy, con el énfasis puesto en lo social, ha surgido el otro extremo: la sensación de que, si uno se preocupa social y políticamente por el mundo, sus pecados individuales no importan.

Esa es una de las razones por las que hoy encontramos que quienes comulgan no siempre están preparados para la Sagrada Comunión: piensan que sus pecados individuales tienen poca importancia mientras se preocupen por lo social.

Así que se ha producido una especie de división.

De un lado están quienes quieren pertenecer a la Iglesia del éxtasis: la llamada al Espíritu, la llamada a la santificación personal. Del otro están quienes consideran que han sido llamados a la acción, al desarrollo, a la mejora social.

Los dos no están encontrándose.

Por una parte está la Iglesia vertical, que dice que la tarea de la Iglesia consiste simplemente en mantener una relación vertical con Dios. Por otra está la Iglesia horizontal, que sostiene que nuestra única tarea está en este mundo.

Quisiera sugeriros que en el Evangelio de hoy tenemos la respuesta a esta división.

No solamente en lo que se ha leído, sino en este Evangelio de Lucas. La Iglesia lee hoy únicamente una parte del capítulo 9. Inmediatamente después de lo que se ha leído aparece la descripción de la otra Iglesia, lo que ocurrió inmediatamente después de la Transfiguración, cuando Nuestro Bendito Señor descendió de la montaña.

Voy a describiros ambas Iglesias.

La primera Iglesia es la que aparece en el Evangelio que hemos escuchado. Nuestro Bendito Señor acababa de estar en Cesarea de Filipo, donde Pedro hizo la confesión: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo».

Desde allí fue a la montaña y llevó consigo a Pedro, Santiago y Juan: los tres a quienes posteriormente llevaría consigo al huerto, los tres que estuvieron presentes en la resurrección de la hija de Jairo.

Cuando asciende a la cima de la montaña, se transfigura. Es decir, su cuerpo comienza a brillar como el sol y sus vestiduras se vuelven blancas como la nieve.

Me pregunto si éste no sería realmente el estado «natural» de Nuestro Señor. Y pongo «natural» entre comillas: el estado natural de Nuestro Señor.

Si, por ejemplo, introducís una luz eléctrica dentro de un jarrón de alabastro —si es caro, es un jarrón; si es barato, también es un jarrón—, si introducís una luz eléctrica dentro de un jarrón de alabastro, resplandecerá. Se vuelve iridiscente.

Poned inocencia dentro de un niño y brillará a través del niño.

Poned la divinidad dentro de la humanidad y ésta se transfigura.

Me pregunto si Nuestro Bendito Señor, durante su vida pública, no tuvo que contener constantemente la manifestación de su divinidad.

Ahora permite que aparezca.

Y Moisés y Elías aparecen con Él.

Elías nunca murió. Fue llevado al cielo. Y probablemente esto también sea cierto de Moisés, porque la Escritura nos dice que Moisés subió al monte y nadie conoce el lugar de su sepultura. Debe de ser así, porque ahora aparecen gloriosos tanto Moisés como Elías.

¿De qué hablan Moisés, Elías, Nuestro Señor y el Padre celestial?

El Evangelio que hemos leído habla de partida o liberación. La palabra griega utilizada es éxodo.

Hablan de la muerte de Nuestro Señor.

De la muerte bajo la imagen del Éxodo.

Así como los israelitas abandonaron Egipto, atravesaron el desierto y llegaron a la Tierra Prometida, también Nuestro Bendito Señor tendría su éxodo.

Nos sacaría del Egipto del pecado, atravesaría Él mismo el desierto del Calvario y llegaría después a la gloria de la Resurrección.

Cuando Pedro contempló toda aquella gloria, dijo: «Oh, qué bien estamos aquí».

En otras palabras: «Señor, quedémonos aquí. ¿Para qué bajar jamás de este monte? Aquí estamos en toda esta gloria y estamos contemplando aquello en lo que viven Moisés y Elías ahora que han pasado de la muerte a la vida».

«Construyamos aquí tres tiendas: una para Ti, otra para Moisés y otra para Elías».

En otras palabras, Pedro se convirtió en símbolo de la Iglesia de la montaña.

La Iglesia espiritual, la Iglesia de la contemplación, la Iglesia del éxtasis, la Iglesia de la visión.

Éste es el papel de la Iglesia. ¿Para qué molestarse en abandonarlo por el mundo?

Y el Evangelio dice de Pedro que no sabía lo que decía.

¿Por qué no sabía lo que decía?

Ahora llegamos a la otra mitad del Evangelio de Lucas, que no se ha leído.

Nuestro Bendito Señor no respondió a Pedro, sino que lo llevó desde la montaña hasta el valle.

Y quienes habéis estado en Roma habéis visto la obra maestra de Rafael, en la que se contempla simultáneamente a Cristo en la montaña y, abajo, en el valle, al padre angustiado con su hijo endemoniado.

Mientras Pedro decía: «Llevemos simplemente una vida espiritual», Nuestro Señor está diciendo: «No».

Abajo hay enfermedad. Hay necesidad. Hay pobreza. Hay una humanidad debilitada.

Así que Pedro deja la montaña.

Baja al valle y allí encuentra a un padre que tiene una grave necesidad y a un hijo cuya necesidad es todavía mayor.

Cuando Nuestro Bendito Señor descendió al valle con sus apóstoles, allí estaba otra parte de la Iglesia.

Pedro, Santiago y Juan habían estado con la Iglesia de la exaltación; los otros nueve estaban con la Iglesia del valle.

Estaban en el ámbito del desarrollo social, de la mejora política, de los derechos humanos y de la dignidad.

Y aquella Iglesia —porque eran los nueve apóstoles—, curiosamente, fue incapaz de expulsar al demonio del joven.

El padre, representando a la humanidad, dijo al Señor: «He pedido a tus apóstoles que expulsen al demonio y no han podido».

Y Nuestro Señor dijo: «¡Oh, generación incrédula y sin fe! ¿Hasta cuándo tendré que soportaros?».

Y Nuestro Señor expulsó al demonio del joven.

Entonces los apóstoles preguntaron a Nuestro Señor: «¿Por qué no pudimos expulsarlo? ¿Dónde está nuestro fracaso? Estamos preocupándonos por la humanidad».

Y Nuestro Bendito Señor dice: «Porque no tenéis fe. Esa clase sólo puede ser expulsada mediante la oración y el ayuno».

Estáis entregados por completo a la acción.

No existe comunicación vertical con Dios y no existe, mediante el ayuno, esa separación horizontal respecto del espíritu del mundo.

Y así tenemos dos partes de la Iglesia que han fracasado.

La Iglesia que quería permanecer en la montaña y la Iglesia que permaneció en el valle sin oración ni ayuno y sin la inspiración de Cristo.

Estos dos extremos que encontramos en la Iglesia, los llamados tradicionalistas y los llamados progresistas, son ambos imperfectos.

Se parecen a quienes están en la montaña y a quienes están en el valle.

El Evangelio sugiere, por tanto, que si verdaderamente queremos influir sobre la sociedad, debemos comenzar por el éxtasis. Entonces estaremos preparados para el valle.

Si no hay montaña en nuestras vidas, nunca habrá visión.

Si sólo existe el valle del trabajo sin la visión, sólo habrá monotonía.

Nuestro Bendito Señor quiso que su Iglesia tuviera ambas cosas.

¿Cuál fue la primera palabra de la vida pública de Nuestro Señor?

«Ven».

Ven a mí. Aprende de mí. Ámame. Recibe las chispas de mi fuego.

¿Y cuáles fueron las últimas palabras de la vida pública de Nuestro Señor?

«Ve».

Ve al mundo.

Primero venimos a Él; después vamos.

Por eso tendemos a tener, en unas épocas, demasiados «ven, ven» y, en otras, demasiados «ve, ve», y no permanecemos suficientemente unidos.

Así que, si estáis divididos, si sois de los que se aferran a la montaña o de los que se aferran al valle, recordad que tenéis un Cristo incompleto, una Iglesia incompleta.

Mirad qué maravillosamente une Madre Teresa ambas cosas.

La escuché en una entrevista en Nueva York hace aproximadamente un año.

Quien la entrevistaba le dijo:

«Madre Teresa, usted ha recogido de las calles de Calcuta a 25.000 moribundos. Eran pobres, estaban demacrados, sucios y enfermos. ¿Cómo pudo entregarse a ese trabajo? Debe de ser muy difícil trabajar con sus cuerpos».

Madre Teresa respondió:

«Nunca pensé en eso. Recibo la comunión todas las mañanas y hago una Hora Santa. Y descubro que las personas a las que toco durante el día son una prolongación del Cuerpo de Cristo».

Cuando llegó a su casa de Nueva York, a la nueva casa a la que se había trasladado recientemente su comunidad, encontró en la calle basura, suciedad, papeles y trapos.

Cogió una escoba y comenzó a barrer la calle.

Y las mujeres que estaban al otro lado, las que vivían en los apartamentos y arrojaban la basura a la calle, cogieron sus escobas, bajaron y barrieron la calle hasta dejarla limpia.

Ella se ha convertido en una lección para el mundo moderno.

Une la montaña y el valle.

La llamada al espíritu y la llamada a la acción.

Pero comenzamos por la montaña.

Después vamos al valle.

Durante los días de las Cruzadas, Robert Bruce, rey de Escocia, había deseado ir a la tierra santificada por los pies de Nuestro Señor. Cayó enfermo y no pudo ir.

Llamó entonces a su amigo, lord Douglas, y le dijo:

«Douglas, cuando muera, extrae mi corazón y llévalo contigo a las Cruzadas para que pueda descansar en la tierra de nuestro Salvador».

Douglas colocó el corazón de Robert Bruce en un cofre de plata y lo llevó consigo hacia Tierra Santa.

Lord Douglas se encontraba combatiendo contra los moros y estaba perdiendo la batalla.

Entonces, recordando el corazón de Bruce que llevaba consigo, se volvió hacia sus soldados y, levantando aquel corazón, les dijo:

«Adonde solía ir el corazón de Robert Bruce, id vosotros».

Y arrojó el corazón de Bruce entre el enemigo.

Los soldados, deseosos de recuperar el corazón de su rey, se lanzaron tras él y ganaron la jornada.

Y así es como nosotros comenzamos: con Cristo.

Y después vamos al mundo.

Por eso vuestro querido arzobispo, uniendo ambas cosas, tiene como lema: In omnibus, en todas las cosas, Cristo.

Comenzamos con Él, nuestro principio y nuestro fin.

Dios os ame.

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