Vivir lo que pretendemos creer

Vivir lo que pretendemos creer
July Fourth by Grandma Moses (Anna Mary Robertson Moses), 1951 [The White House, Washington, D.C.]. Mrs.Moses gave the painting to President Harry Truman in 1952.

Por Francis X. Maier

Crecí en las décadas de 1950 y 1960, bajo la sombra que se desvanecía de la Segunda Guerra Mundial. Mi tío Joe había servido en un submarino de ataque en el Pacífico Sur. Mi tío Bill fue el único superviviente de un cañón antitanque móvil que recibió un impacto directo y explotó en la batalla de las Ardenas. Mi papá tenía una prórroga de “trabajador esencial”, supervisando la producción de camiones en una planta de defensa de General Motors. Los tres, como toda mi familia extendida, eran católicos. Y los tres, como toda mi familia extendida, eran demócratas. Hubo una excepción especial. Mi madre (de origen irlandés pobre, pero perversamente inteligente y no una mujer con la que se pudiera bromear) votó a los republicanos en 1960, menos por convicción que por un profundo desprecio hacia el comportamiento de los hombres Kennedy.

Este Día de la Independencia, me pregunto qué pensaría cualquiera de ellos del país en el que nos convertimos, la nación que alguna vez amaron, apoyaron y por la que arriesgaron sus vidas. La verdad es bastante simple: el Partido Demócrata que veían como “suyo” se deshizo de personas como ellos hace décadas. Y —sin sorpresas, finalmente— fue una gran cantidad de personas comunes como ellos quienes luego cometieron el crimen imperdonable de elegir a Donald Trump dos veces. Esto, a pesar de su narcisismo y legión de pecados y defectos. Esto, a pesar de todos los consejos realmente inteligentes de todos los analistas realmente inteligentes de nuestros medios de comunicación complacientes de la clase intelectual; diez años de eso, sin parar: ¡Es un fascista! ¡Es una amenaza existencial!

El Partido Demócrata de mi familia hoy es el defensor del aborto, el sexo desordenado, las fronteras colapsadas y un camión lleno de otras ideas destructivas. ¿Hay gente buena en el partido? Por supuesto, y mucha. Pero ellos no son los que dirigen el espectáculo. Y dados los resultados de las primarias de la izquierda dura del partido en lo que va del año, la “gente buena” no lo dirigirá pronto.

Todo el veneno implacable dirigido a Donald Trump durante la última década —parte de él justificado, mucho de él salvajemente excesivo— está dando ahora un fruto amargo: tres intentos de asesinato a un presidente en ejercicio, acoso a jueces de la Corte Suprema y a sus familias, peleas callejeras organizadas con agentes federales que hacen cumplir la ley, y jóvenes asesinos políticos enojados como Luigi Mangione y Tyler Robinson.

Estamos viendo a un partido político en proceso de matrifagia: me refiero acá a esa especie de araña que pone sus huevos y luego es devorada por sus hijos a medida que nacen.

¿Hace algo de lo anterior que Donald Trump sea un hombre “bueno”? Ni por un año luz. Tampoco absuelve al Partido Reublicano de sus propios muchos pecados. Trump es simplemente el catalizador de un conflicto más profundo sobre el propósito y la identidad nacional que se estuvo gestando durante mucho tiempo. Ahora está acá.

A medida que Estados Unidos cumple 250 años, quiero que vuelva el partido de mi familia. Más importante aún, quiero que vuelva el país que amo. Y no va a pasar a menos que los católicos y otros cristianos nos tomemos en serio lo de vivir lo que pretendemos creer —en privado, en público y, sí, en el cuarto oscuro—.

Sobre el autor:

Francis X. Maier es miembro senior en estudios católicos en el Ethics and Public Policy Center. Es el autor de True Confessions: Voices of Faith from a Life in the Church.

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