El cardenal Gerhard Ludwig Müller ha reivindicado en Polonia la «verdadera masculinidad» frente a los intentos contemporáneos de redefinirla, y la ha resumido en tres rasgos: construir sobre fundamentos sólidos, estar dispuesto a sufrir por valores superiores y asumir personalmente la responsabilidad de proteger lo que ha sido confiado al hombre.
El prefecto emérito de la Congregación para la Doctrina de la Fe desarrolló esta reflexión durante la peregrinación de hombres celebrada el 12 de septiembre en el santuario de los Primeros Mártires de Polonia, en Międzyrzecz, diócesis de Zielona Góra-Gorzów. La homilía íntegra ha sido publicada por Kath.net.
«El mundo intenta hoy redefinir la masculinidad», advirtió Müller. «A menudo se nos hace creer que la fuerza significa dominio y que el éxito es únicamente una cuestión del saldo de la cuenta bancaria».
Frente a ese modelo, el cardenal propuso una concepción cristiana de la masculinidad fundada en la fidelidad, el sacrificio, la responsabilidad y la protección de aquello que merece ser defendido.
Mieszko, los mártires y Jagellón
Müller construyó su reflexión a partir de tres episodios de la historia cristiana de Polonia.
El primero fue la conversión de Mieszko I, cuya decisión de abrazar el cristianismo presentó como una elección que no respondió a «un impulso pasajero», sino que se convirtió en el fundamento sobre el que construyó el Estado.
El segundo fue el martirio de Benedicto, Juan, Mateo, Isaac y Cristiano, los cinco religiosos asesinados a comienzos del siglo XI y venerados como los primeros mártires de Polonia. Para Müller, mostraron que «la fe no consiste solamente en palabras hermosas, sino en la disposición a entregar la vida por Cristo».
El tercer ejemplo fue el rey Vladislao Jagellón. Müller recordó que en 1426 el monarca viajó personalmente hasta Międzyrzecz para inspeccionar las fortificaciones de la frontera occidental de su reino.
«El gran rey, vencedor de Grunwald, no gobernaba el país desde la seguridad del lejano Wawel», señaló. Jagellón acudía allí donde estaba en juego la seguridad de las personas que tenía encomendadas.
De los tres ejemplos, Müller extrajo su definición:
«Si unimos estos tres hilos —la decisión de Mieszko, la sangre de los mártires y la responsabilidad del rey Jagellón— surge una única y poderosa imagen de la verdadera masculinidad. Un verdadero hombre es quien construye sobre fundamentos sólidos, sabe sufrir por valores superiores y vigila personalmente las fronteras de su reino».
«El verdadero triunfo de un hombre nace a menudo en el silencio»
La homilía trasladó después esos grandes ejemplos históricos a la vida ordinaria.
Los mártires de Międzyrzecz, recordó Müller, «no eran héroes de leyenda», sino hombres de carne y hueso que abandonaron todo para construir algo destinado a permanecer.
«El verdadero triunfo de un hombre nace a menudo en el silencio, en la asunción diaria y perseverante de la responsabilidad por aquellos que Dios ha confiado a nuestro cuidado», afirmó.
El cardenal recurrió entonces a la propia peregrinación como imagen de la vida masculina. Caminar supone dejar atrás la comodidad y aceptar «el cansancio, el sudor y el dolor», porque «el bien exige esfuerzo».
La aplicación a la vida familiar fue directa: «Un carácter fuerte, un matrimonio feliz o una fe profunda no pueden construirse sin abnegación».
Müller pidió por ello la gracia de un «corazón de hombre»: un corazón «que no tema las dificultades», capaz de «un amor exigente y sacrificado» y que, cuando llegue la prueba, pueda responder: «Estoy aquí, vigilo, no fallaré».
El primado de la conciencia
La reflexión de Müller incluyó también una extensa referencia a san Juan Pablo II y al valor de la conciencia frente a las ventajas materiales.
El cardenal recuperó las palabras pronunciadas por el Papa polaco durante su peregrinación a Gorzów en 1997: «¿No es la dignidad de la conciencia más importante que cualquier ventaja exterior?».
Juan Pablo II señalaba entonces a los mártires como testigos «del primado de la conciencia y de su dignidad indestructible, del primado del espíritu sobre el cuerpo, del primado de la eternidad sobre lo temporal».
Müller consideró esas palabras especialmente actuales y las vinculó con la fidelidad de los mártires y con la responsabilidad que, a su juicio, debe caracterizar al hombre cristiano.
Su propuesta de masculinidad queda así lejos de una identificación de la virilidad con el poder o el dominio. El modelo presentado por el cardenal exige precisamente lo contrario de la comodidad: permanecer cuando sería más fácil marcharse, hacerse responsable de otros, aceptar el sacrificio y custodiar aquello que ha sido puesto bajo el propio cuidado.
«Sed valientes, sed fieles, sed testigos de Cristo», concluyó ante los peregrinos.