«Molesten un poquito»: La Sacristía de la Vendée pasa revista al agosto de los escándalos y arma a los fieles con el Código de Derecho Canónico

«Molesten un poquito»: La Sacristía de la Vendée pasa revista al agosto de los escándalos y arma a los fieles con el Código de Derecho Canónico

La tertulia sacerdotal contrarrevolucionaria dedicó su último programa, dos horas largas bajo el título «Herejías, abusos y silencios», a hacer inventario de una quincena especialmente pródiga en escándalos eclesiales y, sobre todo, a responder a la pregunta que daba subtítulo a la emisión: qué pueden hacer los católicos. Condujo el padre Francisco José Delgado desde la selva peruana —reside estos días en el seminario de Moyobamba—, acompañado por el padre Juan Manuel Góngora (Almería), el sacerdote argentino Tomás Agustín Beroch, diocesano en Estados Unidos, y el padre Custodio Ballester (Barcelona), que abandonó la tertulia a media emisión. Delgado advirtió de entrada que el plan no era «simplemente indignarnos»: ante las cosas que dañan la fe «está el maligno dando vueltas para hacer que las almas se pierdan, y hay que acertar también a la hora de responder».

Los nombramientos: Longo y Murray

El repaso comenzó por los nombramientos. El boletín vaticano del 13 de agosto incluía la designación de Umberto Longo, director del Istituto Storico Italiano per il Medio Evo, sobre quien circulan informaciones «bastante claras» —dijo Delgado— de vinculación con la masonería, con presencia documentada en actos masónicos, sin que la Santa Sede haya dicho una palabra. A ello sumó el nombramiento de la religiosa irlandesa Patricia Murray, exsecretaria ejecutiva de la Unión Internacional de Superioras Generales y figura del sector sinodal más favorable a las reivindicaciones feministas y del mundo LGTB —Delgado exhibió su entrevista en Vida Nueva bajo el titular «El clero teme perder el poder»—, como consultora del Dicasterio para los Institutos de Vida Consagrada.

Beroch confesó que no habría sabido que era monja de no decírselo: «El hábito no hace al monje, pero ayuda». Distinguió entre el homosexual que busca vivir en castidad, como los del grupo Courage, y los lobbies que defienden «el aborto, la ideología de género y todas esas porquerías anticatólicas», y fue al fondo del problema: «Cuando pones a alguien en un puesto de poder estás diciendo que esa persona es capaz de llevar a cabo la misión de la Iglesia»; el mensaje que reciben los fieles es que «todo eso no está tan mal». Citó el humo de Satanás de Pablo VI y los lobos con piel de oveja, y expresó la esperanza de que León XIV se parezca a León XIII, el papa que renovó las condenas a la masonería, el liberalismo y el socialismo. Delgado, por su parte, comentó la fotografía del encuentro de superioras religiosas viendo el mensaje del Papa: «Parece una señora jugando al bingo, un encuentro de la tercera edad».

Torrelavega: la Asunción negada desde el ambón

El plato fuerte llegó con Torrelavega. En la misa de la Asunción, celebrada por el 125 aniversario del título de basílica del templo, hubo danzas litúrgicas con hombres en falda —«un espectáculo bufonesco si no fuera por el dolor que causa verlo en medio de la misa»—, casulla azul fuera del privilegio de la Inmaculada y, sobre todo, la homilía del párroco, cuyo audio se reprodujo en directo: «Ningún ser humano va a subir al cielo en cuerpo y alma. El cielo no es ningún lugar físico, es un estado del alma». Para el padre Custodio, «un indocumentado, un ignorante, un pobre hombre» que «ha hecho el ridículo más absoluto en todo el mundo» y al que hay que mirar «con compasión y conmiseración».

Delgado fue al terreno canónico: la negación pública de un dogma proclamado es herejía, y la herejía está penada con excomunión latae sententiae. Cinco días después de la solemnidad, el obispo de Santander no había dicho nada, y el conductor recordó el agravio comparativo con su propio caso: «En veinticuatro horas mi obispo había mandado un comunicado echándonos a los pies de los caballos, dando por buenas todas las manipulaciones de la prensa religiosa más asquerosa. Nosotros habíamos pedido perdón doce horas antes». Y una comparación más incómoda: si a la Fraternidad de San Pío X se le declara la excomunión en un día, «esto también conlleva excomunión, y aquí no se hace nada».

Suesa: la consagración reinventada

En la misma diócesis cántabra situaron el segundo caso, a juicio de Góngora el más grave: la misa retransmitida por una televisión autonómica desde el monasterio de las trinitarias de Suesa, donde el celebrante reinventó la consagración en plural femenino: «Tomad y bebed todas de él […] será derramado por vosotras y por toda la humanidad […] para recordar que yo estoy en medio de vosotras como quien sirve». El sacerdote almeriense señaló que no solo se modifican a antojo las palabras de la consagración, sino que las monjas simulan con sus gestos una concelebración, materia consignada en el derecho entre los delicta graviora. «El vaso se está colmando», dijo, y rechazó la consigna de confiar y rezar en silencio: callar sería sumarse a «un silencio ominoso, aquiescente y cómplice con un auténtico contradiós». Delgado leyó la presentación que las propias monjas hacen de su liturgia en la web del monasterio —«un coro monástico circular sin espacios jerarquizados […] un lenguaje inclusivo»— y constató que tampoco aquí ha habido comunicado episcopal alguno.

La Paloma: la consagración del cardenal Cobo

Capítulo aparte, menor en gravedad pero de recorrido internacional, mereció la consagración del cardenal Cobo en la misa de la Virgen de la Paloma: la hostia sostenida sobre la patena fuera del altar, sin la inclinación que manda la Ordenación General del Misal Romano y con una teatralización dirigida a la asamblea. Las palabras, admitió Delgado, están bien dichas, pero la plegaria eucarística se dirige al Padre, no al público; es memorial y anámnesis, no dramatización, apostilló Góngora, para quien la gravedad «no está en qué se hace, sino en quién lo hace»: el arzobispo de Madrid y miembro de uno de los dicasterios más importantes de la Santa Sede.

Fátima: la bendición de Cristiano Ronaldo y Georgina

De Madrid a Fátima. Tras el matrimonio civil de Cristiano Ronaldo y Georgina Rodríguez, celebrado en su casa —«inválido para los católicos bautizados; no sirve para nada»—, un sacerdote les ofreció misa en una capilla privada del santuario portugués con una bendición «estilo Fiducia supplicans». Delgado, documento en mano, demostró que ni siquiera la controvertida declaración —contra la que él mismo firmó en su día— ampara lo sucedido: la bendición ha de ser espontánea y «nunca se realizará al mismo tiempo que los ritos civiles de unión, ni tampoco en conexión con ellos, ni siquiera con las vestimentas, gestos o palabras propias de un matrimonio». Aquí hubo capilla reservada, preparación y, al parecer, los mismos modelitos de la boda civil.

Góngora descargó la culpa principal en los sacerdotes cómplices que no explicaron lo que la Iglesia enseña, «sea Cristiano Ronaldo o sea quien sea», y alertó de la veda que se abre: el fiel de a pie tiene derecho a preguntarse por qué a él no le hacen lo que al futbolista, resucitando la vieja fama de las nulidades para ricos. Beroch lo resumió a la argentina: «La culpa no es del chancho, sino de quien le da de comer», y «por la plata baila el mono». Contó que a un famoso local que le pidió algo parecido le propuso convertir esa misa en su boda por la Iglesia, y recordó al divorciado vuelto a casar que le ofreció un cheque de cinco mil dólares por un padrinazgo: «Yo no vendo mi alma; acepto ese cheque y pierdo el cheque de la vida eterna». Delgado remató con el chiste del perro que una señora quería bautizar por mil dólares de estipendio: «Ah, usted no había dicho que el perro era católico». Custodio aportó su propia casuística —los jubilados viudos que pedían bendecir unos anillos sin casarse para no perder la pensión de viudedad— y Beroch puso el telón de fondo bíblico con Ezequiel 3,18: el centinela responde ante Dios de las almas a su cuidado. Al fondo, dijo, se ha perdido el temor de Dios y, peor aún, la vergüenza: «¿Qué joven va a querer ser cura con ese tipo de esperpentos? Por eso los progres son estériles».

Bertomeu y la Pachamama

El último caso del inventario fue el de monseñor Jordi Bertomeu, oficial del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, participando en Perú en un «pago a la tierra», ofrenda chamánica a la Pachamama, dentro de un encuentro macrorregional —«Entrelazando voces por la dignidad»— publicitado por Vatican News como preparación de la visita de León XIV. Custodio, que le conoce y ha hablado con él, pidió mirarle «con un poco de compasión»: en una carrera eclesiástica brillante «cualquier resbalón se convierte en una cosa muy grave», y «es doctor en Derecho Canónico y sabe de qué va la cosa». Góngora fue más severo: comentar el caso expone a que le acusen a uno de defender al Sodalicio y a los abusadores —remitió al artículo de Alejandro Bermúdez—, pero «la mujer del César debe serlo y parecerlo»: si cualquiera de ellos hiciera algo así «acabaríamos en una cartuja del paralelo 48». El mensaje que se transmite, dijo, es que «el que tiene padrino» puede cualquier cosa, y recordó las amenazas de excomunión a dos fieles peruanos. Delgado concedió que a uno pueden sorprenderle en un acto ajeno, «pero una cosa es que no te dé la sangre para ponerte a dar voces contra la idolatría y otra que te pongas a hacerlo tú».

¿Qué hacer? El itinerario canónico

La segunda hora se consagró al «qué hacer». Custodio, antes de despedirse, evocó el título de Lenin y el ver-juzgar-actuar de los antiguos grupos de revisión de vida, y trasladó el método al terreno cívico: si en cada pueblo de España un grupo se plantara todos los jueves a las siete en la plaza del Ayuntamiento contra Pedro Sánchez, «caerían como las murallas de Jericó»; el problema es la educación española del «que venga alguien y haga algo». Su receta eclesial: abordar al sacerdote y decírselo a la cara; si no rectifica, escribir al obispo «para que al menos durante tres minutos se incomode»; y si el obispo no hace caso, al dicasterio del Culto Divino, «porque las élites piensan que toda la humanidad es tonta menos ellos». Con una advertencia final: «Nosotros somos los primeros necesitados de convertirnos».

Delgado sistematizó después el itinerario canónico. El canon 212 establece la obediencia debida a los pastores, pero también el derecho de los fieles a manifestarles sus necesidades y «el derecho, y a veces incluso el deber», según el propio conocimiento, competencia y prestigio, de manifestar su opinión sobre lo que pertenece al bien de la Iglesia. La instrucción Redemptionis Sacramentum (nn. 183-184) encarga a todos —obispos incluidos— que el Santísimo Sacramento sea defendido de toda irreverencia y reconoce a cualquier católico, sea sacerdote, diácono o laico, el derecho a exponer queja por un abuso litúrgico ante el obispo diocesano o ante la Sede Apostólica, «con veracidad y caridad».

Sobre esa base, el conductor desgranó lo práctico: los modelos de denuncia que el padre Javier Olivera Ravasi publicó en su blog «Que no te la cuenten» —escándalo público, abusos litúrgicos, negación de la comunión en la boca o de rodillas, predicación contraria a la fe o la moral—; la corrección privada para el cura joven que mete la pata, la carta formal para el veterano que «te mandará a freír espárragos»; describir hechos y solo hechos, sin endosar al obispo «una lección de eclesiología de Twitter» que acabará, «con toda razón», en la papelera; pedir acuse de recibo y, como los obispados españoles han dado en no darlo —«un abuso terrible» que denuncia en vano—, gastarse treinta euros en un burofax, o su equivalente notarial en cada país. Si en plazo razonable no hay respuesta, a Roma: Culto Divino para los abusos litúrgicos, Doctrina de la Fe para la predicación contra la fe y el escándalo público, Clero u Obispos según el caso; cabe incluso la doble notificación, denunciando ante el dicasterio de Obispos la inacción del ordinario. El cauce más eficaz, la nunciatura, que archiva copia y remite a Roma sin extraviar nada; las nuevas normas de la Curia obligan a algún tipo de respuesta en noventa días. Y un apunte de época: las inteligencias artificiales «son muy útiles» para redactar estas denuncias con los cánones aplicables, «e incluso, si te enciendes, te dicen: este tono no parece el correcto».

«Molesten un poquito»

Beroch cargó contra el ocultismo eclesial: la lógica de «los platos se lavan en casa» fue la que encubrió los abusos, y «el problema de meter la basura bajo la alfombra es que en algún momento la alfombra explota, y explota mal». Lo privado se arregla en privado —si discutiera con Olivera Ravasi le llamaría por teléfono, no abriría Twitter—, pero el pecado público que escandaliza exige palabra pública: «Los progres son como las ratas: le tienen miedo a la luz», a la prensa, a YouTube. De ahí su consigna a los laicos: «Molesten un poquito». Al cura a la cara después de la misa, cartas al obispo, al Dicasterio para la Doctrina de la Fe, al del Clero, al nuncio, y a la policía si hay abuso de un menor: «Si llegan varias cartas, después la van a pensar». Con una salvedad que repitió varias veces: quien rectifica merece el abrazo —«hermano, bienvenido de vuelta»—; el problema es la pertinacia, porque las penas canónicas son medicinales y buscan la conversión del reo, no su destrucción. Los sinodales, ironizó, predicaron misericordia para todos «menos para los curas de la Vendée», crucificados «por un chiste que ni siquiera fue pecado».

Los contrapesos: prudencia, caridad y conversión propia

No faltaron los contrapesos. Góngora insistió en la prudencia: actuar con pruebas, sin juicios temerarios, dando la cara «con nombre y apellido» y sin la chiacchiera que condenaba el papa Francisco; y salió al paso de quienes en el chat oponían amor y temor de Dios: el temor es uno de los siete dones del Espíritu Santo, no un sustituto del amor. Delgado alertó contra quien usa el escándalo como coartada de agendas propias, y puso un ejemplo espinoso: concluir de Torrelavega que la Fraternidad de San Pío X «ha hecho bien» con las consagraciones de Écône, acto que él sigue teniendo por «erróneo e innecesario»; a pregunta del chat, Góngora confirmó que sustituir la lectura del mandato pontificio por una serie de argumentos leídos por un seglar es, «evidentemente», un abuso litúrgico. Y contra las «soluciones ideológicas» que aprovechan el río revuelto: «La culpa de todo la tienen los judíos. ¿Qué tiene que ver esto?».

El conductor recordó además que el canon 210 precede al 212 no por casualidad: primero los deberes —llevar una vida santa e incrementar la Iglesia—, luego los derechos. «Si me vuelvo un experto en materias teológicas controvertidas pero luego no rezo, mi familia está hecha un asco y en mi trabajo soy un inmoral, tenemos un problema». Su modelo de reforma, el de Santa Teresa ante la revolución protestante: no un gabinete de denuncias, sino una comunidad dedicada a vivir la perfección. «Nuestra mediocridad también es culpable de que estas cosas pasen». Beroch, reincorporado tras el apagón que le causó una tormenta eléctrica, lo remachó con una anécdota de sus años de seminarista con el Verbo Encarnado: criticaban a tal o cual obispo y un superior les preguntó si cumplían bien el horario del seminario; «si nosotros no cumplimos nuestro deber de estado, cuánto menos haríamos en el lugar de ese obispo». Y a un comentarista que le acusaba de odiar a los progres le respondió que allí nadie odia a nadie: si el párroco de Torrelavega tomase el micrófono y se arrepintiese, «lo aplaudimos».

Votar con el bolsillo

Hubo también un capítulo económico. El quinto mandamiento de la Iglesia obliga a ayudarla en sus necesidades, recordó Delgado, pero con inteligencia: donde el sistema lo permite —Estados Unidos, cuyas parroquias viven del cepillo, y no tanto la España o la Alemania de los subsidios estatales, donde el fiel apenas tiene voz—, cabe votar con el bolsillo, y sobre todo comunicarlo: «Mando una cartita: no puedo en conciencia colaborar con esto». Como en las bajas de telefonía, a veces eso hace que escuchen.

El tono: juzgar hechos, no personas

Sobre el tono de la denuncia, el conductor proyectó la escena de la película de Padre Pío en que el santo, denunciado por el obispo de Manfredonia, revienta contra el fraile que llama al prelado «cura indigno y sinvergüenza»: «¿Quién eres tú para hablar así de un obispo de la Iglesia? Aprende humildad». La maledicencia, recordó Delgado, es pecado aunque lo que se diga sea verdad, cuando se airean defectos ajenos para regodearse o fomentar el odio. Beroch matizó que ese mismo vídeo se le ha lanzado a él para acallar toda crítica, y fijó la distinción decisiva: se juzgan los hechos, nunca las personas ni las intenciones; puede decirse que negar la Asunción es una herejía aberrante, no que aquel padre se irá al infierno; sin juzgar hechos, «un padre no podría educar a sus hijos ni un policía detener al ladrón». Para quien quisiera profundizar en el dogma —hubo en el chat quien defendió que el párroco solo pedía entender el cuerpo «metafóricamente»—, los tertulianos zanjaron que hablar de mitología ya es negarlo, que el cuerpo glorificado es material —«Cristo comió un pedazo de pescado»— y remitieron a los vídeos de Olivera Ravasi y del padre Francisco Torres en su canal Clama Ne Cesses.

Contra la youtuberización de la fe

Los últimos compases abordaron la youtuberización de la fe, a raíz de un comentario que pedía no convertir a los laicos youtubers en «nuestros sacerdotes y obispos». Delgado reivindicó la gracia de estado del sacerdote para predicar y aconsejar —sin absolutizarla: al de Torrelavega hay que corregirle—, reconoció el servicio de los seglares, más a salvo de las arbitrariedades episcopales que algunos curas han padecido, pero les pidió reconocer sus límites: proliferan los vídeos de laicos, «algunos que antes de ayer eran protestantes», corrigiendo la plana en términos durísimos a sacerdotes con décadas de formación académica. De paso se defendió de quienes murmuran que tras la sanción se ha amansado: «Me volverá a pasar, no se preocupen; lo sobrellevaremos otra vez».

Góngora prefirió hablar de restauración antes que de reforma: «No es añadir un campanario a la torre; hay que repellar desde los cimientos y sacar la humedad y todo lo malo que se ha ido infiltrando», y previno a los fieles contra quien les diga lo que quieren oír. Beroch pidió humildad intelectual en todas direcciones —memorable su única respuesta escrita a un comentarista sabihondo de YouTube: «Discúlpeme, es la cuestión 23 de la Suma, no la 56»— y citó a Perón, «que no es santo de mi devoción, pero la verdad es verdad la diga quien la diga»: «El bruto es peor que el malo, porque los malos se pueden convertir». Delgado añadió la distinción escolástica entre opinión y demostración, contra los que califican de hereje al que discrepa en lo opinable, y lamentó a los exaltados que pierden amistades por estas disputas: «una ridiculez». Todavía hubo tiempo para reírse del youtuber que promete avisar a su audiencia cuando haya cisma, «aunque el Papa diga que lo hay».

El cierre fue el habitual de la casa: recomendación de la aplicación de audiolibros de Homo Legens —narrados con inteligencia artificial; Delgado la usa a diario en sus paseos por el seminario de Moyobamba— y del despacho fiscal barcelonés VCR, «Viva Cristo Rey», bendición en latín y el mismo himno cristero que había abierto la emisión: «Guerra, guerra contra Lucifer». Hasta el jueves que viene.

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