León XIV ha comenzado este viernes su agenda oficial en Francia con un contundente discurso ante las autoridades del país en el que ha defendido el derecho a la vida, ha advertido contra la eutanasia, la maternidad subrogada y las manipulaciones genéticas y ha reivindicado una «justa laicidad» que no expulse la religión de la vida pública.
Según informó la Oficina de Prensa de la Santa Sede, el Pontífice llegó a las 11:00 horas al Palacio del Elíseo, donde fue recibido por el presidente de la República francesa, Emmanuel Macron. Tras los honores militares, la fotografía oficial y el intercambio de regalos, ambos mantuvieron un encuentro privado antes de dirigirse al acto con las autoridades, representantes de la sociedad civil y miembros del cuerpo diplomático.
La cita constituye el primer gran acto institucional del viaje apostólico que León XIV realiza a Francia del 25 al 28 de septiembre. El programa oficial de la Santa Sede prevé para esta misma jornada una visita a la sede de la UNESCO, las vísperas en Notre-Dame de París y una vigilia con jóvenes en el Stade de France de Saint-Denis.
«La tutela del derecho a la vida» como fundamento de los demás derechos
Ante las autoridades francesas, León XIV dedicó una parte importante de su intervención a la dignidad humana y recordó que el progreso científico y tecnológico no puede desligarse del juicio moral. En este contexto, reivindicó el trabajo de las instituciones católicas que atienden a enfermos y personas vulnerables y llamó a «acoger la vida sin condiciones» y a acompañar la fragilidad humana con respeto.
El Papa reiteró «con fuerza que la tutela del derecho a la vida constituye el fundamento imprescindible de cualquier otro derecho humano» y defendió la necesidad de proteger especialmente a quienes «no tienen voz» o carecen del apoyo suficiente.
Las palabras adquieren especial relevancia en Francia, donde el debate sobre el final de la vida ha ocupado durante los últimos años un lugar central en la agenda política y parlamentaria.
Contra la «muerte programada», la maternidad subrogada y las manipulaciones genéticas
León XIV fue todavía más explícito al abordar algunas de las posibilidades abiertas por el desarrollo científico. Advirtió de que la ciencia puede convertirse en una falsa promesa cuando deja de estar gobernada por la conciencia y ofrece respuestas aparentemente inmediatas al sufrimiento humano que terminan alejando al hombre de su verdadero bien.
«A veces constato con preocupación las actuales derivas de las sociedades que corren el riesgo de distorsionar la ciencia y la tecnología transformándolas en empresas lucrativas que favorecen las manipulaciones genéticas, la maternidad subrogada, la compra de órganos o la oferta de una muerte programada», afirmó.
Frente a estas prácticas, el Pontífice sostuvo que la protección de cada vida humana constituye una responsabilidad compartida que exige una «conversión del intelecto y del corazón» y un compromiso concreto con los demás.
Una laicidad que no expulse la fe de la vida pública
Otro de los puntos centrales del discurso fue la concepción francesa de la laicidad. León XIV rechazó que la participación de los cristianos en la vida pública pueda identificarse con una amenaza para la neutralidad del Estado.
«El cristiano involucrado en la vida pública, que actúa a la luz de su conciencia iluminada por la fe, no puede ser considerado un proselitista o una amenaza para la unidad de la patria», señaló.
Para el Papa, «la verdadera laicidad no excluye la dimensión religiosa», sino que puede reconocerla como un recurso educativo y social. Aplicó esta misma consideración a la enseñanza y defendió expresamente el lugar que ocupa la escuela católica en Francia.
León XIV sostuvo que una «justa laicidad» no consiste en retirar la religión de la esfera pública o educativa, sino en permitir que el Estado y las instituciones religiosas dialoguen y cooperen al servicio del bien común.
Las raíces cristianas de Francia
El Pontífice recordó también las «ricas raíces cristianas» del país y trazó un recorrido desde san Ireneo y el bautismo de Clodoveo hasta la contribución intelectual, artística y misionera del catolicismo francés.
Al referirse al lema republicano «Libertad, igualdad y fraternidad», aseguró que sus tres principios remiten a «exigencias éticas universales» que encuentran también en el Evangelio «una fuente inagotable de inspiración y realización».
León XIV dedicó asimismo unas palabras a la restauración de Notre-Dame de París tras el incendio de 2019. A su juicio, la reapertura de la catedral constituye algo más que un éxito técnico: representa «el símbolo de una esperanza recuperada» y demuestra que aquello que parecía definitivamente destruido puede renacer mediante el esfuerzo común.
Un llamamiento al desarme y a la paz
En la parte final de su intervención, el Papa abordó las guerras que afectan a distintas regiones del mundo y cuestionó la idea de que la posesión de armamento nuclear pueda garantizar por sí misma la seguridad.
«La paz no es un equilibrio de fuerzas, sino que se construye cada día a través del diálogo y la justicia», afirmó, antes de pedir a las autoridades francesas que nunca se resignen a considerar la guerra como «inevitable».
León XIV pidió a Francia que continúe ejerciendo un papel activo en favor de la paz, la diplomacia y el multilateralismo, especialmente dentro de Europa, y recuperó la expresión que ha acompañado buena parte de su magisterio desde el inicio del pontificado: una «paz desarmada y desarmante».
El Papa concluyó confiando Francia a la Virgen María, patrona principal del país: «Dios bendiga a Francia y a todos los franceses».
Discurso íntegro de León XIV ante las autoridades francesas
Señor Presidente,
distinguidas Autoridades y miembros del Cuerpo Diplomático,
señoras y señores:
Es para mí una gran alegría encontrarme hoy entre ustedes. Le estoy particularmente agradecido, señor Presidente, por su cordial invitación a visitar Francia, y le agradezco las palabras de bienvenida que me ha dirigido. A través de usted, saludo también a todos los que habitan este país de vasto patrimonio cultural y religioso. Juntos forman un pueblo en el que la diversidad de los orígenes contribuye a vivificar y enriquecer la convivencia y la vida democrática. Deseo además asegurarles, señor Presidente, señoras y señores, que Francia está muy a menudo en el centro de las oraciones del Papa, que no olvida sus orígenes familiares normandos y bearneses.
Mi viaje a Francia comienza en la capital de su país, París, frecuentemente definida como la Ville lumière. Desde hace siglos Francia resplandece como un faro cultural, artístico y espiritual, no sólo en Europa, sino también en el mundo. Fortalecida por sus escuelas catedralicias, sus universidades y sus academias, lugares esenciales de búsqueda de la verdad, Francia ha contribuido a forjar la inteligencia de los pueblos mucho más allá de sus propias fronteras. La iluminación de mentes francesas excepcionales, que fueron al mismo tiempo grandes católicos, subraya hasta qué punto las ciencias, las artes, la literatura y la filosofía pueden contribuir al bien de la humanidad cuando están orientadas a la búsqueda de lo bello, lo bueno y lo verdadero, para que el mundo tenga vida.
El savoir-faire francés es sinónimo de excelencia en numerosos ámbitos. Se ha distinguido de manera particular en la gran obra de restauración de la catedral de Notre-Dame de París, en la que participaron desde el principio numerosas instituciones, tanto privadas como públicas, y a la que usted, señor Presidente, ha dedicado una atención particular, por lo que se lo agradezco. Rindo homenaje con gratitud a todos los artesanos y categorías profesionales que han dedicado a ella su esfuerzo. La reciente reapertura de la catedral a la celebración del culto divino, así como a los visitantes de todo el mundo, no es sólo la culminación de una empresa técnica, sino el símbolo de una esperanza recuperada, la prueba de que aquello que se creía destruido para siempre puede renacer gracias a la colaboración de todos y el testimonio de una unidad realizada en el esfuerzo común. Un resultado tan hermoso debe inspirar a todos los actores de la vida política, social y religiosa del país un nuevo impulso para trabajar incesantemente con espíritu de unidad, con la fuerza de una esperanza viva.
Francia es también una tierra de ricas raíces cristianas. Desde los tiempos de san Ireneo y del bautismo de Clodoveo, el alma de su patria se ha desarrollado tomando del cristianismo un genio espiritual, cultural, intelectual, artístico y misionero que hoy resplandece en todo el mundo. Así, en la Francia del siglo XVI floreció el humanismo, que buscaba unificar la herencia grecorromana y la fe cristiana. A los célebres pensadores del Renacimiento, y después del Grand Siècle, siguieron los de la Ilustración, y Francia aportó entonces al mundo verdaderas conquistas; entre ellas, el reconocimiento de los derechos del hombre inherentes a la naturaleza de la persona humana, en particular la libertad religiosa. Esta constante atención a la dignidad intrínseca de toda persona humana encuentra eco en su lema nacional. Libertad, igualdad y fraternidad no son simples palabras grabadas en los frontones de sus edificios públicos, sino que remiten a exigencias éticas universales que encuentran también en el mensaje evangélico una fuente inagotable de inspiración y realización.
La Declaración Universal de los Derechos Humanos, proclamada en esta ciudad de París —y en cuya elaboración el jurista francés y premio Nobel de la Paz René Cassin desempeñó un papel de primer orden— tuvo como finalidad crear una conciencia general de la dignidad inalienable de la persona humana. San Juan Pablo II, que consideraba este documento «una verdadera piedra miliar en el camino del progreso moral de la humanidad», era consciente de que «toda amenaza a los derechos humanos, tanto en el ámbito de los bienes materiales como en el de los bienes espirituales, es igualmente peligrosa para la paz, porque afecta siempre al hombre en su integridad».
La cuestión del respeto de la dignidad humana y de los derechos y libertades fundamentales que derivan de la naturaleza humana se plantea en cada época y debe acompañar la evolución de la sociedad y el progreso técnico. En efecto, «el desarrollo tecnológico ha contribuido a lo largo de los siglos a una mejora significativa de las condiciones de vida de la humanidad; al mismo tiempo, cada fase del progreso ha mostrado también el rostro ambiguo de instrumentos capaces de causar daño cuando no están orientados al bien» (Carta enc. Magnifica humanitas, 4). Ya en su tiempo, Georges Bernanos intuyó el riesgo de ver cómo la obediencia ciega y la irresponsabilidad se convertían en dueñas de un «Paraíso de las Máquinas». Subrayaba cómo, para escapar de él, la civilización francesa había trabajado durante siglos en la formación de hombres libres, plenamente responsables de sus actos.
Por este motivo, me pareció indispensable abordar, en mi primera Carta Encíclica, el tema de la Inteligencia Artificial, con el fin de devolver a la persona humana al centro de toda reflexión. Para no perder nuestra humanidad en medio del «paraíso de las máquinas» que invade y condiciona nuestra vida cotidiana, es urgente formar las mentes para un discernimiento ético capaz de reconocer lo que es moralmente bueno. Esta exigencia es fundamental para reconocer el verdadero bien que hace crecer al hombre según su vocación primordial, respetando incondicionalmente su libertad interior y su sagrada dignidad. A este respecto, quisiera recordar que «una sociedad auténticamente libre no impone uniformidad, sino que protege la diversidad de las conciencias, previniendo derivas autoritarias y promoviendo un diálogo ético que enriquece el tejido social» (Discurso al Cuerpo Diplomático, 9 de enero de 2026). Este diálogo es aún más urgente en el contexto de la Francia actual, donde personas de diferentes pertenencias culturales y religiosas están llamadas a convivir y a aportar su contribución a la construcción de la sociedad.
Es precisamente gracias a la riqueza de su tejido social que, desde hace siglos, Francia se distingue por la atención a la diversidad y por un fuerte deseo de solidaridad. Gracias a la ilustre obra de hombres y mujeres que permanecieron fieles a su humanidad y a los valores del Evangelio, la Iglesia católica en Francia nunca ha dejado de trabajar por el bien de los más necesitados, convirtiéndose en el rostro vivo de la ternura y de la compasión de Dios. Pensemos en las obras de san Vicente de Paúl, en la renovación caritativa del siglo XVII y, todavía hoy, en las numerosas instituciones católicas en las que los trabajadores sanitarios acompañan a los hermanos y hermanas fragilizados por el sufrimiento. Sus testimonios de atención y servicio constituyen una verdadera escuela de humanidad sobre la grandeza del cuidado y un vibrante recordatorio del valor único e insustituible de cada ser humano. Son también una invitación a la fraternidad renovada que exige aprender a acoger la vida sin condiciones, a sostener la fragilidad con ternura, a acompañar con respeto y confianza mutua cada etapa de la existencia y a defender con valentía y compasión a quienes no tienen voz o no se sienten suficientemente apoyados. Por ello reitero «con fuerza que la tutela del derecho a la vida constituye el fundamento imprescindible de cualquier otro derecho humano» (ibid.).
Existe hoy la tentación de esperar de la ciencia una solución y un consuelo para todos nuestros sufrimientos. El riesgo es a menudo caer en la ilusión. Cuando la ciencia y la tecnología no están guiadas por la conciencia, pueden proponer soluciones inmediatas que parecen responder a los deseos y sufrimientos de los hombres y mujeres, pero que en realidad pueden alejarlos gravemente del bien al que aspiran profundamente. A veces constato con preocupación las actuales derivas de las sociedades que corren el riesgo de distorsionar la ciencia y la tecnología transformándolas en empresas lucrativas que favorecen las manipulaciones genéticas, la maternidad subrogada, la compra de órganos o la oferta de una muerte programada. No olvidemos que el respeto recíproco y la tutela de la vida de cada persona humana son una responsabilidad de cada uno y de todos, que comienza con una conversión del intelecto y del corazón y exige un compromiso real y desinteresado hacia nuestros hermanos y hermanas.
¿Cómo no ver en semejante compromiso también la expresión de la justa laicidad de la ciudad terrena? El cristiano comprometido en la vida pública, que actúa a la luz de su conciencia iluminada por la fe, no puede ser considerado un proselitista o una amenaza para la unidad de la patria. En efecto, la verdadera laicidad no excluye la dimensión religiosa, sino que, por el contrario, sabe aprovecharla como recurso educativo (cf. Discurso a los participantes en el encuentro nacional de profesores de religión católica, 25 de abril de 2026).
Precisamente por este motivo, la escuela católica ocupa un lugar destacado en el panorama educativo de un país como Francia. «Esto forma parte, por lo demás, de una actitud más amplia, imprescindible para todo diálogo, tanto en la escuela como en la sociedad: conocer y amar lo que uno es, para saber encontrarse con el otro con respeto y apertura» (ibid.).
Una justa laicidad no consiste, por tanto, en excluir la religión de la esfera pública o de la educación, sino en comprometerse para que el Estado y las instituciones religiosas dialoguen entre sí y unan sus fuerzas al servicio del bien común, para que el mundo tenga vida. A este respecto, expreso mi aprecio por el trabajo realizado en el marco de la Instancia de diálogo entre la Santa Sede, la Iglesia católica en Francia y el Gobierno francés. En efecto, la incansable labor de la Iglesia católica, a través de la riqueza de sus expresiones e instituciones, es ciertamente preciosa y digna de elogio para el bienestar de toda la sociedad. Estos intercambios ilustran de manera muy positiva esa sana complementariedad reafirmada durante el Concilio Vaticano II, en el sentido de que «[la comunidad política y la Iglesia], aunque por diverso título, están al servicio de la vocación personal y social de los mismos hombres. Este servicio lo realizarán con tanta mayor eficacia, para bien de todos, cuanto más sana y mejor sea la cooperación entre ellas» (Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, 76).
Constato además con alegría que esta misma voluntad de servir juntos a cada persona, independientemente de su origen, inspira desde hace siglos la cooperación entre Francia y la Iglesia católica al servicio de los cristianos de Oriente. La acción educativa, social, cultural y humanitaria desarrollada en los países de Oriente Medio, en colaboración con diversas asociaciones como Ayuda a la Iglesia Necesitada u Œuvre d’Orient, constituye una valiosa contribución al diálogo entre los pueblos y a la protección de los derechos de cada persona.
Se trata de un testimonio elocuente en el que cultura y fe se presentan como los pilares que favorecen la armonía entre diferentes pueblos y religiones al servicio de la paz y de la mediación entre los hombres. También en este ámbito la educación constituye un desafío particularmente importante. Sigue siendo, en efecto, uno de los principales sectores de cooperación, encontrando especialmente una expresión concreta y fecunda a través del Fondo para las Escuelas de Oriente. A este respecto, deseo expresar mi gratitud a todas las personas comprometidas en este proyecto que, desde su fundación en 2021, ha permitido prestar apoyo a más de doscientos sesenta centros educativos de Oriente Medio, entre ellos siete universidades en el Líbano y la Universidad de Belén.
Pero ¿cómo evocar esta región del mundo, donde hace dos mil años nació el Príncipe de la Paz, sin pensar también en todas las poblaciones golpeadas por las consecuencias de los conflictos y en todos los que sufren el flagelo de la guerra? No podemos permanecer indiferentes ante estos sufrimientos que hieren la dignidad humana y claman justicia a Dios. La gravedad de estas situaciones debe interpelarnos y llama a cada uno, allí donde se encuentre, a una verdadera conversión del corazón y a un cambio de actitud. Reconociendo humildemente la necesidad que tenemos unos de otros podremos comprometernos juntos más intensamente en la construcción de la civilización del amor en el corazón de nuestro mundo, que se ha vuelto tan complejo e interdependiente (cf. Carta enc. Magnifica humanitas, 182). Al mismo tiempo, como ya afirmaba en su época mi santo predecesor Juan XXIII, «la justicia, la recta razón y el sentido de la dignidad humana exigen urgentemente que cese ya la carrera de armamentos; que, de un lado y de otro, las naciones que los poseen los reduzcan simultáneamente; que se prohíban las armas atómicas; que, por último, todos los pueblos, en virtud de un acuerdo, lleguen a un desarme simultáneo, controlado por mutuas y eficaces garantías» (Carta enc. Pacem in terris, 60). En efecto, se está difundiendo cada vez más la convicción, errónea, de que la posesión de armas nucleares constituye una garantía de seguridad, alimentando una nueva carrera armamentística difícilmente controlable (cf. Carta enc. Magnifica humanitas, 194). En realidad, la paz no es un equilibrio de fuerzas, sino que se construye cada día mediante el diálogo y la justicia.
Los exhorto, por tanto, a no resignarse jamás ante la perspectiva de una guerra considerándola «inevitable», sino a promover sin descanso el diálogo y la diplomacia, con el fin de preservar sociedades pacíficas, respetuosas de la dignidad y de los derechos de la persona y de los pueblos. Frente a los rumores de guerra y las múltiples crisis que sacuden nuestro mundo, Francia tiene la vocación de seguir siendo un incansable artífice de la paz y del multilateralismo, particularmente en el seno de nuestra querida Europa. Que Francia, fiel a sus propios valores, abra el surco de una paz desarmada y desarmante y ofrezca con responsabilidad su insustituible contribución en favor de la paz. Que su libertad crezca incesantemente en el compromiso por el bien común; que su fraternidad abrace a toda la humanidad; y que la igualdad a la que aspiran se funde siempre sobre los cimientos de la justicia y de la caridad, sin eliminar las diferencias entre las personas, sino haciéndolas fructificar armoniosamente en beneficio de toda la sociedad.
Señor Presidente, señoras y señores, deseo expresarles una vez más mi gratitud por este encuentro que, retomando las palabras —significativas para cada uno— pronunciadas por Su Excelencia a los obispos de Francia en 2018, pone de manifiesto cómo «una Iglesia que pretendiera desinteresarse de las cuestiones temporales no cumpliría plenamente su vocación; y un Presidente de la República que pretendiera desinteresarse de la Iglesia y de los católicos faltaría a su deber». Tengan la seguridad de mi ferviente oración por su hermosa nación.
Que Dios le conceda paz, unidad y prosperidad para que el mundo tenga vida. Confío estos deseos a la maternal intercesión de la Santísima Virgen María, Patrona principal de Francia.
¡Dios bendiga a Francia y a todos los franceses!