Basílica de Guadalupe, la tienda cósmica de la  Antigua y Nueva Alianza

Basílica de Guadalupe, la tienda cósmica de la  Antigua y Nueva Alianza

Quienes vivan o visiten el norte de la Ciudad de México, distinguen el inigualable edificio que domina el paisaje urbano, la Basílica de Guadalupe, tan nuevo como ya con cinco décadas de existencia, medio siglo, cuya forma peculiar guarda un profundo significado.

Su edificación fue marcada por tiempos vertiginosos y críticos, el de la hegemonía política autoritaria y el de los movimientos sociales. La década de los setenta, por otro lado, era el de la pax ecclesiae. La pacificación, operada por el arzobispo Luis María Martínez y el presidente Lázaro Cárdenas, llevaría al modus vivendi en las relaciones Iglesia-Estado. En otras palabras, la Ley en materia de culto público era vigente, pero podía guardarse en el archivo de la historia y no era para menos, nadie quería otro episodio de sangre.

Quizá el fenómeno más ejemplar de ese modus vivendi fue la construcción de la Basílica de Guadalupe. Ahí se tejieron relaciones de poder y de franca distensión en donde la Iglesia vivió agradecida en esa pax con el régimen presidencialista en turno, aunque, desde el sexenio del primer presidente civil, Miguel Alemán, el del llamado “milagro mexicano”, los terrenos de la Basílica verían su extensión al crearse la Plaza de Las Américas, gracias también a las relaciones del arzobispo Luis María; sin embargo,  los políticos podían ser laicistas o furibundos anticlericales, pero siempre guadalupanos y, aunado a eso, la actividad de un “clero político” en el sentido de la cercanía con las relaciones del poder.

Uno de esos clérigos fue Guillermo Schulenburg, el último abad secular mitrado de la Colegiata de Guadalupe y cuyo enfrentamiento posterior con el arzobispo de México sobre las apariciones, le costaron muy caro. Sin embargo, su papel no es menor. EL 12 de octubre de 1976, bajo el empuje decidido del abad, la imagen de la Virgen de Guadalupe fue trasladada solemnemente de la antigua colegiata barroca al nuevo santuario que hoy conocemos como Insigne y Nacional Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe.

Pero llegar hasta ese punto costaría desaveniencias y peculiares acercamientos. Al final,  era el milagro guadalupano el único que podría levantar una nueva Basílica y reunir los millones de pesos que no eran poca cosa en esa época de crisis económicas.

Guillermo Schulenburg había sido ordenado en octubre de 1940. Su nombramiento como abad fue gracias a la distinción del Papa Juan XXIII en 1963. Sus Memorias son pieza fundamental para comprender a ese prelado que, hoy, a la distancia es enjuiciado de manera muy simplista. Sus relaciones con el poder abrieron puertas como pocos. El cardenal Miguel Darío Miranda también vio en Schulenburg al hombre que ejecutoria un propósito: Antes del fin de la década, y teniendo encima la realización de las normas de Paulo VI sobre la renuncia de los obispos a los 75 años, la herencia del tercer cardenal mexicano debería ser un nuevo complejo digno para llamarse “Casita Sagrada del Tepeyac, pero también operaba otro factor: la sucesión presidencial de 1976. Luis Echeverría, quien se había convertido  en el primer presidente en pisar suelo Vaticano, estaba no solo en una actividad internacional frenética, en México también emprendió la tarea de mantener como aliado a un sector del Episcopado Mexicano.

El 12 de octubre de 1976 marcó el fin de un proceso de más de una década de alertas estructurales, debates arquitectónicos y decisiones litúrgicas que transformaron el complejo del Tepeyac. Cincuenta años después, el edificio sigue siendo el epicentro de la peregrinación mariana más numerosa del mundo, capaz de albergar 10 mil personas en el interior y hasta 50 mil cuando se abre la capilla abierta hacia el atrio.

Las razones que impulsaron su construcción eran urgentes y acumuladas. Desde los años sesenta, el ingeniero Manuel González Flores, inventor de los pilotes de control, advirtió del peligro de colapso de la antigua basílica de 1709. El suelo lacustre del Valle de México, combinado con el descenso de los niveles freáticos y el peso de las estructuras coloniales, provocaba hundimientos diferenciales, la mitad sur del templo se asentaba sobre lodo mientras la mitad norte se apoyaba en las capas sólidas del cerro del Tepeyac. A ello se sumó el crecimiento demográfico del país y el aumento explosivo de peregrinos, especialmente en torno al 12 de diciembre. La antigua basílica, con capacidad para apenas 2 mil a 3 mil personas apretadas, resultaba insuficiente y riesgosa.

Guillermo Schulenburg asumió el liderazgo pastoral y administrativo del proyecto. En sus Memorias relata cómo formó comisiones y buscó soluciones que preservaran el culto mientras se resolvía la emergencia. Una medida provisional fue la “basílica efímera”: una gran carpa rosa de 5 mil metros cuadrados que cubría la plaza y permitía celebraciones para unos 8 mil fieles. Esta solución temporal, impulsada con la colaboración de fray Gabriel Chávez de la Mora, sirvió de puente mientras maduraban los proyectos definitivos.

Antes de llegar a la forma actual, se descartaron propuestas significativas. José Luis Benlliure Galán, arquitecto de prestigio y autor del Seminario Menor de Tlalpan encargado por el propio Schulenburg, elaboró varios anteproyectos que ubicaban la nueva basílica en la cumbre del Cerro del Tepeyac. La idea aprovechaba la solidez del subsuelo rocoso y evocaba la tradición de santuarios elevados. Una comisión bajo la dirección de Schulenburg incluyó a Gabriel García Lascuráin como coordinador, a Benlliure como director arquitectónico y a González Flores en los cálculos de suelo. Sin embargo, el proyecto implicaba demoliciones sensibles, intervenir el panteón, la capilla del Cerrito y demoler part del convento de Capuchinas, además de problemas de accesibilidad para las grandes peregrinaciones. Cuando Pedro Ramírez Vázquez intervino, expuso la inconveniencia de construir en lo alto y propuso una solución estructural radical que permitía edificar en la plaza sin demoler el patrimonio existente. Schulenburg se inclinó por esta alternativa: “Vamos a hacerlo, pero usted va a tener que prescindir de la idea de tirar la antigua basílica, y yo voy a prescindir de mi idea de construir una nueva en el terreno del panteón”. Así se salvó la colegiata (el Templo Eucarístico de Cristo Rey) y se ubicó el nuevo templo en la Plaza de las Américas.

El equipo definitivo reunió a Pedro Ramírez Vázquez como director con la colaboración de José Luis Benlliure, Alejandro Schoenhofer (dirección de obra), Javier García Lascuráin y fray Gabriel Chávez de la Mora (aspectos litúrgicos). Los cálculos estructurales finales corrieron a cargo del despacho Colinas y de Buen; la acústica, de Eduardo Saad. La constructora fue Ingenieros Civiles Asociados (ICA) bajo la dirección de Bernardo Quintana. La primera piedra se colocó el 12 de diciembre de 1974, bendecida por el cardenal Miguel Darío Miranda. La construcción, que comenzó de manera efectiva a principios de 1975, se aceleró por las razones políticas y eclesiásticas que ya se explicaron.

Los retos técnicos fueron formidables. El edificio, de planta circular de aproximadamente 100-103 metros de diámetro, se apoya en 344 pilotes de control que alcanzan las capas resistentes a unos 32-40 metros de profundidad. Se eliminaron cerca de 50 mil toneladas de tierra para compensar el peso estimado de 100 mil toneladas del inmueble. La solución estructural más innovadora fue la cubierta colgante sostenida por un mástil central de concreto de unos 42 metros de altura, del cual penden catenarias que llegan al anillo perimetral. Esta “carpa” de concreto y láminas de cobre oxidado  reduce al mínimo el área pilotada y resuelve los hundimientos. Interiormente, la ausencia de columnas permite una visibilidad total hacia el altar y la imagen. La cubierta, formada por gajos triangulares, favorece la acústica y la ventilación a través de la linternilla superior. Bajo el altar, una banda transportadora permite el flujo continuo de peregrinos que contemplan de cerca la tilma sin interrumpir las liturgias.

Desde el punto de vista teológico y simbólico, la forma de carpa no fue un capricho modernista. Ante las críticas de que “no parece iglesia, sino carpa o estadio”, Pedro Ramírez Vázquez respondió: “¿Cuál fue el primer espacio religioso? ¿En qué peregrinó Moisés con las Tablas de la Ley de un lado a otro? En una carpa”. Si de tradiciones religiosas se trata, la carpa tiene mayor arraigo que la bóveda. Como analiza Martha Fernández en su estudio “La imagen de la tienda cósmica en los santuarios del Tepeyac” (Interpretatio, 2016-2017), la cubierta remite al Tabernáculo que Yahvé mandó levantar a Moisés en el desierto (Éxodo 25-26), tienda desmontable que simboliza la presencia de Dios en el tránsito. También evoca la imagen bíblica del cielo como tienda: “Él tiende los cielos como un toldo y los despliega como una tienda de morada” (Isaías 40, 22). En la tradición judeocristiana, el templo es microcosmos: el Sancta Sanctorum representa el cielo, el tabernáculo la tierra y el atrio el mar. Tanto la antigua basílica (concebida como segundo Templo de Salomón) como la nueva convergen en esta imagen de la tienda cósmica.

La planta circular responde a las exigencias del Concilio Vaticano II: la asamblea cristiana reunida, el oficiante de frente y la participación activa de los fieles. Ramírez Vázquez explicó que se adoptó “para favorecer la integración entre el celebrante, los creyentes y la unidad de la asamblea”. Las siete capillas-palco radiales permiten misas simultáneas con visión de la imagen. La central se divide: una interior y otra abierta hacia el atrio, evocando las capillas abiertas del siglo XVI novohispano. Una gran cruz corona el mástil y señala el altar mayor. El oro y los elementos litúrgicos mantienen vínculos con la tradición salomónica y la Jerusalén celestial. En el atrio se incorporaron capillas posas, y el conjunto respeta visualmente la colegiata y el convento de Capuchinas, evitando opacar el patrimonio histórico.

El costo de la obra se situó en torno a los 150-200 millones de pesos de la época, financiado en buena parte por donaciones y trabajo gratuito de miles de albañiles. Inicialmente hubo rechazo de fieles acostumbrados al barroco recargado y al hacinamiento tradicional. Con el tiempo, la funcionalidad, la comodidad y la visibilidad de la imagen generaron aceptación. Hoy el edificio es reconocido como una de las obras fundamentales de la arquitectura mexicana del siglo XX, aunque su importancia ha sido subestimada en algunos ámbitos académicos.

La nueva Basílica no solo resolvió una emergencia estructural y pastoral. Materializó, en lenguaje contemporáneo, una continuidad simbólica milenaria: la tienda que cubre al pueblo en peregrinación, el cielo desplegado como manto protector, y el lugar donde, según la tradición, la Virgen de Guadalupe se apareció para reunir a un pueblo mestizo. Como cuenta Schulenburg en sus Memorias, la inauguración de la gran Basílica, la carpa cósmica,  debería contar con la presencia de Paulo VI. Y esa invitación fue hecha en septiembre de 1976. Una comisión del episcopado mexicano compuesta por el cardenal José Salazar, arzobispo de Guadalajara y presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano;  Adolfo Suárez Rivera, obispo de Tepic y vicepresidente de los obispos de México; Genaro Alamilla, obispo de Papantla y secretario general del organismo; el cardenal Miguel Darío Miranda y el abad de Guadalupe, Guillermo Schulenbrug, dieron a salutación del pueblo católico de México a Paulo VI quien, por su salud, no asistió personalmente al país.

La apertura de la nueva Basílica ocurrió en dos momentos, el 11 de octubre con la dedicación y consagración del templo y el 12, la solemne traslación de la imagen de la Virgen de Guadalupe al santuario lo que el abad definió como una “proeza del descenso, traslación y ascenso del sagrado icono” encomendada al arquitecto Jorge Campuzano Fernández.

El recuerdo de esa celebración y traslación fue el culmen del pontificado de Miguel Darío Miranda como arzobispo de México. Tuvo el encargo personal de Paulo VI para ser Legado papal en esa apoteosis guadalupana y la magna celebración no fue encomendada a ceremonieros de ocasión e improvisados, el mismo protonotario Orazio Cocchetti (1945-2006) fue enviado por el Papa como ceremoniero apostólico del cardenal Miranda y tenía línea directa con el secretario  de la Congregación para el Culto y la Disciplina de los Sacramentos, Antonio Innocenti, quien aprobó ad experimentum el ritual guadalupano conforme al Ordo Dedicationis Ecclesiae del Pontifical Romano de1973 adaptado por  fray Gabriel Chávez de la Mora y el padre Alfredo Ramírez Jasso de la Comisión Litúrgica de la arquidiócesis de México.

Después de medio siglo, la conmemoración de esos hechos hace un justo reconocimiento del empeño de los protagonistas de ese momento. El cardenal Miguel Darío Miranda, en la biografía escrita por el obispo auxiliar de México, Francisco María Aguilera, describe lo que significó para el arzobispo. Narra Darío Miranda: “En las horas de esa tarde, ya en casa, permanecí como en éxtasis, dando gracias al Señor Jesucrito y a su Madre Santísima, pues la ceremonia  de ese día representaba para mí la culminación de mis años de arzobispo de México, custodio, como sucesor de Fray Juan de Zumárraga, de la más preciada prenda que el amor de Dios ha concedido al pueblo de México. Antes de dormir esa noche tomé en mis labios el cántico del anciano Simeón: Nunc dimittis servum tuum in pace…”

Cincuenta años después, el ingenioso mástil sigue sosteniendo esa carpa cósmica sobre el Tepeyac, mientras millones de peregrinos cruzan bajo ella cada año. El 12 de octubre de 2026 abre un año jubilar que se ha leído y decretado hasta 2027 para las indulgencias y el perdón de los pecados; sin embargo, remitirnos a esos años lleva a un reconocimiento de aquellos gigantes que se atrevieron a soñar y desafiar en grande… Y lamentarnos por los enanos que hoy se quieren parar sobre sus hombros, esos que ahora son los “sucesores” que, dicen, nos apacientan.

 

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