Hay una frase de doña Concepción González —Conchita, la llaman— que debería bastar, por sí sola, para imponer mucha más modestia en torno a Garabandal. Hablando años después del gran Milagro anunciado, cuyo cumplimiento constituiría una de las piezas decisivas de todo el entramado profético de aquellas supuestas apariciones, vino a decir con extraordinaria sencillez que, si el Milagro no llegaba, entonces habría que concluir que nada de aquello había sido verdad. No buscó escapatorias hermenéuticas, no habló de un cumplimiento puramente espiritual, no explicó que quizá las fechas se hubieran entendido mal ni construyó una teoría para preservar indefinidamente el fenómeno frente al paso del tiempo: si el Milagro no viene, «nada fue verdad». Y quizá uno de los aspectos más sorprendentes de Garabandal sea precisamente éste: que algunos de sus defensores parecen haber llegado a poseer una certeza acerca de aquellos acontecimientos bastante mayor que la que en determinados momentos tuvieron quienes afirmaron haberlos vivido.
De ahí el título, que acaso suene provocador, pero que encierra una cuestión muy seria: los aparicionistas saben más que las videntes. O, por lo menos, parecen saberlo. Mientras una muchacha afirma que ha contemplado a la Virgen, que ha hablado con san Miguel, que ha recibido una hostia de manos de un ángel o que se le han anunciado un Aviso, un Milagro y un Castigo, cada palabra suya adquiere un valor casi notarial, se reconstruyen minuciosamente horas, gestos, locuciones y movimientos, se cotejan fotografías, testimonios y recuerdos; pero cuando esa misma muchacha duda, niega, rectifica, admite que pudo imaginar alguna cosa o declara sencillamente que no vio a la Virgen, entonces aquella autoridad testimonial desaparece y comienza un desfile de explicaciones destinado a salvar a la aparición de sus propias protagonistas: estaban presionadas, sufrieron amenazas, atravesaban una crisis psicológica, padecieron una especie de noche oscura, el demonio sembró dudas en ellas o Dios permitió misteriosamente aquellas negaciones porque también eso formaba parte del designio sobrenatural y hasta la Virgen se lo había anunciado.
El problema no consiste en negar que alguna de esas explicaciones pueda contener una parte de verdad. Una adolescente sometida durante años a una presión extraordinaria puede contradecirse; puede experimentar dudas auténticas acerca de vivencias anteriores; puede confundirse, retractarse sinceramente de algo verdadero o reafirmar después algo que había negado sinceramente. Todo eso pertenece a la fragilidad de la memoria y de la conciencia humana. La dificultad empieza cuando se construye un sistema en el que cualquier declaración favorable demuestra Garabandal y cualquier declaración desfavorable termina igualmente demostrando Garabandal. Si la vidente afirma, confirma; si niega, su negación estaba profetizada y, por tanto, confirma; si recuerda con nitidez, confirma; si duda de sus propios recuerdos, esa duda sería una prueba prevista y confirma también. Llegados ahí, la hipótesis se ha hecho prácticamente inexpugnable, y una proposición a la que ningún hecho imaginable puede contradecir deja, precisamente por eso, de estar sometida a verdadero discernimiento.
El episodio de Conchita con el sacerdote don José Olano, en agosto de 1966, resulta a este respecto particularmente significativo. Según el testimonio dado por Olano muchos años después, fue la propia Conchita quien quiso hablar con él el 15 de agosto. Inicialmente deseó hacerlo en confesión, pero el sacerdote, al advertir el asunto del que quería tratar, prefirió deliberadamente que la conversación quedase fuera del sigilo sacramental, precisamente para conservar libertad de actuación y poder aconsejarle que manifestase aquello mismo al obispo. Olano relató que Conchita negó entonces la realidad de lo ocurrido y que posteriormente se ratificó ante monseñor Vicente Puchol. El propio sacerdote introdujo, además, una cautela que honra su testimonio: no aseguraba recordar que Conchita hubiera pronunciado la fórmula absoluta de que «todo» era falso, pero decía que había sido inventado. Y la documentación favorable a Garabandal reconoce igualmente que Conchita habló aquel verano de lo vivido como posible «ilusión, sueño o mentira» y que ante el obispo llegó a negar haber visto a la Virgen.
No debemos convertir esas negaciones de 1966 en una especie de dogma inverso. Sería intelectualmente tan pobre afirmar que una retractación posterior destruye necesariamente todo testimonio anterior como pretender que una afirmación inicial queda inmunizada contra cualquier retractación posterior. Una negación puede ser sincera o insincera, espontánea o inducida, lúcida o confusa. Pero justamente por ello pertenece al expediente crítico con idéntico derecho que las afirmaciones primeras. No es razonable sostener que, cuando Conchita decía haber visto a la Virgen, debíamos creerla porque ella estaba allí, pero que cuando dijo no haberla visto carecía de autoridad sobre su propia experiencia porque nosotros sabemos mejor que ella lo que verdaderamente le había ocurrido. En ese momento se produce una inversión metodológica muy curiosa: ya no es el testimonio de la vidente el que fundamenta la aparición, sino la creencia previa en la aparición la que decide qué fragmentos del testimonio de la vidente pueden ser aceptados.
Algo semejante sucede con Mari Cruz. Su trayectoria posterior contiene declaraciones extraordinariamente difíciles de conciliar con la seguridad con que algunos hablan hoy de Garabandal. Ya en 1984 llegó a declarar públicamente que nunca había visto a la Virgen ni al ángel. Muchos años después, interrogada otra vez acerca de aquellos sucesos, reconocía la dificultad de distinguir con certeza entre lo ocurrido y lo que la imaginación pudo haber ido elaborando: «Al final no sabes si te lo estás imaginando o pasó realmente». No es una frase salida de la pluma de un incrédulo ni de uno de aquellos eclesiásticos a los que la literatura garabandalista atribuye una hostilidad sistemática; pertenece a una de las cuatro protagonistas del fenómeno. Naturalmente, su duda adulta no demuestra matemáticamente que en 1961 no ocurriera nada sobrenatural, pero tampoco puede tratarse como irrelevante precisamente por quienes han fundamentado buena parte de la credibilidad de Garabandal en la sinceridad y espontaneidad de aquellas niñas.
Conchita misma ofrece otros testimonios que invitan a la prudencia. Al explicar en cierta ocasión qué entendía por «ser buenos», habló de que cada persona, «en su religión, en su ambiente, en su familia, en su trabajo», sabe de algún modo cómo debe comportarse, porque posee una conciencia a través de la cual Dios le habla. No parece justo simplificar esas palabras diciendo que proclamó sin más la indiferencia de todas las religiones; pero tampoco es necesario convertir retrospectivamente cada frase suya en una formulación teológica impecable. Conchita era una muchacha sencilla hablando de lo que creía haber vivido, no una doctora de la Iglesia. Y algo de esta elemental sensatez debería aplicarse al conjunto del fenómeno: no hagamos decir a aquellas niñas más de lo que dijeron, no atribuyamos precisión dogmática a expresiones espontáneas y, sobre todo, no construyamos sobre ellas certezas que ellas mismas no siempre poseyeron.
Porque ése es otro punto sobre el que conviene hablar con exquisito respeto. Las protagonistas de Garabandal —no porque el matrimonio sea espiritualmente imperfecto, afirmar lo cual sería anticatólico— no son santa Bernardita Soubirous ni san Francisco y santa Jacinta Marto, en quienes la Iglesia ha reconocido la heroicidad de virtudes. Las niñas de San Sebastián de Garabandal crecieron, se casaron, formaron familias y siguieron existencias legítimas, respetables y cristianamente dignísimas: señoras casadas que han vivido durante décadas en Estados Unidos o en Avilés y que merecen, ante todo, que se respete su propia vida y hasta sus silencios. Pero precisamente por eso no podemos atribuirles una especie de canonización espontánea ni convertir cada gesto de aquellas adolescentes en un dato sobrenaturalmente infalible. Hasta ahora no existe aquella ejemplaridad pública oficialmente reconocida por la Iglesia que, por ejemplo, permite contemplar la vida de Bernardita después de Lourdes o la de los pastorcitos después de Fátima como una corroboración espiritual de la gracia recibida.
Y todavía resulta más difícil comprender la seguridad inquebrantable de determinados defensores cuando se contempla la posición sostenida por la autoridad eclesiástica. Conviene expresarlo con rigurosa exactitud: la Iglesia no ha declarado que Garabandal sea una impostura demostrada ni ha pronunciado una condena definitiva de sus protagonistas. Pero tampoco lo ha aprobado, ni ha reconocido su sobrenaturalidad, ni ha invitado jamás a los católicos a que crean en ello. Los sucesivos responsables de la diócesis de Santander que tuvieron que pronunciarse sobre los acontecimientos mantuvieron el juicio de que no constaba su sobrenaturalidad. Puede discutirse si todas las investigaciones iniciales se realizaron perfectamente; puede criticarse la metodología de determinadas comisiones, el modo de interrogar a las muchachas o la precipitación de algún juicio. Pero de que una investigación haya podido ser imperfecta no se sigue lógicamente que la aparición sea verdadera. Los defectos del juez no constituyen automáticamente la inocencia probada de aquello que estaba juzgando.
Y Roma tampoco corrigió aquella línea de fondo. En tiempos del cardenal Joseph Ratzinger, cuando la Congregación para la Doctrina de la Fe conoció de nuevo el expediente remitido desde Santander, se aconsejó mantener sustancialmente el non constat de supernaturalitate. Este dato me parece particularmente importante porque durante años ha circulado en ambientes devocionales una especie de Ratzinger imaginario secretamente favorable a Garabandal, cuando la documentación conocida no autoriza semejante conclusión. En cuanto a que Pablo VI dijese que Garabandal era la historia más hermosa de la humanidad desde el nacimiento de Cristo… es un testimonio de aurora boreal, sacado de una hojita volandera. Los pronunciamientos de san Pío de Pietrelcina y santa Teresa de Calcuta también son discutibles documentalmente. Y muy recientemente el Dicasterio para la Doctrina de la Fe ha recordado que la situación permanece sustancialmente en ese punto: la sobrenaturalidad de los acontecimientos no consta. Decir esto no equivale, insisto, a afirmar una falsedad positivamente demostrada, pero tampoco puede invertirse la carga de la prueba hasta convertir el non constat en algo parecido a una aprobación pendiente. No estar condenado no significa estar aprobado.
A todo esto se añade un elemento que, en mi opinión, merece una reflexión mucho más profunda que la habitual: el extraordinario fisicismo de Garabandal. Hay algo llamativamente corporal, mensurable y espectacular en buena parte de aquella fenomenología: cuerpos que durante los éxtasis parecían adquirir pesos anómalos o resultar imposibles de levantar, marchas hacia atrás a una velocidad sorprendente, carreras nocturnas, caídas y posturas insólitas, objetos presentados para ser besados, medallas y rosarios supuestamente identificados o restituidos a sus propietarios correctos, sacerdotes reconocidos aunque vistieran de paisano, una hostia que aparece visiblemente sobre la lengua de Conchita, niñas que parecen sustraerse durante ciertos instantes a las leyes ordinarias del peso o del equilibrio, el Niño que se ofrece a besar y toda una enorme casuística en la que la atención corre constantemente el riesgo de quedar fascinada por la anomalía física.
No niego a priori ninguno de esos hechos ni pretendo explicar precipitadamente cada uno de ellos. Sería tan poco filosófico negar de antemano cualquier fenómeno extraordinario como declararlo sobrenatural simplemente porque de momento no sepamos explicarlo. El problema metafísico está precisamente ahí: lo físicamente inexplicable no equivale a lo sobrenatural. Entre una cosa y otra se extiende todo el inmenso territorio de las causas segundas: percepción, imaginación, sugestión colectiva, automatismos, estados disociativos, fenómenos psicofisiológicos poco comunes, capacidades humanas insuficientemente conocidas y, para quien admite desde la metafísica cristiana la existencia del mundo espiritual, incluso una eventual causalidad preternatural, que por definición tampoco sería divina. El salto desde «no sé explicar esto» hasta «esto lo ha hecho la Virgen» es filosóficamente ilegítimo. La insuficiencia actual de una explicación natural no constituye demostración positiva de una causa sobrenatural.
Y es aquí donde san Juan de la Cruz resulta incómodo para cualquier aparicionismo. No porque niegue la posibilidad de gracias extraordinarias —conoce perfectamente la tradición mística de visiones corporales, imaginarias e intelectuales—, sino porque desconfía radicalmente de la apetencia de fenómenos y señales. El Doctor Místico sabe que incluso una comunicación verdadera puede ser mal interpretada por quien la recibe, que el entendimiento humano puede convertir en afirmación absoluta lo que Dios muestra de modo condicionado, simbólico o analógico, y que el deseo de revelaciones extraordinarias abre una zona peligrosísima para el autoengaño. Toda su doctrina de la Subida está atravesada por esa higiene sobrenatural: no apoyarse en visiones, no desearlas, no hacer depender de ellas la fe y caminar hacia Dios en la desnudez luminosa de la fe teologal. Todas las visiones, locuciones y revelaciones imaginables pesan menos, en el orden sobrenatural, que un auténtico acto de humildad. El criterio cristiano no es la rareza del fenómeno, sino su capacidad de conducir a una adhesión más pura a Dios; no la anomalía física, sino la transformación de la persona; no cuántas medallas fueron reconocidas ni cuántos cuerpos resultaron difíciles de levantar, sino cuánto crecen la fe, la esperanza, la caridad, la obediencia y el desprendimiento. Y todavía entonces habrá que recordar que incluso los frutos espirituales posteriores no demuestran mecánicamente la autenticidad histórica de una aparición. Dios puede conceder una conversión verdadera a quien peregrina de buena fe hasta un lugar acerca del cual se encuentra humanamente equivocado, porque la gracia de Dios no queda condicionada por la exactitud crítica de todas nuestras premisas.
Santa Teresa ofrece la misma lección por otro camino. Pocas personas en la historia de la Iglesia han recibido gracias místicas tan extraordinarias y pocas, sin embargo, mostraron un temor tan serio a engañarse. Teresa buscó confesores, sometió sus experiencias a varones doctos, sufrió interrogatorios, aceptó juicios adversos y nunca estableció como criterio último de verdad la intensidad psicológica con que había percibido una visión. Precisamente porque sabía que una experiencia interior puede ser fortísima y, sin embargo, necesitar discernimiento. El verdadero místico teme equivocarse mucho más de lo que teme que no crean en él. El aparicionismo corre el peligro contrario: necesitar que la aparición sea verdadera hasta el extremo de interpretar cualquier objeción como prueba adicional en su favor.
Desde ahí adquieren su verdadero peso las negaciones y vacilaciones de las videntes. No son una demostración matemática de falsedad; son algo mucho más sencillo y epistemológicamente decisivo: impiden la certeza que ciertos defensores pretenden poseer. Si una protagonista llega a decir que nunca vio a la Virgen; si otra puede acudir a un sacerdote para comunicar que aquello había sido una ilusión, un sueño o una mentira; si décadas después alguna admite que no sabe con certeza dónde termina el acontecimiento y dónde pudo empezar la imaginación; si la principal vidente afirma que, si el gran Milagro no llega, entonces nada de aquello fue verdadero, ¿con qué derecho puede un tercero, sesenta años después, proclamar una certeza superior a la de ellas mismas?
Escuchemos, por tanto, a las niñas de 1961, pero escuchemos también a las adolescentes de 1966 y a las mujeres adultas en que aquellas niñas se convirtieron. Escuchémoslas enteras. Cuando afirman y cuando niegan, cuando recuerdan y cuando dudan, cuando están convencidas y cuando no lo están. Resulta intelectualmente poco limpio seleccionar de toda una trayectoria biográfica únicamente aquello que confirma el sistema previamente aceptado. Si el testimonio personal es uno de los grandes fundamentos de Garabandal, habrá que aceptarlo con todas sus luces y sombras. De lo contrario, dejamos de creer a las videntes para empezar a utilizarlas.
Hay en esto una diferencia fundamental entre la fe y el aparicionismo. La fe católica no tiene nada que perder si en Garabandal no se apareció la Virgen. Nada. Ni una sola sílaba del Credo depende de Garabandal. Las revelaciones privadas, incluso aquellas que la Iglesia reconoce prudentemente, jamás completan la Revelación de Cristo ni pertenecen al depósito de la fe. Por eso me parece tan poco católico el nerviosismo con que algunas veces se defiende una aparición. No hace falta insultar a Garabandal, ni tratar de mentirosas a aquellas niñas, ni caricaturizar a los peregrinos que rezan allí, muchos de ellos con una devoción sincera y edificante. Mucho menos habría que despreciar las conversiones, confesiones o gracias espirituales que alguien pueda haber recibido en aquel lugar. Lo único necesario es recuperar una virtud: prudencia, ante aquello cuya sobrenaturalidad la Iglesia tampoco ha reconocido.
Quizá sea precisamente ésta la paradoja de Garabandal que más debería preocuparnos. No aquellas carreras hacia atrás por los caminos de una aldea cántabra, ni los cuerpos aparentemente pesados durante un éxtasis, ni la hostia visible en una lengua infantil, ni el beso de medallas y rosarios, sino la posibilidad de que haya terminado produciéndose un mecanismo religioso en virtud del cual ya nada puede desmentir la aparición. Si seis obispos sucesivos no la reconocen, se equivocaron los seis; si Roma respalda la prudencia de Santander, Roma tampoco estudió bien el asunto; si una vidente niega, estaba confundida; si otra duda, su memoria ha quedado dañada; si el Milagro tarda décadas, habrá que seguir esperando; y si algún día no llegara, quizá alguien descubriría entonces que nunca debió entenderse como la propia Conchita lo entendió.
Así se llega al extraño resultado anunciado en el título: los aparicionistas saben más que las videntes. Saben lo que ellas vieron incluso cuando ellas mismas dijeron no haberlo visto; saben que sus negaciones no deben creerse aunque sus afirmaciones sí; saben que el Milagro llegará aunque Conchita dejara abierta precisamente en su incumplimiento la prueba de que todo podía no haber sido verdad; saben interpretar mejor que los obispos lo ocurrido en su propia diócesis y conocen mejor que la Congregación para la Doctrina de la Fe el grado de certeza sobrenatural que debemos atribuir a aquellos hechos.
Quizá sería más sencillo aceptar que no sabemos. Y ese humilde no sabemos es infinitamente más católico que una certeza privada impuesta contra la misma prudencia de la Iglesia. Se puede peregrinar a Garabandal, rezar allí un Rosario, confesarse, adorar al Santísimo, pedir a la Virgen una gracia y volver a casa siendo mejor cristiano sin necesidad de poseer una opinión inamovible sobre lo que ocurrió entre 1961 y 1965. Se puede amar a Nuestra Señora apasionadamente sin creer en Garabandal, exactamente igual que se puede ser un perfecto católico sin conocer siquiera la existencia de Garabandal.
Porque María es infinitamente mayor que todas sus apariciones, incluso que las verdaderas. No necesitamos que haga pesar cuerpos, que descubra objetos, que bese medallas, que haga correr niñas de espaldas por las callejas de un pueblo ni que deje prodigios visibles para saber que Ella es nuestra Madre. La Virgen del Evangelio habla poco y señala siempre a Otro; en Caná pronuncia casi su testamento espiritual y luego desaparece detrás de Cristo: «Haced lo que Él os diga». Tal es la mejor medicina para cualquier exceso aparicionista: volver desde el fenómeno hacia Cristo, desde la curiosidad hacia la fe, desde el prodigio hacia la gracia, desde la excitación de lo extraordinario hacia la silenciosa grandeza de lo sobrenatural ordinario.
No hace falta, pues, condenar Garabandal. Ni tampoco canonizarlo anticipadamente. Basta con dejarlo en el lugar en que la Iglesia lo ha dejado y en el que, curiosamente, las propias protagonistas nos permiten todavía dejarlo: bajo discernimiento, entre interrogantes, esperando que la verdad se abra paso sin necesidad de forzarla. Porque la Virgen no necesita que la defendamos de la verdad. Y la verdad, si realmente viene de Ella, tampoco necesitará jamás que sepamos más que quienes dijeron haberla visto.
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