Antes de ser dirigentes, somos discípulos”: Misa inédita que abrió la cumbre de las Iglesias de Norteamérica en Cuernavaca

Antes de ser dirigentes, somos discípulos”: Misa inédita que abrió la cumbre de las Iglesias de Norteamérica en Cuernavaca

Cuernavaca no celebró el domingo 30 de agosto de 2026 una eucaristía más del tiempo ordinario. En la catedral de la diócesis, el obispo Ramón Castro Castro, presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano, inauguró el primer encuentro de las Iglesias católicas de México, Estados Unidos y Canadá reunidas en torno a sus conferencias episcopales. El propio anfitrión lo dijo sin ambigüedad: es la primera reunión de este tipo que se realiza en nuestra historia, un hecho inédito.

El presbiterio reunió a pastores de tres países. Castro Castro presidió la celebración y saludó a sus hermanos de las conferencias de Canadá y de Estados Unidos, entre ellos el arzobispo Paul Stagg Coakley y el obispo Pierre Goudreault, junto con otros monseñores y sacerdotes que trabajan en esas estructuras, concelebraron también el vicepresidente de la USCCB, Daniel Flores, obispo de Brownsville, Texas; Óscar Cantú, obispo de San José y presidente del subcomité de asuntos hispanos-latinos de la conferencia estadounidense.

El evangelio del día ofreció el marco. Castro, en su homilía, comenzó con una pregunta simple y exigente: hay una frase que puede resumir de algún modo toda la vida cristiana. Esa frase es: «Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga». La semana anterior, Pedro había reconocido a Jesús como Mesías y había recibido el primado. Este domingo aparecía otro Pedro: el que se resiste cuando el Señor habla de Jerusalén, de sufrimiento, de cruz y de entrega. Quiere a Cristo, lo ama, pero quisiera un Cristo sin cruz.

Esa resistencia, dijo el obispo, no es solo un episodio de Pedro. Es la tentación permanente de quienes siguen a Jesús eligiendo únicamente la parte cómoda del Evangelio. No se puede seguirlo en la parte fácil. Por eso la Palabra de este domingo obliga a tomar conciencia de lo que somos como discípulos. Jesús no pide a Pedro que le indique el camino. Le pide que se ponga detrás: sé discípulo, sígueme, camina detrás de mí.

Castro aplicó esa corrección a los que ocupan responsabilidades episcopales. Antes de ser dirigentes, somos discípulos. Antes de tener responsabilidades, somos hombres llamados por el Señor. Antes de nuestras estructuras, programas y proyectos, está Jesucristo. Quizá ese sea el espíritu profundo del encuentro de la Iglesia en Norteamérica: volver a ponernos todos detrás de Jesús. La comunión, insistió, no comienza en las agendas compartidas. Comienza cuando los pastores se colocan detrás de Cristo.

La novedad histórica no anuló las diferencias. Somos tres países distintos. Somos tres Iglesias con historias y realidades diferentes, pero una misma fe, un mismo bautismo, una misma Eucaristía y misión. México, Estados Unidos y Canadá no llegan a la mesa con el mismo paisaje. Llegan con una sola fe y con heridas que ya se cruzan.

El obispo de Cuernavaca enumeró los desafíos que pesan, de modo particular, sobre México violencia, demagogia, corrupción, soledad, secularización, individualismo, materialismo, polarización, familias heridas y jóvenes que buscan razones para esperar. Estados Unidos y Canadá, añadió, afrontan también transformaciones que repercuten en la vida de sus pueblos y en la misión de sus Iglesias. Venimos a encontrarnos desde realidades distintas. México vive momentos complejos en lo social, lo político, lo económico y lo cultural. Las otras dos naciones no están al margen de esa mutación.

Entre tantos temas, uno aparece como el más común a las tres conferencias: la migración. Por eso el encuentro previó la voz de un especialista de la Conferencia Episcopal Mexicana sobre la realidad migratoria que nace en México y afecta a Estados Unidos y a Canadá. Castro anticipó el criterio que debía gobernar esa conversación. Se pueden elaborar análisis y estrategias, pero la primera misión sigue siendo la misma de Jeremías, llevar por dentro el fuego de Dios.

La movilidad humana, dijo, no ha de reducirse a estadísticas, políticas públicas o deberes económicos. Detrás de cada migrante hay un rostro, una historia, una familia, una esperanza y, muchas veces, muchas heridas. La Iglesia debe mirar a esas personas como hermanos, cuya dignidad debe ser reconocida y protegida. La tradición cristiana recuerda que en los pobres, en los migrantes y en quienes viven situaciones de vulnerabilidad se sirve de un modo particular el rostro de Cristo.

Ese acento cobró una gravedad extra en la fecha. El 30 de agosto es también jornada de memoria por las víctimas de desaparición. En México esa herida permanece abierta, con decenas de miles de familias que buscan. La homilía no convirtió la eucaristía en un recuento numérico, pero sí negó que las personas en tránsito o en vulnerabilidad puedan tratarse como un expediente. Comprender mejor lo que viven los pueblos no es un ejercicio intelectual. Es la condición para servirlos mejor.

Durante los días de trabajo, los pastores compartirían sus miradas no desde un juicio ni desde una confrontación, sino desde la responsabilidad pastoral. En ese horizonte adquiere particular relevancia la reflexión sobre la movilidad humana y la gestión migratoria entre los tres países. También será significativo leer esas realidades a la luz de Magnifica Humanitas, la reciente encíclica del papa León XIV sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial. La dignidad, en esa clave, no depende de la utilidad, del pasaporte ni de la productividad.

El segundo movimiento de la homilía descendió de la agenda al fuego interior. Jeremías no anima solo a organizar mejor la Iglesia. Anima a un trabajo pastoral nacido de una pasión. No necesitamos solamente una Iglesia bien organizada; necesitamos una Iglesia enamorada de Cristo. Se necesita la palabra del Evangelio, pero también el testimonio. No se necesitan pastores preocupados por conservarse a sí mismos, sino pastores dispuestos, como dice Jesús, a perder la vida para encontrarla. San Pablo lo formula con otra nitidez: no se amolden a este mundo, sino transfórmense por la renovación de la mente.

Ahí aparece una tarea concreta para las Iglesias de los tres países, no dejarnos separar por las fronteras cuando el Evangelio nos llama a reconocernos como hermanos. Hay fronteras políticas que son necesarias. Castro no las negó. Añadió, sin embargo, el correctivo que da sentido a toda la cumbre, la caridad cristiana no tiene extranjeros. El inmigrante, el pobre, el indígena, el joven, las familias heridas, las víctimas de la violencia y todos aquellos que han perdido la esperanza o la fe son nuestros hermanos y pertenecen al corazón de la Iglesia.

El obispo pidió que el encuentro no se quede en un intercambio de ideas. Quiso un encuentro de hermanos y pastores: escucharse, aprender unos de otros, rezar juntos y formular con sencillez una sola pregunta: «Señor, ¿qué quieres de nuestras Iglesias en este momento histórico?». Y pidió valor para escuchar la respuesta, aunque esa respuesta implique la cruz, la renuncia, el dolor.

Desde Cuernavaca, dijo, puede enviarse un signo sencillo pero fuerte a las Iglesias que peregrinan en Canadá, Estados Unidos y México. Si podemos caminar juntos, si se puede, es porque primero hemos decidido caminar detrás de Cristo. Esa frase resume el propósito profundo de la reunión. La novedad no consiste solo en sentar a una misma mesa a tres conferencias episcopales. Consiste en invertir el orden habitual del poder eclesial: primero el seguimiento, después la dirección; primero el discipulado, después los comunicados.

La conclusión de la homilía devolvió la cumbre al terreno de la vida ordinaria. Estamos invitados a una vida más verdadera. Hay que pedirle a Dios no una vida sin cruces, sino un corazón suficientemente grande para amar cuando la cruz llega. Al acercarse a la Eucaristía se recibe el Cuerpo de Cristo para aprender a convertir la propia existencia en un don. El Padrenuestro, «Hágase tu voluntad», se entiende entonces como camino hacia una libertad sin esclavitudes materiales o emocionales.

Lo que queda abierto no es si las tres Iglesias tienen temas en común. Los tienen, y el más visible es el de quienes cruzan fronteras llevando en el cuerpo la esperanza y la herida. Lo que queda abierto es si este primer encuentro será apenas un gesto histórico o el comienzo de una costumbre, hablarse antes de que estalle la crisis, mirar el rostro antes que la estadística, y no separar lo que el Evangelio ha unido. Cuernavaca ofreció el criterio de verificación en una sola línea. Las estructuras, los programas y los proyectos vendrán después. Primero hay que ponerse detrás de Jesús.

 

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