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Rasgos tiránicos del Estado
Cartas desde Praga

Rasgos tiránicos del Estado

Peter Kopa
9 Junio, 2016

El problema de la democracia representativa es que de hecho, muchas veces, supone entregar a los gobernantes un cheque en blanco,  con el cual pueden ejercer su poder hasta límites que no quería ni suponía la ciudadanía que les ha dado legitimación política mediante el voto. El Estado de Derecho es lo único que les pone límites, que tantas veces son relativos porque el gobierno tiene la posibilidad de cambiarlos sin consultar al pueblo. Y así tantas veces se ha abierto la puerta a gobiernos democráticos con rasgos tiránicos         

En nuestro tiempo tenemos el prejuicio de que la tiranía  es algo que solamente se daba  en el ex-bloque soviético,  en el régimen nazi,  en algunas antiguas tiranías latinoamericanas y, en cierta manera en el absolutismo europeo de hace pocos siglos. Sin embargo, si nos fijamos en los hechos, es posible que este prejuicio se relativice, porque desde hace al menos 150 anos, en Europa, paralelamente a la consolidación de la democracia, el Estado ha puesto de manifiesto un poder  poder ilimitado declarando guerras –sin consultarlo al pueblo-, que al menos han costado la vida a 90 millones de personas, sin contar los 100 millones que ha costado el experimento comunista desde 1917 hasta 1989 y los 70 millones que ha supuesto el régimen de Mao en la China.

En este periodo han ido aumentando los impuestos, también sin consulta previa a los ciudadanos – como se practica en Suiza, donde los asuntos de gobierno pueden, y algunos deben ser sometidos a referéndum -, y se han ido  generando, de forma imparable  y progresiva,  leyes y reglamentos administrativos en paralelo al  crecimiento burocrático, siendo hoy el Estado una aparato de tales proporciones, que  está mermando los  derechos y libertades garantizados por la constitución de una forma fácticamente tiránica. Pero eso sí: todo formalmente legitimado por gobiernos elegidos democráticamente. Ciertamente también aumentaron las prestaciones del Estado, pero no de forma proprocionalmente justa, debido al crecimiento de la burocracia, y, con ella, al aumento de la corrupción.

A la hora de las elecciones políticas, la victoria electoral tiene a veces la triste prehistoria de financiaciones  de campanas electorales con dinero sustraído al Estado, directa o indirectamente (por ejemplo,  cuando con dinero fiscalmente evadido o desde empresas estatales se hacen donativos  a cambio de cargos políticos, adjudicaciones de proyectos u otros negociados turbios). En este caso se trataría de una tiranía de grupo, no del Estado mismo.

El materialismo que prevalece hoy en los modos y actitudes de los gobernantes explica, entre otras cosas, el positivismo jurídico que se aleja siempre más de las leyes naturales, que son la base y el soporte basilar  de las leyes del Estado. De esto resulta la aplicación fría de la Ley, distante de la equidad,  que llega al absurdo de permitir la liquidación de vidas humanas, y, a la vez,  legitima una penalización excesiva de cualquier cosa que suponga pagar al Estado menos impuestos, o la más pequeña apariencia de discriminación entre personas, o la oposición a la educación sexual de niñas desde los 9 anos, u oponerse a la equiparación entre la familia tradicional y la contraída por homosexuales etc.

El materialismo fáctico imperante en los gobernantes, al no ofrecer ni norte ni rumbo para una valoración ética correcta de sus propias decisiones, relega al voto electoral la decisión de lo que es moralmente bueno o malo, no queriendo ver, que la verdad de las cosas no se puede definir por alzada de mano,  so pena de caerse en un total oportunismo moral que al final podría justificar hasta lo más injustificable, como que dos más dos son cinco. Ejemplos de este lamentable decaimiento es lo típico en cualquier gobierno tiránico, como por ejemplo en el sistema comunista, pero con la gran diferencia de que aquí, el Estado reconocía abiertamente su propio materialismo, por lo que también ha sido  más fácil atacarlo y superarlo. En cambio, el materialismo fáctico de los gobiernos  occidentales, al no ser reconocido abiertamente, resulta más difícil de enfrentarse a él, también por estar disuelto en la sociedad como la sal en el agua.

Otra momento de abuso de poder del Estado se manifiesta en el monopolio absoluto que tiene, por fuerza de Ley, respecto a la acuñación monetaria, cuando permite imprimir billetes y crear dinero a su antojo, para pagar las deudas adquiridas como consecuencia de sus propios errores: el despilfarro, la corrupción y la burocracia excesiva, llena de funciones redundantes, que a su vez multiplica las ocasiones corruptivas y corrompedoras.

El oportunismo y lo políticamente correcto son los criterios operativos de muchos gobernantes, que explica el endeudamiento excesivo del Estado, cayendo en los lazos de la dependencia total de organizaciones supranacionales, que tienden a favorecer  esta situación para perseguir sus propios intereses, contrarios a los  intereses del Estado y de sus ciudadanos. Y así, al final, el que tiene que tragarse todas las pérdidas, es sobre todo el ciudadano de condición económica modesta. El endeudamiento a interés cero produce burbujas, que al explotar, deja sin trabajo a muchísima gente. De la misma manera se manifiesta la devaluación monetaria, que obliga a todos a apretarse el cinturón hasta los huesos, porque  no reciben inmediatamente la justa compensación de la subida de precios  a través del aumento salarial, sino al cabo de periodos de tiempo prolongados.

Otra manifestación del espíritu tiránico es el control del ciudadano, a quien se va vigilando mediante la grabación de sus conversaciones telefónicas y de sus emails. Y esta base de datos no sólo se emplea para la persecución del crimen y del terrorismo –como siempre insiste el Estado, a manera de coartada- , sino también en la lucha política de los gobernantes entre sí.

Los roces y peleas entre los gobernantes roban mucho tiempo al equipo gubernamental, cuyo mantenimiento es costosísimo, a expensas del tiempo que deberían dedicar a los asuntos de gobierno, que siempre son muchísimos y en los que están en juego la mejor o peor vida de los  ciudadanos. Incluso se espían los Estados entre sí, como es el caso de USA respecto a Alemania,  contra lo cual ha protestado Ángela Merkel. Y esto es sólo la punta  del iceberg que asoma por encima de la superficie. Con poco margen de error cabe suponer que todos los países espían al menos a su propia gente, so pretexto de la  seguridad nacional, persecución del crimen y del terrorismo.

A propósito de esto recuerdo que hace muchos anos, en Suiza, una revista había publicado los sitios exactos donde estaban instalados en Zúrich los radares policiales de  control de velocidad. Contra esta publicación, la Dirección Policial de Zúrich demandó judicialmente a la revista, pero la sentencia resultó dando la razón a ella, porque la ciudadanía tenía derecho a saber cómo y donde es controlada por la policía.  Es muy ilustrativo al caso el que en la mayoría de los Estados está prohibido instalar en los vehículos detectores de radares policiales. Esta actitud revela muchas cosas, entre otras, que el ciudadano pierde cada vez más derechos ante un Estado con un apetito feroz de control del ciudadano, que tiene rasgos tiránicos. Hace poco, en Zúrich la policía instaló un radar en un sitio donde se producen muchas transgresiones: ha resultado un buen negocio, con una media diaria de 55.000 Euros por concepto de multas. En la República Checa ciertos  policías tiene incluso un presupuesto de multas que están obligados a imponer, lo cual lleva a una actitud policial de espionaje y explotación del ciudadano, para caer sobre él al menor desliz legal, sobre todo en el tráfico automotor.

Se dice que la UE está acariciando la idea de implantar a todos sus ciudadanos un chip dentro de su cuerpo, so pretexto de que habría allí la historia clínica del individuo –cuya lectura permitiría una actuación más eficaz en caso de emergencias de salud -, sus datos fiscales y personales,  y tantas cosas más que interesan al Estado. Pero hay que tener en cuenta que estos chips permitirían el rastreo permanente del ciudadano – igual como a los perros y animales silvestres bajo observación – , grabar sus conversaciones etc., lo cual supondría haber llegado al mundo del gran hermano de George Orwell, en donde quedaría pisoteado el derecho natural a la propia privacidad.

Además de todo lo dicho, se dan toda una serie de  síntomas en el ejercicio abusivo del poder estatal, que podría resumirse en el mal trato que recibe el ciudadano de parte del Estado o de sus organizaciones. Así, cualquier persona podría contarnos acerca de la indignación que se siente, cuando en una autopista aparece una obra de arreglo o mantenimiento en horas punta, cuando miles van camino de su trabajo. A veces incluso estas obras están sin obreros,  creando retenciones  kilométricas de coches  que tienen que esperar para poder pasar el cuello de botella ocasionado. Sería interesante hacer un estudio sobre el costo de los cientos de millones de Euros que suponen las retenciones innecesarias en toda Europa durante un ano, donde se tengan en cuenta las pérdidas de horas de trabajo, el gasto adicional de combustible etc. ¿No sería lógico que estas obras se hiciesen de noche o en fines de semana, cuando el tráfico automotor es mucho menor, y de la forma más rápida posible, aunque cueste más? Siempre será menor que el costo que tiene que sufrir el ciudadano un día Lunes a las 8 de la mañana.

A propósito del tráfico automotor el Estado está comenzando a cobrar un impuesto adicional a los vehículos, en la forma de una pegatina autoadhesiva que hay que poner en el parabrisas, para que la policía lo pueda controlar. Esto lo comenzó Suiza, seguida de Chequia y algunos países más. Últimamente lo introdujo Alemania. En la gran mayoría de estos casos se trata de autopistas construidas ya hace mucho tiempo por el Estado. Ante esto cabe preguntarse porqué no son suficientes los altos impuestos que cobra el Estado para mantener las carreteras, que aumentan el precio del combustible al doble. Como vemos, el tener un coche es ocasión para exprimir al ciudadano como un limón: el impuesto sobre la gasolina, doblando su costo, y encima cobra una tasa por utilización de las autopistas, y, en algunos casos concesiona el cobro del peaje por tramos recorridos de autopista, concretamente en España y Francia. Sería deseable que hubiese un periodismo investigativo sobre el costo de construcción y mantenimiento de la vía pública, a fin de que se pueda determinar si el Estado despilfarra o malversa el dinero de todos.

También resulta chocante el régimen costosísimo de pago por  plazas de aparcamiento en la vía pública –ya se dieron demandas judiciales contra este tipo de venta del suelo patrio, que pertenece a todos y constitucionalmente no habría motivo para pagar por ello-,  o el modo cómo es atendido el ciudadano ante una ventanilla, o  la forma cómo muchos policías hablan al presunto transgresor de tráfico, o el abuso de la inmunidad de los altos funcionarios públicos, que les permite muchas veces una impunidad altamente discriminatoria respecto a comportamientos injustos y hasta criminales.

Peter Kopa


3 COMMENTS ON THIS POST To “Rasgos tiránicos del Estado”

  1. Juan dice:

    Fe de erratas: “anticipando un trágico final de poner remedio”. Debe decir: ” anticipando un trágico final de no poner remedio”

  2. Juan dice:

    Javier Ejías: ¿de dónde coño sacas tu que el articulista deslice siquiera la idea de que una teocracia mitigaría los abusos de un estado totalitario u orwelliano, o peor aún, que la esté proponiendo? Cuando visitas a tu médico y te suelta la retahíla de signos y síntomas que tienes anticipando un trágico final de poner remedio ¿le respondes con un “usted que quiere que me haga creyente” o que me someta a una teocracia? Seguramente el médico, si lo coges en un mal día te suelte (no sin razón ): “mire, usted haga lo que le salga de la punta la polla, yo ya le he dicho lo que hay. Hala, el siguiente “

  3. Javier Ejías dice:

    ¿Y qué propone usted? Una teocracia
    No lo permita Dios

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