Todas las noches demasiado largas de mi juventud terminaban con el mismo personaje. Salía de cualquier barra pasadas las cuatro, con la camisa por fuera y una ternura repentina de aguardiente, y se dedicaba a abrazar cuanto encontraba: al camarero, al desconocido, a la farola. Declaraba hermanos a todos los presentes con un abrazo húmedo como de merluza recién descargada, juraba que la gente era buenísima, que el mundo era buenísimo, que él nos quería muchísimo, y nadie le discutía nada porque discutirle era alargar la noche. El abrazafarolas no era el peor de la fiesta: era el reloj. Cuando aparecía repartiendo amor a granel, uno entendía que la noche había durado demasiado y que ya tocaba pensar en irse a casa.
El lunes volvió a aparecer, con alzacuellos y micrófono de laSexta, en la frontera sur. El padre Ángel llegó a Ceuta un día después de que León XIV pidiera en el Ángelus paz, estabilidad y justicia para la ciudad, se reunió con Juan Vivas, se acercó al CETI y explicó ante las cámaras que aquello le dolía mucho el corazón, que él prefería ver la faceta buena y que los inmigrantes concentrados ante el centro «son unos santos». Dio incluso el fundamento del decreto, y era que nosotros, en su lugar, «haríamos cualquier barbaridad», mientras que ellos esperaban tranquilos, sin alborotos, a ver si entraban. Quedó así fijado un procedimiento de canonización sin diablo, sin postulador y sin milagros: santo es todo aquel que guarda cola sin romper nada.
Pero el santoral tuvo mala suerte con el calendario. La víspera, en la misma ciudad, hubo amotinados coreando la shahada, y no consta que el padre les girara visita. Las autoridades locales calcularon que durante la crisis llegaron a entrar hasta 80.000 personas desde Marruecos, de las que entre 3.000 y 5.000 seguían en Ceuta. El CETI, con 500 plazas, alojaba a más de 700, y un millar aguardaba fuera. La ciudad atendía a 862 menores extranjeros sobre 29 plazas reconocidas, y la Audiencia Nacional había pedido un informe para saber si la entrada masiva fue una operación coordinada. De las mafias, de Rabat, del deber elemental de custodiar una frontera, el visitante no dijo palabra. Citó al Papa, eso sí, pero por la mitad, con la misericordia y la justicia por delante y el derecho a no tener que migrar —que León XIV lleva meses predicando— olvidado en el bolsillo del clergyman.
Uno reconoció enseguida el mecanismo, porque lo había visto muchas veces de madrugada. Habrá repartido el padre Ángel más sopa que nadie, como el abrazafarolas habrá pagado más rondas que ninguno, pero el amor a granel no es caridad: es incontinencia. El efusivo de las cinco no te quiere; necesita testigos para su ternura, y por eso abraza mejor cuanta más gente mira. Décadas lleva este cura abrazando delante de cámaras, del Tarajal de 2024 a cualquier plató donde hubiera un drama con buena luz, y las cámaras fueron siempre su farola. A los inmigrantes, movidos por miles como fichas de un tablero ajeno, declararlos santos en bloque era otra manera de no mirarlos, igual que el abrazador de barra te estruja sin acordarse de tu nombre. Y a los ceutíes, que sostenían la fiesta y barrían los cristales, les tocó oír que la noche era hermosa.
Al final, el abrazafarolas de mi juventud nunca fue el problema de la fiesta. Era el aviso. Su efusión marcaba la hora exacta en que la juerga dejaba de serlo y quedaban el suelo pegajoso, el hielo derretido y las persianas a medio bajar. El lunes, viendo a aquel anciano de alzacuellos jurar ante las cámaras que todos eran santos mientras la ciudad contaba menores por cientos y esperaba el informe de la Policía, uno sintió la vieja punzada de las cinco de la mañana, la certeza física de que allí no sobraba ternura: sobraba noche. Cincuenta años lleva durando esta, con sus curas de plató y su amor por arrobas, y en la barra acaba de sonar la campana del cierre. Ya toca irse a casa.