En el marco del centenario de la institución de la solemnidad de Cristo Rey por la encíclica Quas Primas de Pío XI (1925), el obispo de Cuernavaca y presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano, Ramón Castro Castro, continúa la serie de catequesis “Testigos del Reino”. Esta temporada, difundida a través de los canales oficiales de la Conferencia del Episcopado Mexicano recupera la memoria de los mártires mexicanos como propuesta de discipulado concreto, en ellos se contempla la verdad de que la muerte no tiene la última palabra y que la vida en Cristo es más fuerte que cualquier amenaza.
La entrega más reciente, titulada “Fortaleza en la prueba”, se centra en San Tranquilino Ubiarco Robles (1899-1928). Castro Castro parte de las palabras de Jesús: “En el mundo tendrán aflicción, pero tengan ánimo: yo he vencido al mundo” (Jn 16,33). La fortaleza cristiana, insiste, no nace de la dureza de carácter, sino del encuentro con Cristo crucificado y resucitado. Tranquilino, nacido en Zapotlán el Grande (Jalisco), conoció desde niño la pobreza y el trabajo. Ordenado sacerdote, ejerció su ministerio en Tepatitlán durante uno de los momentos más peligrosos de la persecución. Se disfrazaba de arriero, campesino u obrero para visitar enfermos, celebrar la Eucaristía y administrar los sacramentos; organizaba ayuda para los desplazados. No buscaba la muerte, pero estaba dispuesto a entregarla por Cristo.
Arrestado mientras preparaba un matrimonio, en la cárcel consoló, confesó y rezó con los presos en lugar de quejarse. Antes de ser ejecutado preguntó quién sería el encargado de ahorcarlo no para acusarlo, sino para perdonarlo. Bendijo la soga y, a un soldado que se negó a participar, le repitió las palabras del Maestro: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”. Tenía veintinueve años. Su fortaleza, subraya el obispo, nació del amor. Castro enlaza este testimonio con las enseñanzas de León XIV sobre la paz desarmada que comienza por desarmar el corazón y con Magnifica Humanitas, que señala las nuevas pruebas contemporáneas: manipulación de la información, esclavitudes digitales, ruido permanente y pérdida de la capacidad de escuchar la conciencia.
Frente a ellas se necesita la misma fidelidad de Tranquilino: permanecer en la verdad y formar la conciencia. Las pruebas de hoy encuentran en este mártir el recordatorio de que Cristo no abandona a quienes permanecen unidos a Él. La catequesis concluye con la invocación a Santa María de Guadalupe, Madre de los Mártires, y el grito “¡Viva Cristo Rey! ¡Viva Santa María de Guadalupe!”.
Esta entrega se inscribe en una serie que, desde julio de 2026, ha desarrollado ya dieciocho capítulos. La temporada se presenta como continuación y profundización de la anterior “Venga a Nosotros Tu Reino”, también impulsada por Castro en el mismo horizonte del centenario de Cristo Rey y de la Doctrina Social de la Iglesia. Mientras aquella exploraba el Reino en la vida social, familiar y económica, “Testigos del Reino” desciende al núcleo del testimonio, el mártir como testigo no como héroe o soldado, sino como quien ha visto y da testimonio con su vida y su muerte.
Las primeras entregas trazan el itinerario teológico, el significado originario del martirio, la memoria eclesial que lo custodia desde los martirologios del siglo II y la encarnación concreta en un sacerdote mexicano. Luego se despliegan las figuras individuales, con títulos que articulan virtudes y temas pastorales actuales.
Entre los capítulos documentados destacan:
- “¿Qué significa ser mártir?”, que distingue el martirio cristiano —acto perfecto de caridad según Santo Tomás, que da la vida, perdona y no odia— del fanatismo o terrorismo, citando a Benedicto XVI: el mártir es un hombre transformado por el amor de Dios.
- El dedicado a San Sabás Reyes Salazar, “mártir de la perseverancia”, vicario de Tototlán que, atado tres días sin agua ni alimento y con las palmas quemadas, fue fusilado el 12 de abril de 1927 sin renunciar a su pueblo ni a su fe.
- “Llamados a ser valientes por Cristo”, sobre San José Sánchez del Río (“Joselito”), el niño de catorce años de Sahuayo, patrono de la juventud, que con las plantas de los pies desolladas gritaba “¡Viva Cristo Rey!” hasta el final.
- “El perdón que sana y libera”, centrado en Santo Toribio Romo González, mártir del perdón y patrono de los migrantes, que ofreció su sangre por la paz de la Iglesia y murió repitiendo “Padre, perdónalos”.
- “La oración, fuerza del testigo”, sobre San Miguel de la Mora, protomártir de Colima, que frente al pelotón sacó el rosario y oró; su fuerza nació de la interioridad.
- “Paz interior que transforma el mundo”, sobre San José Isabel Flores Varela, hombre de oración y eucaristía que, traicionado y torturado, mantuvo la serenidad hasta el fin.
- “Esperanza: apoyo seguro en la tormenta”, sobre San David Uribe Velasco, que rechazó una “iglesia mexicana” separada del Papa y prefirió ser ungido con su propia sangre.
- “Audacia evangelizadora”, sobre el Beato Miguel Agustín Pro, el jesuita que, con los brazos en cruz, gritó “¡Viva Cristo Rey!” y cuyas fotografías encendieron la fe.
- “Ser testigo”, sobre el Beato Anacleto González Flores, laico, abogado y catequista, patrono de los laicos mexicanos, modelo de resistencia pacífica y formación de conciencias.
- “Libertad para servir, libertad para amar”, sobre San Luis Batis Sáinz y los laicos Manuel Morales, David Roldán y Salvador Lara, que eligieron permanecer juntos hasta el cielo.
- “Matrimonio: vocación al amor perfecto”, sobre el Beato Salvador Huerta Gutiérrez, mecánico cuya familia era una iglesia doméstica.
- “La fuerza de Dios en la debilidad”, sobre el Beato José Trinidad Rangel, sacerdote frágil y escrupuloso cuya santidad revela que la fortaleza no es de hierro, sino de Dios.
- “Testigos sin derramar sangre: la santidad de la entrega cotidiana”, sobre Santa María de Jesús Sacramentado Venegas (Madre Naty), primera mexicana canonizada, modelo de martirio blanco en el servicio diario.
- Y el más reciente, “Fortaleza en la prueba”, sobre Tranquilino Ubiarco.
Otros capítulos abordan figuras como Justino Orona Madrigal (fidelidad sin condiciones del pastor que no huyó) y profundizan en la dimensión laical, familiar y cotidiana del testimonio. La serie no se limita a los veinticinco canonizados por Juan Pablo II el 21 de mayo de 2000 (San Cristóbal Magallanes y compañeros); incorpora beatos y santos de la entrega cotidiana, mostrando que el testimonio abarca tanto el martirio rojo como el martirio blanco.
Desde una perspectiva pastoral, la serie actualiza el martirio a las fragilidades contemporáneas. Castro insiste en que la perseverancia final no es logro de la voluntad, sino don de quien se abandona en Dios. En un contexto marcado por la polarización, la violencia, la desinformación y las “cárceles sin rejas” del rencor, los mártires ofrecen claves concretas: el perdón que libera a quien lo da, la oración como fuente de fuerza, la fidelidad a la comunión eclesial, la audacia evangelizadora desarmada y la santidad en lo ordinario. La referencia reiterada a León XIV y a Magnifica Humanitas subraya la urgencia de formar conciencias capaces de escuchar en medio del ruido digital y de custodiar las relaciones humanas frente a la lógica del descarte.
Históricamente, la serie sitúa los hechos en el contexto de la aplicación de la Ley Calles y la Guerra Cristera (1926-1929), cuando el grito “¡Viva Cristo Rey y Santa María de Guadalupe!” se convirtió en lema de resistencia. No se trata de idealizar el conflicto, sino de recuperar el testimonio de quienes, en su mayoría sacerdotes y laicos que no empuñaron armas, entregaron la vida por la libertad religiosa y la fidelidad a Cristo. El énfasis en el perdón a los verdugos y en la serenidad final distingue claramente el martirio cristiano de cualquier forma de violencia o fanatismo.
La relevancia actual es evidente. En un México que sigue enfrentando violencia, desapariciones, polarización y desafíos a la libertad religiosa y de conciencia, la catequesis invita a permanecer firmes, a perdonar y a creer hasta el último momento. La familia, el joven, el enfermo y el trabajador encuentran en estos testigos no modelos inalcanzables, sino la confirmación de que la unión con Cristo basta. La intercesión de Santa María de Guadalupe, Madre de los Mártires, y de Tranquilino Ubiarco cierra el arco: “Venga a nosotros tu Reino”.