Homilía del cardenal Pietro Parolin, Secretario de Estado de la Santa Sede, en la misa solemne de la diócesis de Torreón, Basílica de Guadalupe, miércoles 5 de agosto, memoria de la dedicación de la Basílica de Santa María la Mayor.
Queridos hermanos, obispos y sacerdotes, queridos hermanos y hermanas en Cristo, especialmente queridos peregrinos de la diócesis de Torreón, que aquí vienen en peregrinación hoy, acompañado por su obispo y por sus sacerdotes:
Yo quisiera antes que nada agradecerle al señor obispo de Torreón que me ha permitido presidir esta eucaristía. Él le tocaba, pero sabiendo que yo soy de paso, estoy de paso, me digo está bien y yo le cedo el lugar. Muchas gracias, señor obispo, que el Señor le recompense mucho por su gentileza.
Reunidos hoy aquí en este lugar sagrado, corazón espiritual del continente americano, nos prostramos con reverencia a los pies de Nuestra Señora de Guadalupe, Nuestra Madre. Es un honor y un privilegio para mí celebrar esta misa con todos ustedes y me complace especialmente hacerlo con los peregrinos de la diócesis de Torreón. Y a todos, me alegra transmitirles la bendición especial del Santo Padre, el Papa León XIV, y expresar su cercanía a todos ustedes y más aún a todo el pueblo de esta gran tierra. Doy gracias a Dios por celebrar la eucaristía en este santuario, propio en el día en que la Iglesia celebra la memoria litúrgica de la dedicación de otro gran templo mariano, la Basílica de Santa María la Mayor en Roma.
Según la tradición, en el siglo IV, un noble y acaudalado romano que no tenía hijos, llamado Juan, junto con su esposa, oraron a la Virgen María, pidiéndole guía sobre cómo usar su fortuna para honrarla. La Virgen María se les apareció en sueños la noche del 4 de agosto del año 352 después de Cristo, indicándoles que construyera una iglesia en el Monte Esquilino y prometió que la ubicación exacta quedaría milagrosamente marcada por la nieve.
Esa misma noche, el Papa Liberio tuvo una visión idéntica. A la mañana siguiente, el 5 de agosto, en medio del sofocante calor del verano romano, la cima del Monte Esquilino estaba cubierta por una perfecta capa de nieve sobre la cual el Papa trazó los cimientos de la iglesia, dando inicio a la construcción de la basílica original de Santa María la Mayor. El milagro de la nieve se recuerda cada año con una solemne celebración en la basílica. Durante la liturgia, una lluvia de pétalos de rosas blancas cae del techo, evocando el milagro y recordando a todos los presentes la cercanía de la Madre de Dios.
Esta recreación nos remite con naturalidad al milagro de Guadalupe, en el que cayeron rosas de la tilma de Juan Diego, revelando la insignia imagen de la Virgen. Por supuesto, la verdadera unidad entre ambas historias no reside en las flores, sino en la presencia de la Virgen, quien nunca deja de mostrar su cercanía y preocupación por sus hijos, ayudándoles siempre a acercarse cada vez más a su divino Hijo. ¿Acaso no vemos en el Evangelio de hoy un claro ejemplo de amor de una madre? Esta madre insiste ante el Señor, no por sí misma, sino por su hija. No descansará hasta haber hecho todo lo posible por ella. Y su fe le dice que sólo Jesucristo puede concederle lo que necesita.
El Señor recompensa la absoluta confianza que ella deposita en él, así como su determinación. Su ejemplo resuena con especial fuerza aquí en México, donde tantas madres siguen buscando con firmeza y fe a sus hijos desaparecidos. Nada puede impedirles hacer todo lo posible por ayudar a sus hijos y todos podemos ayudarlas con nuestra oración para que, al igual que aquella mujer del Evangelio de hoy, su perseverancia y su fe sean recompensadas.
Este santuario tiene un profundo significado para muchas personas en todo el mundo católico. Es un lugar de peregrinación, de reflexión, de conversión, de visión y de oración. Nuestros tiempos están marcados por numerosos desafíos. El flagelo de la guerra, el horror del hambre y la devastación de la violencia son demasiado frecuentes en un mundo que ha conocido dos milenios de la predicación de la Buena Nueva de Jesucristo.
¿Qué podemos aprender en este lugar que nos ayude a afrontar los innumerables desafíos que tenemos por delante? Sin duda, el primero es la presencia. Nuestra Madre vino aquí y, de hecho, le recalcó a Juan Diego con palabras que han resonado a lo largo de los siglos: ¿No estoy yo aquí, que soy tu Madre?
Su presencia trajo consuelo y seguridad a una sociedad que había experimentado cambios rápidos e inesperados. Su aparición mostró una manera de reconciliar culturas y pueblos en una fe verdaderamente universal, donde no hay ni judío, ni griego, ni esclavo, ni libre, sino que todos están unidos, son uno solo. Su ejemplo nos desafía a estar presentes también para los necesitados, los marginados, los migrantes y los extranjeros.
No se apareció a los poderosos ni a los influyentes, sino a un hombre sencillo. Y, sin embargo, su mensaje a través de él ha llegado a los rincones más remotos del mundo. Esa es la segunda lección que podemos aprender aquí que, aunque seamos pequeños y débiles, por la gracia de Dios podemos obrar maravillas.
Un testimonio fiel de la verdad del Evangelio puede transformar corazones y, por lo tanto, transformar el mundo. A pesar de las muchas situaciones terribles que persisten en nuestro tiempo, me impresiona constantemente y de hecho me conmueve el testimonio fiel de los creyentes que siguen a Cristo en medio de las dificultades y el sufrimiento, ya sea en campos de refugiados, hospitales de campaña, ministrando en zonas de guerra o en áreas asoladas por enfermedades. Y cada uno de nosotros, queridos hermanos y hermanas, está llamado a dar ese testimonio en nuestros hogares, nuestras familias, nuestros lugares de trabajo y, por supuesto, en la esfera pública y cívica.
Toda la sociedad necesita el mensaje del Evangelio y todos nosotros somos, como san Juan Diego, portadores de un mensaje que estamos llamados a compartir.
El último aspecto del significado de este santuario en el que quisiera detenerme es la oración. Venimos aquí para contemplar a la Virgen Madre de Dios y meditar sobre todo lo que su presencia representa. ¿Cómo podemos mirar esta imagen y no sentirnos impulsados a la oración? Dedicar tiempo a la meditación de la palabra, a la adoración y esforzarnos por profundizar nuestra vida interior de comunión con Dios no son opciones adicionales para los cristianos, sino la esencia de nuestra relación con Dios. Nada puede reemplazar esta relación personal con el Señor. Cada uno de nosotros estamos invitados a dedicar tiempo para abrirnos al Señor y escuchar verdaderamente su voz en la oración.
Cuando el Señor habla de darnos su paz, una paz que el mundo no puede dar, habla de algo que solo se encuentra en la oración. Un verdadero fruto de la oración es esa paz interior que viene de lo alto que es donde Dios, fruto de la presencia del Espíritu Santo, que habita el corazón humano. Este es un lugar donde podemos orar por la paz, primero en nuestros propios corazones y luego en nuestra sociedad.
Demasiadas comunidades están marcadas por la violencia y la agresión y demasiadas familias han conocido el dolor de la pérdida a causa de ello. Desde el Tepeyac, desde esta casita sagrada, María de Guadalupe, la Madre del verdadero Dios por quien se vive, hoy, como ayer, nos invita a una escuela de oración en donde la lección que nos enseña es la pacificación de los pueblos y la reconciliación entre hermanos y hermanas.
Con este fin, por estas intenciones, entonces, concluyendo, imploramos: Nuestra Señora de Guadalupe intercede por nosotros. San Juan Diego ruega por nosotros y así sea.