El primer día de la visita del cardenal Pietro Parolin, secretario de Estado de la Santa Sede, a la capital mexicana combinó de manera deliberada la diplomacia pontificia con la dimensión pastoral más íntima del catolicismo de México. Por la mañana sostuvo un encuentro con la presidenta de México centrado en la inteligencia artificial y en la reciente encíclica del Papa León XIV. Al mediodía presidió la misa solemne en la Basílica de Guadalupe, coincidiendo con la peregrinación anual de la diócesis de Torreón. El contraste entre la mesa de diálogo en Palacio Nacional y el atrio del Tepeyac ofreció, en un mismo día, dos lenguajes distintos de la misma Iglesia, uno que habla con el poder temporal sobre los desafíos tecnológicos del siglo XXI y otro que, desde el corazón espiritual del continente, recuerda a los fieles las lecciones permanentes de la Virgen, Santa María de Guadalupe.
La reunión matutina con la jefa del Ejecutivo federal giró en torno a dos ejes que el Vaticano considera prioritarios, el desarrollo ético de la inteligencia artificial y los lineamientos de la encíclica que el Papa León XIV ha dedicado a la relación entre la persona humana, la tecnología y el bien común. Fuentes cercanas al encuentro coincidieron en que Parolin subrayó la necesidad de que los algoritmos no se conviertan en nuevos ídolos ni en instrumentos de exclusión, y que cualquier avance científico debe permanecer subordinado a la dignidad de la persona. La conversación, según se informó, transcurrió en un tono de respeto institucional y de búsqueda de puntos de coincidencia entre la doctrina social de la Iglesia y las políticas públicas en materia digital. No se emitió un comunicado conjunto detallado, pero la sola presencia del número dos de la Santa Sede en la sede del poder civil mexicano envió un mensaje claro, la Iglesia no se retrae ante los debates que en estos momentos están en el debate político.
Horas después, el cardenal se trasladó a la Basílica de Guadalupe. A las doce del mediodía presidió la eucaristía en el marco de la memoria litúrgica de la dedicación de la Basílica de Santa María la Mayor en Roma. El coincidir de ambas fechas no fue casual. Parolin lo hizo explícito desde el inicio de su homilía. La diócesis de Torreón, encabezada por el obispo Luis Martín Barraza, había llegado en peregrinación. Con él se hicieron presentes el obispo de Matamoros-Reynosa, Eugenio Lira Rugarcía; el secretario general de la Conferencia del Episcopado Mexicano, Héctor Mario Pérez Villarreal; el arzobispo de Tlalnepantla y administrador de la diócesis de Azcapotzalco, Antonio Fernández Hurtado y el nuncio apostólico en México, Joseph Spiteri. La presencia de estos prelados configuró un escenario de normalidad episcopal; sin embargo, las ausencias fueron de llamar la atención.
No estuvo Carlos Aguiar Retes, arzobispo primado de México. Después de los escándalos económicos que involucraron al rector Efraín Hernández y que sacudieron la administración del recinto mariano, Aguiar había anunciado una reforma “pastoral y administrativa” del santuario “a la manera de las basílicas romanas”. El anuncio, formulado en meses anteriores, buscaba proyectar una imagen de transparencia y de alineamiento con los modelos de gobierno de los grandes templos de la Ciudad Eterna. Que el propio secretario de Estado de la Santa Sede celebrara en el Tepeyac sin la presencia del arzobispo Aguiar generó, entre observadores y fieles, una lectura inevitable, la reforma institucional no ha logrado todavía disipar las sombras que se proyectan sobre la administración del santuario. La homilía del cardenal Parolin, centrada precisamente en el significado de la Basílica de Guadalupe, adquirió así una resonancia particular en medio de esos escándalos económicos que no se han superado.
El purpurado comenzó agradeciendo al obispo de Torreón por cederle la presidencia de la celebración. “Él le tocaba, pero sabiendo que yo soy de paso… le cedo el lugar”, dijo con la cortesía diplomática que lo caracteriza. Acto seguido transmitió la bendición especial del Papa León XIV y su cercanía a todo el pueblo mexicano. Luego estableció el puente histórico y teológico entre Roma y el Tepeyac. Recordó la tradición del milagro de la nieve del 5 de agosto del año 352, cuando la Virgen indicó a un noble romano y al papa Liberio el lugar exacto donde debía construirse Santa María la Mayor. Cada año, en aquella basílica, una lluvia de pétalos de rosas blancas evoca la nieve milagrosa. Parolin subrayó la afinidad con el milagro de las rosas de la tilma de Juan Diego: “La verdadera unidad entre ambas historias no reside en las flores, sino en la presencia de la Virgen, quien nunca deja de mostrar su cercanía y preocupación por sus hijos”.
A partir de ahí estructuró su reflexión en tres sentidos fundamentales que, según él, guarda el santuario del Tepeyac y que la Iglesia mexicana necesita recuperar con urgencia.
El primero es la presencia. “¿No estoy yo aquí, que soy tu Madre?”, repetía Parolin las palabras que la Virgen dirigió a Juan Diego y que han resonado a lo largo de los siglos. Esa presencia, explicó, trajo consuelo a una sociedad que atravesaba cambios rápidos e inesperados y mostró una manera de reconciliar culturas y pueblos en una fe verdaderamente universal. La lección contemporánea es clara, la Iglesia está llamada a estar presente también para los necesitados, los marginados, los migrantes y los extranjeros. En un país marcado por desplazamientos forzados y por la precariedad de tantas familias, el cardenal convirtió la promesa guadalupana en un mandato pastoral inmediato.
El segundo sentido es el del testimonio de los pequeños. La Virgen no se apareció a los poderosos ni a los influyentes, sino a un hombre sencillo. “Aunque seamos pequeños y débiles, por la gracia de Dios podemos obrar maravillas”. Un testimonio fiel de la verdad del Evangelio puede transformar corazones y, por tanto, transformar el mundo. Parolin confesó sentirse “constantemente conmovido” por el testimonio de creyentes que siguen a Cristo en campos de refugiados, hospitales de campaña, zonas de guerra o áreas asoladas por enfermedades. Y añadió que cada cristiano está llamado a dar ese mismo testimonio en sus hogares, en sus lugares de trabajo y “en la esfera pública y cívica”. Toda la sociedad necesita el mensaje del Evangelio, y todos somos, como san Juan Diego, portadores de un mensaje que estamos llamados a compartir.
El tercer sentido es la oración. “¿Cómo podemos mirar esta imagen y no sentirnos impulsados a la oración?”, preguntó. Dedicar tiempo a la meditación de la Palabra, a la adoración y a profundizar la vida interior no son opciones adicionales, sino la esencia de la relación con Dios. Nada puede reemplazar esa relación personal. Solo en la oración se encuentra la paz que el mundo no puede dar, esa paz interior que es fruto del Espíritu Santo. Desde el Tepeyac, María de Guadalupe invita a una “escuela de oración” cuya lección central es la pacificación de los pueblos y la reconciliación entre hermanos. Demasiadas comunidades están marcadas por la violencia y demasiadas familias han conocido el dolor de la pérdida. La Basílica, dijo el cardenal, es el lugar privilegiado para orar primero por la paz del propio corazón y después por la paz de la sociedad.
Antes de cerrar, Parolin detuvo la mirada en el Evangelio del día, el de la la mujer cananea que insiste ante Jesús por su hija enferma, y lo conectó directamente con la realidad mexicana. “Su ejemplo resuena con especial fuerza aquí en México, donde tantas madres siguen buscando con firmeza y fe a sus hijos desaparecidos. Nada puede impedirles hacer todo lo posible por ayudar a sus hijos y todos podemos ayudarlas con nuestra oración”. En un país que sigue contando miles de desaparecidos, el secretario de Estado del Vaticano puso a las madres buscadoras en el centro de la celebración.
La homilía concluyó con la súplica sencilla: “Nuestra Señora de Guadalupe intercede por nosotros. San Juan Diego ruega por nosotros y así sea”.
El día del cardenal Parolin en la Ciudad de México quedó así marcado por dos escenas complementarias. En la primera, dialogó con el poder civil sobre inteligencia artificial y sobre la propuesta ética del Papa León XIV. En la segunda, desde el Tepeyac, recordó a la Iglesia mexicana que su fuerza no reside en las estructuras administrativas, por necesarias que sean las reformas, sino en la presencia materna de María, en el testimonio de los pequeños y en la oración que pacífica. Que esa reflexión se pronunciara precisamente en un momento en que la administración de la Basílica atraviesa cuestionamientos económicos y una anunciada reforma “a la romana” no pasó desapercibido. El número dos del Vaticano no mencionó los escándalos. No necesitaba hacerlo. Al hablar de presencia, de testimonio y de oración, ofreció, quizá sin proponérselo, el criterio con el que la Iglesia mexicana deberá juzgar cualquier reforma futura del santuario más querido del continente americano.