San Isidro echa las cuentas

San Isidro echa las cuentas
St. Isidore of Seville by Bartolomé Esteban Murillo, 1655 [Catedral de Santa María de la Sede de Sevilla, Spain] Source: Wikipedia

Por Casey Chalk

Es fácil perderse en la especulación numerológica bíblica, como demuestra incluso un estudio superficial de los Padres de la Iglesia. San Ireneo intentó explicar el número de la bestia de Apocalipsis 13:17–18 sumando el valor numérico de las letras griegas de los nombres «Evanthas», «Lateinos» y «Teitan» para obtener el ominoso 666. San Agustín argumenta el significado de los 153 peces capturados por los Apóstoles (Juan 21:11): existen los Diez Mandamientos, el número siete significa santidad, diez más siete son diecisiete, y si se suman todos los números del 1 al 17 (por ejemplo, 1+2+3, etc.) equivalen a 153. San Cirilo, por el contrario, divide el número 153 en 100 (el gran número de gentiles que se salvarán), 50 (el pequeño número de judíos que se salvarán) y 3 (la Trinidad).

Ante tales especulaciones aparentemente infundadas, es fácil caer en la tentación de tirar la toalla y concluir que buscar el significado espiritual en los diversos números de la Sagrada Escritura no es una empresa particularmente fructífera. Los escritos del Padre y Doctor de la Iglesia San Isidoro de Sevilla (560-636) —cuya festividad celebramos a principios de este mes— deberían, sin embargo, hacernos reflexionar. Su obra El significado místico de los números en la Sagrada Escritura ayuda a aclarar por qué el uso de los números en la Biblia es importante en la exégesis y la teología.

San Isidoro fue uno de los hombres más célebres del siglo VII. Nacido en una familia piadosa (sus hermanos Leandro y Fulgencio y su hermana Florentina también son santos), Isidoro fue nombrado con el tiempo Vicario Apostólico para toda España por el Papa San Gregorio Magno.

Convocó un Concilio de la Iglesia en España (el Segundo Concilio de Sevilla) en respuesta a la herejía de los acéfalos, que rechazaba las enseñanzas del Concilio de Calcedonia sobre la unión de las naturalezas divina y humana en Cristo. También convocó el Cuarto Concilio de Toledo, que vinculó la monarquía española a la Iglesia católica y estableció seminarios para la formación del clero.

Solo dieciséis años después de su muerte, la Iglesia española en Toledo acordó unánimemente que debía ser declarado tanto santo como Doctor de la Iglesia. Debido a sus escritos sobre los números, el Papa San Juan Pablo II declaró en 1997 a Isidoro como el santo patrón de internet.

La Sagrada Escritura enseña: «Pero tú lo has dispuesto todo con medida, número y peso». (Sabiduría 11:21) Inspirándose en esto, las Etimologías de Isidoro ven un valor simbólico en los números:

No debe pasarse por alto la importancia de los números, pues en muchos pasajes de las Sagradas Escrituras los significados místicos brillan a través de ellos con resplandor e iluminación. . . .Y si el número y la cantidad fueran quitados de la creación, todas las cosas perderían sus formas y dejarían de existir.

En El significado místico de los números en la Sagrada Escritura, Isidoro nos guía a través de tales interpretaciones, desde los números uno al doce.

El uno, por ejemplo, «representa tanto la indivisibilidad como la completitud», cuyo ejemplar y arquetipo es Dios mismo, origen de todas las cosas: «El uno o la unidad es la semilla y la base de todos los números subsiguientes. Pues de la unidad emanan o son creados todos los números posteriores». Por supuesto, el ejemplo más perfecto de unidad es Dios, como afirma el Shemá: «Escucha, Israel: el Señor nuestro Dios, el Señor es uno». (Deut. 6:4) La Iglesia también es una, aunque los pecados de sus miembros dañen sin duda esa unidad, al igual que los pecados del cristiano individual dañan la integridad de la totalidad de la persona humana creada a imagen de Dios.

El dos es el primer número que puede dividirse y, por tanto, «representa la posibilidad de una oposición fundamental», dando lugar a un conflicto potencial: el bien y el mal, la luz y la oscuridad, la vida y la muerte.

El Antiguo Testamento está lleno de ejemplos de tales oposiciones: Caín y Abel, Saúl y David, Israel y Judá. Jesús lo emplea constantemente en sus parábolas: el trigo y la cizaña, las ovejas y las cabras, los dos hijos. El análisis de Isidoro también anticipa una respuesta al pensamiento protestante: «Hay dos aspectos o medios que conducen al ser humano a la bienaventuranza de la vida, a saber, la fe y las buenas obras. La fe es una gracia o el don de la divinidad, mientras que las buenas obras proceden de una manera recta de vivir por parte del ser humano implicado».

La Trinidad llega a nosotros al contemplar el número tres. Isidoro observa que otras tradiciones filosóficas y religiosas también afirman una tríada divina: el neoplatonismo (Mónada, Intelecto, Alma) y el hinduismo (Brahma, Vishnu, Shiva). Parecería, pues, que no solo la Sagrada Escritura, «sino la organización y estructura del mundo y del universo mismo» está impregnada del número tres.

Luego, hay a su vez cuatro Evangelios, cuatro puntos cardinales vistos en los cuatro ríos que fluyen del paraíso (cf. Gén. 2:10-14); cuatro elementos y cuatro virtudes cardinales.

En la Biblia, el siete tiene un significado místico, entendido a menudo como signo de plenitud. El Génesis, por ejemplo, nos dice que siete días componen una semana. Nuestro Señor le dice a San Pedro que debemos perdonar al prójimo no siete veces, sino setenta veces siete, señalando el carácter ilimitado de la misericordia divina. (Mt. 18:21-22). San Juan dirige cartas a siete iglesias particulares en el Apocalipsis, representando la totalidad de la Iglesia. Y, como advertencia, el siete también puede servir como una inversión del bien: Jesús advierte de siete espíritus inmundos que regresan a un hombre (Lucas 11:26); hay siete pecados capitales para contrarrestar las siete virtudes y los siete dones del Espíritu Santo.

Es cierto que escudriñar las páginas de la Escritura en busca de ideas espirituales basadas en diversos números puede degenerar en la más extraña de las especulaciones. Testigo de ello es el «Gran Chasco» de los milleritas, que creían (basándose en cálculos bíblicos engañosos) que Jesús regresaría el 22 de octubre de 1844, o el evangelista de radio Harold Camping, que predijo que el 21 de octubre de 2011 sería la destrucción final del mundo.

No obstante, como también deja clara la exégesis de San Isidoro, existe un uso de los números divinamente ordenado en la Biblia que, bien comprendido, ilumina el sentido de la Escritura y la historia de la salvación.

Sobre el autor

Casey Chalk es autor de The Obscurity of Scripture y The Persecuted. Es colaborador de Crisis Magazine, The American Conservative y New Oxford Review. Es licenciado en Historia y Magisterio por la Universidad de Virginia y tiene un máster en Teología por el Christendom College.

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