Circula un meme (lo firma una página que se llama Memes Católicos) que explica la Iglesia de estos años mejor que los dos instrumenta laboris del último Sínodo juntos. Arriba, en la cubierta de un velero, damas y caballeros dieciochescos brindan sobre manteles blancos, cada cual con su cartelito: Sínodos, Estrategias pastorales, Teologías latinoamericanas, Ecoteología. Abajo, en la bodega, una fila de remeros sin camisa tira del remo, y el rótulo es uno solo: Abuelitas rezando el Santo Rosario.

El meme cuida los detalles. A Sínodos le ha tocado un vestido rosa palo; a Teologías latinoamericanas, una pamela con más flores que un altar de mayo; a Ecoteología, una casaca verde oliva y una errata con doctrina (el rótulo dice Ecotelogía, sin la o de Theós, que es exactamente lo que se le reprocha). En la bodega no hay erratas. A algún remero la máquina le ha puesto más brazos de los que da la naturaleza, que son los que necesita una abuela.
La palabra para los de abajo es chusma.
La Academia la define primero como gente grosera y vulgar, y solo después como el conjunto de galeotes que servían en las galeras reales, que es el orden inverso al de la etimología. Porque la chusma, antes que un desprecio, fue un canto: viene del genovés antiguo ciüsma y este del griego kéleusma, el canto acompasado con que el remero jefe marcaba el movimiento de los remos (lo que en Ben-Hur hacía un tambor).
En Argentina, Bolivia, Colombia, Cuba y Uruguay, añade la Academia, chusma era también el conjunto de indios de una comunidad que no hacían la guerra, o sea, mujeres, niños y ancianos. Las abuelitas, exactamente.
Un rosario de parroquia a las siete de la tarde es un kéleusma de manual: una señora entona la primera mitad del avemaría, las demás responden la segunda, y así cincuenta veces, tarde tras tarde… No se rema a ciegas, por cierto, porque cada decena lleva su misterio de la vida de Cristo. Juan Pablo II abrió la Rosarium Virginis Mariae con una orden de boga, «remar mar adentro», el duc in altum que Cristo dio a Pedro. Y definió allí el rosario como oración mariana de centro cristológico, una especie de compendio del Evangelio. La bodega lleva el Evangelio en la mano, de diez en diez cuentas.
El meme, además, es más exacto de lo que sabe. En Lepanto, la más alta ocasión que vieron los siglos, pelearon galeras, es decir, chusmas, y Pío V había pedido a la cristiandad que acompañara la batalla con el rosario. Se ganó el 7 de octubre de 1571, y ese día salieron libres de los bancos turcos unos doce mil galeotes cristianos. Una chusma rezaba en Roma y otra soltaba el remo en el golfo de Patras. El papa dominico instituyó la fiesta de Santa María de la Victoria, y Gregorio XIII la convirtió en 1573 en la del Rosario.
En cubierta, mientras tanto, se echan cuentas. El Sínodo sobre la sinodalidad terminó en 2024 y sigue, con asambleas hasta octubre de 2028 repartidas en cuatro etapas que se llaman Hacer memoria, Interpretar, Orientar y Celebrar. La cuarta es la que sale en el meme.
Y fue a la presidencia de la CLAR, los religiosos latinoamericanos (más o menos, la mesa de la pamela), a la que Francisco contó en junio de 2013, según las notas de los asistentes que la propia CLAR lamentó ver publicadas, que al ser elegido le habían ofrecido 3.525 rosarios y que eso de contarlos le preocupaba, porque le sonaba a corriente pelagiana y a volver sesenta años atrás. Curioso reparo. El rosario, en castellano, está hecho de cuentas.
Pero el domingo, en Lourdes, León XIV se asomó a la bodega. Pidió a fieles y comunidades el rosario de octubre para que cesen las guerras, con «actos concretos de penitencia y de misericordia». Este 1 de octubre lo reza con cientos de niños en la gruta de Lourdes de los Jardines Vaticanos. La bodega, se ve, tiene cantera.
Arriba seguirán comiendo la sopa boba, que en origen era la que daban los conventos a los pobres, y atribuirán el avance del barco a la brisa de sus conversaciones. Abajo no hay cómitre ni cadena. En las galeras llamaban buenas boyas, del italiano buonavoglia, a los que remaban por su voluntad y a sueldo. Las abuelas reman por su voluntad y, encima, pagan la colecta.
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