Las declaraciones realizadas recientemente por monseñor Vincenzo Paglia sobre la desaparición del Instituto Pontificio Juan Pablo II para Estudios sobre el Matrimonio y la Familia siguen generando reacciones. Después de que el prelado italiano reivindicara su papel en la reforma de la institución y defendiera la necesidad de una profunda transformación doctrinal de la moral católica, uno de los principales afectados por aquella decisión ha respondido con dureza.
Se trata de monseñor Livio Melina, presidente del Instituto entre 2006 y 2016 y una de las figuras más relevantes de la teología moral vinculada al legado de san Juan Pablo II. En un extenso análisis publicado en The World Catholic Report, Melina sostiene que la supresión del Instituto no obedeció a razones académicas ni teológicas, sino a una «operación ideológica» destinada a reemplazar la visión de la moral católica.
La polémica se produce semanas después de que Paglia afirmara en una entrevista que el papa Francisco deseaba una actualización de la encíclica Humanae vitae y defendiera las reformas introducidas tanto en el Instituto Juan Pablo II como en la Pontificia Academia para la Vida.
«No era una teología de despacho»
Melina comienza cuestionando el retrato que Paglia ha hecho del antiguo Instituto. Según el arzobispo italiano, la institución fundada por san Juan Pablo II habría quedado anclada en una comprensión rígida de la ley natural, construida a partir de principios abstractos y alejada de la experiencia concreta de las personas.
Para quien dirigió el Instituto durante una década, esa descripción no se corresponde con la realidad.
Melina recuerda que el propio san Juan Pablo II impulsó la creación del centro porque consideraba insuficientes los modelos tradicionales con los que la teología moral estaba afrontando los desafíos planteados por la revolución sexual y las controversias surgidas tras la publicación de Humanae vitae.
El entonces cardenal Karol Wojtyła estaba convencido de que la Iglesia necesitaba algo más que una defensa jurídica de las normas morales. Era necesario desarrollar una auténtica antropología del amor y una teología del cuerpo capaces de explicar la belleza y la racionalidad de la enseñanza cristiana sobre el matrimonio y la familia.
Según Melina, precisamente esa fue la misión que asumió el Instituto durante más de tres décadas.
«Lo que surgió fue precisamente una teología del amor», afirma el teólogo italiano al resumir el trabajo realizado durante aquellos años.
Por eso considera injustificada la acusación de que el Instituto practicara una «teología de despacho» desconectada de la vida real. A su juicio, ocurrió exactamente lo contrario: el objetivo fue comprender la experiencia humana del amor para iluminarla desde la fe y acompañar a las personas en su camino.
La institución que Paglia decidió desmantelar
Lejos de ser una pequeña estructura especializada en debates internos de teología moral, el centro había desarrollado una amplia red académica internacional. Mantenía relaciones estables con universidades civiles, colaboraba con sociólogos y psicólogos, promovía encuentros con representantes del judaísmo, el islam, el budismo y el hinduismo, y contaba con secciones repartidas por distintos continentes.
Melina menciona además decenas de congresos y proyectos de investigación dedicados no solo al matrimonio, sino también a cuestiones como la educación, la transmisión entre generaciones, la paternidad, la dimensión social de la familia o la evangelización.
Si el Instituto era realmente una estructura incapaz de dialogar con el mundo contemporáneo, ¿cómo explicar la amplitud de su actividad académica y pastoral?
La institución fundada por san Juan Pablo II nació precisamente para superar las limitaciones de ciertos enfoques manualísticos de la teología moral y desarrollar una antropología capaz de explicar la vocación humana al amor, el matrimonio y la familia.
«Lo que surgió fue precisamente una teología del amor», afirma Melina, quien sostiene que el trabajo académico desarrollado durante más de tres décadas estuvo orientado a iluminar la experiencia humana concreta y acompañar a las familias, no a formular principios abstractos alejados de la realidad.
Por eso, considera que las acusaciones formuladas por Paglia son «ideológicas y superficiales» porque, a su juicio, no responden al contenido real de las investigaciones, publicaciones y programas académicos desarrollados por el Instituto durante sus 36 años de existencia.
El verdadero motivo del conflicto
Sin embargo, para Melina la cuestión no se reduce a una discusión sobre el pasado del Instituto. Lo que considera verdaderamente relevante es que Paglia haya reconocido abiertamente que las reformas impulsadas durante estos años perseguían una transformación doctrinal.
Según explica, durante mucho tiempo las reformas fueron presentadas principalmente como ajustes pastorales o cambios metodológicos. Ahora, en cambio, el propio Paglia admite que el objetivo era más profundo: Mientras la tradición católica ha entendido la ley natural como una realidad inscrita en la propia naturaleza humana y accesible a la razón, Paglia propone una interpretación vinculada al discernimiento histórico y cultural de las experiencias humanas.
A juicio del antiguo presidente del Instituto, este planteamiento implica desplazar el centro de gravedad desde la verdad objetiva sobre la persona hacia la interpretación que cada época realiza de la experiencia humana.
Y ahí, sostiene, comienza el verdadero debate.
Dos visiones contrapuestas de la moral católica
Melina ve una estrecha relación entre esta nueva interpretación de la ley natural y el papel que Paglia atribuye a la conciencia.
Según explica, la propuesta impulsada por el arzobispo italiano parten de una reinterpretación de la ley natural basada principalmente en el discernimiento histórico y cultural, así como de una ampliación del papel de la conciencia subjetiva en la determinación de las normas morales universales y de actos intrínsecamente malos, es decir, comportamientos que no pueden justificarse por las circunstancias o las intenciones.
Según el teólogo italiano, este planteamiento supone abandonar elementos centrales de la enseñanza desarrollada por san Juan Pablo II en la encíclica Veritatis splendor. En particular, cuestiona la idea de que las normas morales negativas puedan quedar subordinadas a las circunstancias concretas o a la valoración subjetiva de cada situación.
Para Melina, detrás de este cambio se encuentra un auténtico «cambio de paradigma» que afecta no solo a la acción pastoral de la Iglesia, sino también a su doctrina moral y de dos formas distintas de entender la relación entre verdad, libertad y conciencia.
Precisamente por eso considera significativa la reciente admisión de Paglia de que las reformas promovidas durante los años del pontificado de Francisco tenían un alcance doctrinal y no meramente pastoral.
El debate sobre el «bien posible»
Otro de los puntos cuestionados por Melina es el concepto de «bien posible», utilizado por Paglia como criterio para abordar determinadas situaciones morales complejas.
El antiguo presidente del Instituto advierte de que una interpretación extensiva de este principio podría terminar rebajando las exigencias morales del Evangelio y transformando la doctrina en un ideal inalcanzable que debe adaptarse constantemente a las limitaciones concretas de las personas.
Frente a esa perspectiva, recuerda que la tradición católica siempre ha afirmado que Dios no manda nada imposible y que la gracia permite recorrer un camino de conversión incluso cuando la meta parece lejana.
Por ello recuerda las enseñanzas del Concilio de Trento y, citando expresamente a san Juan Pablo II, insiste en que la respuesta pastoral a las fragilidades no puede consistir en reducir las exigencias del Evangelio, sino en acompañar a las personas para que puedan vivir plenamente su vocación cristiana. Así, rechaza la idea de que la doctrina moral de la Iglesia deba ser entendida como un ideal inalcanzable que posteriormente necesita ser rebajado para ajustarse a la realidad concreta.
Una acusación de fondo
Si el Instituto había desarrollado una propuesta intelectual inspirada por san Juan Pablo II, si había mostrado capacidad para dialogar con la cultura contemporánea y si había dado lugar a una extensa red internacional de investigación y formación, entonces la razón de su supresión no puede encontrarse —según Melina— en una supuesta insuficiencia académica.
«Las acciones de Paglia no estuvieron motivadas por razones teológicas sino por una crítica ideológica al Instituto», afirma.
A su juicio, detrás de la decisión se encontraba la voluntad de sustituir una determinada comprensión de la moral católica por otra distinta.
Una sustitución que no afectaría únicamente a una institución académica, sino a la forma misma en que la Iglesia presenta hoy cuestiones como el matrimonio, la sexualidad, la familia o la posibilidad real de vivir las exigencias del Evangelio.
Una controversia que sigue abierta
Mientras Paglia presenta llas transformaciones como una necesaria actualización teológica capaz de responder a los desafíos contemporáneos, Melina sostiene que la desaparición del antiguo Instituto Juan Pablo II supuso el cierre de una experiencia académica que había intentado mostrar la razonabilidad y viabilidad de la enseñanza moral de la Iglesia en continuidad con el magisterio de san Juan Pablo II.
Cinco años después de su supresión, el debate ya no gira únicamente en torno a una institución académica. Lo que está en discusión es el significado de las reformas promovidas durante los últimos años y la dirección que debe seguir la teología moral católica.