Por Michael Pakaluk
Tras la reelección de Bill Clinton, que tanto lamentó, el juez Bork escribió un célebre ensayo sobre el martini («Cómo olvidar las elecciones»), en el que ofrecía un excelente método para obtener el mejor consuelo disponible. Con ese mismo espíritu, entonces, y buscando los consuelos que necesitamos, propongo que conmemoremos a ese ilustre juez y a su estimable bebida declarando que, de ahora en adelante, el «Fifth» de noviembre –de acuerdo con el significado público ordinario de la palabra– signifique ginebra, y no la conjura de Guy Fawkes ni las hogueras en las que los ingleses quemaban antaño al Papa en efigie.
El sabio juez aconsejaba: «Justo la cantidad adecuada de alcohol tomada en el momento adecuado le permitirá… ver el lado humorístico de que Estados Unidos tenga un gobierno de república bananera, y quedarse dormido felicitándose por haberse elevado por encima de la desesperación». Plus ça change.
No admitía ningún «relativismo alcohólico». Existía, sostenía, una verdad objetiva sobre la mejor bebida: «Así como hay verdades espirituales, hay verdades espirituosas». Aunque Bork era originalista y recelaba de la jurisprudencia del derecho natural, aquí razonaba como un tomista, o casi: hay una ley natural de los licores, y el martini es esa ley, destilada.
Si el martini es objetivamente la mejor bebida, su suerte es un índice justo de la salud de al menos una parte de nuestra cultura. Aquí el juez se alegraría, si estuviera con nosotros; sospecho que se alegra. «La terrible verdad», escribió en 1996, «es que el martini estaba al borde de la extinción. Hace unos pocos años, nadie menor de cuarenta años lo bebía». Se atribuía una modesta parte en su resurgimiento. Había enseñado a sus pasantes la receta ideal, y ellos empezaron a pedir «martinis del juez Bork» en los bares de Washington. «Esto», confesaba, «daba una imagen algo falsa de la vida en mi despacho». (Nótese el irónico «algo»).
¿Han dado fruto sus esfuerzos? Quizá sí. La margarita sigue siendo el cóctel favorito de Estados Unidos, pero ha perdido terreno. Según NielsenIQ, el número de bebedores de entre 21 y 34 años que la piden con regularidad ha caído un 28 % en dos años. Mientras tanto, las ventas de martini por bar subieron un 29 % a finales del año pasado. En los mejores bares del mundo, el martini seco ocupa ahora el cuarto lugar, solo por detrás de la margarita, el Negroni y el Old Fashioned.
«La ley verdadera es la recta razón, conforme a la naturaleza, difundida entre todos los hombres, constante y eterna. Llama al deber con sus mandatos y aparta del mal con sus prohibiciones», escribió Cicerón en De Re Publica (III.33). «No es lícito enmendar esta ley, ni derogar parte alguna de ella, ni puede abolirse por completo; ni el senado ni el pueblo pueden eximirnos de ella… No habrá una ley en Roma y otra en Atenas, una ahora y otra después. Una sola ley, eterna e inmutable, obligará a todas las naciones en todo tiempo. Habrá un solo señor y soberano común de todos, Dios, autor, intérprete y promulgador de esta ley».
Y así ocurre con la ley que es la receta ideal de Bork. A pesar de una explosión de ginebras artesanales –y de una mayor disponibilidad de vermuts de Francia, de Italia e incluso de Japón–, la ley natural del martini, en su «género», sigue siendo la misma, aunque pueda «especificarse» de distintas maneras. Los estudios históricos sobre el martini no la han puesto en entredicho.
Pero aquí hay un paso que Bork pasó por alto. Nunca articuló el ideal. Descartó y excluyó, pero no dijo por qué. «Un martini significa ginebra». ¿Por qué significa ginebra? «El martini debe servirse sin hielo». El hielo derretido lo diluye, sin duda, pero ¿por qué eso es malo? ¿Y cuál es la proporción adecuada? «[Lowell] Edmunds dice que la proporción de ginebra y vermut puede ir de 4:1 a 8:1». ¿Pero por qué?
Los primeros lectores de aquel ensayo lo amaron en parte por su firmeza de carácter, por su defensa dogmática de unos altos estándares intuidos. Pero ¿de dónde vienen esos estándares? Recuerden: nada de «relativismo alcohólico».
Como enseña santo Tomás, la ley natural se articula mediante la comprensión de una inclinatio basada en la naturaleza. Un aristotélico podría llamarla un tipo ideal. Queremos, por ejemplo, criar bien a un hijo hasta la madurez –este hijo que es una unidad en una sola carne de su madre y de su padre–. Nuestra propia naturaleza está diseñada para que lo hagamos. Por lo tanto, articulamos la «ley natural del matrimonio», que rige y defiende este ideal.
Una pista puede hallarse en la acertada afirmación del juez Bork de que el martini es «una invención distintivamente estadounidense, a la que Bernard DeVoto llamó el “supremo regalo estadounidense a la cultura mundial”». El ideal al que apunta el martini es el mismo que buscan «Putting on the Ritz», de Irving Berlin, o el edificio Chrysler, o los primeros compases de Appalachian Spring, o los colores de North by Northwest.
Un martini «quiere ser» algo, diría Aristóteles: brillante y claro, nítido pero refinado y sutil, con una complejidad que hay que discernir y que solo se aprecia después de haber sido iniciado en la práctica. Me lo imagino con matices de chocolate y regaliz, propios de una ginebra con predominio de enebro, con capas centelleantes de evanescencia tanto dulce como salada. De la inclinatio hacia este ideal, en quien posee lo que Aristóteles reconocería como una naturaleza madura y debidamente habituada, se siguen casi todas las prescripciones de Bork.
Aquí me aparto del juez. La investigación histórica ha inclinado a muchos camareros sagaces hacia la proporción 3:1, e incluso el martini mitad y mitad (50/50) ha recibido atención. Pero en mi experiencia, y en la de maestros de la coctelería que conozco, la mejor proporción es 5:1, con además un generoso chorrito de vermut y, curiosamente, una mezcla de al menos dos vermuts es siempre superior.
«Este cóctel no es solo el mejor medio para restablecer los tejidos, como diría Bertie Wooster, sino también el mejor medio para recobrar la cordura y el sentido del humor tras la carnicería de las… elecciones».
Es lo que recetó el buen juez.
Sobre el autor
Michael Pakaluk, estudioso de Aristóteles y miembro ordinario de la Pontificia Academia de Santo Tomás de Aquino, es profesor de Economía Política en la Busch School of Business de la Universidad Católica de América, Distinguished Senior Fellow del Gibbons Institute y editor jefe de la revista American Catholic Quarterly Review. Vive en Hyattsville, Maryland, con su esposa Catherine, también profesora en la Busch School, y sus hijos. Su libro más reciente, sobre la ley natural y la amistad cívica, Walk in the Good Way, será publicado próximamente por The Catholic University of America Press. Puede seguirlo en Substack en Michael Pakaluk.