Vida, penitencia y eternidad: el mensaje de León XIV desde Lourdes

Vida, penitencia y eternidad: el mensaje de León XIV desde Lourdes

Lourdes dejó este domingo algunas de las afirmaciones más nítidamente católicas del viaje de León XIV a Francia. Ante los obispos, los enfermos y unos 150.000 peregrinos, el Papa habló de pecado, penitencia, reparación y vida eterna; defendió la sacralidad de la vida frente a las corrientes que pretenden redefinir su valor ante la enfermedad o la vejez; reclamó que la Iglesia no renuncie a su voz en la sociedad francesa y terminó la jornada presentando a la Virgen como la «nueva Eva», cuya intercesión «no es secundaria» en la lucha contra el mal.

Fue el domingo completo del Pontífice en Lourdes y también la jornada en la que confluyeron varios de los asuntos que había ido planteando desde su llegada a Francia. La defensa de la vida, presente ya en el Elíseo, apareció ahora en el escenario de los enfermos; la preocupación por el crecimiento de las conversiones volvió a convertirse en una llamada a la formación doctrinal; y el debate sobre la laicidad francesa desembocó en una petición directa a los obispos: la Iglesia tiene derecho a evangelizar, educar, rendir culto públicamente y ejercer la caridad en nombre de Jesucristo.

Una Iglesia que no desaparezca del espacio público

La mañana comenzó con el encuentro de León XIV con los obispos franceses. El Papa reconoció que la relación entre la Iglesia y la República ha alcanzado un cierto equilibrio después de una historia agitada, pero advirtió de que puede volver a ser cuestionado, como sucede en otros lugares de Occidente.

No pidió a los católicos franceses que se replegaran ante esa situación. Al contrario. Reclamó a los obispos «coraje, audacia y creatividad misioneras» y defendió que la palabra de la Iglesia tiene plenamente su lugar en el debate público, incluso cuando no es escuchada en cuestiones que afectan a los fundamentos mismos de la civilización.

León XIV puso como ejemplo los debates sobre el final de la vida. Dos días antes había advertido ante Emmanuel Macron contra la eutanasia, la maternidad subrogada y las manipulaciones genéticas. En Lourdes animó al episcopado a continuar interviniendo y a trabajar junto a quienes defienden los mismos valores.

La misma claridad reclamó para la enseñanza católica. Los centros pueden recibir a alumnos que no comparten la fe y respetar escrupulosamente su libertad de conciencia, señaló, pero no pueden renunciar por ello a un proyecto educativo centrado en Cristo. En una escuela católica, añadió, debe resultar natural que existan oportunidades para encontrarse con Jesucristo y escuchar su Palabra.

También volvió sobre el notable aumento de bautismos de adultos y jóvenes en Francia. Frente a la tentación de celebrar las cifras y dejar después solos a los nuevos fieles, pidió comunidades vivas y una formación doctrinal sólida, capaz de responder a dudas y objeciones. Era la continuación de lo dicho el sábado en París, cuando reclamó que los neófitos recibieran formación bíblica, teológica, doctrinal, moral y litúrgica.

«Es hoy —no mañana— cuando hay que convertirse»

Pero fue durante la Misa cuando el mensaje de Lourdes adquirió su tono más definido. Ante unos 150.000 peregrinos reunidos en la pradera del santuario, León XIV no centró su homilía en una vaga invitación a la esperanza. Habló de conversión y recuperó directamente la llamada de la Virgen a santa Bernardita: «¡Penitencia! ¡Penitencia! ¡Penitencia!».

«Es hoy —no mañana— cuando hay que convertirse», afirmó el Papa. Y planteó una pregunta poco complaciente: si los cristianos no se consideran con demasiada facilidad libres de pecado y si practican suficientemente la penitencia.

La conversión, explicó, supone abandonar los caminos del extravío y orientar la existencia hacia su verdadero fin. Lourdes recordaba así algo que una sociedad concentrada en el progreso y el bienestar material puede olvidar: la vida humana está llamada a la eternidad.

Desde ahí llegó uno de los pasajes centrales de la jornada. León XIV se refirió a las «corrientes actuales que pretenden redefinir el valor de la vida humana ante la enfermedad, el sufrimiento o la vejez» y contrapuso a ellas el testimonio del santuario.

«Lourdes es el lugar bendito de una profesión de fe en la belleza y la sacralidad de la vida», afirmó.

Las sillas de ruedas, las muletas, la enfermedad y las lágrimas no son allí vidas apartadas de la mirada porque hayan perdido utilidad o autonomía. Para León XIV, son precisamente el testimonio de una dignidad que no desaparece con la fragilidad.

Penitencia y reparación, también dentro de la Iglesia

El Papa fue un paso más allá. La penitencia no quedó presentada únicamente como un ejercicio de perfeccionamiento individual, sino como respuesta de amor a Dios y como reparación: amor «con el que queremos reparar la herida de su Corazón causada por nuestros pecados» y amor por quienes rechazan la conversión.

Tampoco dejó a la Iglesia fuera de ese examen. «Esta exigencia de conversión compromete a la propia Iglesia en su peregrinación terrenal. Debe, ante todo, tener el valor de vivir esa conversión», afirmó.

León XIV habló de «las profundas heridas, las infidelidades y los dolorosos extravíos cometidos en su seno» y reclamó que la Iglesia se coloque humildemente bajo la mirada purificadora del Señor.

Horas después, la cuestión dejó de ser abstracta. En la residencia episcopal, el Papa recibió a siete víctimas de abusos cometidos por miembros del clero y de la Iglesia en Francia. Eran cuatro hombres y tres mujeres. León XIV escuchó individualmente sus historias, el dolor sufrido y sus propuestas para evitar que otras personas atraviesen lo mismo. Algunos testimonios incluían también la «complicidad o silencio» de quienes habrían podido ayudar.

Después los reunió y reiteró su compromiso para que «el mal vivido no se repita». Con algunas de las víctimas había permanecido previamente unos momentos en oración.

«Lo que es legal no es necesariamente moral»

Entre la Misa y ese encuentro, el Papa había visitado el Accueil Notre-Dame. Allí, frente a enfermos y profesionales sanitarios, la defensa de la vida pronunciada por la mañana adquirió una formulación todavía más concreta.

«Lo que es legal no es necesariamente moral», recordó León XIV.

La frase apuntaba directamente a la posibilidad de que una ley transforme en jurídicamente permitido lo que continúa siendo moralmente inadmisible. Frente a una «compasión» que termina suprimiendo a quien sufre, el Papa defendió una medicina orientada a cuidar, acompañar y aliviar.

Por eso habló de cuidados paliativos, investigación y acompañamiento, y pidió a los profesionales sanitarios que sean «servidores apasionados de la vida». La dignidad de un hombre no depende de su salud ni de su autonomía, y tampoco queda a disposición de una mayoría legislativa.

La insistencia no era casual en Francia. La cuestión del final de la vida ha atravesado buena parte de la visita y el Pontífice ha aprovechado escenarios muy diferentes —el Elíseo, la Conferencia Episcopal y Lourdes— para formular el mismo principio desde perspectivas distintas.

Familias que vuelvan a dar sacerdotes y religiosos

La crisis de las vocaciones apareció igualmente ante los obispos. León XIV mostró su preocupación por el descenso de las vocaciones sacerdotales y religiosas y, en particular, por el cierre de antiguas comunidades monásticas que durante siglos tuvieron una influencia considerable.

La respuesta que planteó no fue principalmente organizativa. Para que vuelva a haber sacerdotes, sostuvo, el sacerdote debe ser esperado, acogido y amado, y su identidad configurada con Cristo debe aparecer con claridad ante el Pueblo de Dios.

La cuestión conducía inevitablemente a las familias. La noche anterior, ante la gruta de Massabielle había pedido familias «generosamente abiertas a la vida» y nuevas vocaciones sacerdotales y religiosas. El domingo insistió en que una fe verdaderamente arraigada dentro del hogar constituye una de las claves para responder a varias de las crisis de la Iglesia y de la sociedad.

María, «nueva Eva»

Cuando cayó la noche, Lourdes volvió a su imagen más reconocible. Miles de peregrinos recorrieron el santuario con velas mientras rezaban el Rosario en la tradicional procesión aux flambeaux. León XIV recordó entonces la petición de la Virgen a santa Bernardita: «Que se venga aquí en procesión».

Su intervención final no se limitó a una exhortación devocional. El Papa habló de la Inmaculada Concepción y presentó a María como la «nueva Eva», preservada del pecado original por los méritos de la Pasión y Resurrección de Cristo. En ella, explicó, comienza de nuevo la historia de la humanidad redimida.

De esa afirmación extrajo una consecuencia para la vida cristiana: el apoyo y la intercesión de la Virgen «no son secundarios» para quien quiere recibir la gracia de la Redención y combatir el mal.

León XIV recurrió finalmente a la antigua imagen de la Stella maris. María, Estrella del mar, guía al cristiano cuando las tempestades amenazan con desviarlo. Y con esa imagen terminó un domingo en Lourdes que había comenzado hablando a los obispos sobre el lugar de la Iglesia en una Francia secularizada y terminó, entre velas y peregrinos, mirando hacia una realidad que el Papa había recordado durante todo el día: la vida humana no termina en el bienestar, la enfermedad ni la muerte, sino que está llamada a la eternidad.

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