Por Michael Pakaluk
¿Por qué debatir cómo fue el desarrollo de la doctrina en épocas remotas de la historia de la Iglesia cuando tenemos tres ejemplos frente a nosotros, dos de los cuales fueron presenciados y comentados por ese gran Santo del Desarrollo, John Henry Newman?
Al decir «justo frente a nosotros», me refiero al presente extendido de la autoconciencia de la Iglesia, que se remonta a la definición de la Inmaculada Concepción por Pío IX en 1854, la definición de la infalibilidad papal por el Concilio Vaticano I en 1870 y la definición de la Asunción por Pío XII en 1950.
Estos son tres ejemplos de la Iglesia desarrollando su doctrina. Por eso, la fiesta de hoy no solo puede verse como la enseñanza de una verdad —que María fue asunta en cuerpo y alma al cielo—, sino también como la personificación de una verdad sobre lo que implica el desarrollo.
Más que ejemplos, son paradigmas; es decir, ejemplos que sirven como modelos normativos. Oímos hablar mucho a ciertos clérigos sobre «cambios de paradigma» en la enseñanza de la Iglesia. Estas personas utilizan el término «paradigma» en el sentido de marco conceptual propuesto por Thomas Kuhn. Cuando un paradigma de este tipo es reemplazado por otro, decía Kuhn, no existe continuidad entre el marco anterior y el posterior. Lo que Newton entendía por «fuerza», por ejemplo, no es lo mismo que lo que Einstein entendía por «fuerza», aunque las palabras sean idénticas.
Sin embargo, el significado clásico y original de un paradigma es un ejemplo que sirve de modelo o regla, como cuando (quizás) aprendiste amo, amas, amat como paradigma de los verbos de la primera conjugación en latín. «¿Querés analizar laudamus?», dice el maestro: «Mirá tu paradigma».
Estos paradigmas de desarrollo apuntan a la continuidad e identidad, no a la ruptura o diferencia, en la enseñanza de la Iglesia. Enseñan que el paso crucial en el desarrollo no es «antes creíamos esto, pero ahora creemos esto otro», sino más bien: «reconocemos que hemos creído esto desde siempre».
Desarrollar, en primera instancia, es definir de manera explícita y precisa lo que se sostenía de forma implícita y, en cierta medida, incipiente. Es dotar de uniformidad a lo que había quedado esbozado y hacer vinculante para todos lo que antes se mantenía bajo la forma de un «consenso» laxo. En segunda instancia, es comprender con claridad que una doctrina aún no definida pertenece a la misma familia de aquellas que ya han sido definidas.
En una carta a J. D. Dalgairns fechada el 22 de enero de 1855, Newman cuenta que recibió una copia de la Bula del Papa Pío IX sobre la Inmaculada Concepción. Cita las palabras clave en latín (aquí traducidas), subrayando algunas: «Declaramos, proclamamos y definimos que la doctrina que sostiene que la beatísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de la culpa original en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Cristo Jesús Salvador del género humano, está revelada por Dios y debe ser por tanto firme y constantemente creída por todos los fieles».
Señala que las palabras parecen dejar abierta la cuestión precisa de cómo fue preservada de tal modo: no considera que la definición respalde la postura de Escoto de que la obra de la Redención se aplicó a María de manera retroactiva. Y luego añade: «Es notable que la Bula no define la doctrina, sino que define que está revelada y que, por tanto, es de fe».
Es decir, todo lo que hace el Papa es trasladar una verdad del estado de «creída» al de «deber ser creída». En diversos pasajes afirma que, al reflexionar sobre el asunto, descubre que siempre ha creído esta verdad: «Realmente me parece inseparable de la doctrina de los Padres de que María es la segunda Eva», escribe en su Carta a Pusey.
El problema de Newman radica entonces en explicar por qué los cristianos anglicanos de buena voluntad no sostienen ya lo mismo. Y encuentra dos razones.
La primera es que confunden la concepción activa con la pasiva: la doctrina no sostiene que Ana concibió a María de un modo tal que no le habría transmitido el pecado original (concepción inmaculada activa, una herejía), sino que el pecado original se le habría transmitido a María de no haber mediado una gracia singular (concepción inmaculada pasiva, la ortodoxia).
La segunda es que no logran percibir que la doctrina se encuentra enraizada en una familia de verdades que ellos ya profesan: «la consideran una doctrina sustantiva e independiente en mayor medida que nosotros». Y proceden así porque conciben el pecado original como una alteración de la naturaleza humana, de modo que afirmar que María careció de él equivaldría a divinizarla. (Carta a Arthur Osborne Alleyne, 15 de junio de 1860).
La postura de Newman respecto de la infalibilidad papal fue idéntica. Le escribió a un amigo, apenas unos días después del hecho, que la definición conciliar «expresa lo que, como opinión, siempre he sostenido junto a una multitud de otros católicos». (Carta a O’Neill Daunt, 7 de agosto de 1870).
El Papa Pío XII se expresó del mismo modo que Newman al definir la Asunción. La Iglesia ha recibido de Cristo la misión de «conservar puras e íntegras a través de los siglos las verdades reveladas, de tal suerte que las transmita sin adulteración, sin añadirles nada y sin quitarles nada». Y cita al Concilio Vaticano I: «El Espíritu Santo no fue prometido a los sucesores de Pedro para que manifestaran una nueva doctrina por su revelación», sino para que el Espíritu asista al Papa en la custodia del depósito de la fe.
Si en un «desarrollo» lo que se define ya se creía, ¿qué sentido tiene definirlo? Sirve para manifestar mejor una verdad y para protegerla contra los errores contrarios. Pero, quizás ante todo, porque cuando amamos algo ardientemente, deseamos comprometernos con ello. Los verdaderos amantes no buscan simplemente seguir enamorados, sino obligarse a amarse mutuamente para siempre. Desean que dejar de amar se convierta en una falta.
Por eso Pío XII se regocijó de poder «adornar la frente de la Virgen Madre de Dios con tan brillante diadema y dejar un testimonio más duradero que el bronce de nuestro ferventísimo amor hacia la Madre de Dios».
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Sobre el autor
Michael Pakaluk, especialista en Aristóteles y miembro ordinario de la Pontificia Academia de Santo Tomás de Aquino, es profesor de Economía Política en la Escuela de Negocios Busch de la Universidad Católica de América. Vive en Hyattsville, Maryland, junto a su esposa Catherine, quien también es profesora en la Escuela Busch, y sus hijos. Su colección de ensayos, The Shock of Holiness (Ignatius Press), ya se encuentra disponible. Su libro sobre la amistad cristiana, The Company We Keep, ha sido publicado por Scepter Press. Fue colaborador en Natural Law: Five Views, publicado por Zondervan en mayo pasado, y su libro más reciente sobre el Evangelio fue publicado por Regnery Gateway en marzo: Be Good Bankers: The Economic Interpretation of Matthew’s Gospel. Podés seguirlo en Substack en Michael Pakaluk.