Por: Yousef Altaji Narbón
Los obispos de Panamá recientemente tuvieron su visita ad limina apostolorum donde visitaron la Santa Sede para reunirse con el Santo Padre León XIV. En redes sociales, algunos de los prelados dieron declaraciones de tinte alegre, satisfacción general y esperanza por haber compartido momentos con el Romano Pontifice. El Dicasterio para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos publicó un resumen oficial el 21 de octubre de 2026 de lo discutido entre la misma y la Conferencia Episcopal Panameña.
Al leer lo impreso por el Vaticano sobre lo discutido en el encuentro entre ambos, causa no solo indignación, sino un poco de gracia por ser realmente absurdo lo manifestado por los obispos del país. No hay punto en la minuta de la reunión que se encuentre libre de error o de estar totalmente desvinculado de la realidad. Deja mucho que decir sobre las cosas expresadas como motivo de preocupación o de cuáles son los problemas en Panamá por los que se suponen que pastorean a la grey de Dios. Lo más puntual y en verdad preocupante es la clase de valoración de lo que está mal y lo que está bien por parte de los obispos. Aquí yace el meollo del asunto.
Las cosas al reves
Es curioso el aparente interés de los obispos por la liturgia; nadie se lo esperaba ni se lo imaginaba por ser la realidad nacional un absoluto desastre —me atrevo a usar la palabra absoluto con todo el peso de su significado—, siendo este un plano de vital relevancia en la vida de los Católicos. En todo caso, si acudieron al Dicasterio para el Culto Divino, es para reportar, buscar consejo o idear planes para combatir directamente cosas erróneas o condenadas por la Tradición bimilenaria de la Santa Iglesia; fue todo lo contrario lo argumentado por los miembros de la Conferencia Episcopal, hasta el punto de criticar como extremismo aquellas prácticas que son respaldadas por dos mil años de Iglesia. El criterio o valoración de ellos claramente pone las cosas al revés mientras desean avanzar la agenda de la insidiosa sinodalidad, destruyendo todo obstáculo o resistencia a su paso.
El tachar al bien como mal y exaltar el mal como bien es propio de la crisis actual dentro de la estructura de la Iglesia. Por la mala formación de naturaleza liberal y modernista es donde nace un odio contra todo lo que respire o parezca algo previo al cuestionable Concilio Vaticano II. Se ha visto en otros países un proceso de destrucción más rápido en comparación con otros por las políticas del obispo de turno en base al pensamiento más violentamente modernista que se tenga; en el caso de Panamá, de frontera a frontera, el avance imparable de la revolución desde los años sesenta fue drástico y ligero. La poca oposición en defensa de la verdad fue suprimida con amenazas de sanciones canónicas y la violencia psicológica de la falsa obediencia. Desde entonces se ha dado a la feligresía una formación distante de lo auténticamente tradicional, docto y en línea con la doctrina de siempre.
Extremismos y incongruencias
Extremismo litúrgico. Así se les ha catalogado a los piadosos fieles defensores de las prácticas, costumbres y tradiciones que han sido llevadas y desarrolladas a lo largo de los siglos por medio de la ayuda del Espíritu Santo. Detengamos nuestra atención en esto. Entendamos bien lo dicho. No solo dicho, sino denominado con semejante término. Buscar hacer las cosas bien ahora es una forma de extremismo; es una manera de caer en la aparente rebeldía; por lo visto, simboliza un desafío de la autoridad.
La línea a seguir, el reglamento cotidiano, el ritmo del baile impuesto para toda la estructura eclesial de Panamá ha sido recalcado hasta más no poder. Consiste en lo siguiente: Sinodalidad rampante, obediencia absoluta, improvisación litúrgica sin necesidad de rúbricas, sentir los impulsos del Espíritu (que sirve de justificación para cualquier cosa), ensalzar la ignorancia religiosa para poner el desconocimiento de la fe como algo virtuoso (saber la doctrina es aparentemente peligroso) y la poca importancia a los problemas morales flagrantes a nivel nacional y mundial. Ahí tenemos la regla por la cual juzgan lo bueno y lo malo para después asustar a la gente para generar rechazo o animarla a aceptar sin titubeos.
El grado de la inquietud de los obispos Panameños tiene que ser tal para ver como necesario acudir ante la autoridad competente en el Vaticano para expresar la enorme problemática en el país. ¿Por qué hicieron esto? Alguien preguntará. La respuesta es cruda y sin rodeos: no pueden tolerar ningún cuestionamiento u obstáculo a su agenda diocesana. Saben de la piedra en el camino suyo; esa piedra es la Tradición perenne e inalterable de la Iglesia Católica. Ellos ven como un problema gravísimo la existencia de seglares devotos al Santísimo Sacramento del Altar con toda su pompa y esplendor como merece; ven hacia abajo a las mujeres devotas con sus hermosos velos, el ser modestas en el templo santísimo del Señor de Señores (esto puede traer la pregunta de si tanto les molesta la modestia, ¿entonces será que desean lo opuesto a la modestia?…).
Revisando el resumen de la reunión entre los prelados, salen a flote las enormes incongruencias de las preocupaciones de los obispos Panameños. ¿Incongruencias? ¿Cuáles? Vamos a enumerar las más comunes:
Ven como extremista el afán de la comunión en la mano y de rodillas, pero hay un considerable número de «ministros de la comunión» que llevan sin registro ni cuidado a Jesús Sacramentado por doquier, resguardan el Santísimo en sus casas sin dignidad alguna, sin decir nada a sus párrocos.
Dicen que se abordó con el Dicasterio el tema de la música sacra por ser este un tema relevante para guardar una sacralidad ejemplar, pero uno entra a cualquier parroquía a nivel nacional para toparse con un sinfín de música mundana: el hallelujah de Shrek en las bodas, el Glória a Dios en el Cielo con tono de tamborito típico de Carnavales, el nefasto Un pueblo que camina por el mundo que genera la pregunta si uno se encuentra rezando o si uno se encuentra presente en un foro donde se promueve la lucha social entre las clases.
Señalan una instrumentalización de la celebración eucarística por parte de algunos grupos de creyentes como una conducta digna de reprender; en cambio, a cada rato se ve en tantas iglesias las Misas Afro, las Misas de Sanación y Liberación, las Misas de alabanza con cantos de la Renovación Carismática, Misas celebradas en casa de ciertas personas con influencia en el plano político, entre otra cantidad de Misas con etiquetas distintivas.
Advierten sobre tener precaución ante prácticas incorrectas en la adoración eucarística, afirmación que da a entender la máxima ortodoxia que se sostiene en todos los templos; cuando hacemos un poco de memoria, vislumbramos a los obispos en el mes de octubre del 2022 rindiendo culto público en un rito Maya dedicado a Dios madre y padre, como también a la excretable Pachamama. En medio del evento en discusión, hicieron inclinaciones al sol, gesto propio del culto debido únicamente a Dios.
Sobriedad propia del rito romano aseveran los prelados; lo ven como característica primordial obligatoria de velar. Ahora, trasladando nuestra atención a cuál es el panorama en nuestros días, ir a una iglesia mientras se celebra el Novus Ordo Missae (la Misa Nueva) es todo menos sobriedad. Aplausos por el mismo celebrante, diálogos entre los presentes y los que están en la mesa, momentos de dar la paz semejantes a una conversa social de cinco minutos para ponerse al día con el amigo o vecino, consignas como: ¿quién vive? ¡Jesús! —idéntico a estar en un estadio deportivo.
Plantean como incitadores de la división y la confusión los que hacen énfasis en recibir la Sagrada Comunión como única y exclusivamente debe ser, pero si uno hace un recuento de hace algunos años, se va a acordar cuando impusieron las dudosas medidas sanitarias donde forzosamente se le obligó al fiel a recibir indignamente al Señor Jesús, vivo y verdadero, con alcohol en las manos, la mascarilla burda, con distanciamiento sin sentido y discriminando descaradamente a los que reclamaron su derecho indiscutible de recibir a la Comunión de rodillas y en la boca.
Alegan mantener una comunicación y escucha con el pueblo de Dios; la realidad demuestra el silencio absoluto ante las quejas presentadas ante la autoridad cuando suceden abusos litúrgicos, se profieren doctrinas equivocadas, sucede alguna clase de transgresión a las normas del culto o cuando suceden sacrilegios de toda clase (cosa muy común en el país). Ante esas quejas, lo que rige es un mero recibido de la denuncia; dejar ese problema a dormir y llevarlo al olvido en el tiempo.
Insisten en la cuestión del Misal y otros libros litúrgicos como algo que proclaman mantener en su integridad; girando la mirada al comportamiento remarcado de los mismos en sus diócesis, vemos cómo por décadas han pisoteado el sacrosanto Misal Tradicional de Papa San Pío V, protegido a perpetuidad por la Bula Quo Primum Tempore, haciéndole la guerra de forma fulminante por ser este rito la antítesis del humanismo impulsado por estos.
Disuadir a conocer la verdad
Como último golpe de insinuación junto con su querer evitar alguna filtración dentro del ambiente dominado y creado cuidadosamente por ellos, alegaron lo siguiente: “Los obispos también destacaron la importancia de la formación, especialmente en relación con la información paralela que circula en blogs y opiniones de diversa índole…”. La existencia de artículos, escritos, sitios web como este les genera temor por dar a conocer la verdad, como tienen derecho los fieles a recibirla. Estos recursos existen por la carencia y supresión para los oídos de los laicos de la doctrina tradicional sobre los temas que alegan ser extremismos; lanzan estos epítetos para disuadir a los inocentes de obtener las herramientas apropiadas para conocer la plenitud de la fe. Queda a plena luz del día por donde va el programa actual, donde se rinden frutos amargos como jóvenes abandonando la iglesia después de la Confirmación o ancianos recibiendo la Extremaunción de mano de laicos (sí, sí ha sucedido).
Es nuestro menester hablar con claridad cuando se vulnera lo más sagrado de la santa religión. La liturgía es principalmente un acto de justicia con Dios de darle el culto que le corresponde; no se le puede dar, so pretexto de la falsa obediencia, algo ajeno a lo que se merece. Recemos por nuestros pastores, pero también vivamos la fe como debe ser, mas no de la forma forzada por los innovadores con ideas ajenas al Magisterio reiterado a través de los siglos.