Homilía del obispo de Cuernavaca, Ramón Castro Castro, presidente de la CEM al inicio del encuentro de presidentes de Conferencias Episcopales de Norteamérica

Homilía del obispo de Cuernavaca, Ramón Castro Castro, presidente de la CEM al inicio del encuentro de presidentes de Conferencias Episcopales de Norteamérica

Homilía del obispo de Cuernavaca, Ramón Castro Castro, presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano, en la Eucaristía del XXII domingo del tiempo ordinario, 30 de agosto de 2026, y en ocasión de la reunión en la diócesis de Cuernavaca de los presidentes de las Conferencias de Episcopales de Estados Unidos, arzobispo Paul Stagg Coakley, y de Canadá, obispo Pierre Goudreault.

Saludo con mucho cariño a mis hermanos obispos de las Conferencias Episcopales de Canadá, Estados Unidos y los que estamos trabajando en México. Saludo a mi vicario general, a nuestros vicarios episcopales que me hacen favor, todos los sacerdotes que nos están haciendo favor de acompañar, a cada uno de ustedes, hijos, hijas.

Vamos a la introducción. Hay una frase en el Evangelio de este domingo que puede resumir de algún modo toda nuestra vida cristiana. ¿Cuál es esa frase? “Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga”.

 La semana pasada reflexionábamos cómo Pedro fue capaz de reconocer a Jesús como el Mesías y Jesús le da el primado de la Iglesia, pero fíjense qué interesante, cuando Jesús comienza a hablarle de que tiene que subir a Jerusalén, de que tiene que ir a sufrir, cuando le habla de sufrimiento, de cruz y de entrega, encontramos a otro Pedro, Pedro que se resiste. Quiere a Cristo, lo ama, pero quisiera un Cristo sin cruz.

Esta frase cuánto nos puede hacer pensar. Pedro quiera un Cristo sin cruz. Jesús le hace comprender que no se puede seguirlo escogiendo solamente la parte cómoda del evangelio. No se puede seguir a Jesús en la parte fácil del evangelio. Y por eso esta palabra de Dios, hoy también es para nosotros, la toma de conciencia de lo que somos como seguidores y discípulos de Cristo.

Todo como una introducción a la temática tan rica que nos ofrece el evangelio. Voy a un punto que me parece oportuno tratar, la reunión de estos presidentes de Conferencias Episcopales de Norteamérica, la primera que se realiza en nuestra historia.

Me alegra muchísimo recibir aquí en Cuernavaca a los presidentes de las Conferencias Episcopales, otros monseñores y sacerdotes que trabajan en ellas. Al comenzar este primer encuentro fraterno de la Iglesia en Norteamérica, quisiera compartir esto. Somos tres países distintos. Somos tres iglesias con historias y realidades diferentes, pero una misma fe, un mismo bautismo, una misma Eucaristía y misión.

Precisamente hoy Jesús nos recuerda dónde comienza la verdadera comunión, poniéndonos detrás de Él, siguiéndolo. De hecho, hemos oído cómo Jesús invita a Pedro a seguirlo, a imitarlo. Le dice primero, apártate de mí. Cuando Pedro no entendió lo de la cruz, es como si dijera a Pedro, no quieras indicarme el camino, no quieras tú indicarme lo que tengo que hacer. Le dice a Pedro, sé discípulo, sígueme, camina detrás de mí.

También nosotros, como pastores, obispos, necesitamos escuchar esas palabras. Antes de ser dirigentes, somos discípulos. Antes de tener responsabilidades, somos hombres llamados por el Señor. Antes de nuestras estructuras, programas y proyectos, está Jesucristo. Quizá este pueda ser el espíritu profundo de este encuentro de la Iglesia en Norteamérica, volver a ponernos todos detrás de Jesús.

Nuestros pueblos enfrentan desafíos enormes, particularmente México. Violencia, demagogia, corrupción, soledad, secularización, individualismo, materialismo, polarización, familias heridas y jóvenes que buscan razones para esperar. Quizás uno de los temas más comunes entre nosotros tres, como países y conferencias, sea la migración. Por eso vamos a tener al especialista de la Conferencia Episcopal Mexicana que nos va a hablar de la realidad de migración en México y que afecta a Estados Unidos y a Canadá.

Podemos elaborar análisis, estrategias, pero nuestra primera misión sigue siendo la misma misión que hoy escuchamos en la primera lectura, la misión de Jeremías, llevar por dentro el fuego de Dios. Venimos a encontrarnos desde realidades diferentes. México que vive estos momentos complejos de ámbito social, político, económico y cultural.

Estados Unidos y Canadá afrontan también transformaciones que repercuten en la vida de sus pueblos y en la misión de sus iglesias. Durante estos días tendremos la oportunidad de compartir nuestras miradas sobre estas realidades, no desde un juicio ni desde una confrontación, sino desde la responsabilidad pastoral que nos corresponde como pastores que somos.

Queremos comprender mejor lo que viven nuestros pueblos. ¿Para qué? Para poder servirlos mejor. Y en este sentido adquiere particular relevancia nuestra reflexión en esa movilidad humana y la gestión migratoria entre México, Estados Unidos y Canadá.

La migración no ha de reducirse a estadísticas, políticas públicas o deberes económicos. Detrás de cada migrante hay un rostro, una historia, una familia, una esperanza, muchas veces, por desgracia, muchas heridas. La Iglesia debe mirar a esas personas como hermanos, cuya dignidad debe ser reconocida y protegida. La tradición de la Iglesia nos recuerda que en los pobres, en los migrantes y en quienes viven situaciones de vulnerabilidad, encontramos una manera particular de servir el rostro de Cristo.

Será también muy significativo que podamos reflexionar a la luz de Magnifica Humanitas, la reciente encíclica del Papa León XIV, sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial.

Segundo y último punto, el profeta Jeremías, hoy él nos está animando a un trabajo pastoral. No necesitamos solamente una Iglesia bien organizada, necesitamos una iglesia enamorada de Cristo.

La Iglesia necesita solamente nuestra palabra, la del Evangelio, pero también se necesita de nuestro testimonio. No se necesitan pastores preocupados por conservarse a sí mismos, sino pastores dispuestos, como dice hoy Jesús, a perder la vida para encontrarla. Por eso San Pablo nos invita, “no se amolden a este mundo”, sino transformense por la renovación de la mente.

Quizá aquí también está una tarea para las iglesias de estos tres países, no dejarnos separar por las fronteras cuando el Evangelio nos llama a reconocernos como hermanos. Hay fronteras políticas que son necesarias, pero la caridad cristiana no tiene extranjeros. El inmigrante, el pobre, el indígena, el joven, las familias heridas, las víctimas de la violencia, todos aquellos que han perdido la esperanza o la fe, todos ellos son nuestros hermanos y todos pertenecen al corazón de la Iglesia.

Ojalá que este encuentro no sea solamente un intercambio de ideas, sino también un encuentro de hermanos y pastores. Podamos escucharnos, aprender unos de otros, rezar juntos y preguntarnos con sencillez, “Señor, ¿qué quieres de nuestras iglesias en este momento histórico?” Que tengamos el valor de escuchar la respuesta de Jesús, aunque esa respuesta implique la cruz, la renuncia, el dolor.

Que desde Cuernavaca podamos enviar un signo sencillo, pero fuerte, a nuestras iglesias que peregrinan en Canadá, Estados Unidos y México. Si podemos caminar juntos, si se puede, porque primero hemos decidido caminar detrás de Cristo.

De un modo de conclusión, estamos todos invitados a una vida más verdadera. Pidamos a Dios no una vida sin cruces, sino un corazón suficientemente grande para amar cuando la cruz llega. Que al acercarnos a la Eucaristía comprendamos que recibimos el Cuerpo de Cristo para aprender nosotros también a convertir nuestra existencia en un don.

Recordemos lo que oramos en el Padre nuestro.Hágase tu voluntad” con la conciencia de que Dios desea para nosotros una libertad sin esclavitudes materiales o emocionales. María Santísima nos ayude para que así sea. Ánimo.

HOMILÍA RAMÓN CASTRO CASTRO XXII ORD MEX CAN EU

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