El presidente de la Conferencia Episcopal Española, Mons. Luis Argüello, aprovechó la conferencia de clausura de la Escuela de Verano de la CEE para realizar una amplia reflexión sobre los desafíos éticos y antropológicos que, a su juicio, afrontan las democracias occidentales. Durante su intervención, titulada «La respuesta de las democracias a los retos éticos y antropológicos de la sociedad», el arzobispo de Valladolid analizó cuestiones como el invierno demográfico, el individualismo, las políticas internacionales sobre natalidad, el papel del Estado, la libertad de prensa y la responsabilidad de los ciudadanos en la regeneración de la vida pública.
El curso, celebrado entre el 7 y el 9 de julio en la Fundación Pablo VI bajo el título «El colapso de la democracia. La oportunidad para una geopolítica al servicio del ser humano», fue organizado por la Conferencia Episcopal Española en colaboración con la Universidad Pontificia de Salamanca y la Fundación Pablo VI. En él participaron, entre otros, el nuncio apostólico en España, Mons. Piero Pioppo; el ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel Albares; el exministro José Manuel García-Margallo; la filósofa Victoria Camps y el secretario general de la CEE, Mons. Francisco César García Magán.
Aunque el encuentro se presentó bajo la idea del «colapso» de la democracia, Argüello prefirió hablar de una crisis que todavía puede afrontarse. «Está en discusión si realmente hay posibilidades de regenerar las democracias», afirmó al comienzo de una conferencia en la que situó la cuestión antropológica en el centro del debate.
«El pan de nuestros hijos» no justifica el fraude fiscal
Tras recordar la conocida afirmación de san Agustín de que «cuando un Estado olvida la ética, se convierte en una banda de ladrones», Argüello defendió que la regeneración democrática no depende únicamente del comportamiento de las instituciones, sino también de la responsabilidad moral de los propios ciudadanos.
En ese contexto —estableciendo un paralelismo entre responsabilidades de naturaleza distinta— sostuvo que la exigencia ética no puede dirigirse exclusivamente a quienes ejercen responsabilidades públicas.
«No vale solo decir que nuestros líderes políticos se sitúen ahí; tienen una responsabilidad diferente. Pero si ahora hemos hecho trampas en el solitario a la hora de hacer la declaración de la renta porque pensamos que antes es el pan de nuestros hijos, o si pedimos una factura en negro, ojo, porque las referencias éticas son para todos».
El presidente de la CEE reconoció expresamente que los gobernantes tienen «una responsabilidad diferente», pero insistió en que una democracia sólida requiere también ciudadanos comprometidos con sus deberes y no solo con la defensa de sus derechos.
La apelación a la responsabilidad individual formaba parte de una reflexión más amplia sobre la crisis antropológica que, a juicio del arzobispo de Valladolid, atraviesan las democracias occidentales y que se manifiesta tanto en las políticas públicas como en las prioridades de los organismos internacionales.
El invierno demográfico y las prioridades de Naciones Unidas
Argüello identificó el descenso de la natalidad como uno de los signos más evidentes de esa crisis antropológica. Recordó que, por primera vez en la historia, las sociedades occidentales viven una situación en la que «mueren más personas de las que nacen» y señaló que la renuncia a tener hijos ha adquirido una dimensión cultural desconocida hasta ahora, aunque reconoció también el peso de factores económicos como la precariedad laboral o el acceso a la vivienda.
Desde esa perspectiva enlazó con una crítica a las políticas promovidas desde Naciones Unidas. Recordó una reflexión del entonces cardenal Joseph Ratzinger sobre los Objetivos de Desarrollo del Milenio, según la cual la comunidad internacional habría dejado de confiar en alimentar a toda la humanidad para orientar sus esfuerzos hacia la reducción de la natalidad.
Según explicó, cuando en 2015 se revisó el grado de cumplimiento de aquellos objetivos, el único ámbito que avanzaba conforme a lo previsto era el de la denominada salud reproductiva.
«Los pasos previstos eran extender el antinatalismo y las políticas proaborto».
En cambio, lamentó que el objetivo de erradicar el hambre quedara nuevamente aplazado.
El presidente de la CEE fue más allá al atribuir esa orientación a una estrategia impulsada por grandes fundaciones internacionales.
«El capitalismo mundial tiene una estrategia llevada a cabo fundamentalmente por sus grandes fundaciones, que surgen desde laboratorios fundamentalmente estadounidenses, y que luego han tenido en la izquierda europea a sus cómplices, sus sicarios, en el cumplimiento de este proyecto de disminuir los comensales a la mesa».
Del individuo a la persona
La crítica a las políticas demográficas se insertó en una reflexión más amplia sobre la evolución del pensamiento moderno. Argüello sostuvo que la cultura contemporánea ha pasado de una concepción de la persona, entendida como realidad esencialmente relacional, a otra centrada en el individuo autónomo, desvinculado de cualquier referencia previa.
«Es posible un yo si alguien no te ha dicho tú. Desde el propio seno materno somos relación y fruto de una relación», afirmó para explicar que la identidad personal nace en el seno de una familia y de una comunidad.
A su juicio, la reducción de la persona al individuo dificulta la transmisión de la vida, debilita la familia y hace más compleja la construcción de una convivencia estable.
«Hay un confesionalismo antropológico»
Desde esa concepción de la persona, el arzobispo cuestionó que el Estado mantenga una verdadera neutralidad en cuestiones relacionadas con la vida, el sexo o la identidad.
«No hay una neutralidad antropológica. Hay un confesionalismo antropológico y, como te salgas del carril, derecho penal».
Como ejemplo mencionó la legislación sobre identidad de género, afirmando que consolida las denominadas terapias afirmativas mientras considera terapias de conversión el acompañamiento a personas que experimentan conflictos relacionados con su sexo o identidad. También incluyó en esta reflexión las leyes relativas al aborto y a la eutanasia.
«Lo primero que hay que regenerar es el pueblo»
Uno de los ejes de la conferencia fue la importancia del demos como fundamento de la democracia. Para Argüello, la crisis institucional no puede entenderse sin la crisis del propio pueblo.
«Lo primero que hay que regenerar es el demos».
El presidente del episcopado español sostuvo que la democracia necesita una comunidad capaz de compartir vínculos, deberes y un horizonte común. En ese contexto situó la aportación específica que, a su juicio, puede realizar la Iglesia.
«La gran aportación que la Iglesia puede hacer a la vida democrática es ofrecer un pueblo».
Ese pueblo, explicó, vive la fraternidad no únicamente como un ideal político, sino como una realidad que nace de reconocerse hijos de un mismo Padre.
Estado de derecho, libertad de prensa y subsidiariedad
En la última parte de su intervención, Argüello trasladó estas reflexiones al ámbito institucional. Defendió la necesidad de respetar las reglas del Estado de derecho, garantizar la separación de poderes, presentar los presupuestos, cumplir la Constitución y asegurar «una genuina libertad de prensa» que no dependa de la publicidad institucional.
También reivindicó el principio de subsidiariedad y advirtió del riesgo de que el Estado sustituya progresivamente la iniciativa de la sociedad civil mediante un modelo basado en ayudas permanentes.
«Hay que evitar que el Estado se convierta en una Cáritas laica, que da limosnas».
Al abordar el impacto que la inteligencia artificial puede tener sobre el empleo, reconoció que determinadas prestaciones públicas podrían ser necesarias en el futuro, pero rechazó que la respuesta pase por sustituir el trabajo por subsidios permanentes.
«No vale, sin más, te doy una paguita y te quedas tranquilo, porque eso supone una mutación antropológica».
Una propuesta para la regeneración democrática
Argüello concluyó su intervención apelando a una ciudadanía consciente de que la dignidad humana es fuente tanto de derechos como de deberes. Inspirándose en las recientes intervenciones de León XIV, defendió una mayor presencia de los laicos en la vida pública mediante el ejercicio de la «caridad social y política».
Como síntesis de su propuesta, animó a reconstruir el tejido social fortaleciendo la familia, promoviendo la participación ciudadana y ofreciendo una referencia ética que haga posible el diálogo. Al mismo tiempo, reclamó que el ejercicio del poder respete las reglas básicas del Estado de derecho y pidió afrontar los desafíos actuales «ladrillo a ladrillo» y «sin demonizar a nadie».