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Pablo VI y la histórica visita a las Naciones Unidas

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“Hay acontecimientos que, por su carácter simbólico, marcan la historia más profundamente que un libro o un documento doctrinal”. Con esta reflexión inicia el historiador Roberto de Mattei el relato de la visita de Pablo VI a las Naciones Unidas en 1965, recogido en el libro Concilio Vaticano II. Una historia nunca escrita. Una visita que, como explica De Mattei, imprimió una orientación decisiva a la última sesión del Concilio Vaticano II.

A continuación, reproducimos el fragmento del libro sobre el Concilio Vaticano II de Roberto de Mattei que reconstruye este acontecimiento histórico: 

“Era el día de la fiesta de San Francisco de Asís y aquel año se celebraba el vigésimo aniversario de la fundación de las Naciones Unidas. El Papa fue recibido en el Palacio de Cristal por el Secretario General de la Institución, el birmano U-Thant, y por el Presidente de turno de la Asamblea, el italiano Amintore Fanfani. Estaban presentes cerca de dos mil delegados en representación de 115 países, prácticamente la totalidad de las naciones del mundo. A las tres y media de la tarde, el Papa pronunció su esperado discurso, desde el podio de mármol verde de la gran sala del Palacio de Cristal. Pablo VI, hablando en francés, se definió como “experto en humanidad” y elogió los servicios prestados a la humanidad por la ONU, un organismo al cual competía la misión de la “construcción de la paz”.

Nuestro mensaje quiere ser, en primer lugar, una ratificación moral y solemne de esta altísima institución. Este mensaje viene de Nuestra experiencia histórica; y, como ‘experto en humanidad’, traemos a esta Organización el sufragio de Nuestros últimos Predecesores, el de todo el Episcopado católico, y el Nuestro, convencidos como estamos de que esta organización representa el camino obligado de la civilización moderna y de la paz mundial.

Pablo VI, que veía la “amenaza más grave para la ruptura de la paz” en la “desigualdad entre clases y entre naciones”, elevó con tono vibrante su grito contra la guerra:

Atendedme en esta palabra, que no puede despojarse de gravedad y de solemnidad: ¡jamás los unos contra los otros, nunca más! ¿No fue principalmente con esta finalidad con la que surgió la Organización de las Naciones Unidas?, ¡contra la guerra y por la paz! Escuchad las palabras de un gran desaparecido, John Kennedy, que hace cuatro años, proclamaba: ‘la humanidad debe acabar con la guerra, o la guerra acabará con la humanidad’. No son necesarias muchas palabras para proclamar la suprema finalidad de esta institución. Basta recordar que la sangre de millones de hombres, innumerables e inauditos sufrimientos, inútiles tragedias y tremendas ruinas sancionan el pacto que os une, con un juramento que debe cambiar la historia futura del mundo: ¡nunca más la guerra, nunca más! ¡La paz, la paz debe guiar el destino de los Pueblos y de toda la humanidad!

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La exclamación de “Jamais plus la guerre, jamais plus la guerre!” resumía el significado del viaje papal. El columnista norteamericano Walter Lippman consideró que la esencia del viaje estaba en la “ratificación moral” de las Naciones Unidas por parte del Papa y el mensaje según el cual “la primera cruzada de la humanidad es la cruzada contra la guerra y por la paz”.

En Nueva York, Pablo VI se entrevistó con el ministro de Asuntos Exteriores de la Unión Soviética, Gromyko, al que recibió en una audiencia oficial “cuya importancia fue naturalmente destacada” -tal como afirmaba el comunicado de la agencia soviética Tass. En aquel breve encuentro -recordará Gromyko- el Pontífice se detuvo en la posibilidad de una colaboración entre diferentes ideologías a favor de la paz.

El día en que Pablo VI se encontraba en la ONU, Mons. Bettazzi pidió la canonización del Papa Juan XXIII, “Padre y maestro de todos los hombres de buena voluntad”. La iniciativa se consideró imprudente y fue bloqueada por el Cardenal Suenens, también por voluntad del propio Pablo VI.

El 5 de octubre, ya de regreso de Nueva York, el Papa resumió ante el Concilio reunido el significado de su misión. Pablo VI fue directamente del aeropuerto a San Pedro y, cuando entró en la Basílica, los aplausos ahogaron por completo el canto del Tu es Petrus. Dirigiéndose a los Padres conciliares en latín, dijo: “Agradecemos al Señor, venerados hermanos, por haber tenido la fortuna de anunciar, en cierto sentido, a los hombres de todo el mundo el mensaje de la paz. Nunca este anuncio evangélico había tenido un auditorio más amplio y, podemos decir, más dispuesto y ávido de escucharlo (…) lamentamos –añadía el Papa – que el intérprete de una hora tan brillante haya sido nuestra humildísima persona (…); lo lamentamos, pero no dejamos que eso afecte a nuestra alegría por el valor profético asumido por nuestro anuncio: en nombre de Cristo hemos predicado la paz a los hombres

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El grito de Pablo VI en la ONU – “¡Nunca más la guerra!”- resonó varias veces en el Aula Conciliar. A petición del Cardenal Liénart, el discurso papal se incluyó en las Acta conciliares. El propio Liénart, el 6 de octubre, afirmó que, frente a las armas modernas, la clásica distinción entre guerra justa e injusta había dejado de tener sentido, y los hombres debían dejar de pensar en defender sus derechos con las armas. La exhortación pacifista de Pablo VI fue, además, retomada por los Cardenales Alfrink y Léger y por el benedictino Padre Butler, que pidieron una condena, por parte del Concilio, de la posesión y del uso de las armas nucleares. Con respecto al problema de la paz -observó el Cardenal Duval, Arzobispo de Argel y portavoz de un grupo de Obispos africanos- se debería establecer un nuevo modo de pensar y un cambio de mentalidad (metanoia). De forma sintética, era necesario poner de relieve que los problemas del hambre, de la ignorancia y de la injusticia son los males que llevan a la guerra. Un caluroso aplauso saludó, el 7 de octubre, la inesperada intervención del Cardenal Ottaviani a favor de la paz, de las condiciones necesarias para promoverla, de proseguir con su objetivo histórico y no utópico de una única sociedad mundial que abarcase todas las naciones de la tierra.

Mons. Boillon, Obispo de Verdún, se refirió en el Aula al “ayuno” por la paz de veinte mujeres cristianas, la primera de una serie de acciones “no violentas” que habrían de caracterizar la era conciliar. “La no violencia –escribía el diario “Le Monde” los días 10-11 de octubre – había entrado en Roma de puntillas”.

En aquellos años en los que la guerra de Vietnam y los movimientos pacifistas y tercermundistas indicaban una “tercera vía” entre el capitalismo y el comunismo, la exhortación de Pablo VI adquiría, más allá de sus intenciones, un innegable significado político. El historiador Victor Zaslavsky documentó que el fundador del movimiento pacifista fue, en los años 50, Stalin, para quien “la lucha por la paz” era un producto para exportar, naturalmente contraponiendo las “guerras justas” (las de la URSS y sus aliados) a las “guerras injustas”, emprendidas en el campo occidental. En este sentido -como escribe Riccardo Burigana- “el discurso de Pablo VI en el Palacio de Cristal sobre la reducción de los armamentos y la lucha contra el hambre en el mundo puso en primer plano temas queridos por la propaganda comunista, en clara contraposición a los modelos de Occidente”.

La Organización de las Naciones Unidas, fundada en 1945, había recogido la herencia “moral” de la Sociedad de Naciones y el utópico sueño del Presidente norteamericano Woodrow Wilson de instaurar un nuevo orden mundial bajo el signo de la paz, del progreso y de la justicia. Pío XII había contrapuesto a la ONU, como modelo de organización internacional, la Iglesia Católica, fuente de auténtico derecho y verdaderos valores. Bajo su pontificado, la revista de los jesuitas Civiltà Cattolica había denunciado el equívoco institucional de la ONU que admitía a la URSS, con derecho a veto, en su Consejo de Seguridad, y excluía a la España del General Franco, condenándola en su segunda asamblea. Las Naciones Unidas habían dado pruebas de su fracaso en concreto con motivo de la invasión soviética de Hungría, en 1956 y, en el plano del derecho internacional, se revelaron incapaces –como ya lo había sido la Sociedad de Naciones- de garantizar la paz y la seguridad en el mundo.

En el plano ideológico, a partir de los años 70, el pensamiento socialcomunista y feminista pasó a ser la línea de acción internacional de la ONU que comenzó a ejecutar un plan sistemático de promoción y aplicación de una política antinatalista y se convirtió en uno de los principales “laboratorios ideológicos” del laicismo anticristiano. En 1998, el Pontificio Consejo para la Familia declaró que “desde hace cerca de treinta años, las conferencias patrocinadas por esta Organización [la ONU] han tenido el efecto de provocar preocupaciones infundadas sobre las cuestiones demográficas, más concretamente en los Países del Sur”, y Juan Pablo II, en la Encíclica Evangelium vitæ, habló de una “objetiva conjuración contra la vida”, puesta en práctica implícitamente también por “instituciones internacionales, empeñadas en alentar y programar verdaderas y auténticas campañas para difundir la contracepción, la esterilización y el aborto”.

(Del libro Concilio Vaticano II. Una historia nunca escrita, de Roberto de Mattei)

2 comentarios en “Pablo VI y la histórica visita a las Naciones Unidas
  1. Sobresaliente el articulo. La peticion de Consagracion de Rusia pedida en Fatima, que no se ha hecho,era en el fondo una condenacion implicta del comunismo. Tambien, ninguna institucion publica (ONU), ni gobierno del mundo tuvo tampoco el valor de hacer un juicio de Nuremberg al comunismo. Los errores del comunismo se han extendido por el mundo entero impulsados por la ONU y la globalizacion.

  2. Yo no vengo a traer paz al mundo. Espero que el improbable lector reconozca al autor de la frase. Si el Papa se presenta a sí mismo como un “experto en humanidad”, lo mismo podría decir el responsable de cualquier ONG filantrópica. ¿En tan poco tiene el hecho de ser el vicario de Cristo en la Tierra?. En la época en la que estas palabras fueron pronunciadas, el pacifismo era sobre todo una estrategia de la izquierda para que un país tras otro fuera cayendo dentro de la esfera de influencia comunista. Por supuesto los pacifistas no se manifestaban en Occidente ni por la represión violenta de la URSS en Alemania, ni en Hungría ni en Checoslovaquia. Pablo VI se sumó al juego. Hoy día, la izquierda intenta borrar la identidad cristiana de Europa y disfraza la invasión musulmana como un acto de caridad y el papa actual también se ha sumado al carro. En resumen, Pablo VI se avergonzó delante de los príncipes del mundo de que era experto “en traer a Dios al mundo”.

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