Lecciones duras de un sacerdote que se quedó en Gaza

Lecciones duras de un sacerdote que se quedó en Gaza

Por Auguste Meyrat

En aras de la diplomacia y las relaciones personales, normalmente es una buena idea seguir el refrán: «Si no podés decir algo agradable de alguien, no digas nada en absoluto». Pero cuando se trata de evaluar situaciones desafiantes y complejas, este consejo debería invertirse: «Si no podés decir algo crítico, incisivo o al menos útil, no digas nada en absoluto». Con demasiada frecuencia, las personas de buen corazón asfixian un análisis veraz con imprecisiones y lugares comunes que oscurecen los problemas y descartan posibles soluciones.

Tal es, por desgracia, el caso del libro bienintencionado pero, en última instancia, contraproducente, The Priest Who Stayed in Gaza: A Witness to Hope in the Ruins (El sacerdote que se quedó en Gaza: un testigo de esperanza en las ruinas) del padre Gabriel Romanelli, un sacerdote argentino que pastoreó a la cada vez más reducida comunidad cristiana en Gaza durante los últimos años. Ya deteriorada y desesperadamente pobre, la Franja de Gaza se convirtió en una zona de guerra activa después de que el ejército israelí respondiera a los horribles ataques terroristas del 7 de octubre de 2023, con el objetivo de recuperar a los rehenes y destituir a Hamás del poder.

Fiel al título del libro, Romanelli se negó a abandonar la zona. En medio de las bombas y los combates, continuó al frente de la Iglesia de la Sagrada Familia, dirigiendo la educación de los niños, administrando las condiciones de vida de las familias sin hogar, supervisando la atención médica de los enfermos y heridos, y celebrando la misa para los pocos cristianos que aún asistían al templo.

Lamentablemente, las cualidades que harían de Romanelli un observador ideal resultan ser su ruina. Está demasiado cerca de la acción como para ofrecer una perspectiva objetiva que realice la ardua tarea de identificar las causas y evaluar los caminos a seguir. Está demasiado ocupado mediando en los conflictos entre los refugiados, racionando el suministro de comida y agua y entreteniendo a los niños como para tener una visión más amplia de lo que está sucediendo.

Otro problema es el compromiso de Romanelli de «evitar juicios, condenas, denuncias y otras expresiones pertenecientes al ámbito legal». Él piensa que hacer esto lo ayudará a «aclarar [su] punto de vista, reflejar la atmósfera del momento o explicar una situación particular», así como a sanar las numerosas heridas infligidas por este conflicto.

Sin embargo, este enfoque suele conducir precisamente a lo contrario. Todo lo que describe sucede casi sin explicación alguna: caen bombas, llegan refugiados, las Fuerzas de Defensa de Israel imponen bloqueos, se saquean convoyes humanitarios, se toman y torturan rehenes, se pactan y se rompen treguas, se prohíbe la reconstrucción; todo por razones aparentemente desconocidas.

Aunque Romanelli piensa que este tipo de relato indiscriminado de un testigo directo animará a su público a superar la tendencia de culpar a un bando o al otro, lo que genera en el lector es que culpe a todos por este caos aparentemente sin sentido. A pesar de su miseria y del sufrimiento que conlleva, los gazatíes apoyan en gran medida a Hamás y hacen poco por crear una sociedad viable. A pesar de las numerosas víctimas y las violentas represalias, los israelíes mantienen el asedio sobre Gaza y transforman la zona en una prisión de cielo abierto.

Quizás lo peor de todo sea el propio Romanelli, quien, a pesar de sus interminables pruebas en Gaza, nunca explica realmente por qué está allí o qué es lo que busca. En términos generales, es un misionero católico que predica el Evangelio cristiano y dirige una parroquia local. Pero en su libro, predica principalmente un humanismo secular genérico (resumido en una línea repetida: «Primum vivere: se debe vivir por encima de todo») y lidera un campamento de refugiados que atiende principalmente a musulmanes.

Irónicamente, se indigna cuando los periodistas lo retratan como un «hombre que trabaja para una ONG humanitaria». Él insiste en que está «aquí por Cristo; esa es la verdad». Mientras tanto, el número de cristianos bajo su cuidado disminuyó rápidamente, y sus deberes pastorales se limitaron principalmente a alojar refugiados y brindarles servicios gratuitos de cuidado infantil y salud. En su defensa, esto es todo lo que puede hacer debido al régimen islamista radical en Gaza: «hablar no era posible; pero dar una señal de caridad, sí».

Sin embargo, es indudable que si hablar en Gaza era imposible, sus escritos dirigidos al resto del mundo deberían comentar ese hecho preciso.

Quizás Romanelli cree que su testimonio convertirá a los lectores fuera de Tierra Santa. Imagina que se sentirán inspirados por su inquebrantable disposición a soportar las penurias de Gaza por el bien de su comunidad, que verán la presencia amorosa de Dios en acción, que escucharán su llamado a la paz, que dejarán de lado los prejuicios y trabajarán por un mundo más tolerante y armonioso.

Pero como demuestran varias décadas de declive de la Iglesia en Medio Oriente, este tipo de evangelización silenciosa hizo muy poco para traer la paz, y mucho menos para convertir a la gente a la fe católica. En cambio, parece perpetuar e incluso dar lugar a la injusticia y la heretización al no exigir nada a las personas que reciben la ayuda.

Es más probable que Hamás vea a la Iglesia de la Sagrada Familia del padre Romanelli como una institución de servicios sociales conveniente y un escondite ideal para sus agentes, y no como un centro religioso influyente dirigido por hombres y mujeres santos.

Hay una razón por la cual Cristo les dice a sus discípulos: «No den lo santo a los perros, ni echen sus perlas delante de los puercos, no sea que las pisoteen con sus patas, y se vuelvan y los despedacen».

Ofrecer simplemente la caridad cristiana a todo el mundo con la esperanza de que esto se los gane suele terminar resultando contraproducente. En Gaza y en gran parte del mundo islámico, los musulmanes a menudo toman la ayuda y la simpatía de los cristianos y las utilizan para empoderar a sus propios líderes corruptos, quienes a su vez acosan y aterrorizan a los no musulmanes.

Para los cristianos occidentales que viven en sociedades liberales y pluralistas, esta es una verdad difícil de aceptar. No solo somos reacios a pensar en los demás como los proverbiales «perros» y «puercos», sino que dejamos de valorar el Evangelio cristiano como algo «sagrado» y tan valioso como las «perlas».

Lo que resulta de esto es la trágica futilidad de la misión del padre Romanelli en Gaza, que no produce conversos ni logra la paz. Aunque podemos y debemos admirar la firme valentía, la fe y el desinterés del padre Romanelli, también deberíamos ver a The Priest Who Stayed in Gaza como una advertencia de lo que resulta de una caridad cristiana que evita los juicios de valor en una tierra hostil.

Sobre el autor

Auguste Meyrat es profesor de inglés en el área de Dallas. Tiene una maestría en Humanidades y una maestría en Liderazgo Educativo. Es el editor principal de The Everyman y escribió ensayos para The Federalist, The American Thinker y The American Conservative, así como para el Instituto de Humanidades y Cultura de Dallas.

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