El presidente de los obispos de EEUU: «No hemos oído la última palabra de este pontificado sobre Traditionis custodes»

El presidente de los obispos de EEUU: «No hemos oído la última palabra de este pontificado sobre Traditionis custodes»

Monseñor Paul Coakley, arzobispo de Oklahoma City y presidente de la Conferencia Episcopal de Estados Unidos, ha dicho en televisión lo que buena parte del episcopado americano piensa en privado: que la cuestión de la Misa tradicional sigue abierta y que León XIV todavía no ha dicho su palabra. La declaración, aparentemente prudente, es en realidad de una elocuencia notable: el presidente de la mayor conferencia episcopal del mundo occidental admite públicamente que espera —y acaso desea— un pronunciamiento papal que modifique el régimen vigente.

En una entrevista concedida el 13 de agosto a Raymond Arroyo en The World Over (EWTN), monseñor Coakley abordó sin rodeos la situación de los fieles vinculados a la liturgia tradicional. «Es un dilema que están afrontando muchas personas apegadas a la misa tradicional latina», reconoció. Y a continuación pronunció la frase que ha dado la vuelta a los ambientes católicos americanos: «No estoy seguro de que hayamos oído la última palabra de este pontificado sobre Traditionis custodes».

El matiz que añadió inmediatamente después es todavía más significativo: «El cardenal Roche ha hablado, pero hasta que hable León XIV, no estoy seguro de que sepamos con certeza cuál será el camino a seguir». La distinción no es inocente. Coakley separa cuidadosamente la voz del prefecto del Dicasterio para el Culto Divino —artífice de la aplicación más restrictiva del motu proprio de Francisco— de la voz del Papa, que hasta ahora ha guardado silencio sobre la cuestión. Cuando el presidente de una conferencia episcopal dice que lo que ha dicho Roche no zanja el asunto, está diciendo que la última instancia sigue vacante. Y que se espera que se pronuncie.

Los obispos deliberan, y algunos ya se mueven

Coakley confirmó además que la cuestión está siendo objeto de conversación entre los propios obispos: «Creo que los obispos van a estar discutiendo esto entre ellos y dentro de sus propias diócesis». No habrá, dijo, una política americana única impuesta desde arriba, sino un discernimiento diocesano. Es decir: el episcopado americano no considera cerrado el expediente.

Y citó, como ejemplo, lo ocurrido esa misma semana en Texas, donde una diócesis ha relajado las restricciones para hacer más accesible la misa tradicional. Aunque el arzobispo no la identificó, la diócesis de San Angelo acaba de anunciar una ampliación de la provisión del rito antiguo. El movimiento no es aislado: se produce mientras varios obispos americanos tantean hasta dónde llega el margen que el nuevo pontificado, con su silencio, parece estar concediendo.

Preguntado por Arroyo sobre si las restricciones podrían estar sofocando una fuerza evangelizadora real —el entrevistador citó expresamente a monseñor Salvatore Cordileone, arzobispo de San Francisco, que ha cuestionado abiertamente que Traditionis custodes pueda sostenerse a la vista del número de jóvenes y familias jóvenes que atrae la liturgia tradicional—, Coakley no lo negó: «Sí, podría ser».

Cordileone, de nuevo

La mención a Cordileone no es casual, y los acontecimientos de estas horas la subrayan. El arzobispo de San Francisco difundía ayer mismo en sus redes la propuesta que el abad de Solesmes hizo pública el pasado mes de marzo para una pacificación litúrgica. Que uno de los prelados americanos más señalados en la defensa de la liturgia tradicional —promotor del Benedict XVI Institute y celebrante habitual de pontificales en el rito antiguo— rescate ahora aquella propuesta, en la misma semana en que el presidente de la USCCB declara que León XIV aún no ha hablado, dibuja un movimiento coordinado o, cuando menos, una convergencia de expectativas que nadie se molesta ya en disimular.

Porque eso es lo verdaderamente noticioso de todo esto: la expectación misma. Cinco años después de Traditionis custodes, el documento no ha pacificado nada. Los obispos que lo aplicaron con rigor se encuentran con comunidades heridas; los que buscaron fórmulas de supervivencia miran a Roma esperando cobertura; y el presidente de la conferencia episcopal más influyente del mundo reconoce en horario de máxima audiencia que el asunto sigue pendiente de la palabra del Papa. Un régimen litúrgico que necesita ser confirmado a cada pontificado no es un régimen asentado: es un estado de excepción prolongado, y todos —empezando por quienes deben aplicarlo— lo saben.

Quién es Coakley y por qué importa que lo diga él

Paul Stagg Coakley, de 71 años, gobierna la archidiócesis de Oklahoma City desde 2011 y fue elegido presidente de la Conferencia Episcopal estadounidense en la asamblea plenaria de noviembre de 2025. No es un obispo de trinchera litúrgica: su perfil es el de un pastor doctrinalmente sólido y de maneras templadas, conocido por episodios como su respuesta pública a la «misa negra» que un grupo satánico intentó celebrar en Oklahoma City en 2014 —a la que opuso una hora santa de reparación multitudinaria—, por la construcción del santuario del beato Stanley Rother, primer mártir nacido en Estados Unidos, y por su oposición a la pena capital en su estado.

Su trayectoria con la misa tradicional es reveladora de la posición del obispo medio americano. Cuando Francisco promulgó Traditionis custodes en 2021, Coakley no ejecutó una supresión: concedió permisos temporales para que los sacerdotes competentes continuaran las celebraciones ya programadas mientras se estudiaban las nuevas normas. Es decir, aplicó el motu proprio con la mínima lesión posible para los fieles.

En una carta pastoral fechada el 6 de agosto —tras las consagraciones episcopales de Écône del 1 de julio y la declaración de cisma del Dicasterio para la Doctrina de la Fe—, Coakley abordó la situación de la capilla que la FSSPX mantiene en Bethany, dentro de su archidiócesis. La carta califica las consagraciones de «herida grave a la comunión eclesial» y advierte de que, según la Santa Sede, las confesiones y matrimonios de los sacerdotes de la Fraternidad se consideran ahora inválidos. A quienes buscan la misa tradicional en plena comunión, los dirige a la parroquia de San Damián de Molokai, en Edmond, atendida por la Fraternidad Sacerdotal San Pedro.

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