Imbuidos, unos más que otros

Imbuidos, unos más que otros

Admiro profundamente al padre Santiago Martín. Veo todos sus vídeos, aprendo de casi todos y estoy convencido de que la Iglesia sería un lugar más habitable si hubiera más sacerdotes como él. Precisamente por eso le debo la franqueza de decir que su último vídeo sobre las consagraciones de Écône descansa entero sobre una frase, y sobre una lectura de esa frase que creo equivocada. No voy a discutir aquí si el estado de necesidad que invoca la Fraternidad San Pío X justifica lo que hizo, ni si la respuesta romana fue la debida. Voy a discutir qué significa estar imbuido de algo, porque de ese verbo, y no de otra cosa, cuelga todo el argumento del vídeo.

Los hechos, primero. El 1 de julio, en Écône, la Fraternidad consagró cuatro obispos sin mandato pontificio, pese a la súplica pública que León XIV les había dirigido días antes para que reconsideraran su decisión. En el momento del rito en que se lee el mandato apostólico, el secretario general leyó en su lugar una declaración, que la propia Fraternidad ha publicado, cuya frase central afirma que, desde el Concilio Vaticano II hasta nuestros días, las autoridades de la Iglesia están «imbuidas de un espíritu contrario al de la Fe y obran contra la Sagrada Tradición», con apoyo en la advertencia de san Pablo a Timoteo sobre los que no soportarán la sana doctrina. Al día siguiente, el Dicasterio para la Doctrina de la Fe constató que los seis obispos implicados habían incurrido ipso facto en excomunión latae sententiae por un acto de naturaleza cismática, situó en el cisma a los ministros de la Fraternidad conforme al canon 1364 y remitió la situación de los laicos a los criterios de adhesión formal fijados en 1996.

El padre Martín sostiene que aquella frase fue el detonante de la dureza romana y que con ella los lefebvrianos, «aunque no formalmente», acababan de excomulgar a toda la Iglesia católica. De ahí deduce que para Écône son herejes todos los papas desde el Concilio, y todos los obispos, incluidos Burke, Sarah o Müller, y todos los sacerdotes y diáconos —«somos autoridades de la iglesia», dice, incluyéndose: «somos herejes»—, y de ahí, apurando la lógica, el Padre Pío, san Josemaría, la madre Maravillas o Teresa de Calcuta. La deducción es efectiva, conmovedora incluso. Tiene un solo problema: refuta una lectura, no un texto. Y la lectura la ha construido él.

Vayamos al verbo. Imbuir viene de imbuere: empapar, impregnar, embeber. Estar imbuido de algo es un estado, no un acto; se predica de quien ha respirado un aire, no de quien ha firmado una tesis. Nadie se imbuye a sí mismo: se está imbuido como se está empapado, por exposición y no por decisión, y por eso mismo la imbución admite grados —se está más o menos imbuido— y no exige conciencia ni, menos aún, pertinacia. La herejía es exactamente lo contrario. El canon 751 la define como la negación pertinaz, después del bautismo, de una verdad que ha de creerse con fe divina y católica: un acto proposicional, personal, formal, obstinado. Entre un clima que satura y una negación que se obstina media la distancia que separa un diagnóstico de una sentencia. El padre Martín la cruza en un solo paso, y él mismo deja constancia del salto: ese «aunque no formalmente» que introduce al comienzo es la confesión de que el texto no hace formalmente lo que va a pasarse veinte minutos diciendo que hace.

La frase de Écône contiene además dos predicados, y fundirlos es el segundo error del vídeo. «Están imbuidas» describe un estado; «obran contra la Sagrada Tradición» señala actos, y los actos se discuten uno a uno, con fechas y documentos, como se viene haciendo desde hace sesenta años. El vídeo funde ambos en un tercero que el texto no contiene: «son herejes». Y hay un detalle de la propia ceremonia que desarma esa fusión desde dentro: esa misma mañana los cuatro candidatos juraron en latín «luchar contra los herejes cismáticos». La palabra hereje estaba disponible en Écône el 1 de julio; formaba parte del vocabulario litúrgico del día. Para los herejes la usaron; para las autoridades de la Iglesia escribieron otra. Quien tiene la palabra a mano y elige no emplearla está diciendo algo con la elección.

Queda el sujeto. ¿Quiénes son las autoridades de la Iglesia?, se pregunta el padre Martín, y responde ensanchando: los papas, los obispos, los sacerdotes, los diáconos, las fundadoras, él mismo. Pero un texto cuya función es justificar unas consagraciones episcopales negadas señala con «las autoridades» a quien las niega: a Roma, a la autoridad que otorga o rehúsa mandatos. Concedo lo que hay que conceder: el texto leído en Écône en 1988 hablaba de las autoridades de la Iglesia romana, y en 2026 el adjetivo ha caído, lo que da a la ampliación un asidero que entonces no habría tenido. Pero entre «las autoridades de la Iglesia» sin adjetivo y todos los sacerdotes y diáconos del planeta desde 1965, y de ahí a las fundadoras de órdenes, hay un trecho que solo se recorre queriendo recorrerlo. El padre Martín lo recorre entero y, al llegar al final, se encuentra a sí mismo entre los herejes. No lo puso Écône ahí; se puso él.

«No dijeron algunas, todas», insiste el vídeo. En rigor, no dijeron ni lo uno ni lo otro. «Las autoridades de la Iglesia están imbuidas» es un plural genérico, la forma gramatical de las acusaciones estructurales: como quien dice que la banca especula o que los políticos mienten, se imputa a un cuerpo un espíritu dominante sin censar a cada individuo. Puede discutirse si la acusación estructural es justa; lo que no puede hacerse es convertirla en un juicio distributivo sobre cada alma que ha ocupado un despacho eclesiástico desde 1965 y escandalizarse después del juicio que uno mismo ha fabricado. El propio padre Martín demuestra que la disputa es de cuantificador y no de concepto cuando, minutos después, afirma sin pestañear: «es verdad, por desgracia, que algunas autoridades de la iglesia están imbuidas del liberalismo, del modernismo». El predicado le parece verdadero; solo le parece excesivo el alcance. Bien: entonces la discusión no es si la frase excomulga a la Iglesia, sino cuánta Iglesia abarca. Eso no es excomulgar a la Iglesia; es discutir un porcentaje.

Porque la frase, en su versión débil, es verdadera, y lo es con avales que ningún católico puede recusar. Cuando san Pío X publicó la Pascendi no situó a los modernistas fuera de la Iglesia, sino en su seno mismo, entre los sacerdotes, y advirtió que por eso eran más peligrosos. Cuando Pablo VI habló del humo de Satanás no lo olió en la calle: lo olió dentro. Cuando el cardenal Ratzinger denunció la dictadura del relativismo la víspera de su elección no describía un fenómeno ajeno al templo. Si diagnosticar que un espíritu contrario ha penetrado en las autoridades de la Iglesia equivaliera a declararla herética, el primer excomulgador de la Iglesia habría sido Pío X en 1907. Y digámoslo del todo: todos estamos imbuidos, unos más que otros, de modernismo, de emotivismo, de cierto relativismo moral. Yo el primero, y el lector que se crea inmune, el segundo. No hay trinchera tradicionalista que filtre el aire del siglo: se cuela en la nostalgia igual que en la novedad. La cuestión nunca fue si el agua entró en el barco —el propio padre Martín recuerda en el vídeo que el agua no se pierde solo por una parte—, sino cuánta hay y en qué bodegas.

Y es que el padre Martín suscribe la versión débil con más energía que casi nadie. Lleva años, lo dice él, repitiendo que la tolerancia con el mal es un cáncer para la Iglesia. En este mismo vídeo lamenta que cardenales de Múnich o de Bruselas sigan bendiciendo lo que el Papa les ha pedido no bendecir y que «aquí no pasa nada»; reconoce «un ambiente de tolerancia hacia esos que están imbuidos». Un hombre que dice todo eso no rechaza el diagnóstico de la imbución: lo comparte, lo predica y lo documenta con más precisión que Écône. Lo que combate es otra cosa: la lectura universal, distributiva y formal que él mismo levantó sobre la frase, esa en la que también él resulta hereje. Contra esa lectura tiene toda la razón. Solo que esa lectura no está en el texto; está en el vídeo.

«Por fin se han destapado», dice también: lo que murmuraban «en voz baja en sus círculos más íntimos» ya sería público. La hemeroteca dice otra cosa. La declaración de 2026 es una relectura casi literal de la leída en Écône el 30 de junio de 1988, en el mismo punto del rito, con la misma función de suplir el mandato y con la misma cita de la segunda carta a Timoteo. Aquella afirmaba que las autoridades de la Iglesia romana estaban «animadas por el espíritu del modernismo» y actuaban contra la Santa Tradición. Treinta y ocho años lleva impresa esa acusación, y el miércoles se leyó su versión actualizada ante miles de fieles —16.500 según los organizadores— y con retransmisión traducida a seis idiomas. Nada se ha destapado: se ha reeditado. La única novedad real está en la letra, y no es la que el vídeo analiza: donde 1988 nombraba un error concreto y condenado, el modernismo, 2026 escribe un espíritu contrario al de la Fe, fórmula a la vez más vaga y más grave; y donde 1988 acotaba «romana», 2026 no acota. Si algo merece examinarse como endurecimiento es esa mutación. Ese vídeo está todavía por hacer.

Queda la tesis causal: todo habría sido diferente, sostiene el padre Martín, sin «esta declaración de herejía». Pero si no hubo declaración de herejía —y no la hubo: hubo declaración de imbución, que es cosa distinta, como se ha visto—, la explicación se queda sin causa. El decreto del día 2, según su propio texto, no castiga una frase: constata un acto de naturaleza cismática, la consagración episcopal sin mandato pontificio y contra la voluntad del Papa. Y ya que hablamos del peso de las palabras: tampoco es exacto que Roma haya excomulgado «a todos los laicos asociados», como afirma el vídeo; la Nota remite la situación de los fieles a los criterios de adhesión formal de 1996, que exigen atender a la intención de cada persona y juzgar caso por caso. Quien pide precisión para leer a Écône debe ponerla también al leer a Roma.

Al final sospecho que el padre Martín y yo creemos lo mismo: que el espíritu del siglo está dentro, unos más que otros; que la tolerancia con el mal es un cáncer; que reconocer la enfermedad no es excomulgar al enfermo. Nuestra discrepancia es lexicográfica, y los pleitos contra el diccionario se pierden siempre. Estar imbuido no es ser hereje: es estar empapado, y de esa lluvia no se ha librado nadie, ni en Roma, ni en Écône, ni en Magnificat TV, ni en esta redacción. Las palabras pesan lo que pesan, no lo que duelen.

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