Por Daniel B. Gallagher
Desde que empecé a enseñar la Divina Comedia hace años, estuve buscando lagunas. Justo cuando creo que encontré una, resulta que Dante ya la cubrió con una sabiduría incomparable.
Tomemos a los apostadores. ¿Por qué no los encontramos en el Infierno? Bueno, depende de dónde miremos.
No hay un círculo infernal específico reservado para los apostadores. Eso se debe a que están dispersos por todas partes. Y eso, a su vez, se debe a que su verdadero pecado no radica en la apuesta en sí, sino en lo que la impulsa, lo que la alimenta y lo que se deriva de ella.
Al descender al cuarto círculo, Dante y Virgilio divisan a los avaros y a los pródigos empujando enormes rocas en direcciones opuestas alrededor de un círculo de aguanieve helada. Cada vez que chocan entre sí, los avaros les gritan a los pródigos: «¿Perché tieni? (¿Por qué guardás?)», y los pródigos a los avaros: «¿Perché burli? (¿Por qué derrochás?)» (Canto 7). Los apostadores se encuentran en ambos grupos, ya que no pueden imaginar que alguien no apueste a lo grande cuando hay tanto en el pozo, de la misma manera que no pueden imaginar a alguien poniendo dinero en otro lugar que no sea sobre la mesa. Les ocultan el dinero a sus familias y lo derrochan en las máquinas tragamonedas.
Más importante aún, los apostadores habitan en las distintas bolge («fosas») del octavo círculo, reservadas para la división del fraude. Resulta de particular interés la cuarta fosa, que contiene a los hechiceros, adivinos y a cualquiera que haya intentado predecir el futuro. Con un ingenioso uso del contrapasso (el «contrapaso»), el poeta florentino representa a los adivinos con la cabeza girada 180 grados y caminando hacia atrás «porque el ver hacia adelante les fue quitado» (perché ‘l veder dinanzi era lor tolto). (Canto 20).
La escena es tan lamentable que Dante, el poeta, se detiene para dirigirse directamente al lector, diciendo: «Que Dios te permita, lector, sacar fruto (prender frutto) de lo que lees». (Canto 20).
El abundante fruto que se puede cosechar de los versos de Dante nunca fue más valioso, en todos los sentidos de la palabra. La Comisión de Negociación de Futuros de Productos Básicos (CFTC, por sus siglas en inglés) estuvo muy ocupada últimamente, facilitando que los apostadores jueguen a cualquier cosa bajo el sol, como qué partido político va a tomar el control del Congreso el próximo año y quién va a ganar la guerra en Ucrania.
Es un hecho que las cifras en dólares a través de las plataformas de mercados de predicción van a superar los 240.000 millones de dólares este año, un aumento asombroso en comparación con los 64.000 millones del año pasado. A ese ritmo, la industria podría alcanzar fácilmente el billón de dólares para finales de la década.
Al igual que Dante y Virgilio, hasta hace poco me sentía feliz de pasar de largo ante los adivinos en silencio, hasta que comprendí por qué Dante, el poeta, interrumpe su narración para recordarnos lo atroces que son los pecados de la cuarta fosa. Él sabe que ninguna esfera de la actividad humana es inmune a la locura de la adivinación cuando hay tanto dinero de por medio, incluyendo el equipo infantil de béisbol de mi hijo de 9 años. Al parecer, incluso las ligas infantiles son un blanco válido para las grandes apuestas.
Todo esto me hizo revisar la postura oficial católica de que el juego de azar, en sí mismo, no es «contrario a la justicia». (CCE 2413). Al reflexionar, dicha enseñanza tiene perfecto sentido en la medida en que resalta la gravedad de otras cosas que lo causan, lo acompañan y resultan de él.
El Catecismo enfatiza que los juegos de azar se vuelven pecaminosos «cuando privan a la persona de lo que le es necesario para atender a sus necesidades y a las de los demás», o cuando uno se convierte en esclavo del juego, o cuando se hace trampa y se engaña para ganar. (cf. 2413). Los estudios demuestran que estas dos últimas situaciones hacen que la primera sea todavía más probable.
¿Quién puede resistirse a redoblar la apuesta cuando un operador anónimo se lleva más de 400.000 dólares tras haber apostado apenas 34.000 a que el dictador Nicolás Maduro va a ser derrocado en Venezuela?
De manera más inquietante, ¿por qué nadie estuvo dispuesto a rastrear la identidad de ese operador una vez que salió a la luz que la apuesta se realizó apenas unas horas antes de que las fuerzas de los EE. UU. capturaran efectivamente a Maduro? De igual modo, dos israelíes —ambos con información privilegiada— se embolsaron sumas copiosas tras apostar que Israel iba a atacar a Irán solo unas horas antes de que realmente lo hiciera.
La amenaza que los mercados de predicción representan ahora para la seguridad nacional nos sumerge en el círculo más profundo del Infierno de Dante, en el cual se castigan la traición y la deslealtad.
Estamos a años luz de las abuelas que se juntan los jueves a jugar al bingo en el sótano de la iglesia para mantener la escuela parroquial. Nos encontramos en un universo totalmente diferente al del prode amistoso de la oficina durante el torneo de básquet universitario para comprar una cafetera nueva. Vivimos en una época en la que alguien a quien nunca conocí va a usar inteligencia artificial para hacer una gran apuesta sobre el campeonato regional de béisbol de mi hijo de 9 años.
Por más chocante que esto sea, basta una lectura superficial del Inferno para darse cuenta de que el hombre, dejado a sus propios medios, tiene las mismas probabilidades de retroceder que de progresar. Ya sea que estés haciendo transacciones financieras en el día, incursionando en DraftKings o colocando tus ahorros de jubilación en los mercados de predicción, estás corriendo el riesgo de que te giren la cabeza 180 grados en la otra vida.
Señalando a Anfiarao, uno de los Siete contra Tebas que utilizó el don de la profecía para prever que un ataque a la mítica ciudadela terminaría de manera desastrosa para todos los involucrados (lo cual ocurrió), Virgilio nota cómo «hizo de sus espaldas un pecho; y como quiso ver demasiado hacia adelante, ahora mira hacia atrás y camina en sentido inverso». (Canto 20).
Al prohibir los mercados de predicción la semana pasada, Minnesota se convirtió en el primer estado en reconocer que apostar por absolutamente cualquier cosa bajo el sol equivale a girar la cabeza 180 grados y caminar hacia atrás. Como lo demuestra el apostador anónimo sobre el secuestro de Nicolás Maduro, esto también abre un atajo hacia el círculo más bajo del Infierno, en la medida en que puede revelar secretos de Estado y equivaler efectivamente a una traición.
Dante tiene cada base cubierta en la Comedia. Nadie le compite a la hora de advertir cómo un acto aparentemente neutral —un acto que el Catecismo caracteriza acertadamente como no opuesto en sí mismo «a la justicia»— puede capitalizar fácilmente nuestra concupiscencia y dejarnos en los círculos más bajos del Infierno.
Sobre el autor
Daniel B. Gallagher dicta clases de filosofía y literatura en el Ralston College. Anteriormente se desempeñó como secretario de latín de los Papas Benedicto XVI y Francisco.