Por Matthew D. Walz
¿Qué es el “corazón”? El Catecismo resulta útil en este punto. En una sección sobre la unidad del hombre, la Iglesia enseña que el hombre es “a la vez corporal y espiritual” y que “el hombre entero… ha sido querido por Dios”. (CCE 362) Luego, tras desarrollar estas afirmaciones, la sección concluye:
La tradición espiritual de la Iglesia insiste también en el corazón, en el sentido bíblico de lo más profundo del ser, donde la persona se decide o no por Dios. (CCE 368)
El corazón, entonces, designa lo que es profundamente singular en cada ser humano, un principio que subyace tanto al cuerpo como al alma. En lo más profundo de la existencia de todo ser humano se encuentra un corazón del que brota la dirección decisiva de su vida en relación con Dios.
Lamentablemente, la última parte de la traducción citada podría ser más precisa. La edición típica en latín del Catecismo dice que el corazón es ubi persona se decidit aut non decidit pro Deo, “donde la persona se decide o no se decide por Dios”. Decidirse o no decidirse por Dios difiere de manera importante de decidir a favor o en contra de Dios. La traducción más precisa indica que, en última instancia, ninguna persona es realmente capaz de decidir en contra de Dios, porque hacer eso implicaría existir de algún modo fuera del orden creado por Dios, lo cual es simplemente no existir en absoluto. Por lo tanto, el texto latino dice que una persona es capaz de no decidirse por Dios, es decir, capaz de fallar o quedarse corta al decidirse por Dios. Teológicamente hablando, mucho depende de esta distinción que atañe a la naturaleza del mal, el pecado y la condenación; temas importantes, pero para otro día.
Esta traducción más precisa revela una verdad significativa que Agustín articuló hace mucho tiempo al luchar arduamente contra los pelagianos. Los pelagianos pensaban que los seres humanos controlan su propio destino, o al menos controlan sus primeros movimientos hacia Dios y la salvación. El pelagianismo expresa una especie de enfoque humano por defecto hacia el Dios oculto, arraigado en un ansia de control. Con mucha frecuencia nos consideramos libres para labrar nuestra salvación bajo nuestros propios términos. Pocos entre nosotros pueden pretender, entonces, no ser un “pelagiano práctico”.
A semejante engrandecimiento pelagiano, Agustín, siguiendo el ejemplo de San Pablo, responde: “Nuestra suficiencia viene de Dios, en cuyo poder está nuestro corazón y nuestros pensamientos”. (De dono perseverantiae, 20)
Nuestro corazón existe dentro de la potestas de Dios, Su poder creador que libera libremente a cada ser humano del abismo de la nada hacia la gratuidad de la existencia. Nuestro corazón permanece dentro del poder generativo y generoso de Dios, antes de cualquier conciencia que tengamos de ese corazón o de cualquier elección que se derive de él.
Podemos lograr, y a veces logramos, tomar conciencia de nuestros corazones, y se nos ha dado permiso para dirigir nuestras vidas en un sentido o en otro. Después de todo, fuimos creados a imagen de Dios. Pero precediendo siempre a tal conciencia y libertad se encuentra el Poder imperceptible e infinitamente dinámico que continuamente nos da la existencia, la cual Él, con la misma continuidad, atrae hacia Sí mismo. ¿No es este maravilloso intercambio existencial entre Dios y el hombre el caso supremo de un “Corazón que habla al corazón”?
Por eso el Catecismo también enseña:
El corazón es nuestro centro oculto, inaprensible para nuestra razón y para la de los demás; sólo el Espíritu de Dios puede sondearlo y conocerlo. Es el lugar de la decisión, en lo más profundo de nuestras tendencias psíquicas. Es el lugar de la verdad, allí donde elegimos la vida o la muerte. Es el lugar de la Alianza, el lugar del encuentro, ya que vivimos en relación como imagen de Dios. (CCE 2563)
Considerar el corazón es remar mar adentro, adentrarse en la profundidad metafísica de nuestra condición de criaturas. Sin embargo, el corazón es también algo tan fácilmente reconocible, tan accesible, tan cercano a nuestra experiencia interior y vivida. ¡Algunos de nosotros incluso llevamos el corazón en la mano! De hecho, ¿existe alguna metáfora antropológica más potente que el corazón, que las Escrituras nos revelan de manera tan persuasiva? Tal es la brillantez pedagógica de la antropología bíblica del corazón.
Tal es, también, la brillantez litúrgica de celebrar el Corazón de Jesús. Todo lo que es verdadero sobre el corazón humano es verdadero sobre Su Corazón, porque el Dios-hombre tiene un corazón humano. De hecho, ¿existe algún símbolo religioso más potente que el del Sagrado Corazón?
Cuando se trata del Corazón de Jesús, sin embargo, descubrimos una diferencia esencial: su sacralidad. Al llamar a Su Corazón “sagrado”, captamos no solo que está totalmente apartado para el servicio de Dios (como lo están todas las realidades sagradas), sino también que existe precisamente como Dios. El Corazón de Jesús mantiene el latido con la actualidad de la Existencia Increada. Es Divino, subsistiendo con la mismísima existencia del Hijo de Dios. Por esto nos corresponde adorar Su Corazón y entregar nuestros corazones por entero al Suyo.
Una vez más, el Catecismo resulta de gran utilidad:
Jesús nos ha conocido y amado a todos y a cada uno durante su vida, su agonía y su pasión y se ha entregado por cada uno de nosotros: «El Hijo de Dios… me amó y se entregó a sí mismo por mí». Nos ha amado a todos con un corazón humano. Por esta razón, el Sagrado Corazón de Jesús, perforado por nuestros pecados y para nuestra salvación, «es considerado como el principal signo y símbolo de aquel… amor con que el divino Redentor ama continuamente al eterno Padre y a todos los hombres» sin excepción. (CCE 478)
En el Sagrado Corazón encontramos tanto un corazón humano enteramente “decidido” por Dios como un Corazón Divino totalmente entregado a nosotros. Oportunamente, entonces, le pedimos hoy y cada día: “Jesús, manso y humilde de corazón, haz nuestro corazón semejante al tuyo”.
Sobre el autor
Matthew Walz comenzará a desempeñarse como Presidente del Thomas More College al inicio del próximo año académico, después de casi dos décadas de labor docente y administrativa en la Universidad de Dallas y en el Seminario Holy Trinity. Consecuentemente, su investidura tendrá lugar en septiembre. Él y su hermosa esposa, Teresa, han sido bendecidos con ocho hijos.