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EL MUNDO DE LAS IDEOLOGÍAS

Por Gabriel Calvo Zarraute
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José Ramón Ayllón, Homolegens, Madrid 2019, 139 páginas

  1. La ideología como sustitución de la realidad y la razón

Toda ideología es una filosofía falsa, es decir, un pensamiento que se encuentra en desacuerdo, enfrentado con la realidad de las cosas. Se trata de la tercera acepción recogida en el Diccionario de la RAE en la entrada «ideólogo»: «Persona que, entregada a una ideología, desatiende la realidad»[1]. En lugar de pretender comprender la realidad la mutila de acuerdo con presupuestos sesgados y parciales. De este modo la ideología se conforma como un sistema de ideas que pretendiendo ser omnicomprensivo, es decir formulándose con la pretensión de abarcar toda la realidad, termina por desembocar en contradicciones internas insolubles al no encajar la realidad con sus prejuicios o fórmulas a priori. Por tanto, se trata de una construcción intelectual, una perspectiva distorsionada que implica una concepción del mundo no conforme con la realidad.

La ideología, producto típico de la modernidad en sentido teorético, supone, por tanto: «una brecha entre realidad y teoría»[2]. De ahí que el filósofo Ferrater Mora defina a las ideologías como: «teorías de índole no científica creadoras de mitos», como, por otra parte, puede verse claramente en el mito del «buen salvaje» de Rousseau[3]. Mitos que llevan implícita una cosmovisión dualista de la realidad, como en el caso del platonismo y, que con la obra de Marx La ideología alemana (1846), se asentarán definitivamente en el imaginario occidental dominado por el marxismo cultural[4].

El idealismo, devenido en ideología, como culminación del racionalismo, llegó a su cénit en la revolución cultural que tiene su origen histórico en mayo de 1968[5]. De este modo firmaría el acta de defunción de la ideología moderna dando así inicio al período contemporáneo de posmodernidad con su característico pensamiento débil o «líquido», magistralmente conceptualizado por el catedrático de sociología Zygmunt Bauman en sus numerosas e interesantes obras de divulgación[6]. Un mundo «líquido» que tiene en el monismo dinámico de Heráclito su primer teorizador y en el nihilismo de Nietzsche su culminación[7].

José Ramón Ayllón ha recorrido un largo camino como brillante docente de Filosofía en secundaria y en la Universidad de Navarra y fruto de su experiencia pedagógica son sus abundantes obras filosóficas y biográficas[8]. Este breve ensayo, escrito con una lucidez y didáctica sobresalientes, constituye un instrumento muy útil para analizar rigurosamente nuestra época tan fuertemente ideologizada debido a la ausencia del ejercicio de la racionalidad en los individuos y por ello llevados del emotivismo más degradante. Su estilo es sencillo y accesible al gran público, sin por ello dejar de poseer un expresión depurada y precisa. Expresa los elementos fundamentales de cada una de las corrientes ideológicas que se han ido gestando en el Occidente moderno: ya sean las antiguas como el liberalismo, el nacionalismo o el marxismo, o las más recientes del feminismo, la ideología de género o el ecologismo[9].

La ideología, por su propia naturaleza tiende a instaurar una tiranía[10]. Así lo señalaba Benedicto XVI: «La absolutización de lo que no es absoluto sino relativo se llama totalitarismo. No son las ideologías las que salvan el mundo, no son las que liberan al hombre sino las que lo privan de su dignidad y lo esclavizan»[11]. La obra no se reduce a una mera descripción de estos movimientos, Ayllón ha acertado a desenmascarar y evidenciar el nexo común que une a todas ellas concretado en tres características comunes:

  1. Supeditación de la realidad al prejuicio ideológico[12].
  2. Absolutización de una idea: género, nación, libertad, igualdad, etc.[13].
  3. Promesa de un futuro «mundo feliz» o paraíso que nunca llega.

Fruto de la ideología es un deficiente análisis histórico que convierte el pasado de la humanidad en un oscuro período opresor, inculto e intolerante en vías de superación gracias a las ideas de progreso que redimirán al mundo[14]. Por consiguiente, en la lectura ideologizada de la historia la ideología encuentra su justificación, se retroalimenta, pues toda historiografía tiene una teoría filosófica, una antropología de fondo[15]. De ahí que el estudio de los documentos históricos científicamente, es decir en su integridad, a fin de ser correctamente comprendidos, sea imprescindible para desmontar cualquier tipo de falacia ideológica[16].

  1. Lectura realista y racional de la historia

Saber quienes somos exige poseer clara conciencia sobre de dónde venimos y de quienes han sido nuestros antepasados próximos o remotos. Cuales han sido sus ideales y esperanzas, sus esfuerzos y debilidades, sus gestas con sus victorias y derrotas, sus éxitos y fracasos y, también sus aciertos y errores. Un pueblo no se define solamente por su presente, ni por sus aspiraciones futuras, sino básicamente por su pasado. La herencia recibida, tanto si es aceptada (tradición) como rechazada (traición), nos define en relación con quienes nos precedieron, pero, asimismo, respecto a nosotros mismos y a los demás que tienen otra herencia[17]. Y esa necesidad de vinculación se hace más patente, exigente y necesaria en momentos de crisis[18]. Cuando la identidad nacional española y europea nunca ha estado más resquebrajada, se olvida, desconoce o tergiversa, y por tanto se cuestiona, es preciso remontar el curso de la historia, que nos ayudará a descifrar cómo hemos llegado a ser lo que somos[19].

Influye en nosotros, no sólo la realidad del pasado, sino también y, sobre todo, el conocimiento que tenemos de ese pasado, de nuestra historia. Por eso no es menos importante que el conocimiento veraz de la historia, la difusión que alcanza ese conocimiento[20]. La conciencia del ser de España y de Occidente se encuentra en avanzado trance de desaparición[21]. Así el estudio de la historia y las investigaciones históricas, que son sus resultados, cada vez más aproximativos a la realidad que existió, permiten delimitar de modo cada vez más certero la verdad histórica en su contexto. Dicho de otro modo: lo que aconteció y sus motivaciones. También indirectamente contribuyen a recuperar el conocimiento histórico perdido o manipulado y a acotar la identidad nacional.

La proximidad de los acontecimientos vividos sujeta a sus protagonistas, en mayor o menor grado, a justificaciones e intereses. Quienes han escrito la historia de los sucesos que han vivido, aunque sin ser sus protagonistas, son sus testigos. Y la proximidad de los acontecimientos impide situarse por encima de ellos, especialmente si el acontecimiento histórico aún tiene capacidad de actuación sobre la realidad social: los prejuicios, filias y fobias son causa de distorsión, incluso inconsciente, de la historia.

De ahí que, escribir la historia, además de espíritu crítico y cierto distanciamiento temporal respecto de los acontecimientos, exige, sobre todo, una disposición de la voluntad para prescindir de todo tipo de apriorismos y partidismos a fin de no introducir esquemas teóricos o condicionantes conceptos dogmáticos a modo de «merarrelato», inapropiados para el tema estudiado. En el mismo sentido es vital una apertura de la inteligencia para aceptar las verdades que muestran las fuentes primarias de la época, sin ocultaciones o tergiversaciones, sin selecciones arbitrarias de los materiales, sin anacronismos conceptuales o interpretativos que convierten la historia en ininteligible. También precisa no considerar la historia como acabada o definida para siempre, sobre todo cuando, desde los mismos acontecimientos, surgen diferencias con la historia oficialista impuesta, que la cuestionan desde sus fuentes y comienzos[22].

Así, la labor del historiador es incompatible con la ideología. Ésta distorsiona la realidad que contempla con la finalidad de hacerla encajar con calzador, bien en su restringido esquema mental, bien en sus parciales bases metodológicas, que de instrumento de investigación para alcanzar la verdad se transmutan en el fin que la investigación debe corroborar. Por este camino demostraría su validez, bien en sus propias aspiraciones sociales o políticas actuales para que éstas sean confirmadas por la historia, encontrando en ella precedentes o leyes que aseguraran tal desarrollo. Un ejemplo de lo primero lo constituiría la teoría de la lucha de clases marxista como ley o motor de la historia[23]. De lo segundo el método dialéctico que Marx heredó de Hegel y que de aplicarse en su pureza no demuestra otra cosa diferente que la aplicación del propio método[24]. De lo tercero, pueden ser ejemplos el socialismo, el comunismo, el fallido Estado de Derecho o la sociedad democrática avanzada o «abierta», en expresión de Karl Popper, como la única, por ser la más excelsa sociedad que cabe implantar en la tierra y como estadio final de la historia según nos anunciaba ingenuamente Francis Fukuyama[25].

Bien entendido, no significa que el historiador carezca de una cosmovisión filosófica, religiosa o de preferencias políticas. Tal pretensión de que la mente del historiador sea quam tabula rasa es absurda e imposible. De lo que se trata es de que admita y se encuentre convencido de la posibilidad del conocimiento histórico objetivo, o sea de la verdad histórica. Lo que no implica un obstáculo para que, en muchas cuestiones, tanto en los hechos como especialmente en sus motivaciones, tal verdad sea aproximativa y perfeccionable, por ser de suyo revisable a la luz del descubrimiento de nuevas fuentes o de nuevos razonamientos. Esta admisión presupone y se fundamenta en una filosofía del conocimiento que admita la verdad y la posibilidad humana de su hallazgo. Siempre conscientes, especialmente respecto a contornos y matices, de su provisionalidad, que no puede confundirse con la relatividad de la verdad descubierta, pues se trata de una cuestión de grado de certeza en el conocimiento[26].

  1. Imposibilidad del conocimiento científico en la ideología

Ideología y verdad, ideología y ciencia, pues la ciencia necesaria supone la verdad que trata de descubrir, son, pues, términos contradictorios. En efecto, la ideología presupone un sistema de ideas que, al menos en su núcleo esencial, no van a resultar alteradas por el conocimiento de la realidad. Al mismo tiempo, su finalidad es la justificación de una realidad político-social o la transformación de la sociedad que entraña, como consecuencia, la descalificación y el rechazo de las situaciones reales que previamente desaprueba. Así pues, se basa en un sistema de ideas que carece de correlato real, histórico, predominando la idea sobre la realidad que es desplazada por aquella. Al impedir la conformidad de los conceptos con las cosas, desplaza a la verdad cuyo descubrimiento resulta, por ello, imposible. El sistema de ideas se superpone a la realidad, distorsionándola o incluso eliminándola.

La ideología supone una defectuosa, y por ello falsa, teoría del conocimiento en todos los órdenes. En la investigación histórica, si la aproximación a la historia se realiza desde presupuestos ideológicos la vicia radicalmente. Si la ideología aparece con posterioridad a la investigación, ésta resulta modificada en una falsificación clamorosa. También ideología e historia, es decir conocimiento científico del pasado, son incompatibles. En la investigación histórica la ideología conduce tanto a la potenciación de cuestiones que confirmen o resulten acordes con la ideología del historiador, en perjuicio y detrimento de otros problemas que la desmentirían o pondrían en peligro, como a la justificación de una realidad social o política actual o a su prefiguración y anticipación o, incluso, al cambio futuro, social o político, que esa ideología pretende. La ideología presupone la conclusión, y hace violencia a la investigación para que quede demostrada.

De ahí que la historia, una vez alcanzado un cierto grado de conocimiento amplio y profundo, ofrezca pocas variaciones en su núcleo esencial. Por el contrario, existen tantas historias diferentes como ideologías, partidismos o intereses, conforme a los cuales se han escrito, siempre ajenas a lo puramente científico, es decir al conocimiento demostrable. Y es que la historia no se fabrica, sino que se descubre. De otro modo tendremos leyenda, ya sea negra o rosa, ficción, mito o propaganda, conjunta o separadamente, pero nunca historia. La distorsión ideológica es gravemente perjudicial respecto al qué de la historia, aunque donde normalmente se verifica la metamorfosis no es tanto en la falsificación de los hechos, cuanto en su ocultación o en su minimización pasando sobre ellos como sobre ascuas, o considerándolos irrelevantes cuando en modo alguno lo son. Por ejemplo, es desinformador afirmar que los más de 7.000 mártires de la Segunda República fueron asesinados por «incontrolados y espontáneos» o que fue obra del «pueblo» o de la «justicia popular», como sostienen los historiadores oficialistas, todos de matriz marxista[27]. A este respecto puede consultarse una abultada bibliografía, siempre con títulos truculentos y sentimentaloides, que silencia o miente abiertamente acerca de la realidad: que fueron asesinados por representantes legales de un Gobierno, que no cesaba de repetir de sí mismo que era legítimo, o con su complicidad.

Sin embargo, los efectos nocivos de la ideología en la historia se acrecientan cuando se trata del por qué de la historia. Al indagar y mostrar las razones de los hechos, la ideología no sólo aparece en la explicación o la interpretación. Sino que incluso en los hechos verdaderos, ciertos, se acomodan a la interpretación para ser compatibles con la ideología, o simplemente para dar razón de ella, es decir, para justificarla. Así, en ocasiones sabremos lo que ocurrió, pero desconoceremos por qué sucedieron tales hechos o se les atribuirán causas o consecuencias erróneas al ser engañados por la ideología.

Así, con la ideología o con la admisión de métodos cuya pretendida eficacia depende del respeto de la ideología de la que proceden, especialmente la idealista y la marxista, la historia deja de ser el conocimiento del pasado que fue, para convertirse, en recreación o reescritura del pasado[28]. En auténtica creación de un pasado que nunca existió, en orden a la configuración del presente y el futuro. De esta guisa, el presente o el futuro deseado encontrarán en esa forma de escribir la historia, razones y argumentos que los avalen. Es decir, un principio de legitimidad, que, aunque inmanente, se pretende ancestral, probado y eficaz.

No se está rechazando que el conocimiento histórico tenga proyección hacia la actualidad, e incluso hacia el futuro. Todo lo contrario, pues la consecuencia práctica de la historia es descubrir los aciertos y equivocaciones que labraron nuestros antepasados, a fin de intentar evitar errores similares o descubrir soluciones ya probadas con éxito y así, procurar mejorar el presente y aspirar a asegurar o prever un futuro próximo mejor. Tal es en definitiva la concepción clásica de la historia como magistra vitae[29]. Pero ese aspecto práctico no puede ser más que consecuencia de la verdad histórica, que constituye el verdadero objeto del historiador. Nada puede haber preconcebido ni nada hay que probar por anticipado. La elaboración histórica con presupuestos ideológicos la incapacita para el desenvolvimiento de su misión como maestra de vida, pues al forzarla a decir lo que no fue, se imposibilita para descubrir aciertos y errores, y, por tanto, es inútil, cuando no contraproducente, como maestra, además de falsa en cuanto a fuente de conocimiento. Con todo, no hay que confundir la ideología aplicada a la historia con el conocimiento defectuoso o con la ignorancia[30].

Por otra parte, aunque el objeto del historiador sean los hechos pasados con suficiente relevancia para una comunidad o para la humanidad entera, intentando delimitarlos de modo que expresen la verdad de lo ocurrido, la finalidad de la historia no puede limitarse a un mero ejercicio intelectual, al puro conocimiento de lo que sucedió. De ser así, no pasaría de convertirse en un mero entretenimiento tanto para el historiador como para el lector, aunque el respectivo disfrute sea de naturaleza diferente. En cierto modo, constituirían un saber inútil. Además de saber lo que pasó, hay que conocer por qué ocurrió, y hay que saber también, si lo que ocurrió fue no sólo útil o perjudicial, sino, además, bueno o malo. Es decir, para que la historia cumpla su cometido de maestra de vida, no hay que mirar hacia atrás para repetir un modelo ancestral, probablemente mítico o mitificado, reputado valioso por antiguo y por haber existido. Sino que se requiere un criterio valorativo capaz de discernir en lo pasado, lo bueno y lo malo, lo que hay que conservar o recuperar y lo que hay que repetir o hay que rechazar.

No obstante, el criterio valorativo no hay que confundirlo con la ideología, pues son cuestiones diferentes. Así, sin ideologías se puede coincidir en los hechos, aunque se discuta su enjuiciamiento y valoración, si se discrepa en el criterio valorativo. Por ejemplo, cuando se afirma que el 11 de mayo de 1931 decenas de conventos, iglesias, bibliotecas, colegios, asilos de ancianos y orfanatos ardieron en Madrid, pero se vela su autoría como si fuera un misterio historiográfico impenetrable[31].

El criterio valorativo no puede ser confundido con una mera opinión, pues ésta versa sobre lo cuestionable. Y en la historia la interpretación de los hechos, su valoración y enjuiciamiento atañe en ocasiones, es cierto, a asuntos cuestionables, pero en otras muchas, a realidades que, por su propia naturaleza, no admiten ser cuestionadas. Por ejemplo, es cuestionable, y por tanto opinable, por lo que caben distintas valoraciones, sobre si fue acertada o no, útil o buena, la Armada Invencible[32]. En cambio, no admite discusión que la esclavitud es un mal en sí mismo, aunque en determinados tiempos haya sido un mal menor. Por eso, el juicio de las sociedades que practicaron la esclavitud, de forma predilecta las protestantes, en esta cuestión ha de ser siempre negativo, aunque el juicio pueda admitir graduaciones[33].

  1. Moral e investigación histórica

Naturalmente, la afirmación anterior implica que el criterio valorativo se asienta en principios y a falta de ellos no cabe más que el escepticismo o el relativismo. Pero tanto el uno como el otro convierten la historia en inútil como conocimiento práctico. El primero impide obtener conclusión alguna acerca de lo acertado o lo erróneo de ningún hecho. El segundo permite justificar o condenar cualquier hecho, con lo que al permitir que sea válida cualquier conclusión imposibilita obtener una conclusión correcta y válida. Tanto en uno como en otro caso, es imposible sacar ninguna enseñanza práctica de lo que hicieron nuestros antecesores. La historia, por sí misma, no es juez de nada, al carecer de criterios valorativos, ya que los hechos no expresan ningún criterio inapelable, ni siquiera el del demiurgico pueblo, como pretendió cierto historicismo[34]. El criterio valorativo no puede ser de utilidad, sino que ha de ser de moralidad, único capaz de apreciar el bien por encima de lo útil[35]. Por eso necesita acudir a la metafísica y a las normas morales universales e inmutables[36]. De ahí que el mejor y superior criterio valorativo lo proporcione la Ley de Cristo, la religión católica[37].

El criterio valorativo ha sido y es muy diverso según los historiadores. Con todo, este criterio deja de serlo, cuando, admitidos los hechos tal y como ocurrieron, se los valora desde la ideología. Los principios son proposiciones verdaderas originarias capaces de engendrar razonamientos correctos o inconcusos. Por eso hay pocos principios y cuanto más nos distanciamos en nuestros razonamientos de esas verdades, más nos alejamos del terreno de las verdades para acercarnos al terreno de lo probable y hasta de lo meramente opinable.

Ciertamente, hay enjuiciamientos y valoraciones diferentes porque parten de principios distintos. Pero, en propiedad, los principios no pueden ser diferentes. Ocurre que hay principios erróneos, es decir, errores o falsedades que se toman como principios, o principios no tan principales que se toman como los primeros y más trascendentales con olvido o en sustitución de aquellos. En ocasiones la profesión de estos principios coincide con un pensamiento ideológico. Así ocurre con el nacionalismo exacerbado, que pone a la propia nación por encima de cualquier otra realidad, siendo legítimo conseguir su mayor bien aun a costa de otras naciones[38]. Otro tanto puede decirse del racismo que pretende potenciar, más que a una raza, a un pueblo que presuntamente representa a una raza, a cualquier precio. Entonces, se intenta ir río arriba, en una navegación preestablecida, para hacer decir a las fuentes que se tiene razón, aunque sea a costa de falsearlas.

Las distorsiones de la historia por la ideología son innumerables y la invalidan. Uno de los más claros ejemplos lo constituye la Revolución francesa (la portada de la obra que comentamos, La libertad guiando al pueblo, de Eugéne Delacroix, presenta una visión mitológica y propagandista de la Revolución). Porque, en cierto modo, durante todo el siglo XIX y todavía durante el siglo XX, no se había cerrado el proceso revolucionario y sus consecuencias. Ni sus instituciones y leyes podían considerarse definitivas, ni la crisis abierta en 1789 se había cerrado, pues durante más de 150 años se enfrentaron en la convivencia diaria y en la batalla por las ideas la Revolución y la Contrarrevolución[39].

Por otra parte, la escuela marxista tenía que probar la realidad histórica de la lucha de clases y configurar el futuro de la dictadura del proletariado, de tal forma que el resultado tenía que ser que la Revolución francesa anticipaba la revolución comunista de octubre de 1917. Incluso, en cierto modo, la Revolución bolchevique y la Unión Soviética que la siguió, constituía el espejo en el que ver reflejada la Revolución francesa, así, contra todo justo sentido, se pretendía encontrar las causas históricas río abajo[40]. Las fuentes documentales no faltan, pero las corrientes historiográficas más acreditadas sí habían fallado. Afortunadamente, hoy intenta abrirse paso una corriente investigadora independiente, sin apriorismos ideológicos, a fin de restablecer la verdad de lo acontecido[41].

Siendo ideología e historia incompatibles en sí mismas, hay, sin embargo, indicios de una renovación en los estudios históricos que, si no excluirá totalmente la ideología, al menos permitirá a algunas personas de las nuevas generaciones saber algo de su pasado nacional que, hasta ahora, se les había velado o tergiversado. Con ello será menos complicado situarse en el presente y comportarse con cierta coherencia en el futuro. Con tal renovación es de esperar que surjan expuestos en la narración los verdaderos principios del conocimiento, pero también de la convivencia humana. Y con ellos, el hecho fecundo y bienhechor de la religión católica y de la Iglesia, pues no ha habido hecho más trascendente, documentado históricamente, que la Encarnación, muerte en la Cruz y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo[42]. Con este criterio puede juzgarse la historia, sin temor a equivocarse, prestando la atención que se merece a la Teología de la Historia como disciplina científica[43]. Al mismo tiempo, debería resurgir con claridad que la doctrina, sacramentos y moral que transmite la Iglesia configuraron Europa, es decir la Cristiandad, y las naciones occidentales hasta la modernidad, pues cuanto poseen de valioso, lo deben a esta herencia[44]. Sin la Cristiandad medieval no es concebible el Occidente contemporáneo[45]. Sin ella no se da explicación de su configuración ni de su dinamismo y trascendencia universales[46]. Así lo expresa el reconocido historiador Josep Lortz:

«El nombre de la Edad Media es producto de la presuntuosa autoestima de los humanistas; en principio quería descalificar el tiempo que va desde la Antigüedad clásica hasta su reaparición en el Renacimiento como un paréntesis carente de cultura de este mismo espíritu procede también la expresión “la oscura Edad Media”. Pero la época se entendió a sí misma como “Civitas Dei” o como “Orbis christianus”. Hoy ya sabemos todos que la Edad Media desarrolló en todos los campos fuerzas culturales de primera categoría y realizó obras de valor permanente. Además, sin la Edad Media no habría existido el Renacimiento, que tantas veces se ha usado para descalificarla, y apenas habría sido posible un auténtico acceso a lo antiguo; la humanidad moderna sin el Medievo sería doblemente pobre»[47].

[1] Real Academia Española, Diccionario de la Lengua Española, Espasa, Madrid 2007, vol. II, 1245.

[2] Ángel Luis González (Ed.), Diccionario de Filosofía, EUNSA, Pamplona 2010, 557; Walter Brugger, Diccionario de Filosofía, Herder, Barcelona 2000, 298.

[3] José Ferrater Mora, Diccionario de Filosofía, Alianza, Madrid, vol. II, 1618; cf. Diccionario de Filosofía de Bolsillo, Alianza, Madrid 2018, 579; Giovanni Reale-Dario Antiseri, Historia de la Filosofía, Herder, Barcelona 2010, vol. III, tomo III, 90.

[4] Cf. Jean Pierre Vernant, Mito y pensamiento en la Grecia antigua, Ariel, Barcelona 1985; Dalmacio Negro, El mito del hombre nuevo, Encuentro, Madrid 2009, 66; Karl Marx, La ideología alemana, Akal, Madrid 2014; Rafael Gambra, El lenguaje y los mitos, Ediciones Nueva Hispanidad, Buenos Aires 2001, 31; Giovanni Reale, Platón. En búsqueda de la sabiduría secreta, Herder, Barcelona 2002, 307; Eros, demonio mediador. El juego de las máscaras en el Banquete de Platón, Herder, Barcelona 2004, 114; Javier Barraycoa, Los mitos actuales al descubierto, Libros libres, Madrid 2008, 37; Daniel Bell, El final de la ideología, Alianza, Madrid 2015, 74.

[5] Cf. Antonio Millán-Puelles, Léxico Filosófico, Rialp, Madrid 2002, 352; Javier Barraycoa, Sobre el poder en la modernidad y la posmodernidad, Scire, Barcelona 2002, 74; Sobre el poder, Homolegens, Madrid 2019, 141; Rafael Gambra, Historia sencilla de la Filosofía, Rialp, Madrid 2016, 212.

[6] Zygmunt Bauman, Modernidad líquida, Fondo de Cultura Económica, México 2003; Vida líquida, Paidós, Barcelona 2010; Vidas desperdiciadas. La modernidad y sus parias, Paidós, Barcelona 2013; Ceguera moral. La pérdida de la sensibilidad en la modernidad líquida, Paidós, Barcelona 2015; Estado de Crisis, Paidós, Barcelona 2016; Reflexiones sobre el mundo líquido, Paidós, Barcelona 2017; Tiempos líquidos. Vivir en una época de incertidumbre, Tusquets, Barcelona 2017; Generación líquida. Transformaciones en la era 3.0, Paidós, Barcelona 2018; Maldad líquida, Planeta, Barcelona 2019.

[7] Cf. Guillermo Fraile, Historia de la Filosofía, BAC, Madrid 2004, vol. I, 174; Frederick Copleston, Historia de la Filosofía, Barcelona 2011, vol. I, tomo I, 38; Roger Verneaux, Historia de la Filosofía contemporánea, Herder, Barcelona 1997, 56; Alfredo Cruz Prados, Historia de la Filosofía contemporánea, EUNSA, Pamplona 2007, 88.

[8] José Ramón Ayllón, Ética razonada, Palabra, Madrid 1998; Filosofía mínima, Ariel, Barcelona 2001, Introducción a la ética. Historia y fundamentos, Palabra, Madrid 2006; Mitología moderna, Palabra, Madrid 2008; Querido Bruto. Novela histórica sobre la vida de Julio César, Palabra, Madrid 2008; Tal vez soñar. La filosofía en la gran literatura, Ariel, Barcelona 2009; Los nuevos mitos, Palabra, Madrid 2012; Antropología paso a paso, Palabra, Madrid 2013; Los pilares de Europa. Historia y Filosofía de Occidente, EUNSA, Pamplona 2013; Tres consejeros. Aristóteles, Confucio, Chesterton, Palabra, Madrid 2015; Sophie Scholl contra Hitler, Palabra, Madrid 2016; Historia de la Filosofía, Ariel, Barcelona 2017; En torno al hombre. Introducción a la Filosofía, Rialp, Madrid 2017; El hombre que fue Chesterton, Palabra, Madrid 2017; ¿Qué es la verdad? Introducción a la Filosofía, Palabra, Madrid 2017.

[9] Cf. Baltasar Pérez Argos, Política básica, Fe católica, Madrid 1979, 200.

[10] Cf. Juan Manuel de Prada, La nueva tiranía. El sentido común frente al Mátrix progre, Libros libres, Madrid 2009, 18; Raymond Aron, Democracia y totalitarismo, Página indómita, Barcelona 2017, 171.

[11] Benedicto XVI, Vigilia en la Jornada Mundial de la Juventud, Colonia, 20-8-2005.

[12] Cf. José Manuel Otero Novas, Los mitos del pensamiento dominante. Paz, democracia, razón, Libros libres, Madrid 2011, 341.

[13] El filósofo, seguidor de Marx y de Freud, Herbert Marcuse en su ensayo La Tolerancia represiva, acuña este término que se ha impuesto en el ámbito intelectual, jurídico y político: se permite cualquier opinión excepto aquella que no coincida con la ideología establecida. Cf. Giovani Reale-Dario Antiseri, Historia del pensamiento filosófico y científico. Del Romanticismo hasta hoy, Herder, Barcelona 2010, vol. III, 751; Dalmacio Negro, La ley de hierro de la oligarquía, Encuentro, Madrid 2015, 31-32; Axel Kaiser, La tiranía de la igualdad. Por qué el igualitarismo es inmoral y socaba el progreso de nuestra sociedad, Deusto, Barcelona 2017, 69. También en el ámbito eclesiástico asistimos a la imposición de una ideología si la autoridad eclesiástica pretendiera suplantar la verdad revelada o dicha autoridad pretendiera no tener límites. En tal caso, se cae en el adagio voluntarista y nominalista de que es la autoridad y no la verdad la que establece la ley (Comisión Teológica Internacional, En busca de una ética universal: Nueva perspectiva sobre la ley natural, BAC, Madrid, 2009, n. 30, 91-92). De este modo se hace sentir al que osa pensar o tener un «comportamiento desviado», desviado respecto a algo que no es de derecho natural ni divino, «como una suerte de apestado», tal y como apuntaba el mismo Marcuse, (El hombre unidimensional, Austral, Madrid 2016, 311).

[14] Cf. Philip Trower, Confusión y verdad. Raíces históricas de la crisis de la Iglesia en el siglo XX, El buey mudo, Madrid 2010, 337.

[15] Cf. Roger Verneaux, Filosofía del hombre, Herder, Barcelona 2002, 222; José Ángel García Cuadrado, Antropología filosófica. Una introducción a la Filosofía del hombre, EUNSA, Pamplona 2010, 125.

[16] Cf. Estanislao Cantero, La contaminación ideológica de la Historia. Cuando los hechos no cuentan, Libros libres, Madrid 2009, 10.

[17] Cf. Rafael Gambra, Tradición o mimetismo, Instituto de Estudios Políticos, Madrid 1979, 9; Hannah Arendt, Karl Marx y la tradición del pensamiento político occidental, Encuentro, Madrid 2007, 30; Evaristo Palomar, Sobre la tradición. Significado, naturaleza, concepto, Tradere, Barcelona 2011, 53.

[18] Cf. Carlos Valverde, Génesis, estructura y crisis de la modernidad, BAC, Madrid 1996, 329; Santiago Cantera Montenegro, La crisis de Occidente. Orígenes, actualidad y futuro, Sekotía, Madrid 2008, 127.

[19] Cf. Robert Spaeman, Ética, política y cristianismo, Palabra, Madrid 2008, 47; Luis Suárez, Crisis y restauración en Europa, Homolegens, Madrid 2009, 309.

[20] Cf. Oscar Sanguinetti, «Los caminos de la identidad italiana y la investigación histórica», en Verbo, n. 403-404, 231-240.

[21] Cf. Julián Marías, España inteligible. Razón histórica de las Españas, Alianza, Madrid 2019, 412; Pío Moa, Qué es España. Razones para entender y defender la unidad nacional, HazteOir, Madrid 2019, 124.

[22] Cf. Federico Suárez, La historia y el método de investigación histórica, Rialp, Madrid 1987, 32.

[23] Cf. Raymond Aron, El marxismo de Marx, Siglo XXI, Madrid 2010, 231; Isaiah Berlin, Karl Marx, Alianza, Madrid 2018, 149.

[24] Cf. Wolfgang Rod, La filosofía dialéctica moderna, EUNSA, Pamplona 1974, 163; Alasdair McIntyre, Marxismo y cristianismo, Nuevo inicio, Granda 2007, 45; Sigfredo Hillers de Luque, El socialismo, Palibrio, Madrid 2013, 127.

[25] Cf. José Fermín Garralda Arizcun, «Ciencia histórica: investigación y didáctica», en Verbo, n. 295-296, 736-737; Karl Popper, La sociedad abierta y sus enemigos, Paidós, Barcelona 2017, 251; Francis Fukuyama, El fin de la historia y otros ensayos, Alianza, Madrid 2015, 38; Miguel Ayuso, El ágora y la pirámide. Una visión problemática de la Constitución española, Criterio libros, Madrid 2000, 47; ¿Ocaso o eclipse del Estado? Las transformaciones del derecho público en la era de las globalizaciones, Marcial Pons, Madrid 2005, 33; El problema del poder constituyente. Constitución, soberanía y representación en la época de las transiciones, Marcial Pons, Madrid 2012, 45; De la democracia «avanzada» a la democracia «aclamada», Marcial Pons, Madrid 2018, 36.

[26] Cf. Leonardo Polo, Curso de Teoría del conocimiento, EUNSA, Pamplona 1984, vol. I, 304; Victorino Rodríguez, Estudios de antropología teológica, Speiro, Madrid 1991, 120; José Gay Bochaca, Curso de Filosofía, Rialp, Madrid 2004, 249; Roger Verneaux, Epistemología general o crítica del conocimiento, Herder, Barcelona 2005, 167; Robert Spaeman, Ética: cuestiones fundamentales, EUNSA, Pamplona 2010, 17; Alejandro Llano, Gnoseología, Pamplona 2011, 42; Alasdair McIntyre, Ética y política. Ensayos escogidos II, Nuevo inicio, Granda 2007, 111; Rafael Corazón González, Filosofía del conocimiento, EUNSA, Pamplona 2016, 179; Ignacio Andereggen, Teoría del conocimiento moral. Lecciones de Gnoseología, Buenos Aires 2019, 14.

[27] Cf. La escuela de historiadores iniciada por el catedrático comunista Manuel Tuñón de Lara y sus seguidores: Paul Preston, Ian Gibson, Gabriel Jackson, Javier Tusell, Santos Juliá, Julio Valdeón, José Luis Villacañas. Ignacio Casanova, Ángel Viñas, Alberto Reig Tapia y Enrique Moradiellos entre otros. Américo Castro puede figurar como un antecedente lejano de ellos debido a su utópica visión de la historia española (Pío Moa, La democracia ahogada. Ensayos sobre la España de hoy, Áltera, Barcelona 2009, 248).

[28] Cf. Julián Marías, Historia de la Filosofía, Alianza, Madrid 2017, 300.

[29] Cf. José Fermín Garralda Arizcun, «Concepto y metodología de la ciencia histórica, I» en Verbo, n. 305-306, 675-713; «Concepto y metodología de la ciencia histórica II», en Verbo, n. 307-308, 919-954.

[30] Cf. Francisco José Fernández de la Cigoña-Estanislao Cantero, Antonio de Capmany (1752-1813). Pensamiento, obra histórica, política y jurídica, Fundación Elías de Tejada, Madrid 1993, 353-396.

[31] Cf. Ramón Tamames, La República. La era de Franco, Alianza, Madrid 1980, 165; Antonio Montero Moreno, Historia de la persecución religiosa en España 1936-1939, BAC, Madrid 2004, 25; José Ramón Fernández Figueiredo, Destrucción del patrimonio religioso en la II República (1931-1936). A la luz de los informes inéditos del Archivo Secreto Vaticano, BAC, Madrid 2009, 57-66.

[32] Cf. Colin Martin- Geoffrey Parker, La Gran Armada. La mayor flota jamás vista desde la creación del mundo, Planeta, Barcelona 2011, 425.

[33] Cf. José Mª Iraburu, Hechos de los Apóstoles de América, Gratis date, Pamplona 2003, 360; Jean Sévillia, Históricamente incorrecto. Para acabar con el pasado único, El buey mudo, Madrid 2009, 264; Michael Coren, Herejía. Diez errores sobre el cristianismo, Rial, Madrid 2013, 133.

[34] Cf. Mariano Fazio-Francisco Fernández Labastida, Historia de la Filosofía. Filosofía contemporánea, Palabra, Madrid 2009, vol. IV, 201.

[35] Cf. Daniel Boira, Liberalismo y socialismo ante la doctrina católica, Acervo, Barcelona 1977, 31; Mariano Fazio, Historia de las ideas contemporáneas. Una lectura del proceso de secularización, Rialp, Madrid 2007, 179.

[36] Cf. Manuel García Morente, Lecciones preliminares de filosofía, Encuentro, Madrid 2000, 115; Tomás Alvira-Luis Clavel-Tomás Melendo, Metafísica, EUNSA, Pamplona 2001, 179; Eudaldo Forment, Metafísica, Palabra 2009, Madrid, 292.

[37] Cf. José Ferrater Mora, Diccionario de Filosofía, Alianza, Madrid 1990, vol. II, 1057; Diccionario de Filosofía de bolsillo, Alianza, Madrid 2018, 307; José Gay Bochaca, Curso básico de Ética cristiana, Rialp, Madrid 1998, 29; Germain Grisez-Russell Shaw, Ser persona. Curso de ética, Rialp, Madrid 1999; 197; Walter Brugger, Diccionario de Filosofía, Herder, Barcelona 2000, 222; Antonio Millán-Puelles, Fundamentos de Filosofía, Rialp, Madrid 2001, 620; Léxico Filosófico, Rialp, Madrid 2002, 260; José Ramón Ayllón, Introducción a la ética. Historia y fundamentos, Palabra, Madrid 2006, 43; Ángel Rodríguez Luño, Ética general, EUNSA, Pamplona 2010, 71; Ángel Luis González (Ed.), Diccionario de Filosofía, EUNSA, Pamplona 2010, 412; Alasdair MacIntyre, Historia de la ética, Paidós, Barcelona 2018, 123.

[38] Cf. Pío Moa, Una historia chocante. Los nacionalismos vasco y catalán en la historia contemporánea de España, Encuentro, Madrid 2004, 645; Contra la balcanización de España, La esfera, Madrid 2005, 151; Los nacionalismos vasco y catalán. En la guerra civil, el franquismo y la democracia, Encuentro, Madrid 2013, 429; José Miguel Gambra, Guillermo Escolar, La sociedad tradicional y sus enemigos, Madrid 2019, 113.

[39] Cf. Jean Ousset, Para que Él reine. Catolicismo y política por un orden social cristiano, Speiro, Madrid 1972, 85; Plinio Correa de Oliveira, Revolución y Contra-Revolución, Fernando III el Santo, Madrid 1992, 139.

[40] Cf. Arno J. Mayer, Las furias. Violencia y terror en las revoluciones francesa y rusa, Prensas de la Universidad de Zaragoza, Zaragoza 2014, 595 y 675.

[41] En ella encontramos a Pío Moa, Luis Togores, Alfonso Bullón de Mendoza, Iván Vélez, Mª Elvira Roca Barea, José Javier Esparza, Fernando Paz, Javier Paredes, Manuel Álvarez Tardío, Roberto Villa García y Federico Jiménez Losantos entre otros. Recogen el testigo de los importantes historiadores que les precedieron como Marcelino Menéndez Pelayo, Claudio Sánchez de Albornoz, Ramón Menéndez Pidal, Luis Suarez, José Manuel Cuenca Toribio, Ricardo de la Cierva, Miguel Ladero Quesada, José Manuel Martínez Bande, Víctor Manuel Arbeloa, Miguel Artola, Rafael Casas de Vega, Jean Dumont y Stanley Payne.

[42] Cf. José Miguel García, Los orígenes históricos del cristianismo, Encuentro, Madrid 2007, 212.

[43] Cf. Francisco Canals Vidal, Mundo histórico y reino de Dios, Scire, Barcelona 2005, 157; Henri Ramiére, El reino de Jesucristo en la historia. curso de Teología de la Historia, Tradere, Barcelona 2009, 191; Xavier Prevosti Vives, La Teología de la Historia Según Francisco Canals Vidal, Balmes 2015, 89.

[44] Cf. Chirstopher Dawson, Los orígenes de Europa, Rialp, Madrid 1991, 271; La religión y el origen de la cultura occidental, Encuentro, Madrid 2010, 246; José Orlandis, Europa y sus raíces cristianas, Rialp, Madrid 2004, 176; Dalmacio Negro, Lo que Europa debe al cristianismo, Unión editorial, Madrid 2004, 197; Giovani Reale, Raíces culturales y espirituales de Europa, Herder, Barcelona 2005, 119; César Vidal, El legado del cristianismo en la cultura occidental, Espasa, Madrid 2005, 147; Luis Suárez, La construcción de la Cristiandad Europea, Homolegens, Madrid 2008, 136; Lo que España debe a la Iglesia Católica, Homolegens, Madrid 2012, 308; José Javier Esparza, Guía políticamente incorrecta de la civilización occidental, Ciudadela, Madrid 2009, 261; Thomas E. Woods, Cómo la Iglesia construyó la civilización occidental, Ciudadela, Madrid 2010, 263.

[45] Cf. Indro Montanelli, Historia de la Edad Media, De bolsillo, Barcelona 2013, 268.

[46] Cf. Ian Morris, ¿Por qué manda Occidente… por ahora? Las pautas del pasado y lo que revelan sobre nuestro futuro, Ático de los libros, Barcelona 2008, 381.

[47] Joseph, Lortz, Historia de la Iglesia en la perspectiva del pensamiento, Cristiandad, Madrid 1982, 231.

3 comentarios en “EL MUNDO DE LAS IDEOLOGÍAS
  1. Es un artículo, que no está mal. Pero con un matíz, toda interpretación que se haga de un hecho, o incluso de la Palabra de Dios, incluidas las que se hacen en esta página están marcadas por una ideología. En el caso de Infovaticana, de carácter de derechas; religión digital, es marcadamente de izquierdas. Siempre he pensado que no existen medios neutrales. Cuando estudiaba teología, el profesor nos decía: «si quieres saber la realidad de un hecho, has de observar al menos tres medios, uno ha de ser de izquierdas, otro de derechas, otro de centro y aun así, ten en cuenta, que solo sabrá la mitad de la verdad».
    Sigo pensando que no conozco medios de información religiosa al margen de las ideologías, en el caso de Infovaticana, muy tendencioso a la «derecha»

  2. Es un error pensar que la Iglesia de hoy suspira por acompasarse al Mundo. La Iglesia actual sólo desfila al paso que a todos marca la Izquierda marxista global que, aunque poderosísima e influyente, es sólo lo más anodino y feo del Mundo. El programa máximo y las obsesiones activistas de Francisco y su jerarquía son calcados y van siempre a la zaga de la agenda de los Clinton, los Podemos y demás purrias: «migrantes», cambio climático, género, homosexualidad… Quien busque a Cristo, deje de perder tiempo, dinero y esfuerzo y pregunte en otro sitio.

    1. No confunda la Iglesia con Blasfemoglio y la mayoría de la Jerarquía que lo sostiene.

      Hay una parte sana de la Iglesia que es consciente que el Papa de verdad es Benedicto XVI y, paralelamente, hay otra parte sana fundamentalmente integrada por laicos muy activos y comprometidos que sienten malestar con Blasfemoglio y su Jerarquía pero que no entienden o no tienen información suficiente para llegar a la conclusión correcta: Bergoglio potencia, impulsa, la peor cara de la Iglesia.

      Están desorientados con justificación pero se aferran mucho a la vida piadosa. Esta gente es la que Bergoglio quiere destruir con especial saña, son los corderos inocentes, valiosísimos, que todavía no han tomado plena conciencia de la farsa del bergogliato.

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