El cerebro bifurcado

El cerebro bifurcado
Brain Physiology by Leonardo da Vinci, c. 1501 [Royal Collection Trust at the Windsor Castle Royal Library]

Por David Warren

Una de las mejores maneras de mantener a todo el mundo enojado, y así permitirnos participar de la experiencia moderna, es usar las palabras de una forma propia del hemisferio izquierdo.

Me refiero, por supuesto, a Iain McGilchrist, el escritor que nos dio la explicación más minuciosa y accesible sobre nuestros dos cerebros. Porque nosotros, al igual que los demás animales superiores, tenemos un hemisferio izquierdo y un hemisferio derecho. Ambos están en uso para la conciencia ordinaria, a menos que uno u otro haya sido cancelado por algún accidente espantoso.

McGilchrist es un neurocientífico anormalmente inteligente, un psiquiatra influyente y fue un creíble profesor de inglés en su anterior vida en Oxford. Sigue siendo un maestro de varias disciplinas en las humanidades.

Es poco común que encontremos una transición semejante hacia la autoridad científica. El mundo intelectual ahora parece especializarse en una cosa o en la otra: la ciencia o el socialismo.

Pero él no anda diciendo palabrerío científico incomprensible. Realmente sabe, de manera demostrable, de qué está hablando. Y tampoco es uno de esos tediosos «nuevos ateos».

Los cerebros izquierdo y derecho ya habían sido tratados con frecuencia en la literatura de divulgación popular, la cual era vagamente consciente de los hemisferios cerebrales, generalmente de una manera tonta y sensacionalista que a menudo confundía un hemisferio con el otro.

Como McGilchrist no es un charlatán y está familiarizado con la investigación fisiológica (se formó como médico), realmente se lo puede considerar una autoridad. Tampoco es ajeno a la epistemología y a la metafísica.

Lean su libro The Matter of Things (2021) [La materia de las cosas], unas 1500 páginas razonablemente entretenidas, o su obra maestra anterior, The Master and His Emissary: The Divided Brain and the Making of the Western World (2009) [El maestro y su emisario: El cerebro dividido y la creación del mundo occidental]. Por supuesto que estos libros requerirán atención, como la requeriría cualquier obra que rastree los orígenes de la revolución científica y explique sus limitaciones. Como simples colecciones de citas del pensamiento occidental, resultan formidables.

Lo que McGilchrist demuestra es que el cerebro izquierdo proporciona el orden mental ficticio, carente de imaginación y naturalmente arrogante, que nuestros ancestros del pantano utilizaban para identificar «cosas» —específicamente, comida— mediante la exclusión implacable de todos los demás objetos del entorno.

Es similar a una máquina, sobre todo en el sentido de que no muestra curiosidad ni remordimiento, excepto en el contexto de su función limitada como complemento del pensamiento del hemisferio derecho. Sin embargo, es esencial para la vida humana y para la mayoría de las otras formas de vida, y uno no puede deshacerse de él sin morir.

Pero si uno cree que la naturaleza y la mente humana funcionan como una máquina, o de alguna otra manera determinista, ya padece el pensamiento del hemisferio izquierdo y es uno de los autómatas aspirantes de la naturaleza.

Sigue siendo el método natural de la burocracia, del avance «progresista» mecánico y de los sistemas de censura y poder ciego. De hecho, a los burócratas se los podría definir expresamente como «personas de las que podríamos prescindir», precisamente en contraste con formas de vida más inteligentes.

Esto puede sonar como una declaración política prejuiciosa, pero le ruego al lector que estudie las ciencias que rodean la «lateralización cerebral» para formar su propia conclusión (con suerte, con el hemisferio derecho); o mejor dicho, su propia «impresión», ya que el cerebro derecho nunca está tan seguro de sí mismo.

No puede estarlo, porque al cerebro derecho le toca investigar cosas tan complejas como la belleza, la bondad y la verdad, y en tanto somos seres finitos, no podemos conocer su perfección ni su alcance final.

Por el contrario, cuando estábamos limitados a las funciones del cerebro izquierdo, ni siquiera podíamos saber que los trascendentales eran posibles. Después de todo, son irrelevantes para la tarea de buscar comida, o incluso para identificar venenos.

Si uno fuera comunista, sin embargo —es decir, un heroico revolucionario del hemisferio izquierdo—, inevitablemente opinaría que nada más es importante. A esto lo llamamos «materialismo científico», y de hecho, te mata.

Pero los que usan el hemisferio derecho existen para otro propósito (además de evitar que los del izquierdo se maten a sí mismos). En lugar de localizar fuentes de alimento, es necesario para varios otros propósitos, y debe vigilar continuamente todo lo demás. Incluso mientras come, el cerebro derecho estará trabajando en un plan de escape coherente, en caso de que su actividad sea interrumpida violentamente.

Porque la naturaleza no consiste simplemente en comer o en el sexo amoral. Implica comer regularmente, pero por desgracia, de vez en cuando, implica ser comido.

Un buen cerebro derecho, consciente o inconscientemente, está constantemente trabajando, prestando atención a la inmensa variedad de las cosas. No solo mejora las posibilidades de supervivencia, sino que le da a uno algo que hacer además de tragarse la comida.

La gente necesita esto incluso más que sus mascotas. O de lo contrario se quedan en la cama todo el día, sintiendo hambre.

En efecto, la tarea de prestar una atención despierta es justamente aquello para lo que todo el cerebro fue diseñado, si el lector me permite una comprensión teleológica de las cosas. Podemos suponer razonablemente que más de un elemento tiene un propósito en el plan Divino y en el diseño de las criaturas.

Al cerebro derecho, al ocuparse de «todo lo demás», se lo podría identificar como la encarnación cósmica de la pfudencia; y ahora que estamos del lado derecho, tal vez podamos considerar a veces algunos conceptos «sobrenaturales», como la Fe y la Razón.

Estos forman parte de ese «todo lo demás» que mencioné anteriormente. Están entre las cosas que le proporcionan al hemisferio derecho algo que hacer, en muchísimos niveles; dos de sus encantos, como me gusta decir. En última instancia, incluso nuestra religión y nuestra filosofía, u otros amagues hacia la profundidad, son brotes de este «todo lo demás», aunque no hasta que nos percatamos de ellos.

La razón y la fe residen en última instancia aquí, y ambas pueden ser servidas, o comprendidas, por cada parte del intelecto.

Nótese que, incluso en su sentido más amplio y mejor, la fe no puede captarse a la manera del hemisferio izquierdo. No es algo que podamos identificar y capturar, como un pedazo de chocolate. Está más alineada con la lealtad, entrando con facilidad en lo profundo.

Y la razón no es simplemente lógica, como prefieren insistir los del hemisferio izquierdo. Todas las demás facultades del cerebro intervienen para determinar qué es y qué no es.

¡Sean razonables!

Sobre el autor

David Warren es exeditor de la revista Idler y columnista en periódicos canadienses. Posee una amplia experiencia en el Cercano y Lejano Oriente. Su blog, Essays in Idleness (Ensayos de ocio), se encuentra actualmente en: davidwarrenonline.com.

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