El currículo dedica cuatro cursos a la anatomía, la anticoncepción, las infecciones de transmisión sexual y el consentimiento, y ni una hora a la diferencia entre desear a una persona y quererla. La conversación que casi nadie tiene con un adolescente no es la del sexo, que se la dan hecha en el aula, en el móvil y en la calle: es la otra. José Ramón Ayllón, profesor de ética, decidió tenerla dentro de una historia de amor. Diario de Paula vuelve a las librerías con Homo Legens, a tiempo para el comienzo de curso.
Los institutos españoles abren entre el 4 y el 22 de septiembre, según la comunidad y la etapa. Dentro espera, entre otras cosas, la única formación sentimental que el Estado ha decidido impartir a un adolescente. Conviene mirar de qué está hecha.
La LOMLOE incorporó la educación afectivo-sexual como contenido transversal de todas las etapas, y el Real Decreto 217/2022 la repartió entre Biología y Geología, Ciencias Sociales y Educación en Valores. Los materiales que llegan a las aulas se organizan siempre en torno a los mismos bloques: anatomía y respuesta sexual, métodos anticonceptivos, prevención de infecciones de transmisión sexual, consentimiento y diversidad. Es un temario redactado con la lógica de un manual de seguridad laboral sin moral alguna. Ni una hora está dedicada a la única pregunta que un chico de dieciséis años se hace de verdad: qué diferencia hay entre desear a alguien y quererlo.
No es un olvido. Es una decisión. El amor no se enseña porque no se puede examinar, y lo que no entra en una rúbrica ha dejado de existir para el sistema educativo. Pero la ausencia también educa. Un adolescente al que se le explica durante cuatro cursos cómo protegerse del otro acaba entendiendo, sin que nadie se lo diga, que el otro es fundamentalmente un riesgo que gestionar, y que lo demás —la fidelidad, la espera, el perdón, la posibilidad de entregarse a alguien para siempre— es cosa privada, opinable y probablemente antigua.
Los resultados están medidos. Según el informe anual de la Fundación ANAR, la salud mental supone ya el 35,8 % de los problemas detectados entre los menores atendidos, y más de la mitad se prolongan durante más de un año. El Observatorio Estatal de la Soledad no Deseada calcula que casi uno de cada cinco jóvenes vive soledad no deseada a los 16 años. Ante eso, el sistema tiene una sola respuesta preparada: derivar. Hemos sustituido la formación del carácter por el diagnóstico, y la pregunta moral por el protocolo. La ayuda profesional hace falta cuando hace falta; lo que no puede ser es que sea lo primero que se ofrece y lo único que se ha previsto.
Hay, por tanto, una conversación que casi nadie tiene con un adolescente. No la del sexo, que se la dan hecha en el aula, en el móvil y en la calle. La otra: la que distingue querer a una persona de usarla. Un profesor de ética decidió hace veintitrés años tenerla donde los adolescentes sí escuchan, que no es un temario, sino una historia de amor.
José Ramón Ayllón, profesor de ética y antropología filosófica en las universidades de Montevideo y de Navarra, publicó Diario de Paula en 2003. Lo han leído más de treinta mil lectores y Homo Legens lo recupera ahora, a tiempo para el comienzo de curso. Es el cuaderno de un trimestre de instituto: Paula Monfá llega a Vigo desde Barcelona con la familia al borde de la separación, un desengaño reciente y la determinación de no volver a enamorarse. Allí están Cris, la amiga que la sostiene, y Borja, empeñado en demostrarle que el amor no siempre acaba mal.
En algún punto del curso, Paula escribe el párrafo que resume lo que ninguna asignatura le ha explicado: «Es como si descubrieses que desear a otra persona no es lo mismo que amarla, y que el deseo, muchas veces, lo que en realidad pretende es utilizar, manipular, manosear… No sé si estarás de acuerdo conmigo, pero me parece que no es amado quien es simplemente deseado, sino aquel para quien se desea algo». Tiene diecisiete años y lo ha averiguado sola, a base de equivocarse.
Y ha llegado ahí por el camino largo. Unas líneas antes reconoce que «muchas veces he buscado el amor por el camino del placer» y que el amor no aparecía por ningún sitio; que uno se lanza «por el atajo del deseo» y su intenso gusto deja en el paladar «un triste sabor a desengaño»; que la persona que te vuelve loca es mucho más que piel y formas, «porque de hecho los besos y las caricias no dan lo que prometen». No hay aquí ninguna moralina: hay una chica haciendo el balance contable de sus propias experiencias y sacando la única conclusión que los datos permiten.
Lo más incómodo del libro, sin embargo, es el reproche que Paula dirige a sus padres, gente culta, moderna y respetuosa con su intimidad. Desde los trece años le han dado libertad y dinero, y nunca le han dicho «esto está bien» o «esto está mal»: «Es como si les diera miedo hablar de temas fundamentales, de criterios necesarios en el tráfico de la vida». Ella lo formula sin rencor y con una precisión que debería doler: «Me hubiera gustado, por ejemplo, un poco de orientación en el tema que más nos desorienta a los jóvenes». Eso es exactamente lo que ni el plan de estudios ni la casa le han dado.
Y entonces la novela hace lo que ningún programa de bienestar emocional se atreve a hacer: sube. El profesor de Filosofía les explica a Platón, y Paula anota que el amor es «el hambre que despierta en nosotros el deseo de nuestra definitiva patria». La cuestión deja de ser higiénica y pasa a ser lo que siempre fue: metafísica. Se puede estar de acuerdo o no, pero al adolescente se le está tratando como a alguien incapaz de sostener una idea difícil, sino como a un usuario al que hay que instruir en el manejo de un dispositivo.
De ahí salen conclusiones que no son sentimentales. Una: tras la relación en la que lo dio todo y no recibió nada, Paula se impone «no volver a mendigar el amor de nadie», y lo cumple durante un curso entero con el chico que sí le gusta, que tiene que conquistarla despacio. Otra, sobre la amistad, con una imagen que cualquier profesor puede llevarse a clase: «Si un amigo nunca es algo de usar y tirar, como un vaso de plástico que se apura y acaba en la cuneta, mucho menos puede serlo un amor».
El centro del libro es un viernes de octubre. El abuelo Andreu muere de repente. Paula, que acaba de escuchar en clase la muerte de Sócrates, espera a su profesor en el aparcamiento del instituto y le suelta la pregunta: «Mi abuelo murió el pasado viernes… ¿Usted cree que hay algo después de la muerte?». El hombre carraspea y responde: «creo que esa pregunta es más que filosófica, y pienso que tiene una respuesta afirmativa». Ella insiste en si eso es demostrable, y él contesta con otra pregunta, que es si ha leído los Evangelios. No la consuela, no le administra una técnica de regulación emocional y no la deriva a nadie. Le devuelve la pregunta mejor formulada y le señala dónde se ha respondido.
La novela es de hace veintitrés años y lo nota: suenan los 40 Principales, se compran discos, se escriben cartas por correo postal. Paula llega a decirle a Borja que le gusta «un poco prehistórico» porque no tiene móvil ni navega por Internet. Un lector adolescente encontrará escenas de museo, y ese es justamente el interés: cambia el decorado y no se mueve una sola de las preguntas. La conclusión para quien tenga un hijo o un alumno empezando curso no es que haga falta otra asignatura. Es que a esa edad se necesita un adulto dispuesto a decir en voz alta lo que está bien y lo que está mal, y que si ninguno lo hace, el adolestece tendrá que averiguarlo como Paula: en soledad, y pagando un alto precio.
Diario de Paula, de José Ramón Ayllón. Bibliotheca Homo Legens.

