Humildad: la Virtud abre las puertas al cielo

Por Yousef Altaji Narbon Jesús apóstoles
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Nos enseña Santo Tomás de Aquino lo siguiente, de forma clara y puntual: “La humildad dispone para acercarse libremente a los bienes espirituales y divinos” [Cf. Suma Teológica, 2-2, q. 161, a. 5].

La llave, la médula, la pieza para completar el acertijo de cómo alcanzar la santidad se llama la humildad. Esta virtud es malinterpretada y tergiversada por una amplia cantidad de Católicos que han sido malformados en la vida espiritual, tristemente esta virtud es tratada como una debilidad forzada, una pusilanimidad de espíritu, aniquilamiento de la fortaleza, y un maniqueísmo cuasi-virtuoso . El esplendor de esta virtud es casi insondable, a tal punto que las ideas erróneas previamente mencionadas, son diametralmente diferentes a lo que verdaderamente es la dulce virtud de la humildad. Si se pudiera resumir la virtud de la humildad en una oración sería: Aquella virtud que nos hace ver exactamente quienes somos con relación a Dios, sin engrandecer o disminuir lo que somos. ¡Quién lo diría, qué fantástica virtud para acercarnos a Dios! Se puede decir que la humildad es verse en el espejo de la verdad -quién es Dios Todopoderoso- para caer en cuenta del estado de nuestra alma y de ahí, ordenar todo conforme a Cristo Jesús. Hay bibliotecas enteras sobre esta magnífica virtud, libros exquisitos escritos por santos y exégetas, homilías extensas por los Padres de la Iglesia tratando únicamente esta virtud. Los maestros por excelencia de este tema son los santos, a continuación veremos extractos de lo que nos enseñan sobre esta virtud, en particular veremos a San Bernardo de Claraval, San Juan Clímaco, y San Juan María Vianney. 

San Bernardo de Claraval: 

Extractos del libro “Sobre los grados de la humildad y la soberbia” por el presente autor: 

“La humildad podría definirse así: es una virtud que incita al hombre a menospreciarse ante la clara luz de su propio conocimiento. Esta definición es muy adecuada para quienes se han decidido a progresar en el fondo del corazón. Avanzan de virtud en virtud, de grado en grado, hasta llegar a cima de la humildad. Allí, en actitud contemplativa, como en Sión, se embelesan en la verdad; porque se dice que el legislador dará su bendición. El que promulgó la ley, dará también la bendición; el que ha exigido la humildad, llevará a la verdad. ¿Quién es este

legislador? Es el Señor amable y recto que ha promulgado su ley para los que pierden el camino. Se descaminan todos los que abandonan la verdad. Y ¿van a quedar desamparados por un Señor tan amable? No. Precisamente es a éstos a los que el Señor, amable y recto, ofrece como ley el camino de la humildad. De esta forma podrán volver al conocimiento de la verdad. Les brinda la ocasión de reconquistar la salvación, porque es amable. Pero, ¡atención!, sin menoscabar la disciplina de la ley, porque es recto. Es amable, porque no se resigna a que se pierdan; es recto, porque no se le pasa el castigo merecido.” 

Bueno es, por tanto, el camino de la humildad; en él se busca la verdad, se encuentra la caridad y se comparten los frutos de la sabiduría. El fin de la ley es Cristo; y la perfección de la humildad, el conocimiento de la verdad. Cristo, cuando vino al mundo, trajo la gracia. La verdad, cuando se revela, ofrece la caridad. Pero siempre se manifiesta a los humildes. Por ello, la gracia se da a los humildes.” 

“La soberbia de la mente es esa viga enorme y gruesa en el ojo, que por su cariz de enormidad vana e hinchada, no real ni sólida, oscurece el ojo de la mente y oscurece la verdad. Si llega a acaparar tu mente, ya no podrás verte ni sentir de ti tal como eres o puedes ser; sino tal como te quieres, tal como piensas que eres o tal como esperas llegar a ser. ¿Qué otra cosa es la soberbia sino, como la define un santo, el amor del propio prestigio? Moviéndonos en el polo opuesto, podemos afirmar que la humildad es el desprecio del propio prestigio.” 

Señor Jesús, también yo, con muchísimo gusto, me gloriaré, si lo permite mi debilidad, en la rigidez de mi articulación, para que tu fuerza, la humildad, llegue en mí a su perfección; pues cuando mi fuerza desfallece, me basta tu gracia. Apoyando con fuerza el pie de la gracia y retirando con suavidad el mío, que es débil, subiré seguro por los grados de la humildad; hasta que, adhiriéndome a la verdad, pase a los llanos de la caridad. Entonces cantaré con acción de gracias y diré: Has puesto mis pies en un camino ancho. Así se avanza con mucha precaución; se sube peldaño a peldaño la difícil escalera, hasta que, incluso arrastrándose o cojeando en la misma seguridad, se logra la verdad. Pero, ¡desgraciado de mí!, mi destierro se ha prolongado. ¿Quién me diera alas de paloma para volar raudamente hacia la verdad y hallar el reposo en la caridad? Pero como no las tengo, enséñame, Señor, tu camino, para que siga tu verdad; y la verdad me hará libre. ¡Pobre de mí, que he bajado desde esa altura! Si por ligereza y dejadez no hubiese bajado, no tendría ahora que afanarme con tanto tesón para subir, y tan lento.”

San Juan Clímaco: 

Extractos del libro “La escala espiritual” por el presente autor: 

“En efecto, desde que empieza a florecer en nosotros el racimo de la santa humildad, comenzamos a odiar, no sin trabajo, toda gloria y toda alabanza humana y a desterrar de nuestra alma la irritación y la cólera. A medida que esta reina de las virtudes progresa en nuestra alma y crece espiritualmente, comenzamos a considerar como nada, o mejor aún, como una abominación, todo el bien que hemos llevado a cabo, y estimamos que nuestra culpa se agranda al dilapidar nuestros bienes sin saberlo; en cuanto a la abundancia de la gracias divinas que nos son otorgadas, consideramos que agravan nuestro castigo, pues no somos dignos de ellas” 

La primera y más eminente propiedad de esta excelente y admirable trinidad es la aceptación, plena de alegría, de la humillación, que el alma recibe y acoge, con las manos extendidas, como un remedio que alivia y cauteriza sus enfermedades y sus faltas graves. La segunda propiedad es la pérdida de toda irritabilidad y la modestia que acompaña a este apaciguamiento. El tercer grado, el más elevado, es una sincera desconfianza de lo que se posee de bueno y el continuo deseo de instruirse.” 

“El sol ilumina todo lo que vemos y la humildad fortifica todo lo que la razón nos incita a hacer. En ausencia de la luz todo está oscuro; donde falta la humildad, todo lo que poseemos se marchita.” 

“Los demonios malvados sembraron alabanzas en el corazón de un asceta que se esforzaba por adquirir la bienaventurada humildad; pero gracias a una inspiración divina, encontró el medio de vencer la malicia de los espíritus por medio de una piadosa artimaña. Escribió en la pared de su celda los nombres de las virtudes más sublimes: el amor perfecto, la humildad angelical, la oración pura, la castidad incorruptible y otras semejantes. Y cuando los pensamientos comenzaron a alabarlo, les dijo: «Vamos al juicio.» Y, dirigiéndose a los nombres escritos, los leía y se gritaba a sí mismo: «Cuando poseas todas esas virtudes sabrás qué lejos estás todavía de Dios.»” 

La humildad es la puerta del Reino, que deja entrar a todos los que se aproximan. De ella, creo, hablaba el Señor cuando dijo: «Todos los que han venido delante de mí, son ladrones y

salteadores; pero las ovejas no los escucharon. Yo soy la puerta; si uno entra por mí, estará a salvo; entrará y saldrá y encontrará pasto»” 

San Juan María Vianney: 

Extractos de la homilía sobre la Humildad por el presente autor: 

“Si el orgullo engendra todos los pecados, podemos también decir que la humildad engendra todas las virtudes. Con la humildad tendréis todo cuanto os hace falta para agradar a Dios y salvar vuestra alma; mas sin ella, aun poseyendo todas las demás virtudes será cual si no tuvieseis nada. “Esta hermosa virtud, dice san Bernardo, fue la causa de que el Padre Eterno mirase a la Santísima Virgen con complacencia; y si la virginidad atrajo las miradas divinas, su humildad fue la causa de que concibiese en su seno al Hijo de Dios. Si la Santísima Virgen es la Reina de las Vírgenes, es también la Reina de los humildes” 

Digo que la humildad es el fundamento de todas las demás virtudes. Quien desea servir a Dios y salvar su alma, debe comenzar por practicar esta virtud en toda su extensión. Sin ella nuestra devoción será como un montón de paja que habremos levantado muy voluminoso, pero al primer embate de los vientos queda derribado y deshecho. El demonio teme muy poco esas devociones que no están fundadas en la humildad, pues sabe muy bien que podrá echarlas al traste cuando le plazca. Lo cual vemos aconteció a aquel solitario que llegó hasta a caminar sobre carbones encendidos sin quemarse; pero, falto de humildad, al poco tiempo cayó en los más deplorables excesos. Si no tenéis humildad, podéis decir que no tenéis nada, a la primera tentación seréis derribados.” 

“Es preciso que, si queremos que nuestras obras sean premiadas en el cielo, vayan todas ellas acompañadas de la humildad. Al orar, ¿poseéis aquella humildad que os hace consideraros como miserables e indignos de estar en la santa presencia de Dios? Si fuese así, no haríais vuestras oraciones vistiéndoos o trabajando. No. no la tenéis. Si fueseis humildes, ¡con qué reverencia, con qué modestia, con qué santo temor estaríais en la Santa Misa! No se os vería reír, conversar, volver la cabeza, pasear vuestra mirada por el templo, dormir, orar sin devoción, sin amor de Dios. Lejos de hallar largas las ceremonias y funciones, os sabría mal el término de ellas, y pensaríais en la grandeza de la misericordia de Dios al sufriros entre los fieles, cuando por vuestros pecados merecéis estar entre los réprobos. Si tuvieseis esta virtud, al pedir a Dios

alguna gracia, haríais como la Cananea, que se postró de hinojos ante el Salvador, en presencia de todo el mundo; como Magdalena, que besó los pies de Jesús en medio de una numerosa reunión.” 

Si fueseis humildes, harías como aquella mujer que hacía doce años que padecía flujo de sangre y acudió con tanta humildad a postrarse a los pies del Salvador, a fin de conseguir tocar el extremo de su manto. Si tuvieseis esta virtud al confesaros, ¡cuán lejos andaríais de ocultar vuestros pecados, de referirlos como una historia de pasatiempo y, sobre todo, de relatar los pecados de los demás! ¿Cuál sería vuestro temor al ver la magnitud de vuestros pecados, los ultrajes inferidos a Dios, y al ver, por otro lado, la caridad que muestra al perdonaros? ¡Dios mío!, ¿no moriríais de dolor y de agradecimiento?…” 

¡Ánimo queridos hermanos! Estos extractos son suficientes para inspirar en nuestra alma sentimientos de firme confianza en el poder de Dios para alcanzar esta virtud. Nos podemos llegar a desanimar a pensar que es algo tan sublime, lejano, y solo para los perfectos; esto es sumamente errado porque la humildad consiste en una virtud para aquellos que desean amar a Dios desde la sencillez de su corazón. Con solo poner lo poco que tenemos al servicio de Nuestro Señor Jesucristo, decirle que no somos nada comparados a su majestad infinita, reconocer que necesitamos de su ayuda para salvar nuestra alma, solo con esto -que parece mínimo- el regalo anhelado de la humildad será recibido. Es recomendable invocar a aquella quien es la más humilde de todas las criaturas, a tal punto que el Altísimo la ha constituido Inmaculada y Corredentora del género humano, la Santísima Virgen María, para que ella nos socorra en nuestra debilidad espiritual. Para empezar a pedir esta virtud mediante el ejercicio de la oración, es conveniente hacer las Letanías de la Humildad, compuestas por el brillante Cardenal Rafael Merry de Val, amigo íntimo del Papa San Pío X, quien también anda cursando el proceso de canonización. Estas letanías son de provecho por su contenido preciso de lo que deseamos para nuestra vida en conformidad de las cualidades de un siervo del Señor que es manso y humilde de corazón igual a su maestro. Confianza y ánimo, Cristo nos ha dado las herramientas para entregarnos totalmente a su Sagrado Corazón, reconozcamos nuestra nada para confiar en su yugo suave y dulce.

Yousef Altaji Narbon

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Comentarios
2 comentarios en “Humildad: la Virtud abre las puertas al cielo
  1. Excelente artículo, bendito sea Dios que me anima de múltiples maneras a seguir, para mí, el arduo camino de la conversión.
    Mi larga vivencia espiritual sembrada especialmente de tantas caídas, por mi soberbia, que recién la estoy palpando realmente a mis 70 años, a la que teóricamente creía conocerla, confirma lo que aquí expone el autor del artículo
    Gracias Infovaticana

  2. Hermosa y necesaria virtud.

    Siempre hay que estar con las tijeras en mano, prestos a cortar los brotes de soberbia.

    A mi me gusta como la definía Sta Teresa de Jesús :»andar en la verdad».así no hay riesgo de pusilaminidad, posturas impostadas, cobardía..

    Añadiría otra cita (no es textual), pero que vale para el segundo mandamiento más importante:amar al prójimo. Viene a decir la doctora de la Iglesia:debemos tener siempre en mente nuestros pecados, así sabremos ejercer la caridad con el prójimo (es la interpretación mia).

    El propio conocimiento es esencial, para vernos, un poco, con los ojos con que Dios nos ve.

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