Florida despidió este domingo a León XIV con la misa más honda y luminosa de su paso por Uruguay. Ante la Catedral Basílica que custodia a la Virgen de los Treinta y Tres, patrona del país, y en el día mismo de su fiesta, el Papa pronunció una homilía entera dedicada a la fe que se aprende en casa. De ella sale una frase llamada a perdurar, dirigida a los padres y abuelos y recibida con un aplauso cerrado por la multitud que desbordaba la plaza Asamblea y las calles vecinas.
La celebración puso el broche a tres intensas jornadas en el país más secularizado de Hispanoamérica, aquel en el que el Pontífice había querido celebrar la Misa ante la Virgen de los Treinta y Tres como gesto central de su visita.
Judit, Isabel y una pequeña imagen de 1825
León XIV se presentó como peregrino y arrancó de las lecturas del día, donde dos mujeres separadas por siglos reciben casi la misma bendición: Judit, tras la liberación de su pueblo, e Isabel, que acoge a María en su casa. De ahí saltó a la historia patria. La diminuta imagen que se venera en Florida está unida a 1825, cuando quienes luchaban por la libertad de aquella tierra quisieron poner sus comienzos bajo el amparo de la Virgen. Aquel gesto, explicó el Papa, recuerda que la historia de un pueblo queda incompleta cuando se prescinde de Dios, y que Uruguay quedó ligado a una Madre desde sus horas fundacionales. Han cambiado las generaciones y la relación de muchos uruguayos con la fe, añadió, pero ella sigue allí.
Las mujeres que guardaron la fe
La parte más extensa de la homilía fue un agradecimiento conmovido a las madres y abuelas que enseñaron las primeras oraciones, llevaron a sus hijos a la pila bautismal, mantuvieron un altar en casa y rezaron por vivos y difuntos. El Papa evocó a Loida y Eunice, abuela y madre de Timoteo, y a las mujeres que jalonan la historia católica del Uruguay: santa María Francisca Rubatto y las beatas mártires Dolores y Consuelo Aguiar-Mella, hermanas nacidas en Montevideo.
Tuvo palabras delicadas para el dolor de tantas mujeres cuyos hijos han dejado de rezar y de pisar la iglesia. Un Papa agustino no podía dejar de recordar entonces a santa Mónica, que rezó durante años por un hijo cada vez más lejano sin perder la confianza en la gracia. «Madres y abuelas: ¡no se cansen de transmitir la fe!», exclamó, antes de pedirles paciencia, insistencia y ninguna dureza. Y añadió una certeza consoladora: «Hay puertas que ustedes no pueden abrir, pero Dios sí».
Padres de rodillas
Luego se volvió hacia los varones. Los hijos y nietos, dijo, necesitan comprobar que la fe ocupa un lugar verdadero en la vida de los hombres de su familia. Necesitan verlos rezar, acercarse a los sacramentos, tratar con respeto a sus esposas, pedir perdón y vivir con honradez aun cuando eso cueste sacrificios. Y entonces llegó la frase que la plaza interrumpió con aplausos: «Un hijo aprende mucho al ver que su padre puede arrodillarse delante de Dios sin sentirse menos hombre por ello».
Pocas veces se ha dicho con tanta sencillez algo tan contrario al aire de la época. En una cultura que confunde la hombría con la autosuficiencia, el Papa presentó la rodilla en tierra como una lección viril, la más elocuente que un padre puede dar a su hijo. Recordó además el mandato del Deuteronomio de hablar de las palabras de Dios en casa y de camino, al acostarse y al levantarse, y pidió a obispos, sacerdotes y consagrados que sostengan a las familias con una generosa paternidad y maternidad espiritual.
«Uruguay: ¡hay que ponerse en camino!»
La homilía desembocó en una llamada misionera. Toda la grandeza de María, recordó el Papa citando a san Pablo, nace de su relación con Cristo, único mediador entre Dios y los hombres, y toda auténtica devoción mariana conduce a Él. Como María, que se puso en camino de prisa hacia la casa de Isabel, los católicos uruguayos no pueden esperar a que los alejados regresen solos. «¡Hay que entrar de nuevo en las casas!», proclamó, y pidió a cada uno que piense en ese hijo, amigo o vecino que dejó de creer hace tiempo. También invitó a rezar por los gobernantes, para que busquen con rectitud el bien de todos.
La Rosa de Oro y la consagración
Al término de la homilía, León XIV depositó la Rosa de Oro ante la imagen y consagró de nuevo la nación a María, «Capitana y Guía» del pueblo uruguayo, suplicando a Dios que quebrante las obras del demonio y preserve al país de cuanto quiera apartarlo de Cristo. Antes de la bendición final dio las gracias a autoridades, voluntarios, familias y comunidades, y se encomendó a las oraciones de los uruguayos.
Desde Florida, el Papa regresó a Montevideo y se despidió del país en el aeropuerto de Carrasco, donde lo esperaban el presidente Yamandú Orsi, el canciller Mario Lubetkin y el cardenal Daniel Sturla, rumbo a Argentina. Atrás quedan la misa de Paysandú, donde pidió a los fieles ser constructores de puentes, y su encuentro con el mundo educativo, en el que reclamó poner a la persona antes que el algoritmo.
La homilía completa puede leerse en Vatican News.