La Cristiandad fue un periodo de máximo florecimiento en que el continente europeo, gracias la Iglesia, alcanzó el zénit de la civilización. Cristiandad fue, según León XIII, el tiempo en que “el Evangelio gobernaba los Estados”.
En este sentido, entonces, Cristiandad no tiene por qué ser algo exclusivamente perteneciente al pasado, sino que puede darse de nuevo. Por eso, Dom Gérard Calvet, fundador de la abadía benedictina de Le Barroux, hablaba de “la Cristiandad del mañana”.
La Cristiandad es la civilización cristiana en que no hay separación entre Iglesia y Estado. Sí distinción, porque cada uno se ocupa de sus asuntos: la Iglesia, de lo sobrenatural y el Estado, de los asuntos del mundo material; según criterios cristianos, eso sí. De eso hablaba Pío XI en su encíclica Quas Primas, aparecida en 1925, que predica que Cristo tiene derecho a reinar en la sociedad y que las leyes de la sociedad se deben someter a Él, porque tanto las leyes divinas como las naturales vienen de Dios. El papa instituyó por esta encíclica la fiesta de Cristo Rey.
En aquel mismo año de 1925, un joven José María Escrivá era ordenado sacerdote. Y sólo tres años más tarde, en 1928, este joven sacerdote (nacido en 1902) fundó el Opus Dei. Llevaba más de diez años, según sus propias palabras, dándole vueltas a la manera en que había que convertir al mundo. Pensó que el Opus Dei debía ser como la levadura en medio de la masa, para que todo el mundo pudiera alcanzar la santidad en la vida ordinaria mediante el trabajo. La “masa”, se entiende, ¿no era ya cristiana? Por eso ya desde los años 1930 su lenguaje era ambiguo, puesto que su pensamiento de una sociedad no cristiana chocaba frontalmente contra la doctrina de Cristo Rey, y, por eso, fue acusado ante tribunales eclesiásticos en diversas ocasiones de liberal e incluso de hereje.
Su discípulo Álvaro del Portillo, quien participó en el Concilio Vaticano II como perito y secretario de la Comisión sobre la Disciplina del Clero, le dijo: “en cuántas ocasiones, durante la aprobación de los documentos del Concilio, hubiese sido de justicia hablar con el fundador del Opus Dei y repetirle: ´felicidades´, porque lo que tiene en su alma, lo que ha enseñado incansablemente desde 1928, ha sido proclamado con toda solemnidad por el Magisterio de la Iglesia”. El mismo San Josemaría afirmó: “Hemos de estar contentos, al acabar este Concilio: hace 30 años a mí me acusaron de hereje por predicar cosas de nuestro espíritu que ahora ha reconocido el Concilio de modo solemne en la constitución dogmática De Ecclesia. Se ve que hemos ido adelante”.
De hecho, ése es el aspecto que más sorprende al acercarse a la historia del Opus Dei: lo “adelantados” a su tiempo que fueron, puesto que las demás realidades que asumieron felizmente la separación Iglesia y Estado, la libertad religiosa y demás postulados liberales aparecieron en la Iglesia con posterioridad al Concilio Vaticano II: Renovación Carismática, Regnum Christi / Legionarios de Cristo, Camino Neocatecumenal y otros.
Me ha parecido que esta extensa explicación previa era necesaria para entrar en materia porque muestra bien claramente la diferencia entre un católico tradicional, que es, sencillamente, un católico, y un católico conservador como San Josemaría Escrivá y su obra y demás institutos conservadores, que es liberal y modernista. Porque, aparte de los trasnochados progresistas en la curia romana y el episcopado, la “Iglesia que se mueve”, que parece viva – ya lo hemos dicho en otras ocasiones -, es esta iglesia neoconservadora.
Y esto produce una gran desazón. No estoy nada de acuerdo con las personas que dicen “mejor Hakuna o Emaús que nada”. Creo que es mejor nada que Hakuna o Emaús; porque, si bien es cierto que es necesario que haya estos focos de primer anuncio, tras ello la Iglesia debería salir al rescate de estos conversos y formarlos en la verdadera fe, doctrina, liturgia y moral católicas porque, cuando las personas se quedan en estos movimientos liberales y neoconservadores (que son realmente legión en la Iglesia actual) corren el riesgo de acabar deslizándose hacia una religión sentimentalista, antropocéntrica y mundana que no es la católica.
Hace muchos años, cuando volví a la Iglesia, una de las cuestiones que más me llamaba la atención era la superioridad del pensamiento cristiano sobre cualquier tipo de sistema filosófico y la perfecta coherencia con que lo explicaba todo. La profundidad, amplitud y altura del pensamiento católico me fascinó y me sigue fascinando. Dios es la Verdad, una Verdad que es Amor, y que es lógica y supra-racional, porque contiene misterios que nuestra mente nunca alcanzará a comprender y poder explicar del todo.
Estudiando sobre la historia de la Iglesia, me fascinó la audacia de los frailes mendicantes medievales. Cómo se lanzaron a anunciar, bautizar y enseñar, como mandó nuestro Señor Jesucristo. Los primeros fransciscanos llegaron España con la intención de pasar al norte de África para convertir a los moros y morir mártires si era necesario. Por su parte, Santo Domingo de Guzmán luchó sin tregua contra los herejes albigenses, y es sabido cómo, antes de permitir que sus frailes marcharan a predicar, recibían una exquisita formación. De ahí surgió no sólo el genio de Santo Tomás de Aquino, sino también una mujer laica en pleno siglo XIV, una terciaria dominica, Santa Catalina de Siena, que no tuvo miedo en reprender a los papas y conminarlos a terminar con el escándalo del cisma de Occidente.
Eran otros tiempos. Eran los tiempos de la Cristiandad. La Iglesia no se avergonzaba de la Verdad. Se sabía poseedora de la gran responsabilidad de anunciarla para salvar a las almas. No claudicaba ante paganos ni herejes, ofreciendo diálogo o aggiornándose, desde el Sumo Pontífice hasta el campesino más sencillo.
Cuando Lutero rompió con su herejía la Cristiandad, en España florecieron algunos de los más grandes santos que ha dado la Iglesia, como Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz, San Ignacio de Loyola y San Francisco Javier, que evangelizaron medio mundo y fueron faro de Occidente. A ellos se ha referido el Papa en alguna ocasión durante su reciente visita a España. Por eso es interesante poner al actual catolicismo español, el que se ha volcado mediáticamente con la visita de León XIV, frente al espejo la de la Cristiandad. Como también es interesante enfrentar al sumo Pontífice actual a la imagen de algunos de sus antecesores medievales.
Sobre esta visita a España, no hay nada que decir sobre los cientos de miles de católicos que han acudido a los actos organizados para el Santo Padre: su buena voluntad, su fe, su devoción. Mención aparte merecen, sin embargo, la jerarquía eclesiástica y su correa de transmisión del relato prefabricado: los influencers, misioneros digitales o mercenarios digitales, de quienes hablamos la pasada semana y que han realizado un bochornoso ejercicio de papolatría, en general.
No es ésta la primera vez que tratamos sobre el fenómeno de los influencers católicos devenidos en “misioneros digitales” de manera oficial y, finalmente, en mercenarios digitales. Es un tema que me interesa mucho porque, cada vez más, se convierten en simple propaganda del régimen y del relato oficialista de la jerarquía eclesiástica, por lo menos en el caso de España y, muy específicamente, de la Archidiócesis de Madrid. Y son todos neoconservadores. En esta visita del papa, los influencers han sustituido a los clásicos periodistas especializados en temas de Iglesia. Han retransmitido incansablemente cada detalle de la visita del papa no sólo en sus redes sociales particulares, sino en medios de información generalistas en TV y algunos incluso, como la popular CR30 y un ex fraile carmelita devenido en horrendo profesor de teología online, han estado trabajando para El Debate, el periódico de la ACdP (capaz, por otra parte, de lo mejor y de lo peor).
Pero a los misioneros digitales, como buenos mercenarios (y al contrario que los buenos periodistas) les interesan los temas de una manera descaradamente selectiva: siempre en la línea de lo que a los obispos les interesa promover y de lo que pretender ignorar u ocultar.
Y esta cuestión es importante cuando uno se pregunta cuáles son los criterios de selección de estos influencers por parte de, por ejemplo, el cardenal de Madrid o la ACdP y sus endogámicas CEU talks. ¿Es el criterio el número de seguidores en sus redes sociales? Me resulta curioso, si así es, que el cardenal no convoque, por ejemplo, al P. Jorge González Guadalix, quien escribe el blog de un sacerdote más leído de España, a sus encuentros con influencers. A número de lectores e impacto y credibilidad no creo que le ganen demasiados misioneros digitales.
Tal vez, y no quiero ser mal pensada, el número de seguidores no sea el único criterio de selección y reclutamiento, sino que también influya el grado de apesedebramiento; las ganas que tienen muchos de estos influencers de no trabajar y vivir mostrando selectivamente sus vidas y mensajes en las redes sociales; de aceptar colaboraciones pagadas con marcas y de la capacidad de estar dispuesto a callar la fe y los temas conflictivos para asegurarse los garbanzos que les da la CEE y la fama barata de las redes sociales, que les permite ser invitados y agasajados allá donde van. Y eso, alimenta de manera muy poco católica el ego y el narcisismo.
De nuevo, en esto, la visita del Santo Padre esta pasada semana ha dejado diversos ejemplos. El primero, tan llamativo: la completa omisión de cualquier referencia al blanqueamiento de la invasión islámica en España que centró los primeros mensajes del papa. Los mercenarios digitales, comenzaron a tener material sólo el sábado por la noche, cuando el papa animó a formar familias, y sobre todo el lunes, con el discurso del papa en el Congreso de los Diputados y la defensa de la vida desde la concepción hasta la muerte natural. Es triste sin embargo ver cómo nos hemos conformado con lo mínimo. Cómo un papa diciendo lo que tiene que decir un papa nos parece una heroicidad.
Lo de Canarias, la Misa con cayucos y los encuentros selectivos, como culminación de los mensajes iniciales blanqueadores de la invasión musulmana ya merecería mención aparte.
Pero sí me parece destacable mencionar sobre la visita del papa en particular y sobre la iglesia neocón en general, continuando con la comparación entre los santos predicadores y apologetas de otros siglos y los influencers actuales, el poco nivel doctrinal y la superficialidad emotivista de este catolicismo neocón misionero ¿imaginan a CR30 o a la empresa de evangelización de KM predicando sobre la consubstancialidad, sobre el filioque o sobre la Theotokos? ¿O corrigiendo a los obispos españoles pro-inmigración sobre el orden de la caridad cristiana? ¿O defendiendo el Valle de los Caídos ante la connivencia de esos mismos obispos con el gobierno de extrema izquierda? ¿Puede la Escolástica o la Iglesia del Siglo de Oro Español compararse, por ejemplo, a las aportaciones de la Teología del Cuerpo, a los libros de Manglano / Hakuna o a la pornografía neocón de Fabrice Hadjadj? En fin, ¿pueden los frailes mendicantes de los siglos XIII y XIV compararse a los misioneros digitales?
Eso significaría que fuesen verdaderos misioneros, y no mercenarios. No importa si en el continente digital o de plaza en plaza. Pero estamos en los tiempos de la iglesia aggiornada, la del diálogo, que no quiere ofender al mundo y que ha hecho de su tema de anuncio fundamental la teología del Cuerpo. De una iglesia mundana, superficial y antropocéntrica. No podemos esperar mucho más de los misioneros digitales devenidos en mercenarios digitales: ni que expongan los problemas en la Iglesia ni que alguien se rasgue las vestiduras hoy por el filioque. No sea que peligren los garbanzos y la fama para el ego.
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