Mientras el orbe católico celebró Corpus Christi con magnificencia y esplendor, para que Nuestro Señor conquistara todos los espacios públicos, en la capital de México, la festividad tuvo un triste final que provino del mismo arzobispo primado, Carlos Aguiar.
2026, tiene un significado muy especial para la Ciudad de México. Se cumplen exactamente quinientos años de la primera procesión de Corpus Christi celebrada en la Nueva España, en 1526, apenas cinco años después de la caída de México-Tenochtitlan.
La primera procesión se celebró cuando la capital del Virreinato todavía estaba en construcción sobre las ruinas de Tenochtitlan. Lo más sorprendente es que aún no existía la diócesis de México ni había llegado fray Juan de Zumárraga, quien sería nombrado primer obispo hasta 1528.
Los conquistadores quisieron reproducir una de las fiestas más solemnes de Europa y del Imperio español, la procesión pública del Santísimo Sacramento por las calles de la ciudad. Desde entonces, el Corpus Christi se convirtió en la celebración religiosa más importante del año en la capital novohispana.
Durante el siglo XVI, Corpus Christi llegó a ser mucho más que una celebración litúrgica. Participaban las autoridades civiles, las órdenes religiosas, los gremios de los diversos oficios, los militares, las cofradías y los pueblos indígenas, que adornaban las calles con flores, ramas y arcos vegetales, además de presentar danzas. La fiesta servía para manifestar públicamente la fe en la Eucaristía y también para mostrar la unidad del nuevo orden social de la Nueva España.
Las crónicas dan cuenta de que el Corpus Christi fue la fiesta pública más importante de la Ciudad de México durante gran parte del Virreinato. Incluso la organización de la ciudad, los gremios y las corporaciones se reflejaban en el orden de la procesión. Era una manifestación visible de que Cristo Eucaristía era reconocido como Señor.

Debido a las Leyes de Reforma y al intenso sentimiento anticlerical que se extendió durante décadas, la procesión del Corpus fue suspendida durante muchos años. Fue el cardenal Norberto Rivera Carrera quien, pese al escándalo y a la oposición de los masones, volvió a sacar la procesión de Corpus Christi al Zócalo y a las calles del Centro Histórico el jueves 6 de junio de 1996, después de ciento treinta años de celebrarse prácticamente en el encierro.
Por ello, muchos sacerdotes de la arquidiócesis de México recuerdan aquel Corpus de 1996 como un acontecimiento histórico. No se trató simplemente de una procesión más, sino de la recuperación visible de una tradición eucarística que había desaparecido del espacio público del Centro Histórico durante más de un siglo.
Hay otro dato interesante. Años después, cuando el Zócalo estaba ocupado por eventos civiles, la procesión partía de Tlaxcoaque y recorría la avenida 20 de noviembre hasta la Catedral metropolitana, conservando el carácter de manifestación pública de fe que Norberto Rivera había impulsado.
A la llegada del arzobispo Carlos Aguiar Retes en 2018, durante la primera reunión que sostuvo con el Cabildo metropolitano, y sin consultar ni escuchar a los capitulares, canceló la procesión pública del Corpus. Alegó haber recibido informes según los cuales, en procesiones anteriores, el Santísimo Sacramento había sufrido ofensas por parte de manifestantes apostados en el Zócalo.
La sorpresa entre los canónigos fue grande. Tres de ellos le replicaron que aquello jamás había sucedido. Incluso señalaron que, en algunas ocasiones, los manifestantes apostados en la plaza, curiosamente los mismos grupos que hoy participan en las manifestaciones de la CNTE, se habían unido a la procesión, se descubrían la cabeza y muchos se arrodillaban al paso del Santísimo Sacramento.
Los canónigos confrontaron con firmeza al arzobispo Aguiar, pero este no quiso escuchar. Aquello constituyó, para muchos de ellos, la primera muestra de su aversión a participar en actos públicos de religiosidad popular. Lo mismo ha ocurrido con la peregrinación anual de la arquidiócesis de México a la Basílica de Guadalupe, en la que todos sus antecesores caminaban junto al pueblo fiel desde la glorieta de Peralvillo hasta el santuario mariano. El arzobispo Aguiar, en cambio, se ha limitado a recibir la peregrinación, antes multitudinaria y hoy reducida a una asistencia mucho menor.

La gran oportunidad de celebrar los quinientos años de la primera procesión de Corpus Christi quedó cancelada por la cobardía y falsas priorizaciones del arzobispo Aguiar, quien argumentó falsamente que buscaba proteger la integridad de los fieles cuando, en realidad, no existía tal peligro. Incluso canceló la celebración eucarística prevista en el histórico templo de San Fernando, donde no había riesgo alguno, y de manera por demás vergonzosa, optó por refugiarse en la cómoda y apacible parroquia de La Esperanza de María, en el sur de la ciudad, cercana a su domicilio particular, privando al pueblo fiel de participar en una celebración irrepetible por los quinientos años del Corpus Christi en México.
Ni siquiera se atrevió a presidir la celebración en la Basílica de Guadalupe, consciente de que su presencia resulta poco grata e indeseable para el Cabildo debido a la reposición del rector Efraín Hernández, sobre quien pesan graves acusaciones.
La arquidiócesis de México ha tenido la gracia de contar con grandes y santos arzobispos. El hartazgo ya es insostenible. No merece un pastor como el actual, que huye ante el peligro, abandona a sus ovejas y muestra una falta de fe que escandaliza a los fieles y los priva de uno de los más grandes amores del pueblo católico mexicano, su amor a la Eucaristía.
La cuestión de fondo no es únicamente la suspensión de una procesión. La cuestión es qué visión de Iglesia se encuentra detrás de estas decisiones. Porque una Iglesia que deja de salir a las calles termina encerrándose en sí misma. Una Iglesia que renuncia a las expresiones públicas de fe termina debilitando su presencia evangelizadora. Una Iglesia que se repliega ante los desafíos culturales corre el riesgo de acostumbrarse a la invisibilidad.
La tradición católica mexicana jamás fue una tradición escondida. Fue una fe vivida públicamente, proclamada en las plazas, celebrada en las peregrinaciones y manifestada con orgullo por un pueblo que nunca consideró que amar a Cristo fuera algo que debiera ocultarse.
Por ello, preocupa profundamente que la conmemoración de los quinientos años del Corpus Christi haya pasado prácticamente desapercibida, invisible y cancelada en la Iglesia particular donde aquella historia comenzó.
La Eucaristía no es simplemente una devoción más. Es el centro de la vida de la Iglesia. Es el tesoro más grande que posee el pueblo cristiano. Y cuando se pierde una ocasión única para exaltar públicamente ese misterio, la herida no es solamente histórica, es también espiritual. Los grandes pastores de la historia no fueron aquellos que administraron prudentemente los riesgos. Fueron aquellos que supieron conducir al pueblo de Dios en medio de ellos.
Muchos fieles experimentan hoy tristeza, desconcierto y desilusión. No porque se haya suspendido un evento, sino porque perciben que se ha desaprovechado una oportunidad providencial para proclamar ante la ciudad que Cristo sigue caminando con su pueblo.
Los quinientos años del Corpus Christi merecían una celebración memorable. Merecían calles llenas de fieles. Merecían adoración pública. Merecían una Iglesia visible, valiente y plenamente convencida de aquello que cree. Especialmente por dos coincidencias que se alinean con este medio milenio, el centenario del inicio de la guerra cristera que, lejos de amilanar a los fieles por el cierre de templos, incitó más a vivir la fe en la clandestinidad sabedores de que esto era necesario para proclamar la grandeza y realeza de Cristo en medio de la persecución sin importar que el costo era muy grande, la vida por el martirio y, por otro lado, el primer Congreso Eucarístico Nacional de 1924 celebrado previamente a la suspensión de cultos y en medio de la agitación política y religiosa que azotaba al país.
Para ese acontecimiento, se elaboró una preciosa Custodia en plata, de tipo rectangular con incrustaciones de piedra, un peso de 380 kilos y más de dos metros de alto fabricada gracias a la generosa colecta de los propios fieles. Esa Custodia monumental es de los principales tesoros de Catedral y, según consta, un dicho del gran arzobispo pacificador, el Siervo de Dios, Luis María Martínez, reflejó en pocas palabras lo que encerraba, la adoración a Cristo en esa Custodia es como «el corazón espiritual de nuestra patria».
Todo eso fue vilipendiado por un arzobispo agazapado que prefirió encerrarse en la comodidad que celebrar como una ocasión magna que hubiera impactado a las jóvenes generaciones y a una sociedad cada vez más compleja en la fe de la Ciudad de México.
Cuando la memoria de un pueblo es olvidada, cuando sus tradiciones más profundas son relegadas y cuando la fe deja de ocupar los espacios públicos que legítimamente le pertenecen, algo esencial comienza a perderse. Y cuando eso sucede, no solo se empobrece una tradición: también se debilita el alma de un pueblo.
