Por el padre Raymond J. de Souza
Dado su papel decisivo en mi vocación sacerdotal, presto especial atención a los aniversarios de san Juan Pablo Magno. Deberíamos llamarlo así, como sostuvieron sus dos sucesores inmediatos: el Papa Benedicto XVI de manera explícita y el Papa Francisco de manera implícita.
La solemnidad de Todos los Santos de este año marca el octogésimo aniversario de la ordenación sacerdotal de Juan Pablo, conferida por el cardenal Adam Sapieha en la capilla de la venerable residencia de los arzobispos de Cracovia. Hace treinta años, con motivo de sus bodas de oro, Juan Pablo publicó un pequeño libro para la ocasión, Don y misterio, que sigue siendo un excelente regalo para cualquier sacerdote o seminarista.
Fue en su fiesta –el 22 de octubre, fecha de su conmovedora homilía «¡No tengáis miedo!» en el inicio de su pontificado– cuando una docena de obispos estadounidenses fueron atraídos a la Casa Blanca con la promesa de reunirse con el vicepresidente J. D. Vance y el secretario de Estado Marco Rubio, ambos católicos. Fue engañoso desde el principio –Vance estaba en Nebraska y Rubio en la India– y terminó en manipulación: la Casa Blanca sorprendió a los obispos con una audiencia en el Despacho Oval, durante la cual fueron filmados inclinados en oración sobre el presidente.
Es imposible controlar esas cosas cuando se juega de visitante, por así decirlo. Benedicto XVI se negó en una ocasión a dejarse fotografiar con Nancy Pelosi, pero estaba en su propia cancha vaticana. Con todo, la recurrencia litúrgica me trajo a la memoria una de las imágenes más vívidas de los numerosos encuentros de Juan Pablo con líderes civiles.
En 1983, Juan Pablo volvió a Polonia por segunda vez. Su patria estaba bajo la ley marcial, declarada por el hombre de Moscú en Varsovia, el general Wojciech Jaruzelski. Cuando ambos se reunieron en el palacio presidencial para intercambiar discursos formales, Juan Pablo estaba sobrio y sereno. Jaruzelski, para asombro de las comitivas reunidas y como lo notaron los periodistas presentes, temblaba. No en sentido figurado. Le temblaban las manos y las rodillas. Tenía miedo.
Al contemplar ese espectáculo patético, un hombre de gran debilidad moral envuelto en poder político, sospecho que los pensamientos de Juan Pablo pudieron haberse remontado al «príncipe inquebrantable», al «arzobispo de la larga noche de la ocupación», Adam Sapieha. Durante cuarenta años (1911-1951) como arzobispo de Cracovia, fue testigo de más sangre derramada que cualquier otro obispo en la historia de la Iglesia. Dos guerras mundiales se desarrollaron en su territorio, que incluía Auschwitz.
Si bien la influencia sobre Juan Pablo del «primado del milenio» de Polonia, el beato Stefan Wyszynski, es ampliamente conocida, fue Sapieha quien tuvo el mayor impacto formativo.
La biografía de George Weigel, Testigo de esperanza, comienza con escenas dramáticas que marcaron los años de juventud de Karol Wojtyła en Cracovia. Entre ellas figura una de las grandes cenas de la historia milenaria de Polonia. Poco después del desmembramiento germano-soviético de Polonia en 1939, los nazis instalaron a Hans Frank como «gobernador general» en Cracovia. El gánster fijó su residencia en el castillo de Wawel, antigua sede de los reyes polacos.
Weigel escribe que Frank, «buscando evidentemente alguna pizca de legitimidad, insinuó repetidamente que una invitación a cenar en la residencia del arzobispo sería bien recibida».
Sapieha cursó la invitación y sentó a Frank en el otro extremo de su mesa de gala. Luego le sirvió, en la vajilla de plata del patrimonio del prelado, «la dieta del pueblo: pan duro y sucedáneo de café». El príncipe-arzobispo conocía el sufrimiento de su pueblo. Pensó que Frank también debía conocerlo. Años después, Juan Pablo le recordaría lo mismo a Jaruzelski.
Fue en esa misma residencia donde Wojtyła completó sus estudios para la ordenación, en el seminario clandestino que Sapieha dirigía en su propia casa. Fue allí donde aprendió de primera mano las lecciones que casi 900 años antes había enseñado por primera vez en Cracovia el obispo mártir san Estanislao. Cuando Juan Pablo permaneció en silencio ante un Jaruzelski tembloroso, era la formación de Sapieha la que daba fruto.
¿Y qué pensaba Sapieha aquella mañana de Todos los Santos de 1946? ¿Quizá que el joven al que estaba por ordenar tenía un futuro singular para Cracovia? Quizá estuviera pensando en aquella cena con Frank en ese mismo edificio.
Frank había estado en las noticias. Quince días antes de la ordenación, había sido ejecutado tras ser condenado por crímenes de lesa humanidad en Núremberg. En el juicio, Frank fue una excepción: admitió sus crímenes y confesó que «pasarán mil años y aún no se habrá borrado esta culpa de Alemania».
Se convirtió al catolicismo estando en Núremberg. El capellán estadounidense, el padre Sixtus O’Connor, le llevó la Sagrada Comunión horas antes de que lo ahorcaran. No murió desafiante, como los demás, sino implorando la misericordia de Dios. Juzgar la sinceridad de esa conversión y de ese arrepentimiento es difícil, y el padre O’Connor, con la debida discreción pastoral y sacramental, habló poco de ello.
Aquella mañana de Todos los Santos, ¿contempló Sapieha cuán vasta podría ser la Comunión de los Santos? ¿Consideró que el hombre al que había recibido a cenar podría, quizá después de 1000 años –¿10.000 años?– en el Purgatorio, contarse entre ellos? ¿Se permitió pensar que tal vez su testimonio había sido un instrumento de la Divina Misericordia para Hans Frank?
Frank y sus compañeros criminales de guerra fueron ejecutados el 16 de octubre de 1946. Treinta y dos años después, Wojtyła fue elegido Papa en esa misma fecha. Si, en el océano insondable de la misericordia, Frank ya estaba libre del Purgatorio, ¿intercedía ese día? Uno retrocede ante la idea. Resulta repugnante siquiera considerar que Frank no esté en el Infierno. Pero los caminos de Dios no son nuestros caminos.
Jaruzelski, por su parte, pasó los años poscomunistas intentando justificar sus actos como los de un verdadero patriota polaco. No resultó convincente, pero algo convenció en cambio al viejo tirano. Antes de morir, en 2014, pidió un sacerdote católico y los sacramentos.
La promesa consoladora de Todos los Santos es que, por la gracia de Dios, podría encontrarme con mis abuelas en el Cielo. La posibilidad sorprendente es que Frank y Jaruzelski también estén allí. La idea de Sapieha y Frank, de Juan Pablo y Jaruzelski, juntos en el banquete celestial no me resulta atractiva ahora. Pero si están allí, cerca de esos héroes, entonces esperaría unirme a ellos, en la compañía de los improbablemente bienaventurados.
Sobre el autor
El padre Raymond J. de Souza es un sacerdote canadiense, comentarista católico e investigador sénior de Cardus.