Los sínodos que uno convocaría

Los sínodos que uno convocaría

Uno ha seguido el proceso sinodal de los últimos años con esa mezcla de fascinación y sopor que producen ciertos espectáculos largos, y ha llegado a una conclusión que no por evidente deja de ser melancólica: la Iglesia ha inventado un género nuevo, la reunión cuyo tema es la reunión. El Sínodo sobre la sinodalidad es a la teología lo que sería un congreso de congresistas sobre la congresualidad: una tautología con presupuesto. Ionesco lo habría escrito; Escher lo habría dibujado. Tres años, dos sesiones romanas, asambleas continentales, un Instrumentum laboris por entrega, un documento final que consagra la «conversación en el Espíritu», y ahora una fase de implementación que culminará en 2028 con una asamblea destinada a evaluar cómo hemos caminado mientras caminábamos. Mise en abyme, que dicen los franceses cuando un cuadro contiene el cuadro que lo contiene.

Mientras tanto, en las parroquias donde la Iglesia existe de verdad, se hacen preguntas de verdad. Las hacen madres en sacristías, adolescentes en catequesis, catequistas que no saben qué responder porque nadie con mitra ha desarrollado jamás una respuesta. Uno, laico sin cargo ni carisma, se permite entonces proponer un programa sinodal alternativo: sínodos sobre cuestiones realmente disputadas. Quaestiones disputatae se llamaba el género cuando la teología tenía pulso. Van cinco, con su etcétera.

  • Sínodo primero: de los niños muertos sin bautismo. La cuestión tiene un expediente doctrinal que quita el hipo. Florencia enseñó que quienes mueren con solo el pecado original descienden al infierno, aunque con penas desiguales, poenis disparibus; Trento reiteró la necesidad del bautismo; y santo Tomás, con una delicadeza que ya quisieran nuestros documentos pastorales, articuló el Limbo de los niños: ni visión beatífica ni pena sensible, una felicidad natural. El sínodo de Pistoia lo despachó como «fábula pelagiana» y Pío VI condenó la burla en la Auctorem fidei de 1794 —nota bene: no definió el Limbo; prohibió reírse de él, que en teología ya es una forma de protección—. Luego el siglo XX lo dejó morir de vergüenza ajena, el Catecismo lo sustituyó por una confianza en la misericordia (§1261) y la Comisión Teológica Internacional remató en 2007, con venia de Benedicto XVI, hablando de «razones serias para esperar». La esperanza, conviene decirlo, no es una doctrina: es lo que queda cuando la doctrina se ha ido de vacaciones.

Y aquí el género deja de admitir ironías, porque la cuestión ha cambiado de escala. Se cometen decenas de millones de abortos al año. Detrás de una parte de ellos hay una mujer que un día entra en una iglesia y pregunta a un sacerdote dónde está su hijo. La respuesta honesta hoy disponible es «esperamos», y la esperanza sin contenido consuela poco. El dilema tiene dos salidas y ninguna se ha querido recorrer: si esas almas ven a Dios sin más, entonces el aborto resulta ser el camino más eficaz al cielo jamás ideado, conclusión intolerable que nadie se atreve a formular y que por eso nadie se molesta en refutar; si no lo ven, dígase con claridad y desarróllese la consolación correspondiente, que la tradición la tiene: encomienda, sufragio, misericordia suplicada y no presumida. Tres años de sínodo darían para esto. Darían, de hecho, para empezar.

  • Sínodo segundo: del modo de comulgar. Aquí no hay que inventar el debate porque lo abrió la propia Santa Sede y lo dejó abierto de par en par. Memoriale Domini, 1969: Pablo VI consulta al episcopado mundial sobre la comunión en la mano; el resultado arroja 1.233 non placet frente a 567 placet; y acto seguido se concede el indulto para donde la práctica ya estuviera introducida. En una década la excepción se comió la regla, mecánica jurídica posconciliar de manual. Medio siglo después conviven dos prácticas con dos teologías implícitas y ninguna catequesis explícita. ¿Es digno tomar a Dios con la mano? Los partidarios esgrimen con fervor de converso a Cirilo de Jerusalén y su «haz de tu mano izquierda un trono para la derecha» (texto, dicho sea de paso, de autoría discutida, que es lo que suele pasar con los textos demasiado oportunos). Los contrarios responden con Trento: totus Christus en cada fragmento, y los fragmentos, en una palma seglar, tienen la fea costumbre de caerse. ¿Son «igual de recomendables» ambas formas, como sugiere la praxis, o una sigue siendo la ley universal y la otra un permiso que ha olvidado que lo es? Un sínodo podría estudiarlo en serio: partículas, reverencia, un sensus fidelium medido y no presumido. Uno sospecha que los resultados incomodarían a todos, que es la señal inequívoca de que una cuestión es real.
  • Sínodo tercero: de la edad de la confirmación. «El sacramento en busca de una teología», se repite desde hace medio siglo; medio siglo repitiendo el diagnóstico sin escribir la receta. Hay dos lógicas coherentes y hemos elegido no seguir ninguna. Si el sacramento es gracia y no medalla, adminístrese cuanto antes: Oriente crisma a los lactantes y nadie acusa a Oriente de frivolidad sacramental; san Pío X bajó la primera comunión a los siete años en 1910, Quam singulari, precisamente porque entendía que la gracia no debía esperar a la burocracia. Si, en cambio, la confirmación es ratificación personal de un adulto que decide, entonces ¿por qué a los catorce y no a los veinticinco, edad a la que el occidental medio empieza a decidir hasta el sofá? Lo que tenemos es lo peor de ambas lógicas: la confirmación como ceremonia de graduación, el sacramento del adiós, estadísticamente la última vez que vemos al confirmando. El canon 891 delega en las conferencias episcopales, las conferencias en las diócesis, cada diócesis en su costumbre, y el sello del Espíritu Santo acaba dependiendo del código postal. Un sínodo podría fijar el orden de la iniciación cristiana, que no es asunto menor: es decidir qué es un cristiano mientras se hace.
  • Sínodo cuarto: de la demografía del infierno. Balthasar se atrevió a esperar que todos los hombres se salven; Ralph Martin le replicó con la Escritura y la tradición entera; Barron terció; y la disputa, viva y seria como pocas, sigue confinada en libros que el clero no lee mientras la praxis la resuelve por la vía de los hechos: el universalismo práctico del funeral, donde todo difunto «ya está en el cielo» y cada exequia es una canonización exprés sin proceso, sin milagros y sin abogado del diablo. Las consecuencias no son decorativas: si todos se salvan, la misión es un hobby y el martirio un malentendido. Ratzinger, en Spe salvi, se permitió al menos una aritmética: pocos los enteramente corruptos, pocos los enteramente puros, la gran mayoría destinada a purificación. Especulación, sí, pero de alguien que se había leído todo. Y el purgatorio abre la puerta contigua: las indulgencias siguen vigentes, el Enchiridion se reeditó en 1999, y la Iglesia administra un tesoro que le da vergüenza gastar. Noviembre, los sufragios, la comunión de los santos: oro pastoral sin extraer, a la vista, en superficie.
  • Sínodo quinto: extra Ecclesiam nulla salus. Florencia otra vez, con su texto duro; Lumen gentium 16, con su apertura; Dominus Iesus, intentando que ambas cosas fueran verdad a la vez sin explicar del todo cómo. Y en medio, el caso Feeney, auténtico koan de la historia eclesiástica: el jesuita excomulgado —por desobediencia, técnicamente; los «técnicamente» son la poesía del derecho canónico— por defender con excesivo rigor que fuera de la Iglesia no hay salvación. Reconciliado en 1972 sin retractarse, por cierto. La pregunta que todo adolescente formula en catequesis —«¿para qué ser católico si mi amigo budista se salva igual?»— lleva sesenta años recibiendo por respuesta un encogimiento de hombros comme il faut, y del encogimiento de hombros ha salido el desplome misionero, que no es correlación sino causa. Un sínodo sobre esto llenaría estadios. Llenaría, como mínimo, los seminarios de argumentos.

Y el etcétera, que da para un pontificado entero. El ayuno eucarístico, rebajado de la medianoche a tres horas por Pío XII y de tres horas a una por Pablo VI, una hora en la que cabe el aparcamiento: ascesis homeopática. La asimetría entre la cola de la comunión y el desierto del confesionario, con san Pablo y su «quien coma indignamente» leído deprisa una vez al año. El demonio, del que Francisco hablaba constantemente y en el que cree menos clero del que confiesa creerlo, con los pocos exorcistas disponibles desbordados de trabajo. Las cenizas de los difuntos, esparcidas por el monte contra una instrucción de 2016 que ningún fiel ha oído citar desde un púlpito. Los ángeles custodios, degradados de milicia celestial a motivo decorativo de habitación infantil. Cada uno de estos asuntos divide de verdad, interesa de verdad y carece de pastoral desarrollada; cada uno daría para tres años de asambleas con provecho.

La objeción es previsible: son cuestiones «divisivas». Respuesta: exactamente. Para eso se inventaron los concilios y los sínodos, para las cuestiones disputadas. Nicea —de cuyo decimoséptimo centenario acabamos de salir tan conmemorativos— no se reunió para conversar en el Espíritu sobre la experiencia de ser Iglesia: se reunió porque Arrio decía cosas y había que decidir si eran verdad. Trento existió porque existió Lutero. La división no se cura ignorándola en asambleas sobre la asamblea; se cura estudiándola hasta el hueso. Lo otro, el método sobre el método, el camino sobre el camino, tiene nombre en la historia del arte, manierismo, y en la historia de la televisión otro más cruel: la serie sobre nada. Con la diferencia de que aquella, al menos, tenía gracia.

Uno no pide tanto. Pide un temario. De aquí a 2028 hay tiempo de sobra para cinco sínodos de los de antes, con sus tesis, sus antítesis y sus anatemas si hicieran falta. El Espíritu sopla donde quiere, de acuerdo. Pero no estaría de más ofrecerle, por una vez, un orden del día.

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