Miles de morelenses, familias enteras, madres buscadoras, jóvenes, transportistas, comerciantes, religiosos, laicos y personas de buena voluntad, tomaron las calles de Cuernavaca el sábado 16 de mayo de 2026 en la XII Caminata por la Paz convocada por la diócesis de Cuernavaca. Encabezados por el obispo Ramón Castro Castro, caminaron de forma pacífica, ordenada y decidida. No era una marcha más. Era la expresión concreta de un pueblo que, tras doce años consecutivos de salir a la calle, sigue negándose a acostumbrarse al miedo y a la violencia como destino inevitable.
La participación fue masiva. Ahí no sólo iban quienes dieron alegría con sus cantos, también las madres buscadoras, todos quienes cargan con una cruz, la de la violencia encarnada y que cambió para siempre sus vidas; sin embargo, lejos de la resignación, acompañados de un pueblo en marcha, desde todos los rincones de la diócesis llegaron parroquias, colegios, comunidades religiosas y asociaciones, creyentes o no, convergieron en un objetivo propio. El número de asistentes superó con creces ediciones anteriores. En un estado donde nueve de cada diez ciudadanos se sienten inseguros, esa multitud pacífica que ocupó las avenidas principales fue, por sí sola, un acto de valentía cívica y de fe. Desafiaron, sin violencia alguna, a quienes —desde ciertos círculos políticos hasta el crimen organizado— quisieran silenciar la voz de la Iglesia y de miles de creyentes. No lo lograron. La caminata demostró que la calle es ágora de ciudadanía y que la verdad también es una forma de justicia.
En su mensaje, el obispo Ramón Castro Castro no maquilló la realidad. Acrisolado y templado por el paso de trece años de pastoral en la diócesis que también fue la de Méndez Arceo y de Posadas Ocampo, con la autoridad de quien camina con su pueblo, contrastó las cifras oficiales que celebran triunfalmente la disminución del delito con la crudeza de lo que se vive en el territorio. Morelos ocupa el primer lugar nacional en percepción de inseguridad, el segundo en homicidio doloso, el primero en feminicidios y en violencia política, y el décimo en reclutamiento de menores por el crimen organizado. “Mentir sobre la realidad también es una forma de violencia”, afirmó con claridad. Y puso nombres y lugares concretos. Denunció la extorsión que obliga a comerciantes del oriente del estado —Huautla, Yecapixtla, Cuernavaca— a pagar “derecho de piso” a dos grupos criminales distintos solo por sobrevivir. Recordó el asesinato de la activista afroamericana Sandra Rosa Camacho, delegada municipal en Temoac, quien había denunciado redes de extorsión y fue asesinada pese a haber advertido públicamente del peligro.
Pero la denuncia más desgarradora fue la de Huautla. En uno de los rincones más pobres y olvidados de Morelos, el crimen organizado no solo cobra cuota “por vivir”, sino que amenazó de muerte al párroco de San Francisco de Asís. El sacerdote tuvo que abandonar la comunidad para salvar su vida. Hoy Huautla está sin pastor, sin Eucaristía, sin acompañamiento a los enfermos, sin bautizos ni funerales. “El crimen organizado no solo ha extorsionado a esa gente, ha apagado la última luz que les quedaba, ha intentado borrar hasta la presencia de Dios en medio de ellos”, denunció el obispo con la fuerza de un pastor que no calla. Esa es la realidad que las narrativas oficiales de “paz” y “progreso” —especialmente en un año de Mundial de fútbol que quiere vendernos que “todo va muy bien”— cuando se quiere maquillar esta cara, como cuando se maquilla el rostro de un muerto que aparenta dormir.
Frente a este dolor, la Iglesia no se limitó a lamentarse. Propuso caminos concretos para construir la paz, retomando las pautas del Núcleo por la Paz surgidas del encuentro de Guadalajara, poner a las víctimas siempre en el centro, no como estadísticas, sino como personas con nombre y rostro, asumir la corresponsabilidad social, reconocer que la violencia no es solo culpa del gobierno ni solo del crimen, comprometerse con procesos de largo plazo, no callar ante la injusticia y cultivar una esperanza organizada y perseverante.
El obispo fue aún más lejos. Dirigiéndose a las autoridades estatales, municipales y federales, les dijo sin ambigüedad: “Esta caminata no es una marcha contra ustedes, es una caminata con ustedes”. Les pidió que no abandonen Huautla, que protejan a las madres buscadoras, que den seguridad a transportistas y comerciantes, que ofrezcan a los jóvenes alternativas reales de educación y empleo digno. Y les recordó que gobernar tiene la responsabilidad de garantizar seguridad y bienestar.
Pero el llamado más profundo fue a la conversión. No a una mera “transformación” administrativa o de imagen, sino a una metanoia radical, un cambio total de mentalidad y de corazón. “Le pido a María que interceda por la conversión de tantos hermanos que con sus actitudes y decisiones generan la violencia”, dijo el pastor. Conversión para los criminales que extorsionan y matan; conversión para las autoridades que maquillan cifras o se cruzan de brazos; conversión también para la propia Iglesia, que debe reconocer sus omisiones y salir del templo para acompañar el dolor porque la paz, insistió, no nace de discursos optimistas ni de estadísticas maquilladas, sino de la valentía de mirar de frente las heridas y de recuperar la conciencia de que “nadie puede salvarse solo”.
Frente a todo esto, el clamor se elevó claro y unánime: ¡Basta ya! ¡Basta ya de tanta violencia! ¡Basta ya de cobrar piso por vivir en tu propia tierra! ¡Basta ya de tantos feminicidios y de tanta impunidad! ¡Basta ya de tanta corrupción! ¡Basta ya de robarles a nuestros jóvenes su futuro! ¡Basta ya de expulsar a los pastores de sus comunidades!
Al concluir la caminata, el obispo Ramón Castro Castro invocó la oración por la paz y recordó que Cristo resucitado es nuestra única fundamentación segura. Esa jornada del 16 de mayo fue, en el más pleno sentido evangélico, un kairós ciudadano, un momento de gracia en el que el Espíritu Santo se hizo visible en las calles de Morelos… kairós que permite sanar, restaurar y recomenzar… Kairós que, en medio de un México que por el Mundial quiere aparentar que todo marcha bien, cataliza el dolor acumulado y lo convierte en fuerza profética que toma las calles.
Mientras haya hombres y mujeres dispuestos a caminar juntos, la oscuridad no logra apagar del todo la luz. La XII Caminata por la Paz fue la manifestación del Espíritu que sigue soplando para que, como dice el obispo, en Él “nuestro pueblo tenga vida digna”. ¡Mucho ánimo! La paz es posible. Y Morelos ya empezó a construirla con sus propios pies, caminado en este tiempo de Dios.