La impotencia del poder

La impotencia del poder
Cathedral of St. Elizabeth in Košice, Slovakia [Source: Wikipedia]

Por Robert Royal

He estado en Europa Central durante las últimas semanas con motivo de dos proyectos educativos: uno que celebrará su vigésimo quinto aniversario en 2027 y otro que apenas comienza. Ambos, aunque salí de Washington pensando que estaba demasiado cansado para continuar y que realmente debería tomarme unas vacaciones, me brindaron —dicho de manera sencilla pero verídica— esperanza.

Llevo unos veinte años enseñando y dirigiendo el Seminario de Verano Eslovaco sobre la Sociedad Libre. Mi amigo Michael Novak lo fundó y me lo encomendó cuando sus problemas de salud comenzaron a dificultarle la labor. Ambos compartimos lazos familiares con Eslovaquia, y el propósito del proyecto desde sus inicios fue, tras la caída del comunismo, ayudar a formar a estudiantes de Europa Central y Oriental —así como a estudiantes estadounidenses que conforman la mitad de cada curso— en las ideas necesarias para preservar un orden político, económico y moral/cultural libre: la división tripartita del clásico de Novak, El espíritu del capitalismo democrático.

Un cuarto de siglo después, con el insólito auge de los Socialistas Democráticos de América y aberraciones semejantes en las acomodadas pero precarias sociedades de Europa Occidental, la necesidad es, en todo caso, de una urgencia renovada. Puede parecer desalentador ante el incremento de la polarización partidista en todo Occidente, pero en tales circunstancias debemos apostar por el largo plazo: seguir recordando a la gente que los principios fundacionales estrechamente ligados a la tradición judeocristiana son lo único que verdaderamente respalda nuestra libertad y nuestra dignidad. Ni los políticos carismáticos, ni los partidos políticos, ni siquiera el mero poderío militar.

Y a veces el largo plazo —como sucedió con San Juan Pablo II, con la ayuda de Ronald Reagan y Margaret Thatcher— puede transformarse en un corto plazo y propiciar la repentina caída de tiranías poderosas, como el fin de la Unión Soviética, algo que nadie, humanamente hablando, habría podido predecir.

El gran escritor y disidente checo Václav Havel —posteriormente presidente de los checos tras el comunismo— escribió un artículo frecuentemente citado sobre «El poder de los sin poder». Pero también se podría reenfocar ese artículo para afirmar que, a la larga, frente al poder de la verdad, el poder en sí mismo es impotente. Quedó demostrado en el fracaso del poder soviético al enfrentarse a la virtud moral y física durante la Guerra Fría.

Nuestros antiguos alumnos europeos han llegado a ocupar puestos de gran influencia en la Unión Europea y en gobiernos nacionales, en los negocios y el periodismo, e incluso han fundado iniciativas educativas propias. Y los estadounidenses suelen marcharse con una comprensión mucho más rica de la historia de nuestras naciones occidentales y —mi mayor anhelo— con un profundo sentido de amistad con sus compañeros de Eslovaquia, Polonia, Ucrania, Croacia, Portugal, Irlanda, Italia, Inglaterra, Canadá, Australia, América Latina e incluso de lugares tan distantes como Filipinas.

Y este año nos adentramos en algo completamente nuevo que también tiene ciertas resonancias incluso para la gente en los Estados Unidos. Añadimos un nuevo programa al anterior, lo que hemos llamado Jornadas de Enriquecimiento, en la ciudad eslovaca oriental de Košice, no lejos del punto de confluencia entre Eslovaquia, Ucrania y Hungría, con la esperanza de explorar cómo los católicos orientales y occidentales podrían enriquecerse mutuamente.

Surgieron varios temas sumamente interesantes. Organizamos esto en cooperación con el arzobispo greco-católico de Košice. El catolicismo griego es fiel a Roma, en unión con el Papa, pero posee sus propias hermosas y sólidas tradiciones orientales de liturgia, oración y espiritualidad.

Su «Misa», por ejemplo, es similar a la liturgia de San Juan Crisóstomo, al igual que los ortodoxos, pero se canta en lengua vernácula: en eslovaco, así como en parroquias greco-católicas ucranianas y húngaras que celebran la liturgia católica en sus propios idiomas. Cabe destacar que no existe nada de la amargura en torno a la celebración del Rito Antiguo frente al Nuevo, ni sobre el uso del antiguo eslavo eclesiástico frente a la lengua vernácula, como la que vemos actualmente en la Iglesia latina respecto a la Misa Tradicional en Latín.

¡Y qué liturgia! Si alguna vez ha asistido a una Misa greco-católica o bizantina, sabrá que —dejando a un lado el idioma— nunca deja de introducirlo a uno en una profundidad y en un sentido de lo sagrado que muchos echan en falta en algunas de las formas en que se celebra la Misa del Novus Ordo.

Sus repeticiones y su insistencia en suplicar al Todopoderoso e implorar su misericordia proyectan una suerte de santo encanto. (Debe decirse que también da la impresión de que la estructura de esa liturgia reflejara la preocupación de que Dios no nos escuche a menos que digamos todo al menos tres veces, o de que pudiera haber olvidado tras unos minutos qué fue exactamente lo que ya se había dicho). Pero uno no percibe estas repeticiones como superfluas, sino como parte de una continua profundización.

Kyle Washut, presidente del Wyoming Catholic College y diácono de la Iglesia greco-católica, ofreció una esclarecedora conferencia sobre cómo esa liturgia introduce al creyente en un espacio sagrado para luego devolverlo al mundo más «secular» colmado de gracias tan necesarias. Espero que desarrolle estos conceptos en un libro accesible.

Como todos recordamos, San Juan Pablo II habló, con sobrada razón, de la necesidad de que la Iglesia respire con ambos pulmones, Oriente y Occidente. Y el Papa León ha reiterado ese llamamiento, subrayando que la riqueza de la liturgia y la espiritualidad orientales, en sus diferencias con nuestras tradiciones occidentales, puede enriquecernos a todos. Nuestras formas occidentales con su lógica lineal tienen su valor, pero ¿por qué ignorar lo mucho más que podría haber allí?

Nuestro compañero Dominic Cassella, quien pronto concluirá su doctorado en teología histórica en The Catholic University of America, habló al grupo sobre la theosis, un concepto enfatizado más en Oriente que en Occidente últimamente (aunque estamos empezando a ponernos al día).

En breves palabras, se trata de cómo nos volvemos «semejantes a Dios», es decir, tal como fuimos creados originalmente a su imagen y semejanza antes de la Caída. Considero que esa noción es superior a la de dignitas, que se utiliza mucho en Roma en estos días. La «dignidad» humana se presta a un sinfín de abusos, desde el individualismo radical hasta la «muerte digna», es decir, la eutanasia. La theosis debe evitar el panteísmo y una suerte de politeísmo (todos nosotros como «dioses»). En lo personal, al menos mantiene el enfoque en Dios y en algo que trasciende nuestro lugar en este mundo.

Pero tal vez necesitemos ambas ideas, unidas nuevamente, ante todo lo que afrontamos.

Cuando uno pasa tanto tiempo fuera del país en proyectos de esta índole, suele seguir menos las noticias. Al regresar, uno comprueba que mucho de lo que causaba inquietud cotidiana antes de partir no ha cambiado demasiado. Rusia sigue pareciendo incapaz de derrotar a Ucrania. Estados Unidos ha asestado a Irán un golpe contundente, pero no un nocaut. Las elecciones de medio término se avecinan con candidatos que parecen cada vez más insensatos. No hay salvación en ello.

El poder tiene su lugar y sus funciones, ciertamente, pero resulta bastante impotente sobre las cosas necesarias. Para eso se requiere algo sumamente distinto.

Siempre les digo a los miembros del equipo y a mis colegas que debemos estar siempre pensando en hallar las «cosas nuevas» necesarias para responder a las nuevas realidades a las que nos enfrentamos. Este verano dimos varios pasos adelante en esa dirección. Y espero continuar en ambos frentes durante los años venideros si —Deo volente— logramos reunir los medios morales y materiales imprescindibles.

Acerca del autor:

Robert Royal es editor jefe de The Catholic Thing y presidente del Faith & Reason Institute en Washington, D.C. Sus libros más reciente son The Martyrs of the New Millennium: The Global Persecution of Christians in the Twenty-First CenturyColumbus and the Crisis of the West  y A Deeper Vision: The Catholic Intellectual Tradition in the Twentieth Century.

Ayuda a Infovaticana a seguir informando