Liechtenstein, un principado que se resiste a convertir el aborto en un derecho

Liechtenstein, un principado que se resiste a convertir el aborto en un derecho
Luis de Liechtenstein

Mientras varios pequeños Estados europeos de tradición católica afrontan crecientes presiones para adaptar sus leyes a la agenda abortista dominante en Occidente, Liechtenstein vuelve a convertirse en una excepción incómoda. Una nueva iniciativa pretende introducir el aborto libre durante las primeras doce semanas de embarazo, pero el príncipe heredero Alois ya ha anunciado que está dispuesto a vetarla incluso si obtiene el respaldo de las urnas.

La cuestión va mucho más allá de una simple reforma legislativa. Lo que está en juego es si uno de los pocos países europeos que todavía reconoce una protección jurídica significativa al niño antes de nacer acabará aceptando la misma lógica que se ha impuesto en gran parte del continente: que la vida humana puede dejar de ser protegida cuando resulta incómoda, indeseada o dependiente de la voluntad de otros.

Los últimos bastiones católicos bajo presión

Liechtenstein no es el único microestado europeo que se encuentra bajo presión. Durante los últimos años, países de fuerte como Andorra o Mónaco han afrontado intensos debates sobre la despenalización del aborto y sobre el papel que todavía deben desempeñar sus instituciones históricas en la defensa de la vida.

Sin embargo, el caso de Liechtenstein posee una singularidad propia. No solo mantiene una legislación más restrictiva que la inmensa mayoría de países europeos, sino que conserva una institución prácticamente desaparecida en la Europa actual: una autoridad política dispuesta a asumir públicamente el coste de defender al no nacido.

La nueva iniciativa, denominada «Solución de plazos para Liechtenstein», pretende introducir un modelo semejante al vigente en Suiza, permitiendo el aborto libre durante las primeras doce semanas de gestación. Sus promotores sostienen que el Principado debe alinearse con los estándares europeos y reconocer lo que consideran un derecho de la mujer.

Pero para quienes se oponen a la reforma, la cuestión es mucho más sencilla: ningún supuesto derecho puede fundamentarse sobre la eliminación deliberada de una vida humana inocente.

El príncipe Alois vuelve a levantar la voz

Esta semana el príncipe heredero Alois anunció que vetaría la propuesta si esta fuera aprobada. Según explicó, la iniciativa no garantiza adecuadamente «el bien jurídico fundamental de la protección de la vida».

Mientras la mayoría de dirigentes políticos evita cualquier cuestionamiento de la ideología abortista dominante, el heredero al trono de Liechtenstein ha decidido recordar públicamente que el primer deber de un Estado es proteger la vida humana, especialmente cuando esta no puede defenderse por sí misma.

El precedente que marcó 2011

No es la primera vez que Liechtenstein afronta esta batalla.

En 2011 los ciudadanos ya fueron llamados a pronunciarse sobre una iniciativa prácticamente idéntica destinada a introducir el aborto libre hasta la semana doce. También entonces el príncipe Alois anunció que utilizaría su derecho de veto si la propuesta resultaba aprobada.

Finalmente, el proyecto fue rechazado por el 52,3 % de los votantes.

Quince años después, la situación vuelve a repetirse. La diferencia es que el contexto europeo se ha vuelto todavía más hostil hacia cualquier intento de defender la vida antes del nacimiento.

El gran ausente del debate: el niño que va a morir

Como ocurre habitualmente en los debates sobre el aborto, gran parte de la discusión gira alrededor de los derechos, deseos e intereses de los adultos.

Se habla de autodeterminación, libertad de elección y derechos reproductivos. Mucho menos frecuente es que se mencione a la única persona que perdería absolutamente todo como consecuencia de la reforma: el niño que vive en el seno materno.

La iniciativa no pretende simplemente modificar un artículo del Código Penal. Lo que propone es que el Estado deje de proteger a una determinada categoría de seres humanos durante las primeras semanas de su existencia.

Sin embargo, el desarrollo biológico no transforma a un no-ser humano en un ser humano. El niño de doce semanas es el mismo individuo que meses después nacerá, crecerá y desarrollará su vida. Lo único que cambia es su grado de desarrollo y su nivel de dependencia.

Una batalla que supera las fronteras de Liechtenstein

Lo que se debate hoy en este pequeño país alpino trasciende ampliamente sus fronteras.

En una Europa donde el aborto ha dejado de presentarse como una excepción para convertirse progresivamente en un derecho protegido y promovido por los poderes públicos, Liechtenstein sigue recordando una verdad incómoda para la cultura dominante: que los derechos humanos solo son verdaderamente universales si incluyen también al ser humano más pequeño, más débil y más indefenso.

Por eso la batalla que se avecina no enfrenta simplemente a partidarios y detractores de una reforma legal. En realidad, enfrenta dos concepciones radicalmente distintas de la dignidad humana: una que considera que toda vida merece protección por el simple hecho de existir y otra que condiciona ese derecho a la voluntad, la conveniencia o el deseo de quienes tienen poder sobre ella.

Liechtenstein deberá decidir una vez más de qué lado quiere situarse.

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