León XIV ha reivindicado este lunes en Metz las raíces cristianas de Europa y ha sostenido que la civilización del continente no puede comprenderse sin la huella de la Iglesia, el monacato y la apertura a la trascendencia. «No se puede hablar de Europa sin mencionar el cristianismo», ha afirmado el Papa ante Emmanuel Macron, antes de defender una laicidad que respete la libertad de las Iglesias, pedir que la integración de los inmigrantes incluya su entrada «en el espíritu de la casa que los acoge» y advertir a los gobiernos europeos contra «la ilusión del rearme».
El discurso tuvo lugar a las 11:30 en el Centro de Congresos Robert Schuman, durante el encuentro «A las raíces de Europa por la paz y la unidad», una de las últimas citas del viaje apostólico de León XIV a Francia. El Pontífice fue recibido por el presidente de la República francesa y por el cardenal Jean-Marc Aveline, presidente de la Conferencia Episcopal de Francia, después de haber participado esa misma mañana en un encuentro interreligioso en Metz.
El escenario y el título del acto permitieron al Papa articular su intervención alrededor de Robert Schuman, venerable de la Iglesia y uno de los padres de la construcción europea. León XIV presentó al estadista francés no simplemente como uno de los arquitectos de las instituciones comunitarias, sino como un político cuya formación cristiana resultó decisiva para su concepción de Europa, la reconciliación entre los pueblos y el respeto al derecho internacional.
«No se puede hablar de Europa sin mencionar el cristianismo»
León XIV comenzó remontándose mucho más allá de las actuales instituciones europeas. Europa, señaló, es «una realidad cultural e histórica antes que geográfica», formada a lo largo de los siglos por la civilización helenística, el Imperio romano, la difusión del cristianismo y la posterior incorporación de los pueblos germánicos, eslavos y otras culturas.
Dentro de ese proceso reservó un lugar central a san Benito, proclamado patrono de Europa por Pablo VI en 1964. El Papa enumeró la influencia ejercida por los benedictinos en la atención a pobres, enfermos y ancianos, la educación, las universidades, los hospitales, la medicina, la arquitectura, la ingeniería, las ciencias, el derecho y la propia organización política y urbana del continente.
«Sin este acervo monástico, la civilización europea, tal como la conocemos, no existiría», afirmó.
León XIV llevó además la referencia al lugar concreto en el que pronunciaba el discurso. Recordó la obra de san Crodegango en Metz y cómo desde esta región el canto gregoriano se difundió por los territorios carolingios, «trayendo armonía y belleza a todo el continente».
La conclusión fue explícita: «No se puede hablar de Europa sin mencionar el cristianismo».
El Pontífice apoyó esa afirmación en el propio Robert Schuman, para quien el cristianismo había enseñado la igualdad natural de todos los hombres como hijos del mismo Dios y redimidos por Cristo, y en Alcide De Gasperi, que identificaba entre los elementos del «legado común europeo» la fraternidad evangélica, el derecho, la belleza y la búsqueda de la verdad y de la justicia.
León XIV rechazó que reconocer esta deuda histórica equivalga a imponer un criterio confesional. A su juicio, permite comprender que «la apertura a lo trascendente es siempre una dimensión constitutiva de la persona humana y una fuente viva de civilización».
La laicidad no consiste en apartar a las Iglesias
Desde esa afirmación sobre las raíces europeas, el Papa volvió sobre uno de los asuntos que ha atravesado su viaje a Francia: el lugar público de la religión en sociedades secularizadas.
León XIV citó expresamente el artículo 17 del Tratado de Funcionamiento de la Unión Europea, que contempla un diálogo «abierto, transparente y regular» entre las instituciones comunitarias y las Iglesias.
«La laicidad que rige la vida de los estados no sólo implica el carácter aconfesional de las instituciones civiles, sino que presupone una verdadera colaboración entre las partes», señaló. Esa colaboración exige, añadió, que las autoridades respeten la autonomía de las Iglesias y promuevan su libertad de organización, expresión y culto.
La afirmación prolonga lo dicho el viernes ante las autoridades francesas, cuando León XIV reivindicó una «justa laicidad» que no expulse la religión de la vida pública.
El Papa relacionó además la supervivencia de los valores europeos con el redescubrimiento de sus raíces. Libertad, democracia, paz y unidad, afirmó, sólo conservan un significado real cuando se recupera la centralidad de la persona y se mantiene el equilibrio entre derechos y deberes, frente a una concepción de los derechos individuales desligada del bien común.
Integrar es también entrar «en el espíritu de la casa que acoge»
León XIV abordó a continuación la llegada a Europa de hombres y mujeres que huyen de guerras y persecuciones o buscan mejores condiciones de vida. Recordó su reciente visita a Canarias, durante la que había reclamado vías legales y seguras, rescate y asistencia, lucha contra los traficantes, protección de las víctimas y procesos serios de acogida e integración.
En Metz añadió un elemento sobre el significado de esa integración. «Acoger a una persona significa integrarla como en la propia familia», explicó.
Esto supone ofrecerle la posibilidad de desarrollar sus talentos, capacidades y sensibilidades, pero también permitirle «entrar en el espíritu de la casa que la acoge».
El Papa describió la situación actual como un «encuentro sin precedentes entre pueblos y culturas» que obliga a Europa a realizar simultáneamente dos movimientos: «un redescubrimiento creativo de nuestras raíces» y «una escucha atenta del otro».
No planteó, por tanto, el diálogo como abandono de la identidad europea. La misma mañana, durante el encuentro interreligioso celebrado en Metz, había insistido en que «dialogar no disminuye nuestra identidad», sino que permite expresarla con verdad mientras se reconoce la diferencia del otro.
León XIV advierte contra «la ilusión del rearme»
La segunda parte del discurso estuvo dominada por la guerra y el futuro político de Europa. León XIV recuperó la experiencia de Schuman después de la Segunda Guerra Mundial para recordar que el proyecto europeo nació precisamente de la voluntad de hacer materialmente imposible una nueva guerra entre pueblos que se habían enfrentado durante generaciones.
El Papa lamentó que la guerra haya regresado al continente y la definió, recurriendo a las palabras de Benedicto XV durante la Primera Guerra Mundial, como una nueva «inútil masacre» que causa diariamente numerosas víctimas civiles.
Pidió «un diálogo paciente», audacia para negociar y disposición a sacrificar determinadas posiciones por el bien superior de la paz. Al mismo tiempo, aclaró que esa búsqueda no puede confundirse con «un irenismo ingenuo».
Fue entonces cuando lanzó una de las advertencias más contundentes de la intervención: «Hay que tener cuidado con la ilusión del rearme».
León XIV recordó que el aumento del gasto militar suele justificarse por el peligro representado por otros Estados y planteó una pregunta directa sobre el rumbo europeo: «¿Realmente estamos haciendo “esfuerzos creativos” para promover la paz en el mundo, o simplemente estamos tratando de “detener la hemorragia de la guerra” y prepararnos mejor para las que suponemos que todavía están por venir?».
La preocupación ya había aparecido al comienzo del viaje. Ante Macron y las autoridades francesas, León XIV había pedido apostar por el desarme, la diplomacia y el multilateralismo y rechazado que la acumulación de armamento pueda constituir por sí misma una garantía de paz.
«Las relaciones humanas y entre los estados se vuelven cada vez más bárbaras»
El diagnóstico del Papa sobre la política internacional fue especialmente severo. Frente a la lógica de la fuerza, reivindicó el derecho internacional y el principio pacta sunt servanda, según el cual los acuerdos deben ser cumplidos.
León XIV señaló que el derecho internacional y el multilateralismo reconocen la igualdad efectiva de los Estados y constituyen «el mejor antídoto contra la voluntad de dominación, que es la raíz de todo conflicto».
«Hoy en día, las relaciones humanas y entre los estados se vuelven cada vez más bárbaras. Se menosprecia el valor de la palabra dada; y se presume más bien la mentira y el engaño», denunció.
Frente a esa deriva, presentó la experiencia europea de las últimas ocho décadas como prueba de que es posible hacer valer intereses y posiciones divergentes «encontrándose en lugar de enfrentarse».
«No tengan miedo de formar una familia, de tener hijos»
León XIV reservó la parte final del discurso a los jóvenes europeos. Les pidió que no se sometan «a la lógica de la violencia y la opresión» y que asuman personalmente la construcción de la paz en sus relaciones, familias, escuelas, universidades, ciudades y comunidades políticas.
Pero la exhortación fue más allá de la paz. El Papa vinculó expresamente el futuro de Europa con la familia, la natalidad, la participación política y la defensa de la vida humana.
«¡Amen la vida en cada momento y no le teman al futuro!», pidió.
«No tengan miedo de formar una familia, de tener hijos, de defender la dignidad de cada persona, desde el primer instante en el vientre de la madre hasta su último aliento».
La defensa de la vida ha sido una constante durante los cuatro días del viaje. Desde el Elíseo hasta Lourdes y Metz, León XIV ha insistido ante responsables políticos, obispos, enfermos, jóvenes y representantes religiosos en que la dignidad humana no depende de la edad, la salud, la autonomía ni la utilidad social.
En Metz, el Pontífice situó esa defensa dentro de una cuestión todavía más amplia: qué Europa recibirán las próximas generaciones. Su respuesta pasó por volver a unas raíces que no presentó como una reliquia del pasado, sino como condición para afrontar el futuro: «Y junto a ustedes, Europa, firmemente arraigada, seguirá floreciendo e inspirando al mundo entero».
DISCURSO DEL SANTO PADRE LEÓN XIV
Señor Presidente,
Señor Cardenal,
distinguidas Autoridades civiles y religiosas,
señoras y señores:
Me complace encontrarme en esta ciudad histórica, un cruce en el corazón del continente, para mantener este encuentro con un título tan evocador: «A las raíces de Europa por la paz y la unidad». Les agradezco las amables palabras que me han dirigido.
El título propuesto se inspira sin duda en la figura del venerable Robert Schuman, al que hoy queremos rendir un homenaje particular en este centro que lleva su nombre, y sobre todo aquí, en Mosela, región donde él vivió mucho tiempo, donde reposan sus restos y de la cual fue durante muchos años representante en la Asamblea Nacional. Él se inspiró en esta región, con sus vicisitudes en los siglos XIX y XX, para contribuir a dar forma a la Europa de hoy y del mañana, mediante su célebre Declaración del 9 de mayo de 1950. Este texto señala al mismo tiempo el punto de partida y de llegada de su compromiso por la reconciliación y la unidad del continente europeo, que marcó toda su vida.
Hoy queremos emprender con el pensamiento, un viaje que parte desde las raíces de Europa para llegar a su presente y mirar hacia el futuro. Nos preguntamos cómo Robert Schuman fue moldeado por la historia de esta tierra, de la que fue hijo, y cómo contribuyó de manera fundamental a dar forma a la Europa moderna, hasta el punto de ser considerado un “padre fundador”.
Siempre es difícil definir a Europa, tanto por el presente como por el pasado. Europa, en efecto, fue tomando conciencia de sí misma gradualmente en las épocas históricas de la civilización helenística, del Imperio romano y, posteriormente, de la difusión del cristianismo, integrando con el tiempo nuevas culturas como las germánicas y eslavas, entre otras, hasta abarcar regiones cada vez más vastas.
Europa debe entenderse, por tanto, como una realidad cultural e histórica antes que geográfica. A lo largo de los siglos, ha adquirido nuevas fronteras y nuevas definiciones, atravesando períodos de crecimiento, profundas crisis y nuevos renacimientos. Un factor constante, que se puede observar en su largo y turbulento recorrido histórico, radica en el hecho de que Europa se ha desarrollado y ha progresado cuando ha sido capaz de asimilar los aspectos positivos de su pasado y de replantearlos de formas nuevas y creativas gracias al encuentro con el otro. De hecho, la civilización europea es también fruto de encuentros seculares, aunque no siempre fáciles. Basta pensar en la presencia de la cultura árabe en la península ibérica, o en la proyección del “Viejo Continente” hacia el “Nuevo Mundo”, que generó, a veces de manera dolorosa, síntesis inéditas en el continente americano.
Para entender esta larga historia, sin embargo, no se puede omitir a otro padre de Europa: san Benito, que san Pablo VI proclamó patrono de Europa en 1964, llamándolo «mensajero de paz, realizador de unión, maestro de civilización» [1]. La ayuda a los pobres, a los enfermos y a los ancianos; la educación de los niños y las universidades; los hospitales y la medicina; la arquitectura y la ingeniería; el desarrollo de las ciencias; el derecho y la organización de las ciudades y de los propios estados: ¡tantos ámbitos, en Europa, han sido profundamente influenciados por san Benito y sus monjes! Sin este acervo monástico, la civilización europea, tal como la conocemos, no existiría. Aquí, en Metz, gracias a la obra, entre otras, de san Crodegango, se respiraba un espíritu benedictino de fraternidad, comunión y vida compartida. Desde aquí, el canto gregoriano se difundió en los territorios carolingios, trayendo armonía y belleza a todo el continente.
No se puede hablar de Europa sin mencionar el cristianismo, como bien sabía Robert Schuman cuando dijo: «El cristianismo ha enseñado la igualdad de naturaleza de todos los hombres, hijos del mismo Dios, redimidos por el mismo Cristo, sin distinción de raza, color, clase o profesión. Ha reconocido la primacía de los valores interiores que solos ennoblecen al hombre. La ley universal del amor y de la caridad ha hecho de todo hombre nuestro prójimo y las relaciones sociales en el mundo cristiano desde entonces se apoyan en ella» [2].
Otro padre fundador de la Europa contemporánea, Alcide De Gasperi, le hace eco al acentuar el “legado común europeo” [3], es decir “esa moral unitaria que exalta la figura y la responsabilidad de la persona humana con su espíritu de fraternidad evangélica, con su respeto por el derecho heredado de los antiguos, con su aprecio por la belleza perfeccionado a lo largo de los siglos, con su búsqueda de la verdad y la justicia agudizada por una experiencia milenaria” [4].
En lugar de ser un criterio confesional exclusivo [5], la referencia a la deuda de la cultura europea con el cristianismo permite comprender mejor hasta qué punto la apertura a lo trascendente es siempre una dimensión constitutiva de la persona humana y una fuente viva de civilización.
A este respecto, el artículo 17 del Tratado de Funcionamiento de la Unión Europea reviste gran importancia. Promueve «un diálogo abierto, transparente y regular» con las Iglesias, siempre en el respeto y sin prejuicio del «estatuto reconocido en los Estados miembros». La laicidad que rige la vida de los estados no sólo implica el carácter aconfesional de las instituciones civiles, sino que presupone una verdadera colaboración entre las partes, así como el respeto, por parte de las autoridades estatales y comunitarias, de la autonomía de las Iglesias y la promoción de su libertad de organización, de expresión y de culto.
Se trata de remontarse a la fuente de los valores que constituyen el fundamento de la convivencia civil, es decir, a «los valores universales de los derechos inviolables e inalienables de la persona, así como la libertad, la democracia, la igualdad y el Estado de Derecho» (Tratado de la Unión Europea, Preámbulo).
En el presente contexto multicultural, la afirmación de la universalidad de estos valores, que es esencial para su supervivencia, pasa también por un redescubrimiento de las propias raíces y por la apertura al diálogo con el otro.
Se trata de una necesidad social y política para redescubrir el papel central de la persona humana y dar un significado real a palabras como libertad, democracia, paz y unidad. Para ello, resulta muy valiosa la invitación del Papa Francisco a apreciar la complejidad de la realidad europea en toda la riqueza de sus tradiciones y sensibilidades, acentuando «el reto de una armonía constructiva, libre de hegemonías» [6].
Este doble movimiento, de redescubrimiento y diálogo, permitirá también encontrar un justo equilibrio entre los derechos mismos, así como entre los derechos y los deberes porque ―como recordaba el mismo Papa Francisco― el «concepto de derecho ya no se asocia al de deber, igualmente esencial y complementario, de modo que se afirman los derechos del individuo sin tener en cuenta que cada ser humano está unido a un contexto social, en el cual sus derechos y deberes están conectados a los de los demás y al bien común de la sociedad misma» [7].
De hecho, la Europa contemporánea se enfrenta a una nueva etapa en su larga historia de encuentros, con la llegada al continente de tantos hombres y mujeres que huyen de zonas de guerra y persecución, o que buscan una mejora de vida lejos de la pobreza y la miseria.
Como dije durante mi reciente visita a las Islas Canarias, en España: «La dignidad humana exige vías legales y seguras, rescate y asistencia, cooperación real contra los traficantes, protección efectiva a las víctimas, procesos serios de acogida e integración, y políticas que permitan a cada persona vivir con dignidad en su propia tierra» (Encuentro con las realidades de acogida de los migrantes, 11 junio 2026).
Todo esto, sin embargo, no sería suficiente: acoger a una persona significa integrarla como en la propia familia, ofreciéndole la posibilidad de desarrollar sus talentos, sus capacidades y sensibilidades, pero también de entrar en el espíritu de la casa que la acoge. Hay que captar el alcance histórico de lo que está sucediendo, es decir, un encuentro sin precedentes entre pueblos y culturas que pide un redescubrimiento creativo de nuestras raíces y, al mismo tiempo, una escucha atenta del otro. La universalidad de los valores fundacionales de Europa nos asegura que este diálogo es posible y que podrá dar una base sólida a nuestras sociedades, permitiendo trabajar de manera más eficaz por la paz y por un mundo reconciliado.
Esta lucidez inspiró a hombres como Schuman a superar la oposición entre las identidades culturales y dar vida a las instituciones europeas, al final de la terrible tragedia de la Segunda Guerra Mundial, mostrando lo grande que es el mal causado por el hombre cuando piensa que no tiene obstáculos en el ejercicio de su poder.
Robert Schuman, conoció fronteras en continua evolución, contribuyó a sentar las bases de una Europa consciente de la urgencia de derribar los muros que la desgarraban. Su formación cristiana le educó en el valor de la igualdad, sin distinción de raza o clase social, y le enseñó la dignidad del trabajo. La sucesión de diversas soberanías nacionales le inculcó la importancia del derecho internacional y el valor de la palabra dada. Habiendo crecido en un contexto donde el orgullo y la venganza parecían prevalecer, Schuman se comprometió con la paz y la hermandad entre los pueblos que, después de haber luchado durante mucho tiempo, finalmente reconocieron que se necesitaban mutuamente.
En consecuencia, ¿cuáles son las enseñanzas de Robert Schuman para la Europa y el mundo de hoy? En primer lugar, un profundo deseo de paz. Lamentablemente, también en Europa, en esta época ha reaparecido la guerra: una nueva «inútil masacre» [8] que cada día causa innumerables víctimas civiles. Y aún hoy, como en 1950, las palabras contenidas en la Declaración Schuman siguen siendo actuales: «La contribución que una Europa organizada y viva puede aportar a la civilización es indispensable para el mantenimiento de unas relaciones pacíficas» [9]. Es necesario comprometerse en un diálogo paciente, mostrar audacia en la negociación y estar dispuestos a sacrificar algunas posiciones por el bien superior de la paz.
Sin duda, la búsqueda de la paz en Europa, al igual que en el resto del mundo, no debe confundirse con un irenismo ingenuo. Por el contrario, las palabras de Schuman son más vigentes que nunca: «La paz mundial no puede salvaguardarse sin unos esfuerzos creadores equiparables a los peligros que la amenazan» [10]. Sin embargo, hay que tener cuidado con la ilusión del rearme. «No es casual que los repetidos llamamientos a incrementar el gasto militar y las decisiones que esto conlleva sean presentados por muchos gobernantes con la justificación del peligro respecto a los otros» (Mensaje para la LIX Jornada Mundial de la Paz, 1 enero 2026). Favorecer la paz es una obra activa. Hoy, la pregunta es si realmente estamos haciendo “esfuerzos creativos” para promover la paz en el mundo, o si simplemente estamos tratando de “detener la hemorragia de la guerra” y prepararnos mejor para las que suponemos que todavía están por venir.
La Europa de Schuman es un continente en el que se prefiere el diálogo a la lucha armada; en el que se ponen en común los recursos para que «cualquier guerra […] no sólo resulte impensable, sino materialmente imposible» [11].
Según Schuman, Europa se basa en el respeto al derecho internacional que, a diferencia de las legislaciones nacionales, no puede ser impuesto a la fuerza por un estado, sino que se fundamenta en el principio universalmente reconocido pacta sunt servanda. Este principio se conserva celosamente en la legislación específica de esta región, que también abarca las relaciones entre el estado y la Iglesia católica sobre la base del Concordato de 1801 entre la Santa Sede y Francia, aún vigente.
El derecho internacional y el multilateralismo hacen hincapié en la igualdad efectiva de los estados en sus relaciones mutuas y constituyen el mejor antídoto contra la voluntad de dominación, que es la raíz de todo conflicto. Hoy en día, las relaciones humanas y entre los estados se vuelven cada vez más bárbaras. Se menosprecia el valor de la palabra dada; y se presume más bien la mentira y el engaño. Europa puede poner fin a esta espiral gracias al respeto por el otro, que ha sabido cultivar y preservar, pues ha demostrado ampliamente, en los últimos ochenta años, que es posible hacer valer opiniones, reivindicaciones e intereses divergentes, encontrándose en lugar de enfrentarse.
Schuman nos recuerda que siempre hemos de ser realistas y valientes: «Europa ―afirmaba― no se hará de una vez ni en una obra de conjunto: se hará gracias a realizaciones concretas, que creen en primer lugar una solidaridad de hecho» [12]. Nunca debemos perder la fe en nuestra capacidad de progresar, aunque los pasos que demos sean a veces pequeños y casi imperceptibles. La exigencia moderna de “tenerlo todo, ya” no se ajusta a la historia y la cultura europeas, las cuales, por el contrario, enseñan el valor del tiempo y de la paciencia. Sólo con pequeños pasos se puede dar vida a esta solidaridad concreta, que implica que nadie se sienta abandonado u olvidado.
Compartiendo estas reflexiones, pienso ante todo en los jóvenes, llamados a construir la Europa de hoy y del mañana. Como observó Schuman: «Que esta idea de una Europa reconciliada, unida y fuerte sea, a partir de ahora, la consigna para las jóvenes generaciones deseosas de servir a una humanidad liberada al fin del odio y del miedo y que, después de desgarramientos demasiado largos, aprende nuevamente la fraternidad cristiana» [13].
A los jóvenes les digo: tengan el valor de vivir de manera responsable la misión de construir la paz, en su corazón, en sus relaciones, en su familia, en las escuelas y universidades, en la vida de sus ciudades, de sus pueblos y de toda Europa.
No se sometan a la lógica de la violencia y la opresión.
¡Amen la vida en cada momento y no le teman al futuro!
No tengan miedo de formar una familia, de tener hijos, de defender la dignidad de cada persona, desde el primer instante en el vientre de la madre hasta su último aliento.
No tengan miedo de trabajar incansablemente al servicio del bien de sus comunidades, incluso a través del compromiso político.
¡Sean artífices de comunidad!
Y junto a ustedes, Europa, firmemente arraigada, seguirá floreciendo e inspirando al mundo entero.
Que Dios los sostenga en estas decisiones y que bendiga y proteja a toda Europa.
Notas del texto oficial:
[1] S. Pablo VI, Carta ap. Pacis nuntius (24 octubre 1964): AAS 56 (1964), 965.
[2] R. Schuman, Por Europa, Madrid 2006, 42-43.
[3] Cf. A. De Gasperi, La nostra patria Europa. Discorso alla Conferenza Parlamentare Europea, 21 abril 1954, en: Alcide De Gasperi e la politica internazionale, Roma 1990, vol. III, 437-440.
[4] Ibíd.
[5] Cf. ibíd.
[6] Francisco, Discurso al Consejo de Europa (25 noviembre 2014).
[7] Francisco, Discurso al Parlamento europeo (25 noviembre 2014).
[8] Benedicto XV, Carta a los jefes de los pueblos beligerantes (1 agosto 1917): AAS 9 (1917), 423.
[9] Declaración Schuman, París, 9 mayo 1950.
[10] Ibíd.
[11] Ibíd.
[12] Ibíd.
[13] R. Schuman, Por Europa, 36.