“Cumbre” de obispos norteamericanos en la diócesis de Cuernavaca

La cumbre de los presidentes de las conferencias episcopales de México, Estados Unidos y Canadá se abre el 30 de agosto en Cuernavaca, bajo la hospitalidad de Ramón Castro Castro. El encuentro aspira a articular una voz común para la Iglesia en el subcontinente.

“Cumbre” de obispos norteamericanos en la diócesis de Cuernavaca

A partir del 30 de agosto, la diócesis de Cuernavaca se convierte en sede de un encuentro que, por su composición y por el momento en que ocurre, tiene pocas analogías en la historia reciente de la Iglesia en México. Los presidentes de las tres conferencias episcopales de América del Norte, Ramón Castro Castro, obispo de Cuernavaca y presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM); el arzobispo Paul Stagg Coakley, de Oklahoma City, presidente de la United States Conference of Catholic Bishops (USCCB) y Pierre Goudreault, obispo de Sainte-Anne-de-la-Pocatière y presidente de la Canadian Conference of Catholic Bishops (CCCB), se reúnen en la capital morelense para un diálogo pastoral de alcance continental.

Castro preside la CEM desde noviembre de 2024 será el anfitrión en la diócesis que acoge lo que puede llamarse una “cumbre” y considerado como “encuentro fraterno” de presidencias episcopales en un territorio marcado por la violencia, las desapariciones y que contrasta con una larga tradición de caminatas por la paz que el propio obispo ha encabezado año tras año.

El marco temporal refuerza el simbolismo del 2026, año del centenario de los mártires mexicanos de la persecución religiosa y el primero de un pontificado del primer papa nacido en Estados Unidos, además de diferentes encuentros de obispos del continente. En febrero, los comités ejecutivos de la USCCB, la CCCB y el Consejo Episcopal Latinoamericano y Caribeño (CELAM) celebraron en Tampa, Florida, la reunión bienal de las Américas, once obispos, entre ellos Coakley y Goudreault, junto con el cardenal Jaime Spengler, presidente del CELAM.

En abril, la arquidiócesis de Montreal acogió otro foro, de naturaleza distinta, un encuentro de pastoral de la movilidad humana con obispos de Canadá, Estados Unidos y México entre los que estuco el obispo de Matamoros-Reynosa, Eugenio Lira Rugarcía, con el Observatorio de Movilidad Humana de Centroamérica, México y el Caribe (OSMECA), además del cardenal Fabio Baggio del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral. Cuernavaca se inserta en esa intensificación del diálogo continental, pero con un formato más reducido y específicamente norteamericano.

Ninguna de las tres conferencias ha publicado, al cierre de esta edición, un temario exhaustivo de la “cumbre” en Cuernavaca. Aun así, el mapa de prioridades que cada episcopado ha sostenido en los últimos meses permite anticipar, con razonable certeza, los ejes que atravesarán la mesa.

El primero es la migración. Para las tres Iglesias, el migrante es prójimo y signo de contradicción política. México es país de origen, de tránsito y, cada vez más, de retorno y de refugio. Estados Unidos debate, bajo la segunda presidencia de Donald Trump, realiza el endurecimiento de la política migratoria, las redadas y una retórica que los obispos estadounidenses han denunciado como “vilificación de los inmigrantes”. Canadá recibe trabajadores temporales agrícolas, solicitantes de asilo y un flujo creciente de quienes no encuentran cauce en la frontera sur. En junio, más de un centenar de obispos, religiosas, sacerdotes y laicos cruzaron la frontera en Nogales en una procesión que unió a ambas orillas del muro.

El segundo eje es la violencia y el fenómeno de las drogas. En México, el episcopado ha hecho de la paz una pastoral persistente. El 16 de mayo, miles de católicos de Cuernavaca caminaron por duodécimo año consecutivo encabezados por Castro, quien habló de más de 133 mil desaparecidos, del “derecho de piso” que pagan comerciantes en Morelos, uno de los estados con mayor percepción de inseguridad. “No nos resignamos”, dijo. “Caminamos porque la paz no puede construirse sobre discursos vacíos ni sobre estadísticas maquilladas”. Por el otro lado, el fenómeno creciente de las drogas ha dejado miles de víctimas, pero los efectos colaterales son devastadores con los adictos y las sociedades destrozadas, particularmente en Estados Unidos y Canadá.

El tercer eje es la pobreza, leída como condición pastoral. En México, la Iglesia acompaña comunidades indígenas, jornaleros y diócesis del sur donde la violencia se entrelaza con el abandono institucional. En Estados Unidos sostiene una red vasta de caridades, clínicas y escuelas, al tiempo que enfrenta la precarización de familias hispanas y la crisis de vivienda. En Canadá, la pobreza se cruza con la cuestión indígena, la soledad de los ancianos y la condición de los trabajadores agrícolas temporales. Los tres episcopados comparten la gramática de la doctrina social, dignidad de la persona, destino universal de los bienes, opción por los pobres, pero cada uno la traduce a un idioma pastoral distinto.

Irrumpe un capítulo que hace apenas una década habría sonado de ciencia ficción en una reunión de obispos, la inteligencia artificial y, más ampliamente, la cultura digital.  En septiembre de 2025, al dejar la presidencia de la CCCB, William McGrattan enumeró ante sus pares “los nuevos desafíos sociales” de la Iglesia canadiense, “un crecimiento acelerado de los medios digitales, de la ingeniería biológica y de la inteligencia artificial, cada uno de los cuales amenaza con comprometer la dignidad de la persona humana”.

La IA no interesa a los obispos como novedad de consumo. Les interesa porque reconfigura el trabajo, la educación, la información, la intimidad y, de manera más delicada, la propia mediación pastoral y la dignidad de la persona ¿Qué ocurre con el acompañamiento espiritual cuando un algoritmo ofrece consuelo instantáneo? ¿Cómo se forma la conciencia moral de adolescentes que habitan plataformas diseñadas para capturar su atención? ¿Qué criterios éticos deben orientar el uso de sistemas automatizados en escuelas católicas, en hospitales confesionales, en la gestión diocesana misma? El magisterio reciente ha insistido en que ninguna innovación técnica queda fuera del juicio sobre la dignidad humana.

A ese capítulo se suman los desafíos propiamente eclesiales. En los tres países hay merma de vocaciones, envejecimiento del clero y necesidad de una catequesis que no se reduzca a un trámite sacramental. México conserva una mayoría cultural católica, pero convive con una “hambre espiritual tremenda”, como ha dicho Castro, y con una indiferencia que no es residual. Estados Unidos es, en números absolutos, una de las Iglesias más grandes del mundo y, a la vez, una Iglesia polarizada, marcada por la herida de los abusos, por el debate sobre la vida y la libertad religiosa y por el peso del catolicismo hispano, tres de cada diez parroquias ofrecen ya misa dominical en español. Canadá, sobre todo en Quebec, encarna la secularización más avanzada del subcontinente, el debate sobre la eutanasia y la tarea de reconciliación con los pueblos originarios abierta por la visita de Francisco en 2022.

Los tres episcopados han recorrido, con ritmos distintos, el proceso sinodal impulsado por Francisco y heredado por León XIV. Castro ha definido la visión de la Iglesia en México para 2026 como la de “caminar juntos como una Iglesia más unida, más sinodal, más cercana al pueblo”. Coakley, en la reunión bienal de Tampa, describió aquel encuentro de las Américas  como “una bella experiencia de fraternidad, de colegialidad y también una nueva experiencia de sinodalidad”.

Aunque la mesa sea común, cada presidente llega con un expediente propio. El de México está marcado por la paz, el centenario de los mártires de la persecución religiosa y la preparación del Jubileo Guadalupano de 2031. Castro ha impulsado la Novena Intercontinental hacia el 2031 y los obispos de México mantienen tareas la sinodalidad en las Iglesias locales, el acompañamiento del desplazamiento forzado y los compromisos sobre familia y paz. En el horizonte aparece además la renovación del episcopado, más de un tercio de los obispos mexicanos está en edad canónica de retiro o a punto de alcanzarla y León XIV deberá nombrar una veintena de nuevos pastores entre 2026 y 2027.

El expediente estadounidense combina la defensa de la vida, la libertad religiosa, la protección de menores con auditorías anuales que cubren la casi totalidad de las diócesis y eparquías, la pastoral hispana y una posición cada vez más explícita sobre migración. Coakley asume la presidencia de la USCCB en un momento de fuerte tensión entre el discurso oficial de Washington y la doctrina social de la Iglesia. El episcopado no es un bloque monolítico, nunca lo ha sido, pero ha coincidido en rechazar la reducción del inmigrante a categoría policial. Al mismo tiempo, la Iglesia de Estados Unidos debate cómo evangelizar en una sociedad fragmentada, cómo sostener sus escuelas, cerca de 5,800, y cómo formar laicos en un entorno saturado de polarización.

El expediente canadiense está atravesado por la reconciliación con los pueblos indígenas, la salvaguarda, la ética de la vida ante la expansión de la eutanasia, la convivencia de las comunidades anglófona y francófona, la CCCB alterna de manera habitual la presidencia entre ambos sectores, y la pregunta por el lugar público de una Iglesia que ya no ocupa el centro. Goudreault, francófono, sucesor de un presidente anglófono, encarna esa tradición de equilibrio. Llega a Cuernavaca con la experiencia de abril en Montreal, donde, como presidente de la CCCB, acogió no a las tres presidencias, sino a los responsables de la pastoral de migrantes de Canadá, Estados Unidos, México y Centroamérica, y pensó la movilidad desde donde viven los migrantes, el albergue Le Pont y la red de trabajadores agrícolas.

¿Quiénes son los protagonistas de la singular reunión? Paul Stagg Coakley, presidente de la USCCB, nació el 3 de junio de 1955 en Norfolk, Virginia. La familia, de raíces irlandesas y francesas, se trasladó primero a Metairie, Luisiana, y en 1965 a Overland Park, Kansas. Tras estudiar inglés y antigüedades clásicas en la Universidad de Kansas, donde fue alumno del Integrated Humanities Program de John Senior, Dennis Quinn y Frank Nelick; viajó por Europa y consideró la vocación a la vida monástica en la abadía benedictina de Notre-Dame de Fontgombault, en Francia.

Regresó para ingresar al seminario de la diócesis de Wichita en 1978. Se formó en el seminario Saint Pius X de Erlanger, Kentucky, y en Mount Saint Mary’s, en Emmitsburg, Maryland. Fue ordenado sacerdote el 21 de mayo de 1983 en la catedral de la Inmaculada Concepción de Wichita. Durante 21 años sirvió como capellán hospitalario y universitario, párroco, director del Spiritual Life Center y vicecanciller. Completó una licenciatura en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma y fue director de formación espiritual en Mount Saint Mary’s.

Juan Pablo II lo nombró obispo de Salina, diócesis al norte de Kansas, el 21 de octubre de 2004 y fue ordenado el 28 de diciembre de ese año. Benedicto XVI lo promovió el 16 de diciembre de 2010 a arzobispo de Oklahoma City, sede que gobierna desde entonces a través de tres pontificados. En la USCCB fue secretario de la conferencia, elegido en 2022 y reelegido después, presidente del Comité de Prioridades y Planes y ha presidido Catholic Relief Services.

El 11 de noviembre de 2025, en la asamblea de otoño de Baltimore, fue elegido presidente de la USCCB en tercera ronda por 128 votos contra 109 de Daniel E. Flores, obispo de Brownsville, quien resultó electo vicepresidente. Su lema episcopal, Duc in altum, “Remar mar adentro”, resume un estilo que combina firmeza doctrinal, atención a la doctrina social y un talante que observadores estadounidenses describen como moderado en la forma y nítido en las convicciones, especialmente en la defensa de la vida.

Pierre Goudreault, presidente de la Conferencia de Obispos de Canadá, nació el 27 de mayo de 1963 en Rouyn-Noranda, Quebec, en la frontera minera del Abitibi-Témiscamingue. En 1984 obtuvo un certificado en administración en la Université du Québec en Abitibi-Témiscamingue e ingresó ese mismo año al Seminario de la Universidad Saint Paul, en Ottawa. Fue ordenado sacerdote para la diócesis de Rouyn-Noranda el 18 de mayo de 1991. En 1998 se doctoró en teología en Saint Paul University, una de las facultades eclesiásticas de referencia en el Canadá francófono.

Su ministerio sacerdotal se desarrolló casi por entero en el noroeste quebequense, vicario en Saint-Martin-de-Tours de Malartic; integrante del equipo de formación del seminario de Ottawa; párroco de las cuatro parroquias de la unidad pastoral Notre-Dame-de-l’Entente; sacerdote moderador de Sainte-Trinité, en el centro de Rouyn-Noranda, durante quince años y párroco también de Sainte-Famille en Arntfield y de Blessed Sacrament. Enseñó teología práctica en Saint Paul University.

Francisco lo nombró sexto obispo de Sainte-Anne-de-la-Pocatière el 8 de diciembre de 2017. Recibió la ordenación episcopal el 10 de marzo de 2018 en la catedral de La Pocatière, de manos del cardenal Gérald Cyprien Lacroix, arzobispo de Quebec y primado de Canadá. En 2023 fue elegido vicepresidente de la CCCB. El 26 de septiembre de 2025, al término de la asamblea plenaria en Montreal, sus pares lo eligieron 41.º presidente de la conferencia para el bienio 2025-2027, en la tradicional alternancia entre los sectores francófono y anglófono. Lo acompaña como vicepresidente el arzobispo Donald Bolen, de Regina, conocido por su trabajo ecuménico y por la reconciliación con los pueblos indígenas. Goudreault llega a Cuernavaca como voz de una Iglesia que ha debido aprender a hablar desde el margen de una sociedad secular y, al mismo tiempo, como pastor de una diócesis pequeña, lo que lo emparenta, en escala, con su anfitrión mexicano.

Ramón Castro Castro, presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano, nació el 27 de enero de 1956 en Teocuitatlán de Corona, Jalisco. Cursó filosofía y teología en el Seminario de Tijuana entre 1973 y 1981. Fue ordenado sacerdote el 13 de mayo de 1982, en Tijuana, por Juan Jesús Posadas Ocampo, e inició su ministerio en la parroquia de San José Obrero, en Ensenada. En 1985 ingresó a la Pontificia Academia Eclesiástica donde se formó para el servicio diplomático de la Santa Sede.

Sirvió en las nunciaturas de Zambia y Malawi (1989-1992), Angola (1992-1994), Ucrania (1994-1996), Venezuela (1996-1999) y Paraguay (1999-2001). En 2001 fue nombrado director del Óbolo de San Pedro en la Secretaría de Estado, el organismo que administra las limosnas destinadas al papa. Esa década africana, europea y latinoamericana le dio un mapa mental que pocos obispos diocesanos mexicanos poseen, el de una Iglesia que se piensa en clave de nunciatura, de fronteras y de relación con los Estados.

Juan Pablo II lo nombró obispo titular de Suelli y auxiliar de Yucatán el 2 de abril de 2004, recibió la ordenación episcopal el 3 de junio. Benedicto XVI lo trasladó a Campeche el 8 de abril de 2006. Francisco lo envió a Cuernavaca el 15 de mayo de 2013 como XII obispo de la diócesis; tomó posesión el 10 de julio. En la CEM fue responsable de la Dimensión de Justicia, Paz y Reconciliación de la Comisión Episcopal para la Pastoral Social y, a partir del 9 de noviembre de 2021, secretario general. El 12 de noviembre de 2024, en la 117.ª Asamblea Plenaria, fue elegido presidente para el trienio 2024-2027. Lo acompañan como vicepresidente Jaime Calderón Calderón, arzobispo de León; como secretario general, Héctor Mario Pérez Villarreal, obispo auxiliar de México; y como tesorero, Jorge Alberto Cavazos Arizpe, arzobispo de San Luis Potosí.

El paso de la diplomacia a la diócesis no apagó en Castro el hábito de la palabra pública. Ha sido una de las voces más constantes del episcopado mexicano contra la violencia, la corrupción y la indiferencia ante las víctimas. También ha suscitado controversia, en 2020, una homilía en la que interpretó la pandemia como “un grito de Dios a la humanidad” ante diversos desórdenes morales provocó rechazo de colectivos y un amplio eco mediático. En 2026 ha insistido en que León XIV “quiere venir a México” y ha sostenido, al clausurar el Jubileo, que la Iglesia “nunca va a perder la esperanza” de un año de mayor paz. Recibir en su propia diócesis a Coakley y a Goudreault cierra, de algún modo, el arco de una vocación que empezó en las nunciaturas y desemboca en la hospitalidad episcopal.

La cumbre no reúne a tres federaciones simbólicas. Reúne a los presidentes de tres cuerpos eclesiales de enorme densidad institucional, distintos en tamaño, en peso demográfico y en relación con la sociedad civil. Las cifras que siguen proceden, en lo fundamental, de las compilaciones de GCatholic y del Anuario Pontificio referidas al cierre de 2023 cruzadas con los directorios vigentes de la USCCB, la CCCB y la CEM, y con el estado del Colegio cardenalicio a mediados de 2026.

La Iglesia en México se articula, según el recuento de la propia CEM, en 19 arquidiócesis, 73 diócesis y 4 prelaturas territoriales, esto es, 96 circunscripciones de rito latino en el territorio nacional, a las que se suman el ordinariato militar y jurisdicciones de Iglesias orientales católicas con presencia en el país. GCatholic registra 99 jurisdicciones si se incluyen el exarcado apostólico y otras figuras. El episcopado en ejercicio de gobierno, arzobispos residenciales, obispos diocesanos, prelados y auxiliares, ronda los 110 a 115 prelados; el conjunto de obispos, incluidos titulares y eméritos, supera los 170. En enero de 2026, un recuento interno del mapa episcopal estimaba 18 arzobispos en sede, 68 obispos diocesanos, tres prelados y 23 auxiliares.

México cuenta con seis cardenales vivos. Dos de ellos son electores, Carlos Aguiar Retes, arzobispo primado de México y el cardenal José Francisco Robles Ortega, arzobispo de Guadalajara; los otros cuatro, por razón de edad, ya no ingresan a un cónclave. En términos de bautizados, las estadísticas pontificias sitúan a los católicos mexicanos en torno a 120 millones, cerca del 91 por ciento de una población de unos 131 millones. Esa proporción, la más alta de los tres países, convive con una práctica desigual, con el avance de otras confesiones y con una secularización urbana que ya no es un fenómeno de élite.

La USCCB agrupa, según su directorio vigente, 144 diócesis latinas, 33 arquidiócesis latinas, 16 eparquías orientales, 2 arquieparquías orientales, la Arquidiócesis para los Servicios Militares y el Ordinariato Personal de la Cátedra de San Pedro, 197 circunscripciones en total. Es una de las geografías católicas más complejas del mundo, no solo por el número, sino por la coexistencia plena del rito latino con diez Iglesias orientales sui iuris. El directorio de la conferencia cifra en 440 el total de arzobispos y obispos activos y eméritos. Entre los activos enumera 3 cardenales arzobispos, 31 arzobispos, 159 obispos diocesanos y 75 obispos auxiliares.

El Colegio cardenalicio cuenta, al verano de 2026, con 16 purpurados estadounidenses, de los cuales nueve conservan el derecho a voto en un cónclave. Las estadísticas pontificias estiman unos 75.5 millones de católicos bautizados, equivalentes al 22.5 por ciento de una población de casi 335 millones. En números absolutos, Estados Unidos es la tercera o cuarta Iglesia del mundo; en proporción, es una minoría influyente, institucionalmente densa, más de 16 mil parroquias, casi 5,800 escuelas, una red hospitalaria de primer orden y culturalmente disputada.

La CCCB en Canadá tiene 59 diócesis de la Iglesia latina, 12 eparquías y 2 exarcados de Iglesias orientales, además de 2 ordinariatos. GCatholic contabiliza 74 jurisdicciones que incluyen 18 sedes metropolitanas, la arquidiócesis no metropolitana de Winnipeg, el ordinariato militar y el ordinariato personal. El número de obispos, entre residenciales, auxiliares, titulares y eméritos, se sitúa en torno a 135. Canadá tiene cinco cardenales vivos y tres electores, entre ellos el cardenal Gérald Cyprien Lacroix, arzobispo de Quebec y primado y el cardenal Francis (Frank) Leo, arzobispo de Toronto, creado cardenal en diciembre de 2024.

Los bautizados católicos se estiman entre 17 y 18 millones, cerca del 44 por ciento de una población de unos 40 millones. Esa cifra, todavía alta en comparación con buena parte de Europa, encubre la caída pronunciada de la práctica, sobre todo en Quebec, y el peso específico de las comunidades inmigrantes que hoy sostienen muchas parroquias urbanas. Canadá es, de los tres, el país donde la Iglesia ha debido aprender con más rapidez a ser minoría creadora en una plaza pública que ya no le está reservada.

Nadie razonable anticipa que de esta cumbre salga un tratado o un convenio. Las conferencias episcopales no negocian como Estados ni legislan como un concilio. Lo que sí puede esperarse, y lo que convertiría al encuentro en algo más que una fotografía protocolaria, es una convergencia de diagnósticos y una gramática evangélica común para los próximos años con absoluta transparencia. Una palabra compartida sobre la dignidad del migrante, dicha al mismo tiempo en español, en inglés y en francés, pesa de otro modo que tres comunicados paralelos. Un criterio común sobre la pastoral contra las adicciones y el reclutamiento criminal de jóvenes. Una reflexión conjunta sobre la inteligencia artificial evitaría que cada Iglesia improvise, a destiempo, una ética de la técnica.

También puede esperarse algo más discreto y, acaso, más duradero: una costumbre. Desde 1959 existe una tradición de diálogo episcopal en las Américas. Lo que ha cambiado es la intensidad y la especialización. Tampa, en febrero, fue la cita bienal de las Américas (USCCB, CCCB y Celam). Montreal, en abril, fue un foro de especialistas en movilidad humana, con el Vaticano y OSMECA. Cuernavaca, a finales de agosto, reúne a las tres presidencias de Norteamérica.

Para México, el hecho de ser anfitrión no es menor. Durante décadas, la relación eclesial con Estados Unidos se leyó sobre todo desde la migración y desde las diócesis fronterizas; la relación con Canadá, desde una distancia respetuosa y poco habitual. Sentar en Cuernavaca a los presidentes de las tres conferencias, bajo la presidencia de un obispo mexicano formado en la diplomacia vaticana y templado en una diócesis herida por la violencia, es un hito en la historia eclesiástica del país, no porque México “llegue” por fin a una mesa inusual, sino porque se instala aquí, en una Iglesia que aporta al conjunto lo que las otras dos no pueden aportar en la misma medida, la memoria de una mayoría bautismal, la experiencia cruda de la violencia y la palabra viva que desde el Tepeyac habla a todo el continente americano.

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