Catedrales viejas y nuevas

Catedrales viejas y nuevas
Holy Family, Orange, California [source: Wikipedia]

Por K.E. Colombini

En un viaje de regreso a mi hogar en el sur de California, tuve la oportunidad de visitar la iglesia de mi bautismo, mi «iglesia madre», como suelen decir. Cuando me hice católico a los doce años, en abril de 1976, Sagrada Familia, en la ciudad de Orange, acababa de convertirse el mes anterior en la catedral de la nueva diócesis al sur de Los Ángeles. No parecía haber cambiado mucho tras el paso de casi medio siglo; sin embargo, la evolución de la catedral para la Diócesis de Orange en los años intermedios es en sí misma una historia interesante.

No había nada espectacular en Sagrada Familia, que fue construida a finales de la década de 1950, y no sé por qué fue seleccionada como la primera catedral de la diócesis. A principios de la década de 2000, hubo un intento por parte del obispo de aquel entonces de construir una catedral nueva y más grande en Santa Ana. La ambición de una sede digna para su diócesis tenía un precio de 200 millones de dólares, pero el momento fue inoportuno, ya que el escándalo de abusos sexuales en la Iglesia golpeaba con fuerza a la diócesis en esos días.

Otra oportunidad se presentó en 2010 cuando los Ministerios de la Catedral de Cristal, fundados por el televangelista Robert Schuller, se declararon en bancarrota. La Diócesis de Orange adquirió al año siguiente el moderno complejo de la Catedral de Cristal, diseñado por Philip Johnson, y tras extensas remodelaciones se llegó a la inauguración en 2019 de la recién bautizada Catedral del Cristo.

Sentado en un banco de Sagrada Familia, ahora de nuevo una humilde iglesia parroquial, me sentí agradecido por ella y por lo que significó y aún significa para mí. Casado y con una familia en crecimiento, me mudé del condado de Orange a Sacramento en octubre de 1990. No olvidaré a Sagrada Familia, aunque no había estado allí en décadas.

Christ Cathedral, Garden Grove, California [source: Wikipedia]

Durante la década de 1990, trabajé en el centro de Sacramento, donde la Catedral del Santísimo Sacramento, construida en 1889, se ubica a un paso del Capitolio Estatal, el Municipio y el corazón de la ciudad. Era un refugio frecuente para mí, con misas diarias a mediodía que atraían a un gran grupo de empleados de oficina.

En aquellos días, el obispo Francis Quinn vivía en la rectoría contigua a la catedral, y siempre he pensado que es una disposición mucho mejor que, digamos, una casa en los suburbios. Un obispo debe tener una presencia firme en su catedral, tal como lo demostró Quinn de manera admirable cuando, en abril de 1993, un hombre armado mató a dos trabajadores en la biblioteca del centro, a pocas cuadras de la catedral, antes de ser abatido por la policía.

Quinn estuvo allí rápidamente para administrar él mismo los últimos ritos y consolar a los presentes en la escena, y una imagen suya haciendo esto ocupó varias columnas en la portada del Sacramento Bee al día siguiente. Esta es la clase de visibilidad pastoral que resulta importante para la Iglesia y que raras veces vemos en nuestros prelados.

Cathedral of the Blessed Sacrament, Sacramento, California [source: Wikipedia]

Bajo el sucesor de Quinn, William Weigand, se completó en 2005 una renovación integral del Santísimo Sacramento con un costo de 34 millones de dólares. Solo desde el punto de vista estético —y dejando de lado las reparaciones necesarias— era sumamente precisa; el interior podía resultar oscuro y sombrío. Este proyecto la abrió y creó un espacio hermoso y lleno de luz, así como un presbiterio digno de una catedral, especialmente en una capital.

Cuando uno ve por primera vez la Catedral Basílica de San Luis, es fácil quedar impresionado por la majestuosidad de su estilo románico, con una cúpula de cuarenta y cinco metros de altura que atestigua dignamente la importancia de una ciudad que supo ser la cuarta más grande de la nación. Lo que cuesta creer es que tiene la mitad del tamaño proyectado originalmente.

A finales del siglo XIX, el arzobispo de San Luis, John Kain, adquirió terrenos para la catedral, pero los esfuerzos se paralizaron por un tornado en 1896 que mató a más de 250 personas. Los fondos destinados a la catedral se reasignaron a la asistencia por el tornado, y los planes de construcción se retrasaron y redujeron.

Tras el éxito de la Exposición Universal de 1904, el proyecto se reanudó y la construcción se completó en 1914. Los mosaicos interiores de la catedral, una de las colecciones más grandes del mundo, no se terminaron sino hasta 1988.

Cathedral Basilica of St. Louis, St. Louis, Missouri [source: Wikimedia Commons]

Nuestra catedral basílica puede tener más de un siglo de antigüedad, pero en San Luis nos referimos a ella como la «Catedral Nueva». La «Catedral Vieja» es ahora la Basílica de San Luis, Rey de Francia, que se erige cerca del Gateway Arch. Fue la primera catedral construida (1834) al oeste del Misisipi.

He llegado a amar a ambas iglesias durante un cuarto de siglo de residencia en San Luis. Nuestras catedrales, viejas o nuevas, no están pensadas solo para los católicos de la comunidad, sino para todo el pueblo, como un lugar de encuentro, ya sea en el duelo o en la celebración, tal como lo hace nuestra Catedral Nueva con un popular ciclo de conciertos. Nuestras catedrales deben permanecer abiertas y acogedoras para la comunidad, atrayendo a las personas a su abrazo y brindando a todos la oportunidad de disfrutar de la belleza e inspiración que solo ellas pueden ofrecer.

Como sede de la autoridad religiosa local y como iglesia que aspira a la excelencia, hay —o al menos debería haber— algo especial en una catedral. La Enciclopedia Católica lo expresa de la siguiente manera: «Los canonistas comparan con un matrimonio espiritual la unión de un obispo con su iglesia, y aunque esta expresión sea más verdadera respecto de la Iglesia entendida en sentido moral que de la catedral, no deja de ser apropiada. Dicen que el obispo debe amar a su catedral, adornarla, embellecerla y no descuidarla jamás».

Por lo tanto, se podría esperar que las catedrales, como símbolos en piedra de la autoridad y permanencia eclesial, fueran estables e inmutables. Sin embargo, en mi experiencia como católico a lo largo del país, he descubierto algo diferente. Las catedrales siguen siendo cosas terrenales y, por ende, se encuentran en un estado necesario de cambio. Afortunadamente, en una época en la que tantas iglesias han sufrido remodelaciones deplorables, también ocurre, y no con poca frecuencia, que el cambio puede ser para mejor.

Basilica of St. Louis, King of France, St. Louis.Missouri [source: Wikipedia]

Acerca del autor

K.E. Colombini escribe desde San Luis, Misuri. Ha publicado en The National Catholic Register, Homiletic & Pastoral Review, First Things, The Front Porch Republic, The American Conservative, entre otros medios.

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