La Compañía de Jesús celebra este mes 486 años de aprobación pontificia con poco más de un tercio de los hombres que tenía en 1965 y cerrando casas en Navarra y en México. La explicación disponible habla de invierno vocacional. Malachi Martin, jesuita durante veinte años y testigo del Concilio Vaticano II, dio otra razón: la orden no se apagó, sino que perdió una guerra que ella misma había declarado. Homo Legens publica ahora en español Los jesuitas. La Compañía de Jesús y la traición a la Iglesia católica.
El 27 de septiembre de 1540, Paulo III firmó la bula Regimini militantis Ecclesiae y la Compañía de Jesús existió por primera vez en derecho. Este mes se cumplen 486 años de aquella firma. La orden que nació entonces para ser la milicia disponible del papa, la que llevó el catolicismo al Japón por san Francisco Javier y al Paraguay de las reducciones, llega a su aniversario replegándose.
El 13 de agosto, la Compañía dejó una de sus comunidades en Tabasco, en México, tras 53 años de presencia, por falta de personal. Un año antes había cerrado la comunidad de Javier, en Navarra, la casa levantada junto al castillo donde nació el patrón de las misiones. No son casos aislados: son la forma que adopta sobre el terreno una serie estadística de sesenta años. En 1965 la Compañía alcanzó su máximo histórico con 36.038 miembros; los últimos recuentos la sitúan en torno a 13.800. Ha perdido casi dos de cada tres hombres.
La explicación disponible es la general: secularización, hundimiento de las vocaciones en Europa, envejecimiento del clero. Es cierta y es insuficiente. No aclara por qué el descenso arranca precisamente en 1965, en el punto más alto de toda su historia y en el año en que la orden se dio a sí misma un rumbo nuevo, ni por qué se ha sostenido durante seis décadas sin una sola inflexión. Una institución que pierde dos tercios de sus efectivos en dos generaciones no atraviesa una crisis: ha cambiado de naturaleza. Y la pregunta legítima es cuándo cambió y por decisión de quién.
El 7 de agosto de este año, León XIV recibió en el Vaticano al padre Arturo Sosa, prepósito general de la Compañía desde 2016. Es la primera vez desde 2013 que quien recibe al general de los jesuitas no es él mismo jesuita, y la vieja relación romana entre el papa blanco y el papa negro vuelve a ser lo que fue durante cuatro siglos: un trato entre dos hombres distintos, investidos de dos autoridades distintas. Nadie formuló en voz alta, ese día, la pregunta de fondo.
Hubo quien la hizo cuando casi nadie se atrevía, y la respondió con nombres y con fechas. Malachi Martin (1921-1999) fue jesuita durante veinte años. Estudió en Lovaina, se doctoró en lenguas semíticas, trabajó como arqueólogo en el mar Muerto y a los 37 años entró al servicio de la Santa Sede como secretario del cardenal Agustín Bea, uno de los arquitectos del Concilio. En 1964 pidió la dispensa de sus votos y se trasladó a Estados Unidos. En 1987 publicó el libro que Homo Legens edita ahora en español, Los jesuitas. La Compañía de Jesús y la traición a la Iglesia católica, y lo abrió sin preámbulo alguno: «Existe un estado de guerra entre el papado y la orden religiosa de los jesuitas, la Compañía de Jesús, por su nombre oficial».
Esa guerra, sostiene, no se libraba por privilegios ni por matices de escuela, sino por dos preguntas concretas. La primera es la autoridad: quién manda en la Iglesia universal y quién fija lo que los católicos deben creer y qué normas morales han de observar. La segunda es la finalidad: para qué existe la Iglesia en este mundo. Para el papado, las dos respuestas estaban dadas desde antiguo. Para una parte considerable de la Compañía posterior a 1965, ninguna de las dos lo esta ya.
La segunda pregunta es la decisiva, y es la que ordena el libro entero. Martin describe cómo la finalidad sobrenatural de la Iglesia —asegurar a cada hombre los medios de alcanzar la vida eterna— fue siendo sustituida por otra enteramente intramundana: la liberación, aquí y ahora, de quienes padecen injusticia social, económica y política. El vehículo de esa sustitución tiene nombre y tiene autores. «Hablando con propiedad, la teología de la liberación fue una creación jesuita», escribe, y añade después una definición que en 1987 podía parecer exageración de polemista: «La teología de la liberación era una teología convertida en geopolítica».
El libro pone rostro al conflicto. Pablo VI y Pedro Arrupe, encumbrados con dos años de diferencia, quedaron unidos por el vínculo inmemorial entre el papado romano y el generalato jesuita: «Como papa blanco y papa negro». Martin los retrata con una simetría casi cruel —parecidos hasta en lo físico, igual de persuadidos de que su cargo era mesiánico, incapaces los dos de ceder— y condensa el drama que empezaba en 1965 en una fórmula que vale por un índice: «los hombres del papa contra los papas».
Lo más valioso de estas páginas no es la tesis, sino el material con que la sostiene: las voces de los propios jesuitas. Uno escribe, atónito ante la facilidad con que se disolvía el orden establecido en su orden, que «se está produciendo un golpe de Estado». Otro, años después: «Nos arrancaron la Compañía de Jesús de debajo de los pies y la convirtieron en una entidad monstruosa bajo la apariencia de objetivos encomiables». No hablan ahí los enemigos de la Compañía. Habla la Compañía.
Que el conflicto fue real no depende de la palabra de Martin. Consta en los actos. En octubre de 1981, Juan Pablo II hizo algo sin precedentes en la historia moderna de la orden: en lugar de dejar que el vicario general asumiera el gobierno interino, nombró delegado personal suyo al padre Paolo Dezza, a punto de cumplir los ochenta años y casi ciego, para regir la Compañía hasta nueva orden. En 1984, la Congregación para la Doctrina de la Fe publicó la instrucción Libertatis nuntius contra el empleo del análisis marxista en teología. El entonces general, Peter-Hans Kolvenbach, respondió con una crítica pública del documento romano. Un prepósito general corrigiendo por escrito a la Santa Sede: eso también forma parte del expediente.
Martin es un autor discutido. Su tono profético, su gusto por la escena dramática y varias de sus afirmaciones fuera de los libros le han valido reparos serios, dentro y fuera de la Compañía. Pero el reparo no alcanza al núcleo del argumento: la cronología, los documentos pontificios, las congregaciones generales, los nombres de los protagonistas y las decisiones que tomaron son verificables uno por uno, y el desenlace que el libro anunciaba en 1987 es hoy una columna de cifras decrecientes.
Hay algo, en cambio, que Martin no llegó a ver. Murió en 1999, catorce años antes de que la Iglesia eligiera a un papa jesuita y, además, sudamericano. Tampoco vio lo que ha venido después: un pontificado que ya no lo es y una Compañía que sigue perdiendo alrededor de trescientos hombres al año mientras cierra casas como las de Navarra y Tabasco. Las dos cosas juntas alteran el modo de leerlo. El libro ya no es una advertencia sobre lo que podría llegar a ocurrir; es la crónica de lo que está ocurriendo, escrita cuarenta años antes.
En sus últimas páginas, Martin recuerda una respuesta de Clemente XIII. Cuando los enemigos de la Compañía presionaron al papa para que modificase sus Constituciones y la convirtiera en una orden como cualquier otra, el pontífice contestó con seis monosílabos latinos: Sint ut sunt, vel non sint. Que sigan siendo como son o que dejen de existir. Y Martin, que ha dedicado el libro entero a documentar la deriva de la orden, lo cierra sosteniendo que la Compañía en su forma primigenia «era y es insustituible». Las dos cosas caben en el mismo volumen, y en esa incomodidad está su honradez. El 27 de septiembre, cuando la Compañía cumpla 486 años, la pregunta pertinente no será cuántos jesuitas quedarán en 2036. Será cuál de las dos Compañías es la que queda.
Los jesuitas. La Compañía de Jesús y la traición a la Iglesia católica, de Malachi Martin. Bibliotheca Homo Legens.

